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jueves, 21 de febrero de 2019

Dos personajes




Por Mauricio Botero Montoya

Hacen noticia: Wallace Broecker, científico de la Universidad de Columbia que en 1975 predijo el cambio climático. Y el cura poeta Ernesto Cardenal, quien por esos años fue participe de la insurrección contra la dictadura de Somoza en Nicaragua.

Wallace acaba de fallecer justo cuando la ciudad de Chicago padece uno de los peores fríos de su historia. Por ráfagas provenientes del polo ártico que, se está derritiendo. Los videos en las redes muestran a los blancos, bellos y salvajes osos polares buscando alimento en poblados rusos, cuyos habitantes, entre perplejos y asustados, filman.

Mientras que en Australia las destructivas temperaturas de calor alcanzan su pico histórico. El clima mundial está oscilando como en los castigos del Averno, entre el fuego y el hielo. En la privilegiada Colombia, eso aún no se nota con tal dramatismo.
  
En cambio, entre algunos estadounidenses cala más la obviedad tautológica de Trump: que ojalá se caliente el globo para que los inviernos sean menos severos. En fin, para el lego masificado resulta obvio que la tierra es plana. Y en un show mediático, no es fácil refutarlo. Aunque los videos lo están logrando.

El poeta Ernesto Cardenal cuya notoriedad se dio en la década de los años setenta, está hoy arrepentido de haber ayudado a sustituir una tiranía por otra. Vale decir reconoce que la vieja prohibición de activismo partidista para el clero, no era arbitraria ni andaba descaminada. En esos años se mostró la foto del cura hincado ante el Papa, quien le recordaba sus votos de obediencia. Como la insurrección, con sobrada razón tenía prestigio, parecía una medida punitiva ad-hoc contra el cura rebelde. El poeta optó por ser ministro de cultura de Ortega, y fue suspendido del sacerdocio.
Pero pronto la utopía devino en quimera. Solo el tiempo, cuando se sabe aprender, lo harían diferente.

Ahora a sus 94 años, contrastó su parábola vital frente la prudencia milenaria de amargas experiencias eclesiales en las vicisitudes con la política. Ahora él reconoce esa prudente savaguarda. Al ver el desastre ocurrido en Nicaragua, y el contubernio violento de la nueva dinastía, se horrorizó. Y como rebelde sensible de carácter recio, cuando la tiranía cambió de bando, su rebelión cambio de sitio.

Buscó y obtuvo una reconciliación con la iglesia en la cual la opción por los pobres ha convivido, mal o bien, con sus detractores. Contra la tiranía de los Somoza escribió:
“Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido ni asiste a sus mítines ni se sienta a la mesa con los gánsteres ni con los Generales en el Consejo de Guerra (…)

Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus eslogan. Será como un árbol plantado junto a una fuente.”

Hoy esos versos adquieren nueva validez contra la satrapía de Ortega, que al modo de Maduro en Venezuela y parodiando al absolutismo de Luis XIV, declaran “El pueblo soy yo”. Para hacer lo que quieran.


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