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martes, 26 de julio de 2016

"Palabra de mujer", nueva novela de Juan Paez Ávila



  

                  

        
La fábula de una revolución 

Julio Bolívar      

Con personajes reales que  vivieron  la refriega guerrillera, y que
hoy gobiernan o deambulan como “espectros de Marx” por las calles
caraqueñas, Juan Páez Ávila regresa con una nueva novela para
desmontar los desaciertos del pensamiento radical y violento que está
detrás de las llamadas revoluciones políticas en el país y en América
latina; Palabra de mujer se llama esta nueva novela.


Construida con una estrategia hiperrealista, Páez Ávila, muestra y
desmonta con maestría narrativa las tramas del poder, que en este
texto utilizan a los jóvenes urbanos y rurales que creen a pies
juntillas en la utopía de una revolución, para formar un nuevo frente
guerrillero, fuertemente influenciado por la revolución cubana. Que,
sin duda, causó un impacto en todo el continente y que aún se
mantiene, transformada en una férrea dictadura, que se mercadea como
franquicia para poder mantener  su estructura de poder.


Las contradicciones de Isa Montes con Levi Rondón, atraviesa la trama
de esta novela. Ella en el sueño utópico formada con las teorías
revolucionarias  que aún se repiten y el otro, pacificado, racional y
objetivo. Novela que recorre la ciudad a través de sus restaurantes
emblemáticos para el acuerdo político y la seducción, donde se mezclan
decisiones y pasiones, con los lugares de poder militar. Retrato
narrado de nuestra realidad, vista por los ojos del periodismo. Los
temas y deficiencias de un sistema híbrido, entre hombres que creían
en el cambio y las viejas prácticas del clientelismo, la
transformación de las F.F.A.A convertidas en guardia pretoriana de un
régimen corrompido de hombres dispuestos a extraer toda la riqueza
hacia sus sedientos bolsillos;  sus falencias y las nuevas tecnologías
como herramientas para el ejercicio civil de la política.


Los pobres prejuicios de una guerrillera que se quedó en el pasado,
regresan como parte de una zaga narrativa que se inició con Viaje a la
incertidumbre, el personaje de sus anteriores novelas; el honesto y
romántico abogado, Juan Cecilio Manovuelta, que vino de aquellos
fuegos y que buscaba en su antiguo  amor, la redención de un hombre
solitario, ahora transformada en guerrillera global. También la ciudad
imaginaria de Carohana, que ha creado el autor;  trasunto de esa
mezcla de ciudad capital con las ciudades del  interior, que
irónicamente el narrador nos propone como país atrasado y rural, puro
y romántico, y espacio del mal que corroe al gobierno
“revolucionario”. Espacio imaginario donde sucede todo; como la escena
en el nuevo aeropuerto, donde el coronel Freddy Chacín le informa a su
mando inmediato “Mi coronel, el aeropuerto está listo y en pocos días
debemos recibir el avión y el primer depósito en dólares en nuestras
cuentas en el exterior”.


Palabra de mujer es una novela inquietante, podemos ver en ella, todo
el entramado que rodea el poder, el destino de los honestos como Juan
Cecilio Manovuelta, la permeabilidad de nuestras realidades políticas
y las posibles vías democráticas para llegar al poder; pero también
sentir la cercanía de un estallido en el corazón del mismo poder.




sábado, 16 de julio de 2016

Congreso Internacional "Humanidades Digitales"

Humanidades Digitales

Del 7 al 9 de noviembre de 2016 tendrá lugar en Buenos Aires el  I Congreso Internacional: "Humanidades Digitales" organizado por la Asociación Argentina de Humanidades Digitales.

Extractamos un texto representativo de la convocatoria:

“Las Humanidades Digitales son un campo científico en franca expansión en Europa y Norteamérica. En el mundo académico hispánico resultan un mosaico heterogéneo de iniciativas que articulan diferentes herencias culturales y que paulatinamente se están incorporando en el currículo universitario y  en actividades de investigación a través de diferentes disciplinas y canales de comunicación. La adaptación de las Digital Humanities a un lado y otro del Océano Atlántico ha dado lugar al desarrollo de diferentes líneas de investigación y a la construcción de una comunidad plural y dinámica que pone en circulación sus teorías, sus prácticas y sus nuevos objetos, no sólo dentro de la Academia sino también en zonas periféricas  y a través de novedosas formas de organización en torno a asociaciones, laboratorios, centro de estudios y proyectos de investigación. Así, lineamientos globales se cruzan con condiciones de posibilidad locales, dando lugar a nuevas experiencias que definen progresivamente el campo.
Invitamos a la comunidad científica a participar de este primer congreso internacional sobre el tema en nuestro país. Sumamos a esta perspectiva académica la participación de agentes culturales, comunicadores, makers, programadores e informáticos con quienes dialogar sobre las marcas distintivas de las Humanidades Digitales globales y locales”.
Publicado en el boletín: 

