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jueves, 5 de agosto de 2010

"Laberintitis"de Anabelle Aguilar Brealy





Quizás a algunos les sorprenda la prosa de esta tica-venezolana. No a nosotros. Como poeta es excepcional, como narradora también. Esta colección de cuentos de Laberintitis se las trae. Lo dice de manera estupenda Judith Gerendas en el prólogo. Por ello lo reproducimos, más uno de los cuentos. El libro lo publica la Universidad de Costa Rica.

Prólogo a laberintitis

La galería de mujeres del volumen Laberintitis, de Anabelle Aguilar, presente a través de sus diez y nueve magistrales microcuentos, está constituida por vidas que se desintegran, trágicas y miserables. Podríamos decir que hay en este libro una poética de la crueldad, a partir de la cual se produce la incisiva exploración de las desgarraduras, de las rupturas, de las muertes fren¬te a las cuales no hay piedad, de las vidas frustradas. Historias de seres que solo anhelaban hechos elementales, pero cuyos deseos resultaron imposibles de cumplir. Mujeres soñando con perras muertas o con hijas inexistentes, en contextos cuya extremada violencia es narrada desde una voz femenina a la vez leve y dura, cargada de poesía, pero también de un humor acre que desmitifica los estereotipos.
No hay sociologismos ni feminismos baratos en estos textos: solo hay presencias que nos gritan desde los relatos, desde las entrañas de la literatura, desde el acto de la escritura. La autora evita, con mano firme y sabiduría, cualquier recurso facilista; no hay aquí sensible¬rías ni convencionalismos. Las frases duras y concisas trazan las diversas historias de una forma despojada, con breves giros inesperados, construidos en torno a un núcleo verbal que irradia su significado crudamente, sin concesiones.

Tampoco hay aquí, ciertamente, una idealización de las mujeres. La mirada irónica nos permite el acceso a las ocultas zonas sórdidas de la psique humana, y desvela la crueldad y el egoísmo de las protagonistas de “Jaculatorias”, un cuen¬to situado en el registro de lo grotesco, así como el hecho de la maternidad no asumida por la figura central de “Besos y cerezas”, en el cual el embarazo no deseado, el rechazo al hijo y el desamor marcan decisivamente a la personaje central, mientras que a otras de estas figuras los personajes masculinos les niegan la posibilidad de parir. Son frecuen¬tes aquellas que inesperadamente son abandonadas por los hombres que fueron sus parejas y los padres de sus hijos: hombres que se van, sin cargos de conciencia, pasando de largo y dejando atrás una vida, unas vidas. Nos encontramos con mujeres que solo cuentan con sombras para una presunta protección, tal como nos lo dice la protagonista de “Paroxismo”: “Puede ser que me sintiera tan desprotegida, que él era la única sombra de la cual aferrarme”.La concisión de los cuentos potencia su intensidad. Por una parte enmascara lo extremo de las vidas y de las situa¬ciones que narra, pero por la otra muestra su núcleo dramático sin atenuantes. Al mismo tiempo, la angustia y el dolor, como ya hemos dicho, son tratados muchas veces con ironía, con recursos deliberadamente esterotipados, a veces hilarantes en su exageración. En otra vuelta de tuerca, la mirada irónica se posa sobre la cursilería, co¬mo cuando enfoca las limitadas opciones para soñar de mujeres arrobadas frente al afiche que representa algún atractivo artista de cine. La autora muestra la vida de tanta mujer latinoamericana, situando sus textos, en esta línea, en el registro que tan brillantemente estableció Manuel Puig. De la protagonista de “La Rutzzy” se nos dice que:

Picaba las naranjas agrias con un cuchillo pequeño y filoso. Rebanaditas delgadas como le había enseñado la inglesa.

"Tardaba horas y horas mientras oía en la radio “Vidas verdaderas”, historias más emocionantes que la suya. Después añadía el azúcar, el mismo peso que de pulpa y un
chorrillo de limón para que cuajara. Más tarde mientras oía “Rosario”, le daba vueltas al líquido con la cuchara de madera hasta que espesara, al final, terminaba la novela y la mermelada estaba lista”.


Aquí la ironía queda subrayada por el título de la radio¬novela, “vidas verdaderas”, cuando en realidad la verdadera vida es la de las radioescuchas, situadas dentro de su condición alienada.

Son existencias, las de estas mujeres, que llegan a paroxismos finales, expresados con terribles y esplendorosas imágenes poéticas; vidas que han entablado una inútil lucha contra la vejez y la muerte, vidas frustradas, existencias que se escapan. No hay compasión en la mirada de la escritora, aunque sí la hay en su espíritu.

Esta mirada, entre cruda y humorística, se detiene también sobre la sexualidad masculina, a la cual a su vez de¬construye sin atenuantes.

