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lunes, 7 de enero de 2019

Min Kamp, dieciocho años después






Por Dinapiera Di Donato

─ Hemos ayudado a llevar esta casa durante muchos años ─ dijo─. Tanto tu padre como Erling se fueron de la ciudad, de modo que nos tocó a nosotros arrimar el hombro.

─ Es increíble lo que habéis aguantado─ dije.

─ No se trata de aguantar─ dijo─. Es algo que teníamos que hacer.

Karl Ove Knausgård. Tiene que llover (Mi lucha)

La grúa fue colocando la estrella hecha de cristales Swarovski en la copa del pino de 75 años ahora encendida en la Plaza Rockefeller.

El show de la calle te pone a brillar con ella y hueles como un cuento de nórdicos siempre expertos en novela negra bajo estepas blancas. Tranquila, nadie va a asesinar a las criaturas gigantes del Radio City Music Hall, o a Juan Diego Flórez una noche de nieve tupida saliendo de La Traviata, unas calles más arriba. Y los escritores latinos tienen demasiado con no hundirse en la brecha entre ideología y realidad. Sus burbujas acristaladas van y vienen a veces soltando astillas por las rasgaduras heredadas que otros cosen. No siempre te hiciste sacar los ojos ni has tragado fluidos angustiados a todas horas. Adicta moderada al cuerpo medicado, cuerpo embalsamado, cuerpo amputado. A veces logramos entre todos un monstruo humano. Son dieciocho años aquí, deshilachando mi lengua que no tiene puerto.

Los silencios entre los amigos sirven para vender el tema del silencio entre los amigos. La carrera para llegar a una biblioteca. La intermitencia de deseos inconfesables. ¿Nadie contará las intrigas para impedir que el vestuarista dominicano de las Rockettes siga desnudando las piernas más largas y sincronizadas de esta navidad mientras derriban un muro distópico sobre la ruina de tantas murallas cruzadas? Tranquila, ya está escrito.

La cuerda de los que me atan se adelgaza. Siguen siendo cuerpos que se vuelven libros.  La escritora de origen noruego,  La mujer que tiembla, calma las arritmias propias del miedo de lengua desviada y sorda. Y vuelvo a sentir a mis padres y sus mejores fracasos, con otro escritor de genes polares, gente con aspecto de gatos Bosques de Noruega, mechones de pincel de lince, ojos cazadores. Como los de mi noruego-venezolano, el escritor Ricardo Waale que no responde más al número que me dejó hace tiempo, cuando contaba cuentos de los aparecidos de sus calles. (¿Se iría del país?)

Antes, mucho antes de que ocuparan el territorio prometió buscarme. Todavía le quedaba un bosque de bonsáis de su madre. Todavía usaba perfume; una mezcla de cítricos, pachulí, lavanda, jengibre y enebro. Me queda la edición de sus doce relatos en Monte Ávila, con la foto de Carlos Herrera (1909-1988) en la portada; en un fondo brumoso, los faros de un auto, las siluetas de árboles que se disuelven en la niebla. Su padre y el mío probablemente llegaron a Caracas en esos años cuando se tomó la imagen. Un maestro de la fotografía que introdujo una de las primeras lámparas de flash cuando volvió al país. Algunos siempre vuelven.

Releo como si fueran cartas de cuando escribíamos ficciones políticas al borde de las garantías sociales: Créeme que he tratado de alzarme los hombros y usar gríngolas,  o gárgolas o górgolas o góndolas (seguro que esas palabras las inventaron los españoles por el mero gusto de joder más allá de la independencia, pero igual nos desquitamos y los fuñimos con gandolas; en fin, la guerra continúa).
Lo que gozaría Waale con la novela inglesa de la venezolana (otra de genes leoninos)  Eva Feld, The Beauty of Failure, de la que se dice que tiene la experiencia viva de la asimilación de una lengua en otra. Flashes de la lengua emigrante caníbal que dispara nuevas formas. Ella cuenta que su novela está hecha de un lenguaje contaminado. Un inglés imperfecto aprendido al garete, en tránsito, migratorio. ¿Son así las lenguas de llegada? Hasta que avanzan y se asientan. Si logran cortar. (Waalea: mi capricho nos ha atado a estas dos estrellas. Un día de estos podríamos alejarnos para viajar. Afortunados los pájaros, ahora nosotros).

Suelto a ciegas. Ha pasado mucho tiempo desde la primera navidad vivida acá. Al principio la mudanza diaria de escenarios para vender me fascinaba. Luego me aturdía. Después llegó la indiferencia interrumpida por los viajeros que querían fascinarse, aturdirse, aburrirse, expulsarse de  La Gran Transición cuando el día a día impusiera la lucha por no gastarse la cuerda y no se contaba ya con niños o visitas para iniciarlos en el cruce de burbujas.  Ahora no me importaría caer cerca del Prometeo encadenado a su peso dorado y fijo de la plaza de los patinadores,  convertido en un dije de la enorme cadena de turistas que pagarán con creces el sacrificio de un abeto noruego donado a la ciudad por una familia que cree que la ciudad bien vale la pena. Preservarla de los dramas históricos de sus habitantes.

Pero la grúa diminuta que mis hermanos introducían en el pesebre cuando dormíamos y ellos alteraban con su actualidad la vida antigua del árbol, empieza a hacer su trabajo en las memorias. Vuelve el Nacimiento con un aeropuerto, supermercados y bombas de gasolina de legos; un robot explorador desafía al Pinocho de plástico defendido por vaqueros, soldados y espadachines, la colección de Topo Gigios y mi muñequitas Little de Mattel negocian con los pastores, el gato vivo naranja con su collar de luces intermitentes se duerme sobre una aldea escarchada y los broches y collares desaparecían de sus estuches robados para sustituir las bolas de vidrio quebradas en aquellos juegos de cada noche de diciembre.

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