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lunes, 12 de noviembre de 2018

Donde vive el agua (cuento infantil)





Texto e ilustración de Anne Nalsen

Lucinda vivía en el desierto. Cada mañana su abuela Rosenda miraba el cielo y movía la cabeza con preocupación, arrugando un poco la nariz.

–Eso es lo malo de vivir en un desierto –decía Rosenda– llueve poco y a veces no llueve nunca.

Lucinda tenía siete años y jamás había visto llover. Sólo conocía el agua que recogía su papá del pozo: un líquido terroso y con sabor metálico, que luego repartía con precisión para cocinar y bañarse. Lucinda casi nunca tomaba agua. En cambio bebía la leche tibia de chiva que su hermano 

Luis ordeñaba tempranito cada mañana. Luis era más grande que Lucinda, tan grande que ayudaba a su papá con las cabras, que eran muchas.

Lucinda no entendía la angustia de su abuela, pues no conocía otra cosa que no fuera esa tierra roja y caliente, sembrada de espinas, piedras y chivos, con alguna que otra sombra de cují, que ella se sabía de memoria. Corría descalza en las mañanas frías con su chivita, buscando datos y pitigüeyes, las frutas de los cactus, peleándoselos a los pájaros. Los pinchaba con un palito, con cuidado porque tienen muchas espinas. Se manchaba entera de rojo, y le encantaba cómo sonaban las semillitas negras cuando las mordía con sus dientes fuertes.

Su abuela venía de otra parte, de una montaña, decía ella. Lucinda sonreía mirándola con los ojos bien abiertos. No sabía lo que era una montaña. El horizonte que la rodeaba era derechito y el cielo era su único límite por donde lo mirara. Su abuela le contaba que en la montaña había tantos árboles, y tan grandes, que a veces no podía mirar el cielo. Y que dentro del bosque el aire era tan húmedo que, al mediodía, la ropa se mojaba con sólo caminar dos pasos. A Lucinda le gustaban esos cuentos de la abuela. Lo que no le gustaba era que moviera tanto la cabeza hacia los lados y arrugando tanto la nariz.

Una noche la despertó una discusión entre los mayores. Acurrucada en su chinchorro porque hacía un poco de frío, y mirando las estrellas a través del techo de madera de cardón, escuchó a sus padres y a su abuela hablar de mudarse. Hablaban de una gran sequía, de que los chivos se morían, que las pequeñas siembras se secaban y que tendrían que moverse para buscar agua. A Lucinda le dio más frío de repente. Ella no quería mudarse. Por otra parte, no quería que su cabrita Blanquita se muriera, ¡era tan linda! La perseguía por todos lados creyendo que ella era su mamá, pues la suya había muerto. El corazón se le encogió un poquito y le dio miedo, pero tendría que ir adonde los grandes decidieran ir. No quería quedarse sin mamá como Blanquita.

Cuando amaneció, su mamá tenía recogidas algunas cosas. Luis ya había juntado las cabras y las tenía ahí, esperando debajo de una mata. Todas tenían cara de tristeza y estaban tranquilitas, como si supieran. Sólo Blanquita no parecía darse cuenta de nada. Cuando vio a Lucinda se puso a pegar brinquitos de puro contenta, como sólo las cabras chiquitas saben hacerlo.

Llenaron unas pimpinas con agua del pozo, recogieron los chinchorros y se los amarraron en el lomo a Jeremías, el burro, que tampoco parecía muy feliz. Aurora, la mamá de Lucinda, preparó unas arepas de maíz pelao y se las comieron con el último poquito de queso de cabra que Rosenda había preparado hacía dos días.

Todos estaban callados. No querían dejar la casa. Era una casita blanca, sencilla pero muy linda, enteramente hecha de barro, piedras y palos de cardón  Apenas tenía cubierto el techo en algunas partes, mientras que en otras sólo se veía un armazón de ramas, ¡total, si nunca llovía! Cada año el papá de Lucinda encalaba las paredes para Navidad, y pintaba las puertas y ventanas, que eran de madera, de un amarillo intenso.

