Pasado fijo y recuerdo en movimiento

 



Mujeres con memoria. Córdoba: Babel, 2026, 146 pp.

Susana SANTOS

 

Cumplido medio siglo del golpe de Estado que el 24 de marzo de 1976 dio inicio a la última y más sangrienta dictadura cívico-militar argentina, hay que celebrar la publicación de Mujeres con memoria bajo el sello Babel que dirige el editor cordobés Ramiro Iraola. En septiembre de 2026 celebramos su aparición más aún de lo que habríamos concebido a lo largo de las tres décadas de democracia electoral que precedieron a la victoria del candidato libertario Javier Milei en el balotaje del 19 de noviembre de 2023. Es un libro coral, compuesto en dos secciones. La primera, “Poemas con memoria”, reúne poemas de Silvia Barei, Ernestina Elorriaga, Livia Hidalgo y Nora Luna; la segunda, “Relatos con memoria”, los textos de Eugenia Cabral, Carmen Colazo, Alicia Corzo y Mónica Flores. Todas ellas nacieron en la provincia argentina de Córdoba, salvo Elorriaga —nacida en Darregueira, provincia de Buenos Aires—, que ha elegido la provincia mediterránea como su lugar en el mundo.

Mujeres con memoria responde “a la necesidad urgente de hacer un ejercicio de memoria y, al mismo tiempo, un homenaje” (p. 11) a las Madres de Plaza de Mayo, que iniciaron sus marchas en 1977 y se identificaban con pañales —“pañuelos curtidos / de llantos inmensos”—.[1] Necesidad y urgencia dadas por la condición de la memoria de estar siempre expuesta a las inversiones, conversiones y reversiones del presente. Entre un pasado y un presente dinámicos e inconclusos, la escritura reunida en Mujeres con memoria asume el desafío de la tensión establecida entre una identidad de la memoria social y las gramáticas utilitarias del mercado, en un paisaje poblado de ranuras, rendijas y líneas de fuga que interrumpen el tiempo plano que pretende imponer la ultraderecha neoliberal.

Publicar Mujeres con memoria significa también asegurar y renovar la difusión de las narrativas testimoniales argentinas, aquellas que representan e interpretan los vínculos entre cultura, historia y política, enunciadas por protagonistas o testigos del régimen militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 —y aun antes de 1976, cuando “comenzó a gestarse la Triple A como triste antecedente de lo que sería la represión, tortura, asesinato y desaparición sistemática que llevó a cabo la dictadura” (p. 12)—.

La memoria de ese pasado,[2] contada por lo general en primera persona por testigos, sobrevivientes e hijxs de desaparecidxs, sostiene su filiación respecto de las ficciones mayores de la cultura moderna: tanto de la ficción literaria —así, la narración proustiana, con su célebre representación de la memoria involuntaria— como de la ficción teórica —así, la discursividad freudiana, con sus metafóricas representaciones de lo reprimido y lo inconsciente—. El pasado tiene algo de irreductible y, en cierto modo, soberano.

Esta producción, interpretada en su conjunto bajo los parámetros de trauma y duelo o, si se quiere, de posmemoria, melancolía y duelo, originó reparos que conjeturaron la posibilidad de una “fatiga de la memoria”[3] o la anunciada “muerte de la cultura de la memoria”.[4] Sin embargo, antes que discutir las características internas de los textos testimoniales —narración en primera persona, historia subjetiva, apelaciones a la empatía, representaciones fragmentarias del pasado—, la cuestión central reside en el problema del pasado: en su representación y percepción más que en la cantidad abarcable o comunicable de un contenido,[5] vinculadas a la acción del sujeto sobre el presente histórico, a su “experiencia”, que surge sorpresivamente como interrupción, como un desplazamiento que de pronto une el pasado con el presente y ofrece nuevas imágenes.

Los poemas y relatos compilados en Mujeres con memoria se relacionan no solo por su temática, sino por la construcción de una dimensión individual en intercambio directo con el resto de la comunidad, que permite reponer la diferencia, lo singular, y con ello la duda, la sospecha y la opinión propia, canceladas por la industria cultural.[6] Son textos inscriptos en la historia en dos planos diferentes e interrelacionados: en sincronía, signados por el presente de su enunciación e impactados por las tensiones de un momento histórico; y, en diacronía, marcados por momentos anteriores cuyos componentes residuales constituyen en gran medida el presente, un presente abierto al futuro. Los poemas y las narraciones de Mujeres con memoria pueden anticipar y dar forma a momentos históricos aún por venir.

