lunes 8 de febrero de 2010

1999





Jesús Nieves Montero

A Mariliana, diez años después

I

Hoy. Comienzo de semestre, la pizarra vacía. Dibujo una línea de tiempo, debajo anoto mil novecientos noventa y nueve. El año que acabó hace una semana. El punto cero está en abril por la partida de Marcia. Luego otras marcas en septiembre cuando aparecieron Corina, los testigos de Jehová y Nínive. Sharon estudiaba secundaria. No hay punto final sino una línea pespunteada que termino arbitrariamente donde coloco 2006. Debajo anoto: hoy. Marcia todavía en su frasco de cristal. Corina perdida. Nínive en casa. Los testigos de Jehová tienen estricta prohibición de ingreso a la universidad: a veces, cuando caminamos los domingos en la mañana, Nínive y yo los vemos mientras paseamos. No nos detenemos. Sharon tendrá su título el próximo semestre.

Una semana y dos días antes Corina me había mostrado su itinerario, el avión despegaba a las tres y media, su recorrido debía completarse en una hora veinte minutos. Yo quería que fuera al congreso y al regreso le comunicaría de su despido. No dormía pensando en el momento, en las explicaciones. Nínive se solidarizaba, me lamía las plantas de los pies mientras trataba de descansar unas horas.

El día del viaje estuve trabajando en asuntos de la pizarra -horarios, artículos arbitrados recibidos y por recibir, disponibilidad de aulas con equipo audiovisual- hasta las cinco. Luego hice mi ronda de noticias en internet. En una de las recargas vi la sucesión: el avión extraoficialmente desaparecido, una “alerta de preocupación sobre el vuelo” porque la aerolínea “no sabe a ciencia cierta dónde está el avión”, el avión oficialmente desaparecido. A las ocho de la noche regresé a la casa. Nínive esperaba, perezosa, su comida; serví su plato y continué el seguimiento: comenzaban unos primeros intentos de búsqueda, rastreo en aeropuertos cercanos, llamadas, consultas.

Confundido, embotado, caí en un sueño/desmayo hasta las once de la noche. Una actualización en la página de noticias. Una lista preliminar de pasajeros: la número seis era Corina. Apagué el computador y apareció, ahora sí, sueño, como no sentía desde la visita de Sharon. Dormí.

Al día siguiente no salí con Nínive. Llegué muy temprano al departamento, todavía seguía el pulso vacacional. La calma, el silencio, la lentitud de los marcadores, borradores, las carpetas, el teléfono, la fotocopiadora: incluso el polvo y la luz. Frente a la pizarra bajé la mirada, como si me disculpara por no ocuparme de ella. Encendí el portátil en la mesa del salón anexo de reuniones: actualizaciones de las listas de pasajeros, las fatales previsiones: a las ocho y treinta el rumor de que se habían avistado lo que parecían ser los restos del avión; a las nueve y seis de la mañana un funcionario dice que “por las características del accidente no hay apenas posibilidades de que alguien haya podido sobrevivir al accidente”. Para una agencia internacional “el avión está desintegrado”.

Todas las notas repetían teléfonos solicitando información que pudiera facilitar el rescate o la identificación de los cuerpos. Marqué desde el celular. Era de esperarse, tardé en conectar la llamada. Más de quince minutos de escuchar el tono ocupado. Cambié al teléfono del departamento. Colgar y remarcar, colgar y remarcar hasta que alguien respondió, su voz apenas audible sobre la cortina de los pasos y los gritos. Sí, yo creía que podía ser de utilidad. Sí, podía aportar información para identificar un pasajero. Corina Irazábal. Yo era jefe del departamento de matemáticas de la universidad donde daba clases. De hecho, yo había llenado todos los formularios y había firmado y sellado todas las cartas para asegurar que la profesora Irazábal asistiera a un congreso de estadística. Un silencio me subrayó que el comentario burocrático estaba fuera de contexto. Me contactarían luego.

Colgué y pensé en Sharon. ¿Sonreiría? ¿Se alegraría? No sé, apenas la conozco. Sólo me queda su mirada ansiosa antes de recibir la nota de un examen y su alivio -más que alegría- al obtener la mejor calificación. Pero se había cumplido su deseo: la intrusa había sido castigada.

Al desierto del departamento sólo Maigualida se incorporó a eso de las diez a batir la escoba con desgano. El tiempo fue girando, como una serpiente que se muerde la cola. Salí a las tres de la tarde y durante el recorrido volvió otra vez el sueño. Paseo corto con Nínive. Dormí.

II

En la noche, a las nueve, antes del ritual del jabón sobre la cara, sonó mi celular: no habían contactado otros familiares de la profesora Irazábal. Querían saber mi disponibilidad para bajar al aeropuerto al día siguiente a ayudarles. Acepté. Nínive me veía esperando su comida que tenía, por segundo día consecutivo, un par de horas de retraso.