Lucinda nunca había pasado un día entero fuera de su casa. Por eso, cuando llegó el momento de partir le dieron tantas ganas de llorar y sintió como si se hubiera tragado un dato entero y lo tuviera atravesado en la garganta. Casi no podía respirar. Cuando miró hacia atrás, le pareció que la casa estaba triste. El cují inclinado, que casi tocaba el suelo, se movía lento, como diciendo adiós.

Caminaron lento y sin pausas, todo el día. Sólo se pararon un momento, cuando Lucinda se quejó de sed y de que le dolían los pies. Descansaron un rato bajo la sombra de un Yabo, mientras Lucinda tomaba un poco de agua y su mamá le sobaba los pies. Blanquita la seguía por todo el camino, brincando a su alrededor y haciéndola reír de vez en cuando. Su mamá parecía cansada. La abuela 

Rosenda miraba el cielo. Su papá, que se llamaba Luis, igual que su hermano,  arreaba las cabras y a Jeremías, dando golpecitos con una varita flaca en el piso, con ayuda de Luisito, quien hacía lo mismo pero en otro lado. Estaban todos en silencio, como pensando.

Durmieron esa noche detrás de una duna que tenía un cují grandote, extendido, y  retorcido hacía atrás. Allí guindaron los chinchorros, comieron otra arepa pelada y tomaron otro poco de agua. El viento soplaba fuerte en esa zona y, aunque la duna los protegía, el cují se mecía, crujiendo un poco. A Lucinda el ruido le daba miedo. Montó a Blanquita en su chinchorro, a escondidas de su mamá, que no la dejaba dormir con animales. Así se sintió mas tranquila, aunque la cabrita se movía constantemente, clavándole las patas en las costillas.

Al día siguiente amaneció radiante y frío. Blanquita balaba desesperada por bajarse del chinchorro, pero Lucinda estaba rendida. Ya Luisito había ordeñado las cabras cuando logró despertarse. El papá prendió un fuego y pudieron comer la arepa mojadita en un café con leche tibio. Casi parecía que estaban en casa, pero sin las ventanas amarillas color sol.

Caminaron mucho durante unos varios días. Lucinda perdió la cuenta. Cada jornada era igual a la otra.

Caminar y caminar.

Sol. Mucho sol, algunos cujíes y arena y piedras.

Cielo azul, mucho cielo azul.

Un día Lucinda vio unas manchitas blancas en el cielo, que corrían y corrían. Se veían tan suavecitas que provocaba tocarlas.

Su mamá le dijo que eran nubes.

–Nubes, que nombre tan bonito, a mi próximo chivito le pondré así: "Nube" –dijo Lucinda–. ¿Y por qué corren las nubes mamá? –preguntó curiosa–.

–Las persigue el viento, hijita, tienen ganas de llover, pero en otra parte, van cargaditas de agua que llevan a la montaña-.  A Lucinda le parecía muy raro eso de que las nubes estuvieran cargadas de agua.

–El agua está debajo de la tierra y es marrón, mamá –afirmó Lucinda.

–No mi amor, el agua no tiene color y viene del cielo. A Lucinda, los cuentos de los adultos le parecían puros misterios.

Ya casi no tenían agua para tomar, Jeremías trotaba más aliviado, porque las pimpinas cargadas de agua pesaban mucho y ahora estaban casi vacías. El maíz pelado que la abuela había preparado, ya casi se había terminado. Todos estaban tristes, caminaban sin ver el camino, sobre todo la abuela Rosenda, que bajo el sombrero murmuraba interminablemente y sacudía la cabeza más que nunca.

–¿Cuándo vamos a llegar mamá? –preguntó Lucinda agotada.

–No sé mijita –respondió la mamá, pasándole la mano por la pelambre seca y descolorida por el sol– no sé ni siquiera para dónde vamos, estamos buscando agua.


En todos los días que estuvieron caminando no habían visto a nadie, sólo algunas culebras, cardenalitos, cabras montunas, lagartijas y esas cosas, pero no se habían encontrado con ninguna casa, y ningún ser humano pasó caminando por allí. Como si sólo existieran ellos, los animales y el desierto.

