Pasado fijo y recuerdo en movimiento
Mujeres con memoria. Córdoba: Babel, 2026, 146 pp.
Susana SANTOS
Cumplido medio siglo del golpe de Estado que el 24 de marzo de 1976
dio inicio a la última y más sangrienta dictadura cívico-militar argentina, hay
que celebrar la publicación de Mujeres con memoria bajo el sello Babel
que dirige el editor cordobés Ramiro Iraola. En septiembre de 2026 celebramos
su aparición más aún de lo que habríamos concebido a lo largo de las tres
décadas de democracia electoral que precedieron a la victoria del candidato
libertario Javier Milei en el balotaje del 19 de noviembre de 2023. Es un libro
coral, compuesto en dos secciones. La primera, “Poemas con memoria”, reúne
poemas de Silvia Barei, Ernestina Elorriaga, Livia Hidalgo y Nora Luna; la
segunda, “Relatos con memoria”, los textos de Eugenia Cabral, Carmen Colazo,
Alicia Corzo y Mónica Flores. Todas ellas nacieron en la provincia argentina de
Córdoba, salvo Elorriaga —nacida en Darregueira, provincia de Buenos Aires—,
que ha elegido la provincia mediterránea como su lugar en el mundo.
Mujeres con memoria responde “a la
necesidad urgente de hacer un ejercicio de memoria y, al mismo tiempo, un
homenaje” (p. 11) a las Madres de Plaza de Mayo, que iniciaron sus marchas en
1977 y se identificaban con pañales —“pañuelos curtidos / de llantos
inmensos”—.[1]
Necesidad y urgencia dadas por la condición de la memoria de estar siempre
expuesta a las inversiones, conversiones y reversiones del presente. Entre un
pasado y un presente dinámicos e inconclusos, la escritura reunida en Mujeres
con memoria asume el desafío de la tensión establecida entre una identidad
de la memoria social y las gramáticas utilitarias del mercado, en un paisaje
poblado de ranuras, rendijas y líneas de fuga que interrumpen el tiempo plano
que pretende imponer la ultraderecha neoliberal.
Publicar Mujeres con memoria significa también asegurar y
renovar la difusión de las narrativas testimoniales argentinas, aquellas que
representan e interpretan los vínculos entre cultura, historia y política,
enunciadas por protagonistas o testigos del régimen militar que gobernó el país
entre 1976 y 1983 —y aun antes de 1976, cuando “comenzó a gestarse la Triple A
como triste antecedente de lo que sería la represión, tortura, asesinato y
desaparición sistemática que llevó a cabo la dictadura” (p. 12)—.
La memoria de ese pasado,[2]
contada por lo general en primera persona por testigos, sobrevivientes e hijxs
de desaparecidxs, sostiene su filiación respecto de las ficciones mayores de la
cultura moderna: tanto de la ficción literaria —así, la narración proustiana,
con su célebre representación de la memoria involuntaria— como de la ficción
teórica —así, la discursividad freudiana, con sus metafóricas representaciones
de lo reprimido y lo inconsciente—. El pasado tiene algo de irreductible y, en
cierto modo, soberano.
Esta producción, interpretada en su conjunto bajo los parámetros de
trauma y duelo o, si se quiere, de posmemoria, melancolía y duelo, originó
reparos que conjeturaron la posibilidad de una “fatiga de la memoria”[3]
o la anunciada “muerte de la cultura de la memoria”.[4]
Sin embargo, antes que discutir las características internas de los textos
testimoniales —narración en primera persona, historia subjetiva, apelaciones a
la empatía, representaciones fragmentarias del pasado—, la cuestión central
reside en el problema del pasado: en su representación y percepción más que en
la cantidad abarcable o comunicable de un contenido,[5]
vinculadas a la acción del sujeto sobre el presente histórico, a su
“experiencia”, que surge sorpresivamente como interrupción, como un
desplazamiento que de pronto une el pasado con el presente y ofrece nuevas
imágenes.