Quienes hablan y escriben en Mujeres con memoria son ciudadanas de a pie, de conocimiento situado y de experiencia, anticipadas en breves y concisas paráfrasis que, junto con las fuentes biográficas, esclarecen las circunstancias de la materia poética y narrativa, apoyadas en la relevancia de datos empíricos de la realidad. Actoras sintientes, a quienes las emociones no las alejan de la razón: sus vidas emocionales y cotidianas forman parte de la reflexión humana y social.[7] La mayoría de los poemas y relatos llevan epígrafes o dedicatorias que pertenecen a escritores de generaciones más jóvenes y también a víctimas del terrorismo de Estado. Puentes hacia el futuro anclados en la memoria del pretérito.[8]

No es posible, en esta breve presentación, dar cuenta del relieve particular de cada poema y cada relato de Mujeres con memoria. Nos avenimos a circunscribirnos a un haz de ellos, los que nos resultaron principales como desencadenantes de nuestros recuerdos fijados en la memoria. Atadillo delgado, no por ello raquítico: toda evocación no se proyecta —ni tiene por qué hacerlo— sobre el último cociente de la historia, sino que se halla siempre facultada para saltar por encima de ella, dando de nuevo alcance a los textos leídos que rememoran lo visto y lo mirado en una relación peligrosa, porque la tiñe nuestra subjetividad.

Entrar en materia

Poemas con memoria

Todo está guardado en la memoria,

sueño de la vida y de la historia.

León Gieco, “La memoria” (2001)

“Hay cavernas”, primer poema de la serie de Silvia Barei (1951), inicia la primera sección de Mujeres con memoria.[9] Larga tirada de versos encadenados anafóricamente, cuya regularidad se quiebra para abrir otro espacio e inscribir la palabra que titula el poema:

Debajo de este aire humano

   de esta sangre

   de este cuerpo y su temblorosa geografía

             allí

             en todo lugar

             debajo

hay cavernas

       ¡Ay!

       Cavernas. (p. 20)

Resuenan en estos versos los de “Cadáveres”, de Néstor Perlongher. Las cavernas —cueva, cripta, antro, guarida, celda— son, por deslizamiento asociativo, el lugar de la muerte, de los cadáveres; pero, de manera implícita, son también donde se debe desenterrar y recordar: “quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava”.[10] El poema se articula sobre el gesto arqueológico de la búsqueda —esfuerzo intelectual y corporal—, no sobre el hallazgo ni su relato. La búsqueda es el sostén del poema y habilita la invención o producción, en contraposición con la reproducción.

De Ernestina Elorriaga, “A dentelladas”, compuesto en doce partes, recrea las palabras de una madre a un hijo cuyo destino desconoce, las del hijo buscado por la madre y las del hermano de ese hijo: palabras que traslucen —a dentelladas— la trágica realidad de las promesas y los deseos incumplidos, sin patetismo alguno ni traición al rigor de una íntima dicción. Las imágenes corporales —“el cordón umbilical / cuelga vacío” (p. 36), “en un ojo sin córnea” (p. 36), “carcomiéndole los testículos” (p. 43)— son imágenes negras, y las frases entrecortadas dan palabra a la conciencia del horror. Aun así se inscribe un nombre: identidad y herencia que no podrán desaparecer:

con el filo de su uña

garabateó su nombre

para que sea eternidad. (p. 43)

Oscar Chabrol escribió su nombre; identidad y herencia que no podrán desaparecer. Mane, thecel, phares:[11] “Las paredes anunciando el fin de la Dictadura” (p. 41).

En la advertencia de Livia Hidalgo (1955) que precede a la selección de su poemario De Glauce (2021), la autora señala: “viví la dictadura del 76 como había vivido la de Onganía, en mi pueblo, de un modo oblicuo, con una ceguera espeluznante” (p. 48).