Le serví y la dejé con su alimento. Tomé el maletín de viaje de Marcia y metí el expediente. Corina vivía en mi eterno mil novecientos noventa y nueve, y caminaba con sus zapatos dorados del A2-315 al A1-205 y comenzaba de nuevo, desde cero, y la pizarra soportaba medias, varianzas, correlaciones; después cambios y descartes hasta dar con el estimador suficiente, consistente, eficiente, hasta terminar otro semestre.

¿Quién cuidaría de Arquímedes? Maigualida se encargaba durante las horas de clase de las tardes a cambio de algo de dinero: por eso Maigualida se empeñaba en que ella era la que limpiaba el departamento y ella era la única que sabía dónde los profesores ponían las cosas y para qué iban a dejar a una recién llegada, quién sabe con cuántas malas mañas, si todos los profesores tenían calculadoras, computadoras, plumas y relojes en los lockers. Y tan vehemente, tan descriptiva de todos los males que se nos vendrían si ella no cuidaba el departamento en las tardes era Maigualida, que yo la despachaba: sí, sí, Maigualida, siga, siga, y ella feliz, cuidando al gato de Corina.

Cuando la vi entrar por primera vez con el gato, esperé por si alguien se quejaba. Nadie comentó nada, así que en los veinte o quince minutos entre la primera y la segunda tanda de clases, Corina iba al departamento y se encerraba en su cubículo con Arquímedes, y Arquímedes, marrón, sobrio, quedo, recostaba su pelambre en la falda de gabardina, recostaba una oreja sobre el pecho de Corina y se dejaba hacer, se veían desde la ventana las uñas punzantes, púrpuras de Corina paseando por la cabeza, la nuca, dibujando el contorno de los ojos de nuevo, repasando los bigotes; mientras con el pie izquierdo Corina llevaba como el compás de un ritmo que sólo ella escuchaba, un ritmo fijo, monótono pero, por eso mismo, preciso; mientras con la mano derecha Corina hacía trazos sobre el reverso de hojas recicladas de exámenes a medio imprimir y formularios caducos; mientras al estar allí aislada evitaba coincidir con Sharon en los pasillos.

Después otra vez al salón, siempre con los zapatos dorados, con la dimensión extraña, pastosa de fetichismo con todas las miradas sobre los pies, para dar la espalda a cincuenta pupitres, y con el talón dorado y el movimiento de las caderas desconcentrar, mientras se dilucida sobre la pizarra la probabilidad de no conseguir empleo por ser hombre y negro al mismo tiempo o la correlación entre los niveles de lluvia y la cuantía de una cosecha.

III

Era la semana antes del comienzo del primer semestre de Corina cuando llegaron los testigos de Jehová. Todos admirábamos que se acercaran con los maletines y las revistas Atalaya disimuladas a una universidad cuyo fundadores eran del Opus Dei, pero ya nos habíamos cansado de recibirlos. Por eso Corina pagó su novatada y los dejó entrar. Vi a Maigualida y otros profesores ser espectadores, a través del vidrio del cubículo, de las explicaciones siempre llenas de gestos que daban los evangelizadores. Yo sólo pude esperar hasta el final de ojos cerrados, manos entrecruzadas y oración. Sobre el escritorio quedó la Atalaya con el dibujo de una ballena en varios tonos de azul y con un estómago convenientemente transparente que sugería una figura humana atrapada. Los visitantes se fueron y todos volvimos a nuestra rutina preparatoria del semestre.

Al día siguiente el vigilante del estacionamiento de profesores le dijo a Maigualida que había llegado un perro, en la noche, que estaba cojo y que me preguntara si lo quería porque después de la muerte de Marcia habría espacio en mi casa. Además, yo era de los pocos jefes de departamento que estaba asistiendo, podía firmar las planillas para que lo atendiera un veterinario de la asociación de profesores.

Corina era callada. Pero, con una sonrisa después de escuchar a Maigualida y el Atalaya en la mano, me dijo: —Si es macho póngale Jonás, y si es hembra, Nínive. Bajé al estacionamiento. Era hembra y cumplí: la llamé Nínive. Cuando la llevamos al veterinario nos dijeron que la lesión era vieja, no tenía sentido operarla. Todos me miraron. Yo tomé a la perra coja y la llevé a casa a que jugara a hacerme compañía. Bajé el frasco con las cenizas de Marcia que estaba en el nivel superior de la vitrina en la sala. Presenté a la perra con lo que quedaba de mi esposa. Durante los siete años de este mil novecientos noventa y nueve, a pesar de la vergüenza que nos da a ambos toparnos con esos perros de campeonato, atléticos y perfectos, Nínive y yo caminamos dos veces al día. Conversamos de todo.

IV

Eran seguramente más de las cuatro cuando Sharon Velásquez entró a la oficina. Debió haber dejado la mirada como quien cree que una observación convincente le revelará la clave de un problema de álgebra matricial, porque yo, que luchaba contra la pizarra y trámites de vacaciones, semestres, trabajos de ascenso y modificaciones curriculares, volteé.