Los poemas y relatos compilados en Mujeres con memoria se
relacionan no solo por su temática, sino por la construcción de una dimensión
individual en intercambio directo con el resto de la comunidad, que permite
reponer la diferencia, lo singular, y con ello la duda, la sospecha y la
opinión propia, canceladas por la industria cultural.[6]
Son textos inscriptos en la historia en dos planos diferentes e
interrelacionados: en sincronía, signados por el presente de su enunciación e
impactados por las tensiones de un momento histórico; y, en diacronía, marcados
por momentos anteriores cuyos componentes residuales constituyen en gran medida
el presente, un presente abierto al futuro. Los poemas y las narraciones de Mujeres
con memoria pueden anticipar y dar forma a momentos históricos aún por
venir.
Quienes hablan y escriben en Mujeres con memoria son
ciudadanas de a pie, de conocimiento situado y de experiencia, anticipadas en
breves y concisas paráfrasis que, junto con las fuentes biográficas, esclarecen
las circunstancias de la materia poética y narrativa, apoyadas en la relevancia
de datos empíricos de la realidad. Actoras sintientes, a quienes las
emociones no las alejan de la razón: sus vidas emocionales y cotidianas forman
parte de la reflexión humana y social.[7]
La mayoría de los poemas y relatos llevan epígrafes o dedicatorias que
pertenecen a escritores de generaciones más jóvenes y también a víctimas del
terrorismo de Estado. Puentes hacia el futuro anclados en la memoria del
pretérito.[8]
No es posible, en esta breve presentación, dar cuenta del relieve
particular de cada poema y cada relato de Mujeres con memoria. Nos
avenimos a circunscribirnos a un haz de ellos, los que nos resultaron
principales como desencadenantes de nuestros recuerdos fijados en la memoria.
Atadillo delgado, no por ello raquítico: toda evocación no se proyecta —ni
tiene por qué hacerlo— sobre el último cociente de la historia, sino que se
halla siempre facultada para saltar por encima de ella, dando de nuevo alcance
a los textos leídos que rememoran lo visto y lo mirado en una relación
peligrosa, porque la tiñe nuestra subjetividad.
Entrar en materia
Poemas con memoria
Todo está
guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.
León Gieco, “La memoria” (2001)
“Hay cavernas”, primer poema de la serie de Silvia Barei (1951),
inicia la primera sección de Mujeres con memoria.[9]
Larga tirada de versos encadenados anafóricamente, cuya regularidad se quiebra
para abrir otro espacio e inscribir la palabra que titula el poema:
Debajo de
este aire humano
de esta sangre
de este cuerpo y su temblorosa geografía
allí
en todo lugar
debajo
hay cavernas
¡Ay!
Cavernas. (p. 20)
Resuenan en estos versos los de “Cadáveres”, de Néstor Perlongher.
Las cavernas —cueva, cripta, antro, guarida, celda— son, por deslizamiento
asociativo, el lugar de la muerte, de los cadáveres; pero, de manera implícita,
son también donde se debe desenterrar y recordar: “quien intenta acercarse a su
propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava”.[10]
El poema se articula sobre el gesto arqueológico de la búsqueda —esfuerzo
intelectual y corporal—, no sobre el hallazgo ni su relato. La búsqueda es el
sostén del poema y habilita la invención o producción, en contraposición con la
reproducción.
De Ernestina Elorriaga, “A dentelladas”, compuesto en doce partes,
recrea las palabras de una madre a un hijo cuyo destino desconoce, las del hijo
buscado por la madre y las del hermano de ese hijo: palabras que traslucen —a
dentelladas— la trágica realidad de las promesas y los deseos incumplidos,
sin patetismo alguno ni traición al rigor de una íntima dicción. Las imágenes
corporales —“el cordón umbilical / cuelga vacío” (p. 36), “en un ojo sin
córnea” (p. 36), “carcomiéndole los testículos” (p. 43)— son imágenes negras, y
las frases entrecortadas dan palabra a la conciencia del horror. Aun así se
inscribe un nombre: identidad y herencia que no podrán desaparecer:
con el filo
de su uña
garabateó su
nombre
para que sea eternidad. (p. 43)
Oscar Chabrol escribió su nombre; identidad y herencia que no podrán
desaparecer. Mane, thecel, phares:[11]
“Las paredes anunciando el fin de la Dictadura” (p. 41).