jueves, 7 de julio de 2016

Concursos literarios Julio

Escritores.org
Boletín CONCURSOS LITERARIOS - Semana 27 - Julio 2016
Incluye información sobre concursos literarios, noticias, empleo sector editorial...
   
   
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Miguel Catalán González

   
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15 de julio, inicio nuevas convocatorias.
       
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sábado, 2 de julio de 2016

"13 historias disparejas y un desenlace...": cuentos para leer con sumo, sumo cuidado...




Por Luis Benítez

La casa editorial argentina Moglia Ediciones (www.mogliaediciones.com) ha incrementado su colección “Ojo Lector” con un nuevo título. Se trata de una selección de cuentos del escritor local Aníbal Leserre, volumen que lleva por título “Trece historias desparejas y un desenlace...” . Un factor común que encontramos en estos relatos es el pasaje paulatino de situaciones que primeramente identificamos con lo normal, a instancias signadas por lo demencial, lo desorbitado y aterrador que aflige a los protagonistas, en un vórtice bien calculado por el autor. De este modo logra la verosimilitud -o sus apariencias- ante los ojos del lector, venciendo su incredulidad inicial ante hechos extraordinarios.

En definitiva, lo que Leserre consigue es propiciar en sus lectores esa “ligera narcosis del arte” enunciada tempranamente por Sigmund Freud en su conocido ensayo Das Unbehagen in der Kultur (“El malestar en la cultura”), donde establece que “si bien no origina más que una sustracción efímera de los sinsabores vitales, no posee la adecuada potencia como para borrar nuestras penurias objetivas” (de acuerdo, Ziggy, pero hay que tener una pericia muy concreta para siquiera aproximarse a lograr algo semejante). Poder sustituir -al menos durante la lectura y luego, mientras esta sostiene todavía su remanencia en nosotros- el horror real, objetivo y palpable, por el horror imaginario, o sea aquello que padece alguien que no existe ni existirá, en un espacio/tiempo carente justamente del más mínimo tiempo y espacio, es cosa que se hace muy cuesta arriba para un autor contemporáneo, habida cuenta de cómo se presentan las cosas en nuestro mundo para alguien siquiera medianamente informado.

Aníbal Leserre lo logra en muchas de sus páginas: suspende primero nuestra incredulidad, como mencionamos, al estilo Stephen King: es lo conocido que paso a paso pierde sus características tranquilizadoras y va mostrando su cara peor, para dejarnos a merced del paisaje de lo francamente espantoso. Porque como King, Leserre no plantea en general que la realidad se transforma o es transgredida, alienada, convertida en otra cosa que aquella que era; lo que sucede es que -por el arte de King o de Leserre- se borra su sereno maquillaje cotidiano y surge ante nosotros su verdadero, espeluznante semblante: aquel que tuvo siempre y que antes no advertíamos... ¿o acaso, no queríamos ver?

En uno de los mejores relatos reunidos en este volumen -que contiene varios de similar alcance-, el titulado justa y premeditadamente “El lector”, Leserre nos narra lo que le puede pasar a alguien que vaya algunos pasos más adelante en cuanto a la “ligera narcosis del arte” que mencionaba Freud: puede terminar con algo más que un inocente perrito hecho pedazos en su conciencia.

Y no digo una sola palabra más, como les conviene a estas historias de tan buenos desenlaces. Quien lea “Trece historias...” después me lo agradecerá.



miércoles, 29 de junio de 2016

"La Muertita", de Susana Szwarc: Un libro que no es difícil, sino asombroso



Por Luis Benítez

¿Nouvelle? ¿Prosas poéticas? Es dificultoso y hasta inútil imponerle una definición al último libro de Susana Szwarc, La muertita o la novela que, publicado recientemente en Buenos Aires por Editorial La Mariposa y la Iguana. Cuando la frontera entre los géneros hace tiempo se ha licuado -del mismo modo que tantas otras cosas- es de señalar que este trabajo de la talentosa autora argentina posee, entre otras virtudes, la de aludir a ese proceso de licuación de las certezas hasta que se convierten en algo líquido, lábil, autodeslizante y actual. ¿Una metáfora de lo contemporáneo? Primariamente, este libro no aspira a tanto o en todo caso, le deja eso al lector. En sí, el texto suscita dudas a cada paso, desde las más ingenuas -”¿está viva la muertita?”- hasta desasosiegos más complejos e interesantes que este.