Sharon Velásquez me vio y la mirada, el no saludarme, el no anunciarse, me recordó que no tenía a una estudiante más de ingeniería sino a la hija de Richard Velásquez, y a la hija de Richard Velásquez, que no abusaba de ser la hija de un miembro de la directiva de la universidad para tener un índice académico que la llevaría al cum laude ni para entrar a las oficinas de los jefes de departamento, había que escucharla. Abrió el bolso, metió su mano. La sacó empuñando algo que dejó sobre la mesa. —¿Tiene dónde reproducirlo? —dijo. Yo miré: sobre mi escritorio, un memory stick.

Le señalé la portátil sobre la mesa del salón anexo. Quise decirle: Buenas tardes, bachiller Velásquez, para tratar de retomar algo de control y que tuviera sentido el peso de las llaves de la oficina más grande en mi bolsillo, mi nombre en el organigrama o en la puerta, la reproducción del título grabado sobre metal en la pared, pero, en realidad, en la universidad nadie le decía bachiller a nadie y ya Sharon había echado a andar la escena dejando toda reacción no consecuente con su libreto como extemporánea, casi obsoleta.

Encendí el laptop y volví por el stick. Retiré una silla para Sharon. Acomodé la mía: esperamos los siete o diez minutos para que Windows cargara cada una de las aplicaciones hasta que, ya pacificada la luz verde del procesador, inserté la barra gris y azul en la ranura lateral.

Las imágenes oscuras presentaban un triángulo irregular desde muy cerca. El cuadro se amplió y se formó un signo de integral delicadísimo, bajo el cual un área sombreada de piel y, sobre ella, las escamas de una serpiente enrollada, mordiéndose la cola, que me miraba. Más arriba, perdiéndose hacia el pubis, otra serpiente. Límite que tiende al infinito. La cámara expandió su mirada, ya no con el zoom sino con un retroceso del camarógrafo. Supuse habría sonido. Quise pedir permiso a Sharon para escuchar, pero un impulso de mi mano llegó primero a la tecla y presioné. Miré a Sharon. Firme, concentradísima. Empezamos a escuchar. Sólo eran instrucciones: hasta acá, no, más, derecha, así. En una esquina, Arquímedes miraba todo, sus ojos rojo zombie eran puntos marginales.

Luego la cámara fue una matriz que agregaba filas y columnas hasta superar al cuello: los ojos de Corina irrumpieron, destrozaron la armonía, las curvas de los senos perdieron su forma. Todos los términos de la imagen se convirtieron en una ecuación irresoluble. El camarógrafo apareció en espejo rectangular empotrado en el copete de la cama. Filippo Trocchio.

Cinco minutos. Movimientos, sonidos desde la computadora. Silencio entre Sharon y yo. Listo. Su dedo larguísimo, firme, dirigió el cursor hasta la equis en la esquina superior derecha y fin de la función. —Profesor, no le he dicho a mi padre —me dijo Sharon. —Pensé que todo sería mejor, más discreto si lo soluciona usted. Se sintió bien el trato deferente. El “profesor”. El que no hubiera usado el tú para continuar el sometimiento.

—¿Puedes dejarme el video? —Créame: voy a aplicarme de inmediato un peeling en las manos para que sea como si nunca lo hubiera tocado.

Y Sharon salió, sin despedirse. Y fue cuando los treinta años de universidad comenzaron a asentarse en mí, se convirtieron en factorial: 30 x 29 x 28 x 27… Todo acumulado al final de la espalda, todos mis cincuenta años, por cuarenta y nueve por cuarenta y ocho, por cuarenta y siete… Pesadez en el cóccix. Las arrugas propagándose viralmente. Las articulaciones en contracción dolorosa. Sentí más el tiempo. Respirar fue un esfuerzo de inhalación en inhalación. Marcia más ausente.

De espaldas al departamento inferí todo. Sentí cómo se harían las seis, cómo Corina buscaría a Arquímedes y saldría a su casa, tal vez a esperar a Filippo, mientras la cuenta regresiva que Sharon me daba antes de contárselo a su padre comenzaba a correr. No era una mujer que perdía un hombre, era alguien que tenía un territorio de linderos clarísimos y aparecía una intrusa insoportable y eliminable.

En alguna fiesta, entre copas de champán, alguna amiga podría convencer a Filippo y seducirlo, y, entre iguales, con malevolencia, con cálculo, podrían compensarse, castigarse, batallar o, incluso, Sharon podría decidir que no valía la pena; pero en la universidad que fundó su abuelo y donde su padre era directivo, no. No con una profesora con la que eximió dos cursos. No ante el bochorno de todos los semestres, de todas las carreras. No con las lenguas de quienes conversarían de esto hasta extenuarse a la salida de la iglesia en la misa del domingo en la tarde. Era el juego de Sharon. Hay gente reemplazable. ¿Por qué Filippo no habría escondido mejor el stick? ¿Dónde lo habría dejado? ¿Por qué tenía que ser tan confiado? ¿Por qué no estudió en otra parte? ¿Por qué no se limitó a disfrutar el dinero de su padre?

