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viernes, 27 de diciembre de 2013

Extraña sonoridad






Por Lupe Rumazo

 Hay acierto en llamar Extraña sonoridad al último poemario de Helena Sassone. No de otro modo puede calificarse la resonancia de una poesía hermética, encapsulada, casi críptica. ¿Cómo puede sonar, exactamente sonar y no otro verbo, lo que brota de gruta interior y que si alcanza altura de todas maneras retorna en caída a esa oquedad? El sonido es así grave, distinto, etéreo en algún momento cuando asciende, pero siempre hondo, remansado en pozo.
                 
¿Es que el título de un poemario debe corresponderse con el texto que lo sigue? Se espera que así sea. En este caso hay concordancia, unicidad entre el acorde inicial y la armonía que continua. Es evidente entonces que la figura tutelar sea un búho, o la sabiduría que éste trae y que se ofrezca en uno de los poemas también como cabeza talada, inerte, pero absoluta en su preeminencia total. ¿Es el cerebro el que ha guiado el ir de esa escritura, o de esa vida? Porque es poemario que habla de un ex-sistente, en quien lo claro del ente que busca proyectarse fuera y así alcanzar la esencia, se hace presente: “Te buscas a ti (decía el mensaje)/ recordaba la claridad del fondo/ ante la incertidumbre del reflejo/ poeta obsesionado por el signo/creaba con estilo intransferible”.
                 
Y es que “el pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia del hombre” y “en el pensar el ser llega al lenguaje”. Es estudio extraordinario de Heidegger, el inmenso Heidegger, sobre el humanismo –“todo humanismo es una metafísica”– que ha iluminado de manera excepcional a la filosofía y que aporta una visión otra, revolucionaria. Estudio, por lo mismo, de sucesiva consulta y que puede ser de interés en esta apreciación. Así, podría afirmarse que de alguna manera, quizás imperceptiblemente, la sucesiva indagación de Extraña sonoridad entra en esa definición de humanismo, es decir en una suerte de ejercicio de interpelación sobre la verdad del ser. Un ser que tiene su morada en el lenguaje. No cabría pues olvidar nunca esa pregunta por el ser. Abandonar esa cruzada significaría, lo dice el filósofo, una caída. Por algo, pienso ahora, Camus escribió su novela La caída. En Helena Sassone no sucede tampoco ese dejar de lado al ser pero lo hace intuitivamente. La evasión se presenta y es también materia de la esencia del ser porque, y así lo dice, “la esencia confiada queda incólume” y con ella el mundo circundante, evasivo y actuante: la sierra que se ha quedado lejos pero que regresa; la mujer holandesa que se ha perdido pero cuyo exilio es también una sonoridad; el padre al cual no se nombra pero que palpita en un retrato, en una sombra; los objetos, cajas “de plata renegrida por la sombra”; los libros y algunos de sus autores, seres mayores, que siempre estarán . A todo eso se nombra y se lo hace con el lenguaje, el lenguaje que nos hace hacedores, el lenguaje o la escritura. Es por esto que Helena Sassone dedica un poema al Hacedor de Borges, y que el lenguaje como poética quisiera primar dentro de la propia poesía. Eso existe, pero no es lo determinante. Hay sí un ejercicio lingüístico pero no es eso lo que pesa más: un narrador que se desliza; un ir diacrónico que a veces entona sus voces, puesto que son varias; una “tesis” a la que se quiere atrapar, unos signos. No, indudablemente no. Más que eso importa el registro en uno u otro poema de la presencia del tiempo o mejor aun entender con el gran filósofo alemán cómo el ser puede ser concebido desde el tiempo o como a éste –al tiempo– por tal realidad se lo asume como el “horizonte de comprensión del ser”. Aquí, en el poemario, se lo presenta como el troquelador, la Alicia en el espejo, o sea “la imagen invertida,/ distinta y la misma, mito del ser”. O ya dentro del acercamiento circunspecto del des-alejar –retorno a Heidegger– que sea factible, por ejemplo, la lectura conjunta de Petrarca con Helena Sassone de los títulos de algunos libros así haya siglos por mediar; o que hablen “los espejos críticos de incinerados seres”.
                
 Pesa también –aunque se la descarte en el liminar, pero exista en el texto de Extraña sonoridad– la memoria particular del ser. Memoria astillada, dolorida, pero firme. Esa “la vida sin mí que vivían otros/esa ausencia que la eternidad llaman” y a la cual se nombra irónicamente “la alquimia del sufrimiento”; ese considerar que “En el caudal de la sangre/los sentires son ramas/del árbol del pensar”, pues el pensar es también un historiar de lo íntimo, y que por él a “sus pupilas de lluvia/el agua las vuelva transparentes”. Esa historia que está grabada y que estalla finalmente en un vaso de cristal: “Mi corazón/ antiguo perdió peso;/ el nuevo, perdió el freno;/ tanto amó/que rompió el vaso”.
                
 El poemario concluye con una exultación al Otro. Es lo que se espera después de haber recorrido camino. Pero el Otro está también en el sí mismo. Y es a éste al que primero hay que indagar, más aun si el “lenguaje es advenimiento del ser mismo, que aclara y oculta”. El Otro, el ajeno, puede desconocer, dictar aun sentencia, hablar de un in y de un out, vale decir reconocer o desahuciar. Pero esto que es expresión de la otredad interesa poco frente a la “mismidad”, frente a esa acentuación propia, frente a ese cuidado de la unicidad, de la estructura total. En Extraña sonoridad se concluye por lo mismo en que todavía “las traslúcidas puertas de una nueva luz abrían a tu seno”.

Caracas, 2013

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