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viernes, 28 de abril de 2017

Carta al libro





Por Andrés Hoyos

Querido compadre, me alegra mucho que tus apresurados sepultureros de hace unos años se hayan quedado con los crespos hechos.

Me gusta recordar que eres quizá el invento tecnológico más importante de la humanidad, al menos desde la escritura y la agricultura, ambas prehistóricas. La tuya es la más poderosa extensión de la cumbre del ingenio humano, el lenguaje hablado, que según sospechan algunos paleontólogos pudo ser el arma que selló la victoria del Homo sapiens sobre el resto de los homínidos.

Para 1449, cuando Gutenberg terminó de inventar la imprenta de tipo móvil, la población de Occidente era casi del todo analfabeta y los idiomas se seguían fragmentando a gran velocidad. Tú hiciste posibles la alfabetización y la educación de multitudes. Por eso compites con ventaja con la rueda, la electricidad y la digitalización, solo que ya llevas cinco siglos y medio entre nosotros y la gente te da por descontado.

No, no eres necesario para hablar con la familia y los amigos, así Gabo haya dicho que escribió sus libros para que los amigos lo quisieran más. Alguien se preguntará: ¿y para qué demonios quiere uno hablar con extraños si tiene la familia, los amigos, los compañeros de trabajo y los vecinos? Pues porque la civilización está construida sobre el diálogo con extraños. Las instituciones que permiten la vida colectiva solo pudieron surgir cuando la especie superó la escala personal, el horizonte tribal.

Fuiste, entonces, la primera manera de hablar masivamente con extraños y durante siglo y medio tuviste la exclusividad en el ramo, hasta que aparecieron tus primos hermanos, los periódicos. Ahora los medios abundan: la radio, la televisión, el internet, los teléfonos móviles y un creciente etcétera. Cada uno tiende a descollar en una forma de comunicación. La tuya, que es la concentración del mensaje, o sea la aspiración a encontrar la esencia de las cosas (raramente se logra), no tiene sustitutos.

Sin embargo, somos desagradecidos por naturaleza, de suerte que desde los tiempos del profeta canadiense, Marshall McLuhan, te están tomando las medidas para hacerte el ataúd. Les seducía a estos pirómanos de la novedad multiplicar los caminos de la escritura, sin percatarse de que con ello la autoridad del autor, valga la redundancia, se perdía. Querían matarlo, para usar la noción rimbombante de Roland Barthes, pero no pudieron porque el sentido común valora su existencia. Los hipertextos, que pretendían mandarte a los museos, ahora se ven como meros apoyos de navegación. Tu solidez física, tu vocación de permanencia y tu potente esquema lineal resultaron a la postre más perdurables que la última algarabía. O para decirlo en idioma vernáculo: los profetas de la posmodernidad tacaron burro contigo.

Al final, los libros electrónicos no solo no te mataron, sino que parecen haber alcanzado un techo (en Estados Unidos, donde más lejos llegaron) del 20% del mercado. Este reciente triunfo sobre tus sucedáneos digitales, cuya participación en la torta ha incluso comenzado a disminuir, es también el triunfo de tu maravilloso diseño. Consistes de un grupo variable de hojas empastadas, sobre las cuales se imprimen líneas sucesivas de texto, interrumpidas por párrafos y capítulos, así como por tal cual ilustración. Eso eres.

Por una vez, si es para fabricar libros, que talen árboles, ojalá cultivados en forma sostenible, y que se haga el papel.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes


domingo, 9 de abril de 2017

QuiniFreud: Nueva novela de Pablo Melicchio



Recientemente la editorial argentina Moglia Ediciones, en su Colección Ojo Lector, dirigida por Viviana Rosenzwit, lanzó un breve pero suculento nuevo título. Se trata de QuiniFreud, del escritor local Pablo Melicchio, un texto que amalgama elementos suficientes como para atrapar la atención del lector hasta hacerle lamentar la llegada a la última página.

De los variados encantos que posee esta obra literaria, uno de los fundamentales es el muy logrado ritmo que Melicchio le imprime a su relato: la alternancia de peripecias y los razonamientos que intenta hacer el protagonista/narrador –el psicoanalista Salvador Cabulli- para explicárselas, le imprime a QuiniFreud una capacidad de arrastre que nos lleva de la mano con la mayor naturalidad, siempre oscilando (debemos reconocerlo) nuestra identificación entre lo delirante que narra el paciente, Ángel Zamudio, y el raciocinio inicialmente representado por su analista.

Melicchio nos coloca así con un pie en cada territorio y el vértigo subsecuente es cosa muy de agradecer. Por lo pronto, veremos que ni Zamudio, por momentos, parece tan alejado de la realidad (en sus aspectos básicos, al menos) ni el licenciado Cabulli tan bien parado en ella. Si por una parte el primero recalca que pertenece a una supuesta Hermandad de la Luz, suerte de secta militante contra los esbirros de las tinieblas que ansían hacerse del control de la Tierra –lo que puede ser tomado como una metáfora con variados asideros en la mismísima actualidad, aunque desfigurados por el delirio del personaje- por su lado Cabulli cree que ha dado con la piedra filosofal conceptual capaz de resolver los misterios de lo aleatorio y, además, con una aplicación práctica: mediante la interpretación de los sueños, supone el analista, resulta factible conjeturar cuáles serán “a ciencia cierta” los resultados de los juegos de azar.

La diégesis de este desopilante asunto la ubica Melicchio en la interacción entre analista y analizado durante un agotador fin de semana, una especie de “week-end en el infierno”, cuando Zamudio prácticamente irrumpe en su consultorio para explayarse a sus anchas respecto de su visión del mundo y las premuras que conlleva, estructura matizada con extractos del diario del Lic. Cabulli, donde da cuenta de su revolucionario método para doblegar el azar.

El onirismo de toda la obra tiene una vuelta de tuerca singular en el último párrafo, asunto que por cortesía hacia el lector nos cuidaremos muy bien de revelar en estas líneas.
En resumen: altamente recomendable y es de destacar el buen estilo y la mesura del autor –quien es él mismo un profesional psicoanalista- al ahorrarnos parrafadas y citas de esa disciplina, cuyas incursiones en el texto administra con cuentagotas, muy bien dosificadas, dándole el pleno espacio a su ya reconocida capacidad como narrador de ficción. Recordemos que Pablo Melicchio nació en Buenos Aires en 1969 y es autor de otras muy interesantes obras: Letra en la sombra (Sudamericana, 2008), Crónica de los hombres que buscan un lugar (Ministerio de Cultura, GCBA, 2011), Las voces de abajo (Simurg, 2013, y en traducción francesa publicada por Zinnia Editions, 2016); GPS para orientarnos por el mundo adolescente (Letra Viva, 2016) y La mujer pájaro y una modesta eternidad (Letra Viva, 2016).


Luis Benítez

martes, 4 de abril de 2017

Concursos literarios abril

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Boletín CONCURSOS LITERARIOS - Semana 14 - Abril 2017
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