Decidí detener todo hasta la noche: el video, Corina, Filippo Trocchio, las serpientes. Llamé a Maigualida. Le dije que le dijera a la secretaria que avisara a los alumnos: no daría la clase de las seis y no atendería a nadie. Regresé a la pizarra: otro día sin nada para borrar.
Salí a Recursos Humanos. Con tono de jefe exigí el expediente completo de Corina Irazábal. Luego conté las horas para que todo el mundo hubiera salido para regresar a casa, dar de comer a Nínive. En la espera pensaba: ¿por qué no lo arregla Sharon? ¿Vamos a despedir a Corina? ¿Vamos directo al escándalo morboso?

Llegué a casa. Avanzó el vídeo y, sin esperarlo, sentí envidia por Filippo Trocchio. No porque su padre fuera un millonario industrial ni porque tuviera a Sharon jugando a la venganza. Simplemente me di cuenta: Filippo Trocchio vivía en 2006 y yo en mil novecientos noventa y nueve. Después de los tres últimos meses de Marcia intuía que no podría avanzar. Y sólo lograba descifrar la incógnita con Corina. Desde la primera entrevista. Cuando, mientras la escuchaba, inventariaba los zapatos dorados, la blusa casi transparente, melón, salmón, las uñas púrpura, los labios carmín y la falda de gabardina. Corina hablaba y yo, al mirar su escote, al imaginar los encajes, el nylon y el algodón que la separaba de mí, me veía en 2000, 2001, sentía que había otros días. Otros años. Y pensé que tal vez, mientras pasaba la mano sobre la cabeza de Nínive, acariciaba en silencio, en lejanía a Corina. A los años por venir. Terminado el video repasé todas las páginas del expediente, las notas médicas, las copias de los títulos, las cartas de recomendación. Todo impecable. Tenía que ganar tiempo. No debía perder a Corina.

El semestre terminó. Cada vez que encontraba a Sharon intentaba una mirada que suplicaba paciencia. Hasta que llegó Corina a solicitarme apoyo para el viaje.

V

Nínive comió poco antes de que llegara el taxi. Llegué al aeropuerto. Entre los pasos, los gritos y los familiares, me advirtieron que debía estar calmado. Si lo necesitaba tenían paramédicos, tranquilizantes. Otra vez la edad factorial sobre el cóccix. Otra vez las arrugas multiplicadas. Me trataban con la condescendencia con la que un niño recita la tabla del uno para agradar a sus padres. Para los rescatistas yo era un abuelo a punto de senilidad con pasos lentos y desorientados. Para romper con todo eso entregué el expediente.

Sobre largas mesas los trozos, la reducción después del impacto, del choque y la explosión. Vectores inconexos en lugar de lo que una vez fueron cuerpos. Recordé a Marcia. Al menos los pasajeros habían sido dispensados de los tres meses de desvelos en la emergencia de la clínica, las conversaciones privadas del médico con ella, del médico conmigo, la lenta sustracción que drenó su vida segundo por segundo hasta la última respiración, hasta la cremación, hasta su albergue eterno en un frasco de cristal en el nivel superior de la vitrina de la sala.

Como un lazarillo, un joven me fue paseando. En un instante, mil novecientos noventa y nueve me pareció muy lejano y estuve en ese momento del presente, sentía que había cumplido con Sharon y quedaban las nuevas cosas en la pizarra, y busqué entre las manos, las cabezas y los retazos de piel a Corina como quien persigue una cara conocida, deseada, entre una multitud porque lleva un ramo de flores en las manos que, aunque con cierta vergüenza, quiere entregar; como quien llega al destino final de un viaje deseado y postergado y encuentra a quienes lo esperan.

Entonces, la mesa con un muslo y parte del pubis. Frente al tatuaje de las dos serpientes supe que ese pedazo era de Corina. Se lo dije al lazarillo. Y pensé en los ojos rojos de Arquímedes. El lazarillo fue a decirle a un supervisor. El supervisor verificó mi relación con Corina. No pareció extrañarle cómo conocía el tatuaje allí. Me agradecieron: ellos también tendrían su propia pizarra y habrían tachado un nuevo ítem de la lista de pendientes. Me ofrecieron otra vez tranquilizantes, los rechacé.

Mientras arreglaban mi regreso, salí hacia la pista de aterrizaje. Frente a los aviones, todavía en ese presente, soñé un viaje: un lugar con mar, con montaña, diferente; un nuevo hogar para las cenizas de Marcia. Un lugar para vivir, la posibilidad de aprovechar la tremenda ventaja de ser reemplazable. Como me había enseñado Sharon. Pareció que por fin mil novecientos noventa y nueve había cedido. Y después de siete años había decidido terminar.