Leemos, verso a verso, una doble focalización interna. La primera se refiere al proceso personal de Hidalgo a partir de su acercamiento a la poeta Glauce Baldovin (1928–1995),[12] ocurrido en 1991 en la ciudad de Córdoba, “calle arturo m. bas” (p. 51), y expresado de modo subjetivo, el de una conciencia en formación:

yo estaba particularmente conmovida

era la primera vez

que caminaba con las madres en silencio.

era la primera vez

que veía en pancartas

a tantos jóvenes que ahora tendrían mi edad (p. 52)

pero cuando Glauce empezó a leerme sus poemas

sentí un mazazo sobre mi cabeza.

fue como si de pronto

hubiera tomado conciencia de mi silencio cómplice (p. 53)

La segunda focalización, íntimamente entretejida con la primera, es la admirativa emulación ética hacia Glauce: testiga y agente contra la injusticia desde la desaparición de su hijo Sergio —bajo servicio militar, en 1976— hasta la certeza de su asesinato a fines del 79, “después de la llegada / de la comisión interamericana de derechos humanos” (p. 55). De la asunción de la Junta Militar, en 1976, a los indultos del gobierno de Carlos Menem, en diciembre de 1990: “los indultos fueron insultos” (p. 51).[13]

Los poemas de Nora Luna (1981) —algunos de su libro Batallas, exilios y jardines del fondo— recrean un ámbito de emoción y afecto. En ellos la autora “hace referencia a lo familiar y personal viajando por los exilios de mis padres y mis abuelos”; y, en los inéditos, “expone el duelo por los que no están, por los que siguen buscando”. Transmiten o perturban sentimientos ya existentes y reconocibles, y a la vez moldean una nueva configuración afectiva:

Después de tanto pensarte

necesito un abrigo

porque mi espalda tiene frío

y la espera se hace muy larga (p. 73)

Relatos con memoria

No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie.

Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de la historia

Los relatos de Eugenia Cabral (1954) abren la segunda sección de Mujeres con memoria.[14] “Hacia el ocaso”, “La flor nacional” y “La navidad y la sed” son, en conjunto, un modelo de literatura realista —coherente, consistente y estable—, de factura dramática, apoyada en el soliloquio interior de la narradora protagonista. El lenguaje contribuye a su estrategia mimética: es el habla de una escritora cordobesa que reivindica un léxico, una sintaxis y una prosodia propios. Cada relato recrea un horizonte conocido y aun tópico dentro de la Córdoba de los setenta —la lucha estudiantil, las persecuciones y represiones, los lazos solidarios frente a los detenidos—. Leemos los hechos por sí solos, que nos dicen su verdad dentro de esa maquinaria que pretendía disolver la palabra en la acción y el mundo. Sin el espíritu didáctico de la literatura comprometida y sin el exceso de información que socava el valor estético del relato realista, la autora presenta situaciones en extremo conflictivas que suscitan la reflexión política.

“Hacia el ocaso”, situado en “agosto 1974” (p. 85): un hombre, Daniel,[15] y una mujer, que relata, caminan por la vereda cercana a un colegio de curas que ocupa toda la manzana: “la calle por la cual caminamos corre de este a oeste; por eso el sol muriente queda delante de nosotros”. A sus espaldas, el ruido anuncia el avance de un “Falcon bordeaux, un Peugeot blanco, un Torino anaranjado” —el Torino, orgullo de la industria local—.[16] Con hombres armados, la “caravana terrorista se dirige al domicilio de algunos compañeros. Seguro que varios amigos van a morir” (p. 87). Los automóviles seguirán su marcha. El final del relato no puede ser más eficaz: “que se lleve el diablo toda la belleza de su luz. Ahora odio el color naranja. Lo odio” (p. 87).

“La flor nacional”: la irrealidad de lo real. Un árbol de ceibo mana sangre —metáfora, o doble perfecto, de una realidad alienante donde todos viven entre la mentira oficialista y el miedo—. Ante lo absurdo de la existencia y el caos de la historia, contra la adversidad, unos personajes resisten para entregar comida a los detenidos: una resistencia que no cede a los laberintos del escepticismo, sino que responde al afán de recrear otros sueños.

La presencia de la narradora, biógrafa al fin, introduce una distancia irónica entre lo que el lector lee y la interpretación posible de sus actos, palabras y pensamientos. La frase final de “La navidad y la sed” —relato de las penosas circunstancias que sufre la narradora, junto a su pequeña hija, en su viaje en colectivo (un “cachivache”) desde Córdoba a la provincia de Buenos Aires para visitar a su marido, detenido en el penal de Sierra Chica; la espera bajo la inclemencia del calor de diciembre, la sed— “Pero estás vivo, mi amor, estás vivo, y nuestra hija también” (p. 94), transmite el valor de una epifanía. Marca el momento en que la narradora expresa sus más íntimas convicciones e inquietudes, el lugar donde descubre una razón poderosa para explorar lúcidamente la travesía por la lucha política en una especial coyuntura de derrota, no solo propia de la experiencia argentina, sino también del contexto del Cono Sur. Su frase porta el tamaño de una esperanza que no acepta la causa perdida, y contrasta con la propaganda militar basada en la preservación de los valores familiares y morales supuestamente amenazados por las ideologías de izquierda: la narradora ofrece su propia representación de los lazos familiares y relegitima el vínculo amoroso con su marido detenido.