Un día, después de tantos iguales, cambió el olor del aire.

–El viento huele distinto, mami. Me pica un poquito en la nariz y me dan ganas de estornudar–. Lucinda corrió un poco hacia delante con los ojos cerrados y los brazos abiertos, oliendo, oliendo ese olor tan raro. Se trepó a una duna blandita y caliente y abrió los ojos.

–¡Mamá! ¡La tierra se puso azul y se mueve, mamá, y huele raro, huele a sal! ¿Qué eso tan azul mamá?

Luisito llegó de segundo y se quedó allí, junto a Lucinda, petrificado. Luego llegaron los adultos y las cabras. Jeremías llegó de último, tan cansado estaba, el pobrecito.

–Es el mar –le contestó Rosenda, con una sonrisa en la cara, grandota, como hacía tiempo no le veía Lucinda–. Es el mar ¿no es bonito?

–¿Y qué es el mar abuelita?

–El mar es mucha agua junta, mijita. Toda el agua del mundo juntita y meciéndose ahí, donde lo ves.Ahora sí que Lucinda no entendía nada. Ella tomaba agua que era marrón y estaba debajo de la tierra, su mamá le decía que el agua no tenía color y vivía en el cielo, corriendo perseguida por el viento y ahora la abuelita le decía que era azul y se mecía.

–No se ponen de acuerdo –se dijo– y decidió averiguarlo ella misma. Así que arrancó a correr hacia la orilla del mar, con Blanquita pegada a los talones.

Sintió el agua en los pies y le pareció muy rico. Estaba fresquita y ella tenía tanto calor que siguió caminando y chapoteando. El agua se le fue trepando por las piernas, las olas le hacían cosquillas en las rodillas. Blanquita se quedó en la orilla. A ella no le gustó eso de mojarse las patas, y balaba con desconfianza. Cuando el agua le llegó a la cintura, le dio miedo y no siguió. Usando las manos, se echó agua en la cabeza. La sorpresa la hizo cerrar los ojos con fuerza.

 –¡Ah! qué sabroso. Pero ¡mamá esta agua está salada! –Exclamó Lucinda–. Y corrió de nuevo a la orilla un poco asustada. – ¡Me pica en los ojos!– y se restregaba.
La abuela se reía. Estaba feliz, por lo visto. Se reía y le decía:

–Sí,  Lucinda, el agua del mar tiene mucha sal. La sal que usamos para salar el queso viene del mar.


Lucinda se sentó en la arena toda confundida. Las únicas veces que probó agua así de salada, era cuando lloraba. Como cuando se murió la mamá de su cabrita, por ejemplo, y la dejó huérfana y chiquitica con las patas flacas y torcidas. O como cuando se pinchó el dedo, duro, con una tuna. O aquella vez que se cayó y una piedra le abrió un hueco en la rodilla, que sangraba y ardía. Lloraba y lloraba, y las lágrimas eran así, saladitas.

–Mami, ¿quién estaba tan triste que hizo ese pozo tan grande de agua salada?             

–Abuelita 

-¿Dónde se acaba el mar?

– ¿Por qué va y viene? ¿No se decide a quedarse de una vez?

– ¡Ay mijita! –Le decía Rosenda–  no pregunte tanto que tenemos que conseguir agua para tomar.

– ¿Y ésa no se puede tomar?

–No –le contestó Rosenda riendo todavía- te da dolor de barriga y más sed, si tomas agua de mar.
Caminaron por la arena de la playa.
– ¡Qué suavecita es mami! ¡mira cómo se me hunden los pies!
Más adelante encontraron una choza de pescadores. Era una casita como inventada: unos palos, unas tapas de zinc y una puerta torcida. Un perro marrón con el pelo parado y los ojos brillantes les salió al paso, ladrando fuerte. Se oyó una voz que salía de adentro, gritando: –¡Chucho! ¡Deja ya el escándalo! ¿Qué es lo que pasa?