Si fuera efectivamente una novela esta obra, le cabría el sayo tan socorrido de “novela coral”: múltiples personajes, innumerables situaciones e interacciones, en un discurso donde los caracteres parecen encontrarse en callejones y pasadizos donde se topan o tropiezan el uno con el otro a cada paso: un Marcelo suicidado; un muchacho chino llamado Juan Tsé; chicos que son chinos y otros chicos que parece que no; María Marina, la mujer del lavadero; detectives; cobradores; multitudes bajo la lluvia; un cadáver, este sí genuinamente muerto...

Lo invariable – y lo incrementado a cada página- es la condición de humanidad estanca, separada, de la protagonista, esa muertita que lo observa todo como desde detrás de un vidrio muy grueso, a punto tal de que parece tener una relación más cercana con los objetos que se atraviesan en su camino que con lo animado, tal vez a causa de su misma condición intermedia, a mitad de camino entre un estado y el otro. Mas, fundamentalmente, la  muertita es alguien que va perdiendo sucesivamente, de a jirones, no la carne, sí el Dasein, ese “ser-allí” heideggeriano, ese modo de ser determinado, finito y temporal, posiblemente como intento de relacionarse con el resto de los vivientes: dado que no puede hacerlo por la vía directa y habitual, parece precisar disgregarse en los otros para acceder a alguna suerte de contacto más convincente, al menos para ella, quien -como bien manifiesta este texto y su contexto- tiene por actividad principal el “mirar”: una mirada a mitad de camino entre lo vivo y lo muerto, que ve para no verse desaparecer y está “viviendo”, como lo hace, en un sugestivo espacio subterráneo.

Interesante apuesta de la autora el poner todo esto en unas pocas pero muy densas páginas, empleando un lenguaje engañosamente simple y apelando continuamente a la alusión y la elusión, una de las marcas de pluma de Susana Szwarc.

Sobre la autora

Susana Szwarc nació en Quitilipi, provincia del Chaco, Argentina, en 1954. Obra narrativa:  Trenzas (novela, 1991), El artista del sueño y otros cuentos ( 1981), El azar cruje (006), Una felicidad liviana (2007). Obra poética: En lo separado (1988), Bailen las estepas (1999), Bárbara dice (2004; trad. al francés, París, 2013), Aves de paso (2009); El ojo de Celan (2014). Narrativa infantil: Había una vez una gota, Había una vez un circo, Salirse del camino y otros cuentos (1996, 1997); Tres gatos locos (2010). Antología personal: La mesa roja (2012). Sus piezas teatrales Paisaje después de los trenes, Trenzas, el secreto robado, Justo en lo perdido, fueron representadas entre 1985 y 2003 en Buenos Aires. Cuentos y poemas de su autoría se tradujeron al alemán, inglés, catalán, chino-mandarín, rumano, polaco, portugués y francés. Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía (1987), el Premio Unesco (Buenos Aires, 1984), Premio Antorchas a la Creación Artística (Buenos Aires,1990), Premio Único de Poesía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (1998), Premio de Honor en la categoría Libro para Niños, otorgado por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán (1996). Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes (1995) y recibió el Subsidio Fondo Creadores del Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires por su proyecto de escritura de libro de cuentos (2005). 

sábado, 25 de junio de 2016

El huerto profanado de Anabelle Aguilar




Por Yadira Calvo

Los títulos van destinados al público que los recibe y los transmite. Son, como diría Gérard Gene “objetos de circulación”, que designan y ponen en relieve  el contenido de la obra. Se trata, al igual que el epígrafe y la dedicatoria, de “umbrales” del texto, entradas que indican “el contenido” y atraen al público, o tal vez no. Eso depende de sus intereses y del título mismo. En el presente caso, el título anuncia la profanación de un huerto. El huerto, en poesía, tiene su historia. Como espacio físico es un lugar pequeño y cercado para sembrar verduras, legumbres y árboles frutales; como espacio metafórico alude al tradicional “lugar ameno” que conocemos ya desde los clásicos con Virgilio, Horacio y Teócrito. Lo conocemos en la poesía española renacentista, sobre todo a través de Garcilaso de la Vega y fray Luis de León.