De Carmen Colazo, los relatos extraídos de dos de sus libros —Entre fronteras y La escuelita: éramos el agua (2025)[17]— traslucen una singular capacidad para captar y transmitir la realidad cotidiana de la vida en Córdoba: una historia de resistencias dentro de “una vida cotidiana universitaria en dictadura”, “de una juventud en dictadura”, en “proscripción y estado de sitio”, “a la que debemos seguir relatando hasta sus más mínimos detalles, para que las juventudes la conozcan y para que no suceda NUNCA MÁS” (p. 116).[18]

Los relatos derivan del ámbito de la infancia: la casa de su abuela Serafina Córdoba —portadora de apellidos de linaje, cultora del pasado colonial, antiporteña y antirrosista (p. 101)—, emplazada en Alta Córdoba, uno de los barrios más populosos de la ciudad, poblado por migrantes y testigo de las luchas anticonservadoras de 1905. La figura del padre, nacido en 1916 —el mismo año en que asume la presidencia Yrigoyen—, cuya influencia política tiñe a la familia; y la juventud de la narradora, signada por su ingreso a Ciencias de la Información en la Universidad Nacional de Córdoba: “Me siento en el mundo” (p. 103). Un mundo, un espacio, militante en los estudios y en la política. Leemos y recordamos, junto a la narradora, los luctuosos acontecimientos que precedieron a la dictadura del 76: listas negras, detenciones, secuestros, torturas, desaparecidxs, “los campos de concentración, La Perla o el Campo de la Ribera” (p. 111). La narradora viajará a Quyquyhó, Paraguay, para llevar a su hijo de visita a su bisabuela, Ña Persita. Son tiempos del general Alfredo Stroessner, cuya primera presidencia había hecho posible el golpe de Estado de 1954; el líder del Partido Colorado gobernó por más años que ningún otro presidente sudamericano, hasta ser derrocado en 1989 por una facción militar encabezada por su consuegro Andrés Rodríguez.

Vengo de una familia preparada para resistir: la autodefinición que precede los relatos de Alicia Corzo (1967), que recuperan la vivencia de una niñez marcada por la violencia y el crimen perpetrados por el poder militar.[19] Lecturas prohibidas por la dictadura, libros enterrados, estantes de las bibliotecas con espacios vacíos “que yo recorría lentamente y en silencio, quizá buscando una respuesta a aquella intrigante prohibición de los militares” (p. 121). Una vuelta a la región de la infancia, menos para regodearse en los buenos recuerdos que para interrogar episodios, a veces tormentosos, a veces secretos.

Los relatos de Mónica Flores (1954) —“Sábado de mayo” y “El niño prófugo”, narrados en tercera persona; “Cómo fue el después”, en primera— instalan un doble juego de distancia e identificación. En los dos primeros, los hechos históricos están al servicio de la ficción. Diana y Darío, muy jóvenes militantes, deciden emigrar con su pequeño hijo a causa de “la cacería, que hacía más de un año que había comenzado en todas las provincias. Y seguía todavía con furor” (p. 133). El proyecto se frustra con la detención de Diana y la muerte de Darío. Liberada, Diana viaja con su hijo y su madre a Santa Cruz de la Sierra y luego a La Paz, cuando “se ha extendido en La Paz la huelga de hambre de los 72 mineros de Catavi” (p. 140), contra la dictadura del general Hugo Banzer. “Cómo fue el después” representa a un grupo más amplio y formula una denuncia del pasado: no se limita a describir el exilio, sino que emprende una nueva búsqueda de sentido de la experiencia. Un proceso de construcción de significado —que alterna entre pasado y presente e incorpora las narrativas de los dos primeros relatos— a través de una representación simplificada, estrategia para realzar la dimensión simbólica de un pasado que cobra relevancia cuando se vincula dialécticamente con un presente abierto y continuo: “Se llamaba Sergio y era de Buenos Aires. Él me acompañaría en ese después” (p. 143).

El énfasis de “Cómo fue el después” recae en el sujeto que recuerda. La importancia de la dimensión singular del recuerdo resguarda la memoria social como característica del proceso: el ejercicio y la acción del propio cuerpo y de los sentimientos en la rememoración.