Y enseguida apareció una señora alta y morena, limpiándose las manos en el vestido.

-¡Buenas tardes! – Les dijo sonriendo sin ningún diente y muchas arruguitas alrededor de los ojos-. Rosenda se acercó y habló un rato con ella, mientras Lucinda trataba de acariciar al perro, que estaba más interesado en las cabras que en la gente. Cuando volvió, la abuela les dijo: –la señora se llama María y nos invita a quedarnos aquí esta noche–.

Lucinda se puso contenta pues le había gustado mucho ese montón de agua salada y fresquita. Blanquita, en cambio, no estaba muy convencida porque el perro le daba miedo. Su mamá agradeció el descanso y se sentó en la sombra sobre la arena, al lado de su papá, que parecía aliviado.

Al rato apareció otra vez María, y les ofreció comida. Los hizo pasar a su casita casi de mentira, y los sentó en una mesa, un poco apretujados porque era chiquita. Sirvió arepa, pescado frito y papelón con limón. Lucinda estaba asombrada. Nunca había comido pescado y no paraba de preguntar. Jurungó el pescado con las manos, encontró las espinas, comió con gusto y se tomó todito el papelón con limón. 

Cuando terminó estaba embadurnada de pies a cabeza. María se rió sin ningún diente y muchas arruguitas y le dijo que se lavara las manos. La llevó a un bañito pequeño donde había un aparato metálico con un pico, que ella llamó "chorro" encima de un pipote lleno de agua. Lo abrió y ayudó a Lucinda a lavarse la cara y las manos con jabón. Ahora sí era verdad que Lucinda estaba asombradísima. Además del mar, que es agua con sal, del agua marrón de su tierra y del agua que corría en el cielo, además, salía agua por ese chorro. El agua sí que era rara.

El resto de la tarde estuvieron conversando en la playa, al lado de la casita. El esposo de María era pescador y estaba de campaña, que es como ellos le dicen a salir a pescar al mar. Por eso ella estaba sola con Chucho, el perro. Arreglaron los chinchorros como mejor pudieron, unos adentro y otros afuera, en el porchecito de la casa. Enseguida empezó a soplar un viento muy fuerte que venía desde el mar.

–Va a llover –dijo María– y como si hubiera dicho un abracadabra comenzó un ruido metálico a escucharse sobre sus cabezas: ¡plin-plin-plin! Primero lento y suave y luego cada vez más fuerte hasta que se convirtió en un ruido sordo y continuo. Lucinda no entendía de qué se trataba, miraba hacia el techo extrañada por su sonido, hasta que miró hacia afuera. ¡Caía agua del cielo!

Blanquita estaba asustadísima, levantaba las patas molesta y no paraba de balar. El resto de las cabras se refugiaron junto a Jeremías debajo de una mata de uva de playa. La abuela se  acercó a Lucinda y le dijo en la oreja, duro, porque casi no se oía nada por la bulla en el techo: –Lucinda, ¡anda, prueba la lluvia!–. Lucinda le preguntó a su mamá con la mirada y ella sonreía con toda la cara, así que salió afuera. Las gotas le golpearon la cara, frías, sabrosas. Se empapó rapidísimo y de puro contenta se puso a correr y bailar. ¡Ya entendía lo que le contaba su mamá! ¡El agua sí cae del cielo!

Llovió mucho rato, hasta muy entrada la noche. Lucinda se despertó cuando ya no se oía el repiqueteo de las gotas contra el techo. Se bajó del chinchorro y fue a curiosear un poco por los alrededores. En la tierra alrededor de la casa se había formado un pozo con el agua de la lluvia. Lucinda se acercó y miró al pozo, que le devolvía su imagen y las estrellas reflejadas, como si ese pedacito de agua contuviera todo el cielo. Allí se quedó un rato, quietecita, extasiada con ese último misterio del agua. Y pensó, resuelta:

–¡Yo quiero quedarme aquí, donde vive el agua!





viernes, 9 de noviembre de 2018

Make fascits afraid again









POR DINAPIERA DI DONATO
para María Celina Núñez que también cruzó.
Un Ser entendido como el lugar de la atención interna.
Alejandro Varderi.
Tardes con Elizabeth Schön.
La vita contemplativa sin acción está ciega. La vita activa sin contemplación está vacía.
Byung-Chul Han.
El aroma del tiempo, un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse.