En la advertencia de Livia Hidalgo (1955) que precede a la selección
de su poemario De Glauce (2021), la autora señala: “viví la dictadura
del 76 como había vivido la de Onganía, en mi pueblo, de un modo oblicuo, con
una ceguera espeluznante” (p. 48).
Leemos, verso a verso, una doble focalización interna. La primera se
refiere al proceso personal de Hidalgo a partir de su acercamiento a la poeta
Glauce Baldovin (1928–1995),[12]
ocurrido en 1991 en la ciudad de Córdoba, “calle arturo m. bas” (p. 51), y
expresado de modo subjetivo, el de una conciencia en formación:
yo estaba
particularmente conmovida
era la
primera vez
que caminaba
con las madres en silencio.
era la
primera vez
que veía en
pancartas
a tantos jóvenes que ahora tendrían mi
edad (p. 52)
pero cuando Glauce
empezó a leerme sus poemas
sentí un
mazazo sobre mi cabeza.
fue como si
de pronto
hubiera tomado conciencia de mi
silencio cómplice (p. 53)
La segunda focalización, íntimamente entretejida con la primera, es
la admirativa emulación ética hacia Glauce: testiga y agente contra la
injusticia desde la desaparición de su hijo Sergio —bajo servicio militar, en
1976— hasta la certeza de su asesinato a fines del 79, “después de la llegada /
de la comisión interamericana de derechos humanos” (p. 55). De la asunción de
la Junta Militar, en 1976, a los indultos del gobierno de Carlos Menem, en
diciembre de 1990: “los indultos fueron insultos” (p. 51).[13]
Los poemas de Nora Luna (1981) —algunos de su libro Batallas,
exilios y jardines del fondo— recrean un ámbito de emoción y afecto. En
ellos la autora “hace referencia a lo familiar y personal viajando por los
exilios de mis padres y mis abuelos”; y, en los inéditos, “expone el duelo por
los que no están, por los que siguen buscando”. Transmiten o perturban sentimientos
ya existentes y reconocibles, y a la vez moldean una nueva configuración
afectiva:
Después de
tanto pensarte
necesito un
abrigo
porque mi
espalda tiene frío
y la espera se hace muy larga (p. 73)
Relatos con memoria
No hay
documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie.
Walter Benjamin, Tesis sobre el
concepto de la historia
Los relatos de Eugenia Cabral (1954) abren la segunda sección de Mujeres
con memoria.[14]
“Hacia el ocaso”, “La flor nacional” y “La navidad y la sed” son, en conjunto,
un modelo de literatura realista —coherente, consistente y estable—, de factura
dramática, apoyada en el soliloquio interior de la narradora protagonista. El
lenguaje contribuye a su estrategia mimética: es el habla de una escritora
cordobesa que reivindica un léxico, una sintaxis y una prosodia propios. Cada
relato recrea un horizonte conocido y aun tópico dentro de la Córdoba de los
setenta —la lucha estudiantil, las persecuciones y represiones, los lazos
solidarios frente a los detenidos—. Leemos los hechos por sí solos, que nos
dicen su verdad dentro de esa maquinaria que pretendía disolver la palabra en
la acción y el mundo. Sin el espíritu didáctico de la literatura comprometida y
sin el exceso de información que socava el valor estético del relato realista,
la autora presenta situaciones en extremo conflictivas que suscitan la
reflexión política.