El lugar ameno es un paraje idílico de paz, amor y naturaleza benévola: árboles, flores, pájaros, fuentes, son sus elementos esenciales. Pero el huerto a que alude este poemario viene acompañado de otro concepto: “profanación”. Profanar es una palabra mala. Se refiere a “tratar algo sagrado sin el debido respeto; deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables”. Hay que fijarse en esto porque un título puede constituir un indicador de interpretación. Así pues, de entrada se nos anuncia algo bueno que se arruinó.

Otro de los umbrales del texto, como antes dije, son los epígrafes. En este caso, una frase de Clarice Lispector, que tiene su historia. Al parecer, sus hijos se quejaban de que nunca les contara un cuento que empezara por “Había una vez” y la acusaban de no ser capaz de hacerlo. Ella, queriendo demostrar que sí podía, escribió: “Había una vez un pájaro, Dios mío”. Y hasta ahí pudo llegar. Y como “había una vez”, significa que ya no hay, que dejó de ser, lo que pudo haber sido tras ese “había una vez” del epígrafe es un indicador de algo inconcluso, algo que se frustró. Por lo tanto, el epígrafe ahonda en la idea de pérdida. Y el tercer umbral, la dedicatoria nos indica que en la vida de Anabelle, efectivamente hubo una vez un pájaro porque a su padre le tenían el apodo de “Pajarito”. Aunque según ella lo describe fue más bien “un águila ardiente/ con visos de pájaro lunar” que “llevó en su cuerpo/las marcas siderales/ de los nobles”.

Y aquí vamos a lo que sigue: en todo huerto poético hay aves y vuelos y trinos. Por el vuelo los pájaros simbolizan las relaciones entre cielo y tierra, los estados espirituales, las funciones intelectuales…. En los antiguos textos védicos, representan la amistad de los dioses hacia los seres humanos; en algunas culturas, el viaje al más allá. En poesía son con frecuencia símbolos de plenitud y libertad. A juicio de la prologuista de esta obra, Mharía Vázquez Benarroch, “aquí los pájaros son el inconsciente revelando las metáforas de la vida”. Y en fin, polisémica como es la imagen, por una u otra razón, ya sea herencia poética o influencia védica, o inconscientes metáforas de la vida, esta obra está llena de pájaros. Está llena también de añoranza, desencanto y pesadumbre, tal como se puede esperar de un huerto profanado: aquí, como señala la voz lírica, “la palabra” se deshace atontada”, “repetida y goteante/ entre el / trepidante ruido”; una pareja no se besa sino que “intercambia saliva”; los cantos rodados son pájaros, pero “sin alas”; el halcón reconoce: “nos conformamos con desechos [...] aunque seamos arcángeles”; un cuervo “despedaza el lomito/de una ardilla”; y la voz lírica exclama: “¡Cómo pesan a la espalda/los mil años!/ heridas/umbrías”: “Cómo es que viene el dolor /en una manzana/agujereada y dulce”; “No espero/ni el tren/ no espero/ nada”.
La voz se vuelve crítica cuando denuncia la pasividad con que se reciben los abusos: “Todos usamos las palabras miel/ y seda y aroma/ y repetimos estrella/ y bálsamo/ porque sentimos/ el ego de la dulce esperanza/ pocos piensan/ en los metales impuros/ en la malversación de fondos”.

Esa desolada desesperanza aparece una y otra vez en el poemario, en algunos casos ocupando varios versos con imágenes como la de los “pájaros azorados y confusos”, o como la del cisne que “reposa sobre la superficie” con un  reflejo “inmenso y humilde”, o como esa en la que “con el ojo avizor/contemplamos/la aguja del reloj/lenta y aburrida/que se quedó milenios”. Y a ratos, más extensamente como por ejemplo en “Mermelada”, donde se nos dice: “Hay que estar desollada/con un lunar en la nuca/sosteniendo un vaso de malva/por mil años/esperando/el invierno/de los filósofos/para saber/ lo que es bueno/y deleitarse/una madrugada cualquiera/con el canto/de una guacamaya”.

Las alas y las plumas son reconocidas en nuestra cultura como un símbolo de libertad porque se asocian con el vuelo, la elevación, el espíritu. Alzar el vuelo se relaciona con temas del espíritu o el intelecto. “Quien comprende tiene alas”, según el Brahmana y para el Rig Veda, “la inteligencia es la más rápida de las aves”. Y es por eso mismo que son alados los ángeles.

