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jueves, 9 de agosto de 2018

Algo de Borges





 Mauricio Botero Montoya.

Los meses de agosto y junio señalan los aniversarios de nacimiento y muerte de Borges. Su aporte en temas imaginarios, filosóficos y mitológicos, abrió nuestro idioma a un horizonte no alcanzado desde la Edad de Oro. Su brevedad en el relato  evitó  la dimensión de la novela. Privilegió el cuento, la frase certera y sin rebaba al discurso pedagógico, la fina puntada del humor metafísico fue el rasgo distintivo de este amigo a quien el destino me permitió tener de vecino durante mi consulado en Buenos Aires y celebrarle los ochenta años de vida. Resaltaría algunos rasgos de su humor.

Por alguna extraña razón, los periodistas deportivos, le pedían opiniones. “Quizás sea un requisito profesional que deben llenar para su carrera” decía riendo. En una ocasión el  tenista Vilas, si mal no recuerdo, publicó unos versos. Mientras recitábamos a Shakespeare llegó al apartamento de Maipú periodista novato, y le preguntó sin más qué opinaba del poemario del tenista. Borges algo incómodo, contestó que él no conocía el texto pero que alguien, y me señaló, le dijo que era algo así como el tenis de Borges.

En una ocasión dejé a mi pequeña hija en su apartamento con la mucama guaraní Fanny y el protector gato Bepo. Salimos a caminar las veinte cuadras diarias prescritas por el médico. Al regresar el gato la había arañado. Él, apenado por el incidente nos contó que Bepo era celoso y que poco antes había atacado a una enfermera cuando intentó aplicarle inyecciones. Frecuentábamos las calles de Florida y Corrientes. Si íbamos al paseo Colón, los libreros daban algún descuento admirados por esa compañía.

Le sorprendió saber que sus libros se vendían en los quioscos. Cierta vez escuchó unos pasos, le dije que eran dos damas ¿son bonitas? No, le respondí. “Entonces yo me quedó con la de la mitad”, dijo sonriente.

\En mi calidad de lazarillo ad hoc, cuando el horario en el Consulado me lo permitía, lo llevaba a algunos homenajes. Un discípulo suyo había publicado un libro y el padre hizo una gran recepción, cuando entramos, paulatinamente se fue haciendo silencio. El padre del muchacho algo azorado ante la celebridad solo acertó a decir “Che Borges, yo soy el padre de mi hijo”, él con suavidad le replicó “Sí, esas cosas suelen suceder”. Borges reciclaba el humor, y lo mejoraba. Cierto día al caminar oyó que un perro ladraba, algo inquietó me pregunta por qué, le digo que el animal debe ser inteligente pues está ladrando en abstracto. Ríe y unos meses después se le presentó en Ecuador otro ladrido y supe que había dicho” lástima que los ladridos carezcan de filología”.

De los poetas colombianos quería a De Greif y opinaba que recreaba las cadencias del siglo dieciséis, no gustaba de Carranza ni de Valencia, se divertía con las descripciones del tuerto López y la fuerza de Barba Jacob. Le gustaban las palabras antiguas que preservamos los colombianos, tal como “caneca”, dijo que la última vez que la había escuchado la había dicho su abuela. Su tumba en Plain Palais evoca tradiciones nórdicas y una universalidad que solo lo da la periferia, y que se pierde en el centro de la civilización. Como lo sabía este gran hombre “meramente suramericano”.      

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