“Hacia el ocaso”, situado en “agosto 1974” (p. 85): un hombre,
Daniel,[15]
y una mujer, que relata, caminan por la vereda cercana a un colegio de curas
que ocupa toda la manzana: “la calle por la cual caminamos corre de este a
oeste; por eso el sol muriente queda delante de nosotros”. A sus espaldas, el
ruido anuncia el avance de un “Falcon bordeaux, un Peugeot blanco, un
Torino anaranjado” —el Torino, orgullo de la industria local—.[16]
Con hombres armados, la “caravana terrorista se dirige al domicilio de algunos
compañeros. Seguro que varios amigos van a morir” (p. 87). Los automóviles seguirán
su marcha. El final del relato no puede ser más eficaz: “que se lleve el diablo
toda la belleza de su luz. Ahora odio el color naranja. Lo odio” (p. 87).
“La flor nacional”: la irrealidad de lo real. Un árbol de ceibo mana
sangre —metáfora, o doble perfecto, de una realidad alienante donde todos viven
entre la mentira oficialista y el miedo—. Ante lo absurdo de la existencia y el
caos de la historia, contra la adversidad, unos personajes resisten para
entregar comida a los detenidos: una resistencia que no cede a los laberintos
del escepticismo, sino que responde al afán de recrear otros sueños.
La presencia de la narradora, biógrafa al fin, introduce una
distancia irónica entre lo que el lector lee y la interpretación posible de sus
actos, palabras y pensamientos. La frase final de “La navidad y la sed” —relato
de las penosas circunstancias que sufre la narradora, junto a su pequeña hija,
en su viaje en colectivo (un “cachivache”) desde Córdoba a la provincia de
Buenos Aires para visitar a su marido, detenido en el penal de Sierra Chica; la
espera bajo la inclemencia del calor de diciembre, la sed— “Pero estás vivo, mi
amor, estás vivo, y nuestra hija también” (p. 94), transmite el valor de una
epifanía. Marca el momento en que la narradora expresa sus más íntimas
convicciones e inquietudes, el lugar donde descubre una razón poderosa para
explorar lúcidamente la travesía por la lucha política en una especial
coyuntura de derrota, no solo propia de la experiencia argentina, sino también
del contexto del Cono Sur. Su frase porta el tamaño de una esperanza que no
acepta la causa perdida, y contrasta con la propaganda militar basada en la
preservación de los valores familiares y morales supuestamente amenazados por
las ideologías de izquierda: la narradora ofrece su propia representación de
los lazos familiares y relegitima el vínculo amoroso con su marido detenido.
De Carmen Colazo, los relatos extraídos de dos de sus libros —Entre
fronteras y La escuelita: éramos el agua (2025)[17]—
traslucen una singular capacidad para captar y transmitir la realidad cotidiana
de la vida en Córdoba: una historia de resistencias dentro de “una vida
cotidiana universitaria en dictadura”, “de una juventud en dictadura”, en
“proscripción y estado de sitio”, “a la que debemos seguir relatando hasta sus
más mínimos detalles, para que las juventudes la conozcan y para que no suceda
NUNCA MÁS” (p. 116).[18]
Los relatos derivan del ámbito de la infancia: la casa de su abuela
Serafina Córdoba —portadora de apellidos de linaje, cultora del pasado
colonial, antiporteña y antirrosista (p. 101)—, emplazada en Alta Córdoba, uno
de los barrios más populosos de la ciudad, poblado por migrantes y testigo de
las luchas anticonservadoras de 1905. La figura del padre, nacido en 1916 —el
mismo año en que asume la presidencia Yrigoyen—, cuya influencia política tiñe
a la familia; y la juventud de la narradora, signada por su ingreso a Ciencias
de la Información en la Universidad Nacional de Córdoba: “Me siento en el
mundo” (p. 103). Un mundo, un espacio, militante en los estudios y en la
política. Leemos y recordamos, junto a la narradora, los luctuosos
acontecimientos que precedieron a la dictadura del 76: listas negras,
detenciones, secuestros, torturas, desaparecidxs, “los campos de concentración,
La Perla o el Campo de la Ribera” (p. 111). La narradora viajará a Quyquyhó,
Paraguay, para llevar a su hijo de visita a su bisabuela, Ña Persita. Son
tiempos del general Alfredo Stroessner, cuya primera presidencia había hecho
posible el golpe de Estado de 1954; el líder del Partido Colorado gobernó por
más años que ningún otro presidente sudamericano, hasta ser derrocado en 1989
por una facción militar encabezada por su consuegro Andrés Rodríguez.