Esta característica —que, aun de manera sucinta, señalamos en los relatos de Alicia Corzo— asiste cada una de las páginas de Mujeres con memoria. Aquí, “asistir” significa presenciar, pero también —mágicamente, y la lectura lo permite— acudir. Acudir a la memoria.



[1]“De madres”, canción del grupo de rock argentino Caballeros de la Quema, del álbum Sagrado corazón (1997).

[2]LaCapra, D. (2005). Escribir la historia, escribir el trauma. Buenos Aires: Nueva Visión, p. 25. LaCapra denomina “trauma fundacional” a un acontecimiento traumático que destroza la identidad pero que, paradójicamente, se convierte en su fundamento; si bien proporciona un medio para comprender la historia, también constituye “un desafío importante que debe abordarse: desarrollar un enfoque cuidadoso que no se vuelva psicologizante, excesivamente teórico, ajeno a problemas sociales y políticos más amplios, estrechamente subordinado a la política de identidades, o el objeto de una fijación en la que la historia se identifica con el trauma y se ve trauma por todas partes”.

[3]Huyssen, A. (2002). En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización. México: Fondo de Cultura Económica, pp. 29 y ss. Huyssen señala la paradoja de que, mientras la cultura está saturada de memoria por el acceso masivo a través de los medios, crece el pánico público al olvido y a la pérdida de conciencia histórica, y sugiere que el exceso de información y la “comercialización de la nostalgia” pueden terminar generando amnesia en lugar de una memoria real.

[4]Sarlo, B. (2005). Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires: Siglo XXI.

[5]Benjamin, W. (1999). Poesía y capitalismo. Iluminaciones II. Madrid: Taurus, p. 129. La memoria (“Gedächtnis”) y el recuerdo (“Erinnerung”) expresan dos nociones a través de las que se dirimen dos modelos antagónicos de configuración del mundo: por un lado, una repetición conmemorativa y consensuada, cercana a cierta voluntad historicista; por otro, la construcción de un pasado en el límite entre lo individual y lo colectivo, que se presenta como interrupción de la continuidad histórica.

[6]Agamben, G. (2007). Infancia e historia. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, p. 9: “la experiencia no tiene su correlato en el conocimiento, sino en la autoridad, es decir, en la palabra y el relato”.

[7]Hochschild, A. R. (1975). “The Sociology of Feeling and Emotion: Selected Possibilities”. En M. Millman y R. Moss Kanter (eds.), Another Voice: Feminist Perspectives on Social Life and Social Science. Nueva York: Doubleday, p. 280.

[8]Los epígrafes de los poemas de Silvia Barei corresponden, en “Hay cavernas”, a Claudia Tejeda (1969), y en “Apuntes sobre el barro”, a Andrés Neuman (1977). Las dedicatorias de “Buen Pastor”, también de Barei, son para Cristina Salvarezza, militante del PRT, una de las veintiséis presas políticas —“coreografías de luz / en mujeres encendidas / abrazadas” (p. 26)— que lograron escapar de la cárcel de mujeres El Buen Pastor, en la ciudad de Córdoba; “No pudieron matar la belleza”, para Adriana Calvo y Teresa Laborde —“Teresa nació en el piso de un Ford Falcon, mientras su madre, esposada y casi desmayada, era trasladada a una comisaría del Pozo de Banfield, en 1977” (p. 28)—; y “Los rostros como banderas”, para Carmen Conde, Madre de Plaza de Mayo —“pregonamos una indómita alegría” (p. 32)—, que murió el 12 de julio de 2020 sin saber sobre su hijo Juan Carlos García Conde, detenido desaparecido (p. 32). Ernestina Elorriaga dedica “A dentelladas” a “Oscar Domingo (19) y Juan José Chabrol (17), 18/10/75” (p. 35): “asesinados y finalmente desaparecidos al cabo del ocultamiento de sus restos […]. Juan José fue muerto a trompadas y patadas, mientras que el mayor alcanzó a escribir con sus uñas, en la celda, su nombre y la certeza de la intención de sus captores: ‘Oscar Chabrol, me quieren matar’” (p. 46). El epígrafe de los fragmentos narrativos de la novela de Carmen Colazo Entre fronteras es de Gloria Anzaldúa (1987); el del relato “¿Qué llevan esos cajones?”, de Alicia Corzo, es un fragmento del poema escrito en prisión por Manuel Nieva (1944); “El escondite perfecto” toma un fragmento de Criaturas, de Alberto Adellach (1933); y “Resistir”, los versos de Palabras para Julia, del español José Agustín Goytisolo (1992).

