EL GALOPE SIN FIN



(Exhortación liminar al libro “La yegua de la noche”, de Luis Benítez, 2da edición, Tiempo del Parque Ediciones 2026 ISBN 978 631 90853 7 2, libro que mereció el Premio Joven de literatura 1996 de la Fundación Fortabat. Contiene 20 poemas.

 

 

¿Qué es la poesía? ¿El punto donde acuerdan, al fin, empiristas y racionalistas, sin controversias? El autor comienza esta travesía del texto en los inolvidables (para Argentina, al menos) ’90. Y no conviene olvidar el dato, los ’90 en Argentina no fueron tiempos ociosos: pasaron cosas.


El poeta, que siempre está atento a los cambios atmosféricos sociales, comienza advirtiendo que escribió dos poemas —en un meta poema— como “otra manera, posible, de estar vivo”. Por eso dije que podría ser el punto donde acuerdan sensibilidad y pensamiento. Hay una manera, que el poeta rehúsa, de vida fingida que huele a funerales. Y hay otra manera —la poesía— de salvarse. El autor ve estos dos objetos inertes (los dos poemas que escribió y están sobre la mesa, con la tinta fresca todavía, símbolos de otros símbolos, que involucran la historia, el espacio, los anónimos que donaron las palabras que componen los versos, y en este espejo de lo social, el poeta se pregunta por sí mismo. Creo que ahí está el cruce de la sensibilidad personal con la racionalidad general del lenguaje. El poeta se desplaza hacia la mano: que es, entre los cinco, el sentido más complejo ya que involucra variadas sensaciones. Los ojos captan luz, los oídos captan ondas sonoras, el tacto siente el frío, el dolor, la tensión muscular, las asperezas, la fricción, la tibieza de otra piel…es el más versátil de los sentidos; por eso ese poema La mano que lo invoca no está huérfana como un elemento más. Es esa parte del cuerpo capaz de hacer, ejecutar. Nos acompaña en silencio y tal vez “haya sido cortada, como en una noche de 1976, y permanece intacta”. La historia no es un accesorio más, prêt-á-porter, sino que forma parte del andamiaje que despliega el argumento y el fraseo del texto, es decir, el pensamiento y su música. 1976 no es un acaso para Argentina. Y Luis Benítez no elude ese universo de evocaciones luctuosas que envuelven las fechas infaustas de nuestra patria. Justamente, porque es poeta, debe y puede nombrarlas.


Continúa este trayecto del proceder poético, ahora en un museo con una despedida de amor frente al enorme osario de una bestia prehistórica con las fauces abiertas mordiendo la nada, tal vez ese pasado, que compromete 1976, y ese amor arruinado que, sin embargo, cobija todavía un destello de esperanza “que el tiempo no evapora / porque sabe que vence a las fauces / indefensas”.


El poema central, que pone sello al libro, La yegua de la noche  es de carácter épico, breve, sin héroes ni gestas. El autor convoca a un batallón de posibilidades, como aquellas cifras hipotéticas que trasvasan los números enteros, naturales y racionales. Y, sin embargo, aun sin existencia, esas cifras se dejan pensar en el universo de infinitas posibilidades que vive nuestra subjetividad. Por ejemplo: “Carne que carne fue / y amada fue / y hoy es literatura / Hombre que no fui y no seré ya nunca”. Poesía es la coordenada donde se unen sin disputas los sentidos y la razón lógica. ¿Para qué necesitaríamos unirlos?


En ese foco rutilante que llamamos conciencia está latiendo el ser, lo que somos, lo que nos hace ser la persona que ejerce y no el resto de los millones de seres humanos que comparten en tiempo y el espacio con nosotros. Esa es la pregunta que los sentidos empujan y el pensamiento recusa. Esa puja entre posibilidades y realidad, —o, en términos aristotélicos, entre potencia y acto; entre materia y forma— halla una tregua en la voz poética, cuando esa voz es como la de Luis Benítez, que está lejos de exhibirse enhuecas pirotecnias verbales. Esa voz resuena porque está hecha de las imágenes del tormento que inhiere en nosotros, seres efímeros que anhelamos la eternidad. El alto caballo negro que, en la imagen del autor, sostiene todas esas posibilidades está frente a la yegua de la noche, que es como Robert Graves bautizó a las pesadillas del insomnio: oponiendo nuevamente el concreto mundo real que nos hace sufrir al fantástico mundo de los sueños donde pace la yegua cuyo galope retumba como un corazón que padece una pesadilla.

 

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

BUENOS AIRES, MAYO 2026.

 

 

BENÍTEZ, LUIS

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre

de 1956. Sus 45 libros de poesía, ensayo y narrativa han sido

publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos,

Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia,

Venezuela y Uruguay. Según la londinense Ars Notoria

Magazine se considera al autor como una de las voces más

destacadas de la poesía argentina contemporánea

y referente del género a nivel latinoamericano.

Ha recibido el título de Compagnon de la Poésie de la

Association La Porte des Poètes, con sede en la Université

de La Sorbonne, París, Francia.

Es miembro de la Asociación de Poetas Argentinos (APOA),

de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República

Argentina (SEA) y miembro directivo del Centro PEN

Argentina.

 

 

BOVINO MACIEL,  Alejandro

Nacido en Corrientes, Argentina, en 1956. Médico Psiquiatra egresado de la UBA (Univ. Nacional de Buenos Aires), escritor. Docente universitario en las asignaturas Psicosemiología, Neurofisiología, Psicopatología (Universidad del Cono Sur de las Américas, Asunción, Py y Filosofía del Patriarcado, Psicopatología y Violencia de Género para la carrera de posgrado de Agentes de Igualdad de Género en la Universidad Nacional de Asunción.

Trabajó 9 años junto al escritor Augusto Roa Bastos en Asunción, Paraguay.

Ha publicado libros de ensayos filosóficos, novelas, cuentos, y teatro.

  Alejandro Bovino

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