Vengo de una familia preparada para resistir: la autodefinición que precede los relatos de Alicia Corzo (1967),
que recuperan la vivencia de una niñez marcada por la violencia y el crimen
perpetrados por el poder militar.[19]
Lecturas prohibidas por la dictadura, libros enterrados, estantes de las
bibliotecas con espacios vacíos “que yo recorría lentamente y en silencio,
quizá buscando una respuesta a aquella intrigante prohibición de los militares”
(p. 121). Una vuelta a la región de la infancia, menos para regodearse en los
buenos recuerdos que para interrogar episodios, a veces tormentosos, a veces
secretos.
Los relatos de Mónica Flores (1954) —“Sábado de mayo” y “El niño
prófugo”, narrados en tercera persona; “Cómo fue el después”, en primera—
instalan un doble juego de distancia e identificación. En los dos primeros, los
hechos históricos están al servicio de la ficción. Diana y Darío, muy jóvenes
militantes, deciden emigrar con su pequeño hijo a causa de “la cacería, que
hacía más de un año que había comenzado en todas las provincias. Y seguía
todavía con furor” (p. 133). El proyecto se frustra con la detención de Diana y
la muerte de Darío. Liberada, Diana viaja con su hijo y su madre a Santa Cruz
de la Sierra y luego a La Paz, cuando “se ha extendido en La Paz la huelga de
hambre de los 72 mineros de Catavi” (p. 140), contra la dictadura del general
Hugo Banzer. “Cómo fue el después” representa a un grupo más amplio y formula
una denuncia del pasado: no se limita a describir el exilio, sino que emprende
una nueva búsqueda de sentido de la experiencia. Un proceso de construcción de
significado —que alterna entre pasado y presente e incorpora las narrativas de
los dos primeros relatos— a través de una representación simplificada,
estrategia para realzar la dimensión simbólica de un pasado que cobra
relevancia cuando se vincula dialécticamente con un presente abierto y
continuo: “Se llamaba Sergio y era de Buenos Aires. Él me acompañaría en ese
después” (p. 143).
El énfasis de “Cómo fue el después” recae en el sujeto que recuerda.
La importancia de la dimensión singular del recuerdo resguarda la memoria
social como característica del proceso: el ejercicio y la acción del propio
cuerpo y de los sentimientos en la rememoración.
Esta característica —que, aun de manera sucinta, señalamos en los
relatos de Alicia Corzo— asiste cada una de las páginas de Mujeres con
memoria. Aquí, “asistir” significa presenciar, pero también —mágicamente, y
la lectura lo permite— acudir. Acudir a la memoria.
[1]“De madres”, canción del grupo de rock
argentino Caballeros de la Quema, del álbum Sagrado corazón (1997).
[2]LaCapra, D. (2005). Escribir la
historia, escribir el trauma. Buenos Aires: Nueva Visión, p. 25. LaCapra
denomina “trauma fundacional” a un acontecimiento traumático que destroza la
identidad pero que, paradójicamente, se convierte en su fundamento; si bien
proporciona un medio para comprender la historia, también constituye “un
desafío importante que debe abordarse: desarrollar un enfoque cuidadoso que no
se vuelva psicologizante, excesivamente teórico, ajeno a problemas sociales y
políticos más amplios, estrechamente subordinado a la política de identidades,
o el objeto de una fijación en la que la historia se identifica con el trauma y
se ve trauma por todas partes”.