Los dueños del bien y del mal común antes nos metían a patadas en la narración y ahora nos convocan por las redes a fuerza de deseos, convertidas en museos instantáneos de la vida mejor. Nos organizan el turismo de refugios y las fotos en los sitios de acogida nos quitan el último apego que nos queda.

Alertas atendidas, hay que tirarse no a la calle rabiosa sino a la carretera. Si no fuera porque los veo recién llegados aplicados en tareas de la ciudad pensaría en fantasmas de la vida líquida desparramada por las pantallas, entre vidas vaciadas y paquetes rellenos de asuntos que pueden hacer añicos la opinión que cuida los territorios mudando los enfados.

Por los caminos fronterizos van los hijos, van las costumbres, van los lobos solitarios, van los padres confiados, los que se están muriendo, los que sobreviven; van ángeles y niños a veces solos. Quién te deja ahí, quién te trajo, quién te captura, quién te protege, quién te da abrigo. A ratos bastaba, como en Venezuela, que el país de al lado te regalara las vacunas para los recién nacidos, te prestara un aeropuerto, un poco de harina; ahora necesitas que te muevan a alguna parte. Alguien se encarga de recoger tu diezmo, lo que queda de ti o lo mejor de ti y te ofrece líquidos un rato, un tramo, unos kilómetros.

Los muertos ya no tienen sed. Los mejor dotados consiguen más transfusiones. Los oyes tocando Bach en subterráneos del mundo entero para ganarse la botella cristalina. Hidratados, dan de comer al futuro. Su vida será una obra de arte de fusión. O de aguante.

Una muchacha de mi pueblo pasa con su hija por esta ciudad. No se operó de nada, no tiene vida sana, no pisa gimnasios, hace rato que no usa cremas, ni siquiera champú, no se nutre correctamente, y sin embargo luce como cualquiera reina de belleza que custodia en España –por decir algo- fortunas mal habidas, a cambio de nutrientes y juventud eterna. Se extasía con las promesas. Las orquestas lejanas de emprendedores versátiles, virtuosos en todos los riesgos. Confía en que bastará con alcanzar algún borde. Le saldrán garras para sostener partituras. Lo inmediato es cuidar el perfil de la hija. Alejarse de la ribera de uno de los ríos más caudalosos donde no llega agua a los grifos de la casa. Se les niega a los menos hábiles para que también se enfilen, diluidos, en los reportes puntuales que van indicando a cuál puerta y en nombre de cuál estrella tocar.

La niña ya no podía imitar a nadie real. Con seis años, solamente revisa las pantallas con un instinto de caza y pesca absorbido en telenovelas. Inventores, artistas, expertos integradores de una cárcel con satélite, tepuyes y paisajes de bromelias, de chaparro y cují, no vuelven a imaginarse en Upata-la rosa de la colina, la india brava engañada, la tierra de Américo de Grazia- en secuencias mentales posibles. Lugares y padres se pierden de vista. Los pequeños miraban al principio sus estampas en el altarcito de la pantalla del celular. Poco a poco olvidan, no aprecian. ¿Para qué sirven científicos y músicos de otros tiempos, frailes lingüistas, teatros y bares famosos; las casas tradicionales guardianas de laboratorios botánicos y centros de la caridad organizada ahora? Suenan a cuento chino. La niña no quiere saber tampoco por qué iba allí de campaña una María Corina Machado, por qué mataban a una maestra, a gente buena, ni por qué al otro lado del país escribía Milagros Socorro, ni para qué les servirían aquellos nombres de revista Hola, de novelas rusas e italianas, de cine, telenovela y crónica de frailes, a las mayores que fundaron instituciones, que enamoraron a Lacan o a hombres buenos, se mezclaron con nobles arruinados, con prominentes bandidos, con gente mejor o peor que nadie recuerda. Las influencers de otros siglos se llevaron sus secretos. Aquellas eran aguas más allá del mundo dejó escrito un fraile cartógrafo en polvorientos anales que trataban de la toponimia y de la luz, en la selva.