Cuando Anabelle titula un apartado de su libro “Alas inexactas”, cuando nos describe un ala en un poema como “un pequeño codo/ descarnado y triste /con un ojo azul y ciego”; o cuando nos habla de la “media ala del turpial/ en la estrecha visión” de una ventana, nos está representando las consecuencias de profanar el huerto, la lisiadura que producen los abusos, la torpeza que resulta de no querer saber. (El turpial es el ave nacional de Venezuela). Y por todo esto nos indica a la vez que el huerto de su obra es mucho más que el clásico lugar ameno de los clásicos: es el mundo habitable, respirable, confortable. Ese mismo que describe en el poema “Rojo crimson”, cuando un pájaro, preparando su nido, “danza entre los árboles/ en columpio de lianas/ que no producen ruido/ acomoda las hojas en el piso/ mandala de flores […] enciende velas amarillas/ para hacer el amor/ abre sus alas y canta/ techa el nido con orquídeas”. Pero es obvio que este pájaro es una pura añoranza, porque en la estrofa final advierte que “es hermoso/ llenar de colores/el pincel vacío”. Este llenar de colores el pincel vacío es un indicio de que a pesar de todo, hay un deseo de creer en la belleza y en la bondad. O, dicho en sus palabras, “la noche se corta/ para convencerme/ de que las estrellas/ que la encumbran/ no hieren”.

Pero Anabelle ha tenido que dejar atrás dos mundos:  Venezuela, que arropó gran parte de su vida, a la que dejó atragantada por el régimen chavista que le fue arrebatando todo lo que pudo; Costa Rica, que la vio nacer, a la que dejó voluntaria o casi voluntariamente al casarse. Es mucha pérdida para una sola vida. La pérdida del país natal se rememora sobre todo en el poema “Cármenes”, obviamente alusivo a Carmen Naranjo.  Ahí, Anabelle rememora aquel tiempo en el que sus “zapatos rojos/y brillantes/crujían la escalera/sin cuidado”; en el que la llamaban “los colores/ de las piedras pequeñas/mariposas intactas/ inconclusas”. Y ahí la memoria retorna al “corredor volado/y de madera/, de aquella casa en Olo (Así se llamaba la propiedad en Alajuela en que Carmen vivió sus últimos años) “con el verde/ inmerso en la pecera /de luz/ la cama/ a cuadros/ la inolvidable/ lámpara de mimbre/ en la cocina/ la única luz en el entorno/ suficiente y amante”. Olo, donde no podía faltar “una danza sin adverbios/ coloreados con azul de metileno” y donde “llovía café en el campo/ chorreado en una bolsa”. Este mundo acogedor y hermoso, que ya no es, se contrasta con el presente que ahora es, donde, dice la voz lírica, “ya esta infusión no huele/ en mi lejana leña/ ya no me cantan los yigüirros al oído”. Recordemos que el Yigüirro es el ave nacional de Costa Rica. Pero, hay un pero, y un pero, ya sabemos, es una objeción. El “pero” corrige la frase, porque el recuerdo sobrevive a cualquier pérdida. Y así, el poema termina: “pero conozco desde la realidad/ del relámpago sin lluvia/ que en la música de Olo/ no hay silencios”.

En “Saudade”, la memoria reconstruye “…los techos de dos aguas/ esperando la lluvia /las hojas/de la última estación/ con su crujido leve/ […] los niños / de ojos brillantes/ y sonrisa violeta/ el olor /a jengibre fresco/ y a vainilla/ de Madagascar”. El exilio involuntario de todo este mundo familiar y acogedor se subraya en la estrofa final: “Solo me llevo el colibrí/va en mi cartera/de tela de algodón/ para darle un minimalista/jardín de residencia”. Y claro, ni qué darle vuelta, que el colibrí que se lleva es de trapo también, como la cartera.

Fuera de toda conjetura, las aves de esta obra son también los seres humanos. Algunos de ellos cuervos, algunos de ellos cisnes o gorriones o águilas, o mirlos, y todos, en última instancia, la población del huerto que se profanó. Porque ese cuervo que “despedaza el lomito de una ardilla” aparece en el mismo poema (“Idus de marzo) en el que se alude al “avión del tirano moribundo”, y antes de ese otro (“Mortuoria”), referido a los “mercaderes de aves [que] huelen las especies/en el aire rancio del mercado”, donde “ningún ave canta/ conocen su mañana /con altiva presencia”. Como la de una nueva Casandra, la voz de este poemario anuncia: “tarde o temprano morirán/ casi al mismo tiempo/dejando grumos/de su sangre/ ellas serán/el penúltimo eslabón”. Pero esa voz que alude al huerto destruido anuncia también al castigo de quienes lo destruyeron: “Nadie escapa/ quien produce dolor/implacable/prepara/su propia sentencia/ el que busca encuentra”.