[3]Huyssen, A. (2002). En busca del futuro
perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización. México: Fondo de
Cultura Económica, pp. 29 y ss. Huyssen señala la paradoja de que, mientras la
cultura está saturada de memoria por el acceso masivo a través de los medios,
crece el pánico público al olvido y a la pérdida de conciencia histórica, y
sugiere que el exceso de información y la “comercialización de la nostalgia”
pueden terminar generando amnesia en lugar de una memoria real.
[4]Sarlo, B. (2005). Tiempo pasado. Cultura
de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires: Siglo XXI.
[5]Benjamin, W. (1999). Poesía y
capitalismo. Iluminaciones II. Madrid: Taurus, p. 129. La memoria
(“Gedächtnis”) y el recuerdo (“Erinnerung”) expresan dos nociones a través de
las que se dirimen dos modelos antagónicos de configuración del mundo: por un
lado, una repetición conmemorativa y consensuada, cercana a cierta voluntad
historicista; por otro, la construcción de un pasado en el límite entre lo
individual y lo colectivo, que se presenta como interrupción de la continuidad
histórica.
[6]Agamben, G. (2007). Infancia e historia.
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, p. 9: “la experiencia no tiene su correlato en
el conocimiento, sino en la autoridad, es decir, en la palabra y el relato”.
[7]Hochschild, A. R. (1975). “The
Sociology of Feeling and Emotion: Selected Possibilities”. En M. Millman y R.
Moss Kanter (eds.), Another Voice: Feminist Perspectives on Social Life and
Social Science. Nueva
York: Doubleday, p. 280.
[8]Los epígrafes de los poemas de Silvia Barei
corresponden, en “Hay cavernas”, a Claudia Tejeda (1969), y en “Apuntes sobre
el barro”, a Andrés Neuman (1977). Las dedicatorias de “Buen Pastor”, también
de Barei, son para Cristina Salvarezza, militante del PRT, una de las
veintiséis presas políticas —“coreografías de luz / en mujeres encendidas /
abrazadas” (p. 26)— que lograron escapar de la cárcel de mujeres El Buen
Pastor, en la ciudad de Córdoba; “No pudieron matar la belleza”, para Adriana
Calvo y Teresa Laborde —“Teresa nació en el piso de un Ford Falcon, mientras su
madre, esposada y casi desmayada, era trasladada a una comisaría del Pozo de
Banfield, en 1977” (p. 28)—; y “Los rostros como banderas”, para Carmen Conde,
Madre de Plaza de Mayo —“pregonamos una indómita alegría” (p. 32)—, que murió
el 12 de julio de 2020 sin saber sobre su hijo Juan Carlos García Conde,
detenido desaparecido (p. 32). Ernestina Elorriaga dedica “A dentelladas” a
“Oscar Domingo (19) y Juan José Chabrol (17), 18/10/75” (p. 35): “asesinados y
finalmente desaparecidos al cabo del ocultamiento de sus restos […]. Juan José
fue muerto a trompadas y patadas, mientras que el mayor alcanzó a escribir con
sus uñas, en la celda, su nombre y la certeza de la intención de sus captores:
‘Oscar Chabrol, me quieren matar’” (p. 46). El epígrafe de los fragmentos
narrativos de la novela de Carmen Colazo Entre fronteras es de Gloria
Anzaldúa (1987); el del relato “¿Qué llevan esos cajones?”, de Alicia Corzo, es
un fragmento del poema escrito en prisión por Manuel Nieva (1944); “El
escondite perfecto” toma un fragmento de Criaturas, de Alberto Adellach
(1933); y “Resistir”, los versos de Palabras para Julia, del español
José Agustín Goytisolo (1992).
[9]Los poemas de Silvia Barei compilados en Mujeres
con memoria son “Hay cavernas”, “Entre la hierba alta”, “Apuntes sobre el
barro”, “Buen Pastor”, “No pudieron matar la belleza”, “1974” y “Los rostros
como banderas”.
[10]Benjamin, W. (1992). Cuadros de un
pensamiento. Buenos Aires: Imago Mundi, p. 118.