En estos días la niña no quiere oír de cirujanos de Caracas aspirando a un Nobel, ni de los personajes de la política del interior que mantienen a raya escaramuzas tribales y acciones de las FARC el ELN; los comentaristas, los actores de unipersonales, los traductores, los eternos estudiantes de comunicación, provocan menos. Qué decir de transmitirle ganas de gran emprendedora o de escritora premiada, si da lo mismo que nos inviten a cantar como flamencas upatenses en una película europea cuando la madre no está a la altura de los que dominan el secreto del desvío del oro y del diamante en la cuadra. Le fallan las fuerzas para encaminar a la hija en las minas para que sea una persona de bien. Cuando solamente queda buscar el agua potable de cada día le hace caso a la pequeña que le muestra imágenes de satélite con la ubicación exacta de la fila de huida más cercana.

Los que lograron nadar vuelven a vivir en los vagones. Recuerdo fetiches contra el miedo, colgantes con cruces, caracoles, medallitas, fotos; ahora noto más tatuajes. Son de pronto los gigantes rayados que adoro al final del verano. Mis bellos sobrevivientes que van embalando cuidadosamente el tiempo en Instagram. Prueban voces y pálpitos, puesto el cuerpo repleto de brillo viral, son los viajeros intercambiables, cebados por el paisaje mayor. No son visiones. Tienen luz propia. Un tú compasivo, experto en grietas, que se desliza al nervio cuidando no ser visto.

Volvemos a prometernos cosas con solo vernos. No cultivar el desierto. La visitante pasa y sigue. No va a encaminarse por los túneles hacia el final, a destiempo, arrastrando custodios de agencias esclavistas. No saber sino arar en el agua, escalar abismos, con un tú se desea el nuevo lugar que no será en mi barriada.

Al levantar la vista, en una ventana de la avenida Amsterdam convertida en un punto referencial creo que algo va a sonarle, deseará fotografiar, textear, responder. Pero solamente se pone a contar las estrellas de la bandera que cubre la ventana, -son siete-, mientras yo me detengo en el cartelito del ventanal de al lado que traduzco a la libre: Pon a temblar otra vez a los fascistas.

—Tía, qué patético— es lo que susurra la visita, para que no oiga la niña—. Esto también se está llenando de viejos de las siete fucking starts que nos metieron en la mierda de las fucking ocho, usando cualquier eslogan reciclable.

La niña no pide aclaraciones. Guglea y hay una oferta del Funny Coffee Mug con un Make fascists afraid again. Sabe que cuando estén por más tiempo en un lugar aprenderán a comprar. Por ahora las convierto en peregrinas de la monja Cabrini, patrona de los que cruzan. Los colores de otoño de los jardines de Inwood donde suelo llevar a los recién llegados logran sacarlas un poco de sus pantallas.
Los paquetes con explosivos tal vez hayan salido del sur de la Florida. Las tropas de Trump se aprestan a recibir la caravana de Centroamérica, dicen. Los mexicanos se disponen a ser compasivos. Los políticos tuiteros aseguran que los paquetes de caminantes podrían causar nuevos enfados.
Ahora no sabemos cómo van a cruzar otros. Los cuerpos usados como lienzos masticables presentados en bandejas donde brillan indefectiblemente sus memorias vivas, amarillas, azules, rojas, pierden actualidad. Mi visita continuará buscando asientos (los de ella y de su niña, donde quiera que se detengan) donde ya nadie recuerde el número de estrellas en un trapo que para algunos, según cómo lo use, les ayudaría a alcanzar la fuente no prometida.

Photo Credits: Dinapiera Di Donato

jueves, 1 de noviembre de 2018

Concursos literarios noviembre



   
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