Jesús Nieves Montero
Venezolano. Profesor de escritura creativa
Generador de contenidos medios tradicionales y nuevos medios
twitter: @elproximojuego

martes 2 de febrero de 2010

Nota luctuosa





La editorial "Ala de cuervo" manifiesta su más profundo pesar por la muerte de

Alida de Carrera Damas

esposa de nuestro autor Germán Carrera Damas.

Descanse en paz.

lunes 1 de febrero de 2010

Tomás Eloy Martínez y el periodismo





Por Eva Feld

Aunque todo el que tuvo que ver con Tomás Eloy en vida sepa que fue un excepcional periodista, un brillante escritor y un gran amigo, en verdad su gran pasión radicó siempre en conciliar a sus dos cabezas y a una tercera, no menos exigente, llamada corazón. No resulta, pues, advenediza la razón de su muerte. Ora Anfisbena ora Quimera, fue su cabeza.

Dos eran, pues, sus razones: La Argentina y la escritura (ya sea por la vía del periodismo o de la literatura) y a ellas dedicó todo su ahínco y su entusiasmo, su pedagogía ( a través del llamado Nuevo periodismo) y su devoción . Los asuntos de su corazón abarcaban un amplio universo: los hijos, los amigos, los colegas, los ciudadanos del mundo, sus lectores, sus editores, sus críticos, sus discípulos, todos fueron abrazados a través de su palabra.

Tomás Eloy Martínez fue uno de los principales exponentes del Nuevo Periodismo en castellano. El resultado de su influencia en el ejercicio periodístico en Venezuela, fue la proliferación de noveles escritores que atravesaron el umbral de la realidad con las técnicas aprendidas en el laboratorio que significó “El Diario de Caracas”. Fue él quien implanto la técnica de escribir en cada línea una información y en cada párrafo una reflexión, pero también fue el quien dio Licencia de Corso para que cada quien soltara a sus fantasmas en una escritura libre de prejuicios, en la que cupieran personajes de carne y hueso con sus debilidades y conflictos y no sólo las sempiternas respuestas a las cinco preguntas de Laswell, que signaban la objetividad (Qué, quién, cuando, donde y por qué). Así, pues, quienes aprendimos a ejercer la profesión a la vera de TEM, quisimos, como mínimo, elevar el periodismo a genero literario. En “El Diario de Caracas”, cada día hubo pathos, nunca faltó un llanto desenfrenado por el tamaño del desafío y para más INRI, incluso la vida de los escribientes que allí fortalecíamos las alas se vio salpicada por la tragicómica condición humana. Salieron a flote las pasiones: el amor, los celos, las intrigas: complicidades, infidencias, rivalidades, pero también lealtades a toda prueba, amistades puestas a prueba. En fin, El Diario de Caracas” fue durante sus primeros dos años, una novela. Una con protagonistas de carne y hueso. Una en la que el propio Tomás Eloy Martínez, interpretaba un rol, inolvidable, inobjetable. Era una novela abierta, inconclusa, por lo cual mas temprano que tarde habría de convertirse en obra de teatro primero, luego en guión de cine y, al final de los dos primeros años, en telenovela.

Quienes participamos en el guión y en la interpretación de todos esos personajes, llevamos, aún hoy, después de tres décadas, la impronta de haberlo vivido. Sin embargo, 30 años no pasan en balde y menos en el periodismo, donde la inmediatez es el factor predominante. No en vano dice el pensador franco-italiano Paul Virilio que la velocidad con que llega la información es la noticia misma. No es sin razón que el pensador venezolano Teódulo López Meléndez afirma que la noticia murió para dejar paso al show, a la apariencia. Para él, incluso la realidad desapareció (pero esto es harina de otro costal).

Lo cierto es que si el nuevo periodismo se apoyaba en humanizar la información aportando ejemplos de la vida real para narrar los hechos acaecidos, la aparición del chateo, de los blogs, de facebook, de los innumerables reality shows y de Twitter, ha producido una saturación de información y de ejemplos “arrancados de la vida misma” de lo que la gente hace, dice, piensa o de como actúa en vivo y en directo, que debería desatar una alarma aguda en el oído de los periodistas. Se trata ahora de reinventar el oficio. El periodista del siglo XXI tendría que ser capaz de sintetizar, analizar, interpretar los hechos, no simplemente de narrarlos con maestría. El periodismo del siglo exige más cultura, más estudios, más formación política, filosófica, histórica, geográfica, más visión de mundo, más capacidad de instantaneidad. Pues, aunque paradójicamente se han multiplicado las fuentes de información a través de Internet, es en la capacidad de raciocinio, en la experiencia política, en el desempeño redaccional, en la formación profesional donde radican las posibilidades para integrar las fuentes y para desmenuzar los hechos. Como si cada noticia fuese una novela, el que la escribe debe tener un dominio temático, manejar los tiempos, los antecedentes, las proyecciones y las subtramas. Además todo ello debe poder ocurrir con la rapidez que exigen los medios y en consecuencia los usuarios.