[9]Los poemas de Silvia Barei compilados en Mujeres con memoria son “Hay cavernas”, “Entre la hierba alta”, “Apuntes sobre el barro”, “Buen Pastor”, “No pudieron matar la belleza”, “1974” y “Los rostros como banderas”.

[10]Benjamin, W. (1992). Cuadros de un pensamiento. Buenos Aires: Imago Mundi, p. 118.

[11]La expresión “Mane, thecel, phares” pertenece al capítulo V del Libro de Daniel (Antiguo Testamento): escrita por una mano misteriosa en la pared y descifrada por el profeta Daniel, es una advertencia fatal al rey de Babilonia. Su uso trasciende el ámbito religioso para describir situaciones en las que un liderazgo o una institución es juzgado negativamente y se anticipa su caída.

[12]Cabral, E. (3 de agosto de 2026). “Glauce Baldovin: la revolución que no fue”. Inquieta Editora, Córdoba. https://inquieta.ar/glauce-baldovin-la-revolucion-que-no-fue/

[13]Entre octubre de 1989 y diciembre de 1990, el presidente Carlos Menem firmó diez decretos que indultaron a líderes militares y de la guerrilla encarcelados a raíz de los juicios de 1985. A diferencia de las leyes de Punto Final (1986) y Obediencia Debida (1987) —aprobadas en el Congreso y en consonancia con la idea de justicia retroactiva limitada que defendían el presidente Raúl Alfonsín y la Unión Cívica Radical (UCR)—, las absoluciones del líder del Partido Justicialista (PJ) devenido presidente fueron unilaterales, y sorpresivas.

[14]De Eugenia Cabral: “Hacia el ocaso”, “La flor nacional” y “La navidad y la sed” (pertenecientes al libro inédito La flor nacional) y “Los príncipes peligrosos”. Este último, fechado en 2011, coincide con el aniversario de la quema de libros realizada en 1976 por el Tercer Cuerpo de Ejército.

[15]Daniel Ernesto Herrera, novio de Eugenia Cabral desde 1974 y esposo a partir de 1975, militante de Política Obrera como la autora, fue detenido por orden del comando del Tercer Cuerpo de Ejército en julio de 1976, el mismo año en que nació Natalia, la hija de ambos. De la D2, donde padeció torturas y golpizas, fue trasladado a la Penitenciaría N.º 2 del barrio San Martín hasta diciembre de 1976 y, luego, al penal de Sierra Chica, provincia de Buenos Aires. Liberado por una amnistía en 1977, falleció en un accidente de tránsito en 1979, a los 38 años.

[16]A comienzos de la década de 1970, Córdoba era un poderoso centro de desarrollo industrial —asentado sobre los sectores dinámicos de la economía: automotores, metalurgia y energía eléctrica— y un importante foco de producción cultural e intensa participación política. En ese contexto, la rebelión popular del 29 de mayo de 1969, conocida como “el Cordobazo”, fue un punto de inflexión: la imagen combativa de los gremios y los estudiantes enfrentando a la Infantería en pleno centro de la ciudad alertó a las fuerzas policiales y militares sobre la capacidad de organización de los sectores populares, que volvieron a ocupar las calles en “el Viborazo” (1971) y en “el Navarrazo” (1974). Con la intervención iniciada por Duilio Brunello, Córdoba quedó militarizada; la política del terror se profundizó desde septiembre de 1974, al ser designado interventor el brigadier Raúl Lacabanne (amigo de López Rega) y jefe de policía el comisario Héctor García Rey.

[17]“Como los maoístas enseñan que el pueblo es como el agua y el ejército revolucionario es como el pez —y que, por lo tanto, los guerrilleros deberían moverse en el pueblo como un pez en el agua—, nosotros decidimos eliminar el agua. Éramos el agua” (p. 114).

[18]El origen de la frase “Nunca más” se encuentra en el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), creada en 1983 por el presidente Raúl Alfonsín para investigar los crímenes cometidos durante la dictadura. El informe, titulado Nunca más, recopiló testimonios y pruebas documentales que revelaron la magnitud de la represión ilegal y la violación sistemática de los derechos humanos.

[19]De Alicia Corzo: “Miguelito, aquellos libros y la camioneta”, “Miguelito y la cárcel”, “El escondite perfecto” y “Resistir”.

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