En el último poema, “Información confidencial”, confirma ese matiz pesimista y desesperado: “El destino/ y el lugar/ me encontraron/ no había limpiado /la casa/ quedaron/los cristales/con polvo/la cama/sin tender/ me desplacé /con soltura/al valle deseado/donde reposan/ sin lápida/unas alas / extendidas/ de mirlo/ no mis brazos”. Puesto que tradicionalmente el mirlo se asocia con la llegada de la primavera, y la primavera con la juventud y la felicidad, unas alas de mirlo sobre una lápida anuncia un mundo invernal, un mundo muerto. En uno de sus poemas, “Trayecto”, Anabelle escribe: “Abrazo paciente/los bordes de la tierra/y el sol medita/el reiniciar/de las verbenas”.

Esperamos que en esa realidad de que Anabelle nos habla, el sol no pase meditando mucho tiempo, que decida expulsar del huerto a los tiranos, reiniciar las verbenas, restaurar lo profanado; que el ala vuelva a ser ala, que el canto sea uno, no importa cuántos cantos sean; que se logren los panes del inicio; y que pensar en los metales impuros y en la malversación de fondos no constituya una traba para soñar con “el ego de la dulce esperanza
  
Así son los poemas de “PROFANACIÓN DEL HUERTO”

SIGNOS

Es la locura el centro de la cuerda
la clarividencia de lo agudo

es la lógica perdida en el instante
del parto

es refinado el envoltorio de tanta confusión
en el retorno al crepúsculo

es el ala un pequeño codo
descarnado y triste
con un ojo azul y ciego

Por qué unir ojo y lágrima
si el cuerpo es agua pura
y sagrada

Cómo es que viene el dolor
en una manzana
agujereada y dulce

¿Es así como lo dice
como lo dijo
como lo digo?

            todo empezó
            antes de que lo reseñara
            en las marcas
            de mi cuerpo
                        un rencor
                        casi
                        cárdeno

se planifica en tiempo
de manera inocente
            enmudece Babel



//////////////////////

IDUS DE MARZO

El cuervo
despedaza el lomito
de una ardilla

con su pata retira
lágrimas del ojo infestado

            el gavilán examina
            la pequeña presa
                        languidecer

                        se detallan
                        sus diferencias
                        los enemigos
                        se mueven
no hay resguardo
ante la aniquilación

es su mundo
que
gotea
el agua
donde enmudece
el grifo

en la madrugada
oigo el avión del tirano
moribundo
descompuesto
en sus fétidos humores
aferrado
al talismán
engañoso
y vengativo

no es otro
lo huelo
se desperezan las hienas
se desplazan los espejos
hay legañas en los ojos de los santos

nadie escapa
quien produce dolor
            implacable
            prepara
            su propia sentencia
                        el que busca encuentra


/////////////////////



ROJO CRIMSON

                                                                                  Baila como si estuvieras perdido
                                                                                                          Pina Bausch

Danza entre los árboles
en columpio de lianas
que no producen ruido

acomoda las hojas en el piso
mandala de flores

el ambiente limpio
            enciende velas amarillas
            para hacer el amor

abre sus alas y canta
techa el nido con orquídeas
hay bellotas
un olor a leve nardo

helechos inmensos
en ballet inconcluso

hay un hogar de luces
            se acerca el embarazo
habrá un parto oval

la belleza no siempre es
con los ojos
            ni directo en el cuerpo

                        es hermoso
                        llenar de colores
                        el pincel vacío


/////////////////


INFORMACIÓN CONFIDENCIAL

No es instinto
o aprendizaje
tampoco genética

no interesan
el tiempo
ni la distancia
la gravedad
es inútil

mis pupilas
miraron
al infinito
como un grano
de mostaza

la brújula
cayó
oxidada

el destino
y el lugar
me encontraron

no había limpiado
la casa
quedaron
los cristales
con polvo
la cama
sin tender

me desplacé
con soltura
al valle deseado
donde reposan
sin lápida
unas alas
extendidas
de mirlo
no mis brazos

Editorial Costa Rica. Poemario presentado el jueves 23 de junio del 2016  a las 7 pm  en el Instituto de México en San José Costa Rica.