En conclusión, en un momento histórico en el que todo el mundo se cree escritor y periodista (por tener acceso directo a los medios de difusión), los profesionales deben exigirse más, en definitiva deben ser mas periodistas y escritores que todos los demás. Tomas Eloy dixit en sus libros, en sus charlas, en la prensa y como muestra un botón en http://www.worldtv.com/cuervo_tv/.

domingo 31 de enero de 2010

Murió Tomás Eloy Martínez



A los 75 años, tras una larga lucha contra el cáncer, falleció el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez.

Fue columnista de los diarios LA NACION, The New York Times y El País de España. También escribió libretos de cine y televisión, y fue crítico cinematográfico, además de integrar el equipo de dirección del semanario Primera Plana. También dirigió la Opinión Cultural y la revista Panorama. Además, formó parte del equipo creador del diario Página 12.

Su vida y obra

"Las ficciones son nuestra forma de rebelión." La relación del periodista y escritor Tomás Eloy Martínez con la escritura comenzó con una transgresión. Escribió su primer cuento cuando tenía menos de diez años para burlar el castigo de sus padres, que le habían prohibido leer. Ese gesto, el de llevar al máximo los límites, caracterizó toda su trayectoria.

Agudo analista del ser nacional, quizá uno de los más penetrantes que tuvo el país en los últimos años, su cautivante y elaborado estilo nutrido por igual de la apreciación objetiva y sensible de la realidad sedujo a generaciones de lectores.

Empezó su carrera como corrector en La Gaceta de Tucumán, provincia que lo vio nacer en 1934. "Si cuidás el lenguaje, la ética viene en consonancia, porque la responsabilidad empieza por la herramienta que manejás", había dicho en una entrevista publicada en El Pais a propósito de esa experiencia.

Esta segunda escena de iniciación determina su creencia en el poder de la palabra, capaz de reinventar tanto la realidad ("Todo relato es, por definición, infiel", como sostuvo en su novela más famosa, Santa Evita) y a quien la emplea ("Somos lo que hemos leído", dijo alguna vez).

Entre 1957 y 1961 fue crítico cinematográfico de LA NACION. Junto con Ernesto Schoo, renovó la forma en que se reseñaban las películas de esa época. El contexto era de por sí estimulante: las nuevas expresiones de la Nouvelle Vague y la Nouveau Roman, que derribaban las viejas formas del cine y la literatura, eran recibidas por algunos jóvenes de este lado del océano como gotas en el desierto. Entre ellos estuvo Martínez, que promovió ambas tendencias, con las que generó tanto adhesión como desconcierto.

Pasó por las redacciones del semanario Primera Plana y la revista Panorama, de la cual fue despedido por publicar los sucesos de Trelew en la portada. Su relato periodístico La pasión según Trelew (1974), quemado durante la dictadura en una plaza de Córdoba, fue incorporado como prueba al expediente de la causa que investiga la masacre. También fue el primer director del noticiero Telenoche.

Dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión hasta 1975, año en que, amenazado por la triple A, debió exiliarse en Caracas. Allí fundó El Diario.

En 1991 participó en la creación del periódico Siglo XXI en Guadalajara, México, y del suplemento Primer Plano en Página 12. Dirigió durante muchos años el programa de Estudios Latinoamericanos de la Rutgers University, de Nueva Jersey, y fue uno de los referentes de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por su entrañable amigo Gabriel García Márquez.

A partir de 1996 y hasta su muerte, fue columnista de LA NACION. Sus artículos también se publicaron en The New York Times y en El Pais.

Entre sus obras más destacadas se encuentran Lugar común la muerte (1979), señalada como un aporte esencial al Nuevo Periodismo, La novela de Perón (1985), La mano del amo (1991) y la novela argentina más traducida de todos los tiempos que, a la manera del Facundo de Sarmiento, dinamitó la frontera entre fantasía e historia: Santa Evita (1995).

En 2002 recibió el premio Alfaguara, uno de los más importantes concursos literarios en lengua castellana, por El vuelo de la reina. Luego se publicarían la selección de ensayos y crónicas Réquiem por un país perdido (2003), Las vidas del general (2004) y El cantor de tango (2004). El Purgatorio (2008), su última novela, cuenta la historia de una pareja separada por el terrorismo de Estado en 1976 que vuelve a encontrarse 30 años después, relato con el que intentó recuperar los años que vivió lejos de un país que nunca dejó de obsesionarlo.

El diario madrileño El País le otorgó el Premio Ortega y Gasset de Periodismo el 22 de abril de 2009. El galardón distingue trabajos en español publicados en medios de todo el mundo.

Poco después, el 24 junio de ese mismo año fue incorporado a la Academia Nacional de Periodismo. "Es un gran honor que se debe, creo, a la persistencia con la que vengo trabajando hace más de medio siglo", dijo en esa oportunidad a LA NACION.