En el último cuento: “Historia propia”, título paradigmático, se produce la exploración de la escritura, de la propia y de la ajena, en registro de ficción y de parodia, aunque también de documento, ya que se trata de un relato que asu¬me el género epistolar, en la forma de una carta escrita a la gran poeta costarricense Eunice Odio, fechada el 17 de mayo de 1974. Una nota al pie de página, cuya fuente es una agencia de noticias, de fecha 23 de mayo de 1974, informa del fallecimiento de Eunice Odio, hallada muerta en el baño de su departamento. La neutral frase periodística connota la tremenda soledad de la poeta: “El deceso se produjo hace unos diez días”.

Anabelle Aguilar no teme, dentro del coraje que la caracteriza, entrar en violenta polémica con la tan famosa poeta. Pero el personaje que firma la carta lleva por nombre Alma, significante que nos permite hablar de una doble, de una sí-misma, de su propia alma, en correspondencia también con el título del cuento. La narradora estaría polemizando con su propio mundo interior, dentro de la contradicción íntima que vive en todo escritor. En este texto, duro y valiente, que cierra el volumen, hay una metaficcionalización de los temas tratados en el libro que estamos leyendo.

El tremendo epígrafe de Emily Bronte, con el que comenzó el volumen, tomado de Cumbres borrascosas, el cual dice ”¿Por qué he cambiado tanto? ¿Por qué mi sangre corre en infernal tumulto por unas pocas palabras?”, queda contestado en el cuento “Historia propia”, cerrándose de esta manera el círculo que trata de todas estas mujeres, Emily Bronte, las protagonistas de los cuentos y Eunice Odio, convocadas desde sus laberintos –y desde los vértigos de sus laberinti¬tis– por la inteligencia y la brillante escritura de Anabelle Aguilar, cuyos microcuentos logran contar dramáticas his¬torias con una gran capacidad de concentración en un breve espacio y con una notable garra narrativa, para terminarlos con rotundos finales sorprendentes.

Judit Gerendas
Ya ahora uno de los textos:

Ivy Bennett

Ese año estrenaron en el cine Nido de ratas. Ya hacía mucho que mi abuela al igual que Enrique VIII se había pasado con los protestantes al ver que los católicos no aceptaban su divorcio. Llegaron las primeras Osterizer y tomábamos deliciosos jugos de mora. Murió mi tía en el extranjero, aquel fue mi primer enfrentamiento con la muerte. Ahora los que no mueren se van lejos, ninguno tiene la cortesía de avisarme.
Con un vestido de lunares rojos, ella bailaba un pa¬sodoble. Entre sus dientes cariados sostenía una rosa de Alejandría, fresca y olorosa. Los niños la miraban boquiabiertos. Se ve fea tu abuela bailando, le dijo un niño a la nieta. Ivy pensaba que ya era suficiente con estar arrugada para cargar también con aquel dolor de rodillas, por eso no había bailado tan bien. Ivy Bennett siempre cargó con algo. Cargó con un apellido inglés que no le combinaba; entre otras cosas, porque había nacido en un país de mariposas amarillas donde lo maravilloso es que cualquier cosa es posible. Su padre, un inglés que daba clases de inglés “del bueno”, murió cuando era una niña y le dejó a ella y a su madre una pequeña herencia que perdió, gracias a un abogado sin¬vergüenza. Cargó además con un marido estibador y borracho, por eso Cristobalito se le desparramó entre las piernas en una calle capitalina cercana al hospital.

A pie, para que le duela, porque con lo del carro de alquiler compro dos botellas de guaro.

“Ustedes son una familia real” –decía. Después de saludar a papá con el epíteto de Caballero y a mí con el de Princesa. Abrumada, yo pensaba: “Pero si vivimos en una casa alquilada y mínima, en la que escasea el agua todo el tiempo, y donde puedo ver historias en las paredes húmedas y contar ciempiés en el baño.” Ivy y mi madre se sentaban en el sillón frente al mío. Me sudaban las manos al oír sus tragedias y vomitaba. Después de limpiar el sillón, mamá me decía: “váyase para adentro”. Cuando la veía en la puerta se me hacía un nudo en el estómago.

Su hija Anita estudió en la U y le compró una casa de tablitas con jardín de girasoles, antes de morir de un mal hepático. Le dejó un nieto que vendía discos de 45 y CDs quemados, los segundos los vendía mejor. El muchacho se enamoró de una vecina que podía ser su mamá y por eso se pasaron de casa, para que no la viera. Pero para eso existen los autobuses. Ivy a veces nos visitaba con su blusa blanca de faraladitos. La recibíamos como se recibe a una reina. Hace poco la vieron mendigando. Recorrí la ciudad buscándola, pero se difuminó. Se fue como las rosas de Alejandría, sin despedirse, sin molestar a nadie.

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