[11]La expresión “Mane, thecel, phares”
pertenece al capítulo V del Libro de Daniel (Antiguo Testamento): escrita por
una mano misteriosa en la pared y descifrada por el profeta Daniel, es una
advertencia fatal al rey de Babilonia. Su uso trasciende el ámbito religioso
para describir situaciones en las que un liderazgo o una institución es juzgado
negativamente y se anticipa su caída.
[12]Cabral, E. (3 de agosto de 2026). “Glauce
Baldovin: la revolución que no fue”. Inquieta Editora, Córdoba. https://inquieta.ar/glauce-baldovin-la-revolucion-que-no-fue/
[13]Entre octubre de 1989 y diciembre de 1990,
el presidente Carlos Menem firmó diez decretos que indultaron a líderes
militares y de la guerrilla encarcelados a raíz de los juicios de 1985. A
diferencia de las leyes de Punto Final (1986) y Obediencia Debida (1987)
—aprobadas en el Congreso y en consonancia con la idea de justicia retroactiva
limitada que defendían el presidente Raúl Alfonsín y la Unión Cívica Radical
(UCR)—, las absoluciones del líder del Partido Justicialista (PJ) devenido
presidente fueron unilaterales, y sorpresivas.
[14]De Eugenia Cabral: “Hacia el ocaso”, “La
flor nacional” y “La navidad y la sed” (pertenecientes al libro inédito La
flor nacional) y “Los príncipes peligrosos”. Este último, fechado en 2011,
coincide con el aniversario de la quema de libros realizada en 1976 por el
Tercer Cuerpo de Ejército.
[15]Daniel Ernesto Herrera, novio de Eugenia
Cabral desde 1974 y esposo a partir de 1975, militante de Política Obrera como
la autora, fue detenido por orden del comando del Tercer Cuerpo de Ejército en
julio de 1976, el mismo año en que nació Natalia, la hija de ambos. De la D2,
donde padeció torturas y golpizas, fue trasladado a la Penitenciaría N.º 2 del
barrio San Martín hasta diciembre de 1976 y, luego, al penal de Sierra Chica,
provincia de Buenos Aires. Liberado por una amnistía en 1977, falleció en un
accidente de tránsito en 1979, a los 38 años.
[16]A comienzos de la década de 1970, Córdoba
era un poderoso centro de desarrollo industrial —asentado sobre los sectores
dinámicos de la economía: automotores, metalurgia y energía eléctrica— y un
importante foco de producción cultural e intensa participación política. En ese
contexto, la rebelión popular del 29 de mayo de 1969, conocida como “el
Cordobazo”, fue un punto de inflexión: la imagen combativa de los gremios y los
estudiantes enfrentando a la Infantería en pleno centro de la ciudad alertó a
las fuerzas policiales y militares sobre la capacidad de organización de los
sectores populares, que volvieron a ocupar las calles en “el Viborazo” (1971) y
en “el Navarrazo” (1974). Con la intervención iniciada por Duilio Brunello,
Córdoba quedó militarizada; la política del terror se profundizó desde
septiembre de 1974, al ser designado interventor el brigadier Raúl Lacabanne
(amigo de López Rega) y jefe de policía el comisario Héctor García Rey.
[17]“Como los maoístas enseñan que el pueblo es
como el agua y el ejército revolucionario es como el pez —y que, por lo tanto,
los guerrilleros deberían moverse en el pueblo como un pez en el agua—,
nosotros decidimos eliminar el agua. Éramos el agua” (p. 114).
[18]El origen de la frase “Nunca más” se
encuentra en el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas (CONADEP), creada en 1983 por el presidente Raúl Alfonsín para
investigar los crímenes cometidos durante la dictadura. El informe, titulado Nunca
más, recopiló testimonios y pruebas documentales que revelaron la magnitud
de la represión ilegal y la violación sistemática de los derechos humanos.
[19]De Alicia Corzo: “Miguelito, aquellos
libros y la camioneta”, “Miguelito y la cárcel”, “El escondite perfecto” y
“Resistir”.

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