Desde su sillón en la Academia, Martínez bregó para que la calidad y confiabilidad de la información sean las herramientas indispensables para que el oficio se adapte a los nuevos tiempos

viernes 22 de enero de 2010

La canción de la Pu

Justificar a ambos lados

Renato Sandoval Bacigalupo

N de R: A nuestro buen amigo el escritor, poeta y traductor peruano Renato Sandoval Bacigalupo se le había olvidado este cuento entre los papeles. Ahora lo encontró y quiere compartirlo.

Ya era muy vieja en el primer recuerdo que tengo de ella, y de eso hace ya tantos años. La llamábamos Pu porque era sordomuda y el único sonido que su boca desdentada emitía era “pu”, y porque sus muertos oídos solo reaccionaban cuando alguien, burlón, se le aproximaba gritándole “pu, pu”. Cuando eso ocurría, ella cerraba fuertemente los ojos como si quisiera hacerlos añicos con sus párpados, y empezaba a girar y girar sobre sus pies, con los brazos extendidos esperando poder golpear sin ver a aquel que en esos momentos la injuriaba. No había, sin embargo, rabia ni dolor en su rostro; tal vez sí una insondable e inmensa tristeza que se asomaba por sus crispados labios, los que, cual diques de contención, evitaban que se desbordase causando quizás espanto y estupor general.

Yo no sé si amaba a la Pu y me sentía angustiado por ello, ya que después de todo se trataba de la madre de mi madre, y se suponía que debía tocarle al menos una parte del amor filial que, por lo general, todo hijo profesa por sus progenitores y ancestros. Eso sí, me daba tirria, creo, porque ella era el objeto de burla preferido del barrio, lo que inevitablemente conducía a que yo y mis dos hermanos mayores también lo fuéramos. Recuerdo, por ejemplo, que tan pronto como cualquiera de nosotros se asomaba por la ventana que daba a la esquina en donde los de la patota solían ubicarse, estos empezaban enseguida a arrojarnos piedras o cualquier otra cosa que se hallara a su alcance, y a cantar tonadas como: “La familia Pu no sabe ni la u, siempre hace la tutú y a los hijos les gusta el pingapú”, mientras que con sus manos hacían gestos obscenos y soltaban luego una estruendosa carcajada.
Era aún peor cuando la abuela misma decidía escapar subrepticiamente de la casa en busca de Marino, su primer amor, el que no obstante llevaba ya bastante tiempo enterrado en Arequipa, su tierra natal. Cuando mamá descubría que había fugado, salía en su búsqueda, mortificada y furiosísima, y de las orejas la traía de regreso, mientras que la abuela, casi enloquecida, gritaba “pu, pu, pu”, y la patota, salvajemente divertida, coreaba al unísono: “Pásame la pe, peee; pásame la u, uuu; pásame la te, teee; pásame la a, aaa. ¿Qué dice? ¡Puta! ¡No se oye! ¡Puta! ¡Más fuerte! ¡Puta, puta puta!”

Una vez en casa, mi madre le pegaba a la Pu y algunas veces hasta mi hermano mayor le daba una mano. Yo miraba aterrado toda la escena desde un rincón de mi cuarto, y lloraba de rabia por el escándalo que la abuela había provocado en vano, pero también de honda lástima por la Pu misma, cuyo desbocado dolor y salvaje desesperación, no sé cómo ni por qué, era captado involuntariamente por todo mi ser. Era como si de pronto su alma tomara posesión de la mía y le transmitiera hasta la más mínima sensación suya, hasta su último sentimiento. Acaso por eso ella tenía especial predilección por mí, lo que en apariencia no se justificaba, ya que siempre le rehuía por sentirme incómodo ante su mirada y, sobre todo, horrorizado por el amor que estaba seguro yo le inspiraba.

Había algo de infinitamente sobrecogedor pero también tierno cuando miraba llorar a la Pu. Era como un monstruoso animal herido, cuyas blancas greñas se empapaban con el profuso llanto de sus ojos que no se abrían nunca, mientras que los gemidos que acompasadamente profería iban creando una atmósfera enrarecida e inquietante que terminaban envolviendo al que los escuchaba en una maraña de intrincados sentimientos que iban de la repulsión y el espanto más completos a la compasión y la reconciliación más beatíficas.

Aunque, a decir verdad, no sabría decir qué era lo más chocante de estas escenas casi cotidianas: si las para mí absurdas huidas de la abuela, la grotesca chacota de la pandilla, los golpes de madre a la Pu o el sentimiento de culpa que asaltaba a aquella luego del castigo infligido. Mi madre lloraba con amargura porque decía que la Pu la obligaba a hacerlo, que tenía que aprender la lección de alguna manera, que no podía seguir haciéndonos pasar vergüenza, y así tantas razones más. Sea como fuere, cuando no le pegaba por haberse escapado, la regañaba permanentemente por no comer sus alimentos en la cantidad y forma que debía, por mojar todas las noches la cama o pasarse en los calzones, e incluso por roncar de modo excesivo cuando dormía. Pero no solo mi madre paraba recriminándola. También mi padre, mis hermanos y yo mismo la amonestábamos sin cesar, ya fuese porque hacía mucho ruido cuando comía, porque casi nunca se bañaba por lo que siempre olía bastante mal, porque no lavó bien los platos ese día o no nos cosió correctamente los pantalones.
Pero parecía que a la Pu no le importaba en lo más mínimo nuestras incesantes reprimendas, pues siempre estaba dispuesta a hacer todo lo que se le pedía y ordenaba. Lavaba y planchaba nuestra ropa, zurcía nuestros inmundos calcetines, nos hacía masajes y nos untaba con pomadas cuando nos lastimábamos jugando al fútbol, nos defendía cuando algún grandote quería zurrarnos en la calle, nos preparaba remedios caseros cuando padecíamos alguna enfermedad y vigilaba acuciosa nuestros febriles sueños.

Si hubo algo que siempre tuvimos que reconocer fue el hecho de que a pesar de todo la Pu nunca nos abandonó a nuestra suerte, y de que, para mi vergüenza, siempre nos amó aun sabiendo que para nosotros su existencia no solo era un verdadera pesadilla, sino también motivo de rechazo y repulsión. Nadie la quería consigo, empezando por los otros dos hijos que tenía y que la recusaban alegando que ella nunca los había criado, y terminando por sus hermanos -ahora personas de buena renta y de pronto dignificadas por el dinero-, para quienes la Pu era el baldón de la familia y que no merecía la menor de las consideraciones.

De cualquier modo, entre llantos y escándalos, la Pu se fue a vivir durante cuarenta años a casa de madre, con quien a lo mejor alguna vez fue feliz. Al menos eso quiero creer por la forma tan dulce en que murió a inicios de la pasada primavera. Todo fue tan rápido. Una mañana simplemente decidió quedarse un poco más en la cama, lo que no dejó de sorprendernos un tanto, ya que ella siempre madrugaba. Siguió durmiendo en su cuarto mientras los demás desayunábamos en el comedor. De pronto escuchamos a la Pu, como que cantaba. Mamá y yo nos dirigimos a donde estaba ellay vimos que si bien dormía profundamente, de sus labios, sin embargo, brotaba una suave melodía de quién sabe qué sueños que en esos momentos la envolvían. Nos encogimos de hombros y volvimos al comedor sin hacer mayores comentarios al respecto. Pero cuando llegó la hora del almuerzo y observamos que la Pu aún no se había levantado, decidimos entrar todos a su cuarto para despertarla. Solo que no pudimos hacerlo porque estaba muerta. Mi madre se abalanzó sobre ella y por horas lloró desconsolada. Le pedía perdón por todo lo que le había hecho, mientras le besaba el rostro yerto y le decía que siempre la había amado. Mis hermanos y yo asistimos desconcertados a toda la escena y, por lo menos en mi corazón, reinaba la tristeza y el dolor, no tanto por la muerte misma de la Pu, sino porque me apesadumbraba no sentir verdadera tristeza ni dolor por su partida definitiva.

Sólo años más tarde creí sentir la bendición bienhechora que tales sentimientos humanos a veces nos confieren, y fue cuando mi madre me contó que la noche anterior había soñado con la Pu, que estaba viva y que podía hablar. Mi madre siente que una infinita alegría la desborda por verla de nuevo con ella, y entonces le dice mamá, le dice perdóname, la vuelve a abrazar, esta vez más fuerte mientras llora de felicidad, mamá te quiero, te quiero mami. Yo la escucho contar a mi madre, y me siento feliz porque creo que al fin hemos sido perdonados.

Lima, 1988

miércoles 20 de enero de 2010

Cuervo TV

lunes 11 de enero de 2010

La herida más cercana

Teódulo López Meléndez lee su poemario "La herida más cercana" video

martes 29 de diciembre de 2009

“Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo”




poemario de Rolando Revagliatti inédito en soporte papel, cuenta ahora con dos ediciones electrónicas: una, en PDF, y la otra en versión FLIP (Libro Flash). Ambas se hallan disponibles en la página de inicio de http://www.revagliatti.net
Cuenta con texto a modo de epílogo: “El Tranvía en Cuestión” por José Emilio Tallarico. Diseño y armado de los originales: Patricia L. Boero. Fotografías del autor y del epiloguista: Daniel H. Grad

revadans@yahoo.com.ar

http://rolandorevagliatti.blogspot.com

http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti

domingo 20 de diciembre de 2009

El predominio de Dickens (video)






Teódulo López Meléndez

http://www.youtube.com/watch?v=bZxCVxy4fBQ

Una Navidad del pasado


Teódulo López Meléndez (audio)



http://www.ivoox.com/playeriVoox_em_1311_1.html