Páginas

Páginas vistas en total

Suscribirse por correo electrónico

martes, 31 de octubre de 2017

Hacia y por el bicentenario de Cecilio Acosta


    
Por Horacio Biord Castillo

El 1° de febrero de 2018 se celebrará el bicentenario de Cecilio Acosta, quien nació en San Diego de Los Altos (hoy municipio Guaicaipuro del estado Miranda) el 1° de febrero de 1818. Dos días después de su nacimiento, el 3 de febrero, al día siguiente de la festividad de Nuestra Señora de la Candelaria, fue bautizado por el presbítero Mariano Fernández Fortique, luego obispo de Guayana y uno de los principales mentores de Acosta. Recibió los nombres de Cecilio Juan Ramón del Carmen. Fueron sus padres Ignacio Acosta y Margarita Revete. Don Cecilio, convertido en uno de los referentes intelectuales más  importantes de la Venezuela de su época, murió en Caracas el 8 de julio de 1881.

Al llorar su muerte, José Martí, quien lo había conocido personalmente poco antes, escribió una hermosa elegía. Con su verbo emocionado, expresa refiriendo a Acosta “Sus manos, hechas a manejar los tiempos, eran capaces de crearlos. Para él el Universo fue casa; su patria, aposento; la historia, madre; y los hombres, hermanos, y sus dolores cosas de familia, que le piden llanto. Él lo dio a mares. Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con tenerla a los que no la poseen: y se le tenía a mal que amase tanto. En cosas de cariño, su culpa era el exceso. Una frase suya da idea de su modo de querer: “oprimir a agasajos”. Él, que pensaba como profeta, amaba como mujer. Quien se da a los hombres, es devorado por ellos, y él se dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que solo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa en bien de los demás la nuestra. Negó muchas veces su defensa a los poderosos: no a los tristes. A sus ojos, el más débil era el más amable. Y el necesitado, era su dueño. Cuando tenía que dar, lo daba todo: y cuando nada ya tenía, daba amor y libros. iCuánta memoria famosa de altos cuerpos del Estado pasa como de otro, y es memoria suya! iCuánta carta elegante, en latín fresco, al Pontífice de Roma, y son sus cartas! ¡Cuánto menudo artículo, regalo de los ojos, pan de mente, que aparecen como de manos de estudiantes, en los periódicos que estos dan al viento, y son de aquel varón sufrido, que se los dictaba sonriendo, sin violencia ni cansancio, ocultándose para hacer el bien, y el mayor de los bienes, en la sombra! ¡Qué entendimiento de coloso! iQué pluma de oro y seda! y iqué alma de paloma!” (“Cecilio Acosta” en Obras de Cecilio Acosta. Caracas, Empresa El Cojo, 1908, tomo I, pp. IX-XI).

Cecilio Acosta ha pasado a ser, en Venezuela, uno de los personajes e intelectuales más recordados del siglo XIX. Ello se debe a la solidez de su trabajo intelectual en distintas áreas del conocimiento (como el derecho, la sociología, la historia y la lexicografía) y a su actitud profundamente ética y estoica ante los continuos abusos del autoritarismo y el personalismo, en tanto que estilos de la política durante la fase de consolidación del estado nacional venezolano y aún luego.

La celebración del bicentenario de Acosta ocurre en un momento muy difícil de la vida política y social del país, en medio de una terrible situación cuyas salidas o desenlaces en el corto plazo no es fácil avizorar. En cambio, no es difícil prever, lamentablemente, mayores niveles de confrontación y polarización.

La cercanía de efemérides señaladas obliga a plantearse, en cada caso, las mejores maneras de celebrarlas, no de forma huera e intrascendente sino de acuerdo a la relevancia de cada acontecimiento o personaje memorable. Por ejemplo, con anticipación en Venezuela se planificó la celebración de los bicentenarios de Andrés Bello en 1981 y de Simón Bolívar en 1983, incluso la conmemoración del centenario de la muerte de Acosta en 1981 con la publicación por la Casa de Bello de la segunda edición de sus obras y la publicación de un volumen con ensayos sobre el gran mirandino en edición conjunta del Ateneo de Los Teques y la Biblioteca de Temas y Autores Mirandinos (16 estudios sobre Cecilio Acosta en el centenario de su muerte, aparecido en 1982). Todo ello da cuenta de la importante visión de recordar, redimensionando y proyectando al futuro, hechos y hombres, lo cual es distinto a un mero y, en sí mismo, no del todo inútil pero poco provechoso acto celebratorio (al estilo de un desfile o una ofrenda floral, sin desmerecer tales manifestaciones en los casos en los que deben cumplir una función pública).
Algo parecido en cuanto a previsión, aunque con menos fuerza, debido a la crisis económica y política que sirvió de antesala a la actual, sucedió con la conmemoración del medio milenio de la llegada de Colón a América en 1492 y a los territorios que llamó Tierra de Gracia en 1498. Entre otros, Lewis Hanke, el gran historiador norteamericano que estudió la figura de fray Bartolomé de Las Casa y sus luchas por la justicia en la América Española, como invitado de la Academia Nacional de la Historia en la cátedra José Gil Fortoul, propuso una serie de ideas sobre cómo se podría celebrar dichas efemérides.

Es de lamentar, sin embargo, que en Venezuela las décadas entre 2010 y 2030, cuando se celebran los bicentenarios de las guerras de Independencia y de fundación del estado nacional, prácticamente se nos hayan ido hasta ahora en medio de terribles confrontaciones, inestabilidad económica, conflictividad sociopolítica y extrema polarización sin aliento casi para pensar y repensar el proyecto histórico que nos debe unir como país y como sociedad, para pensarnos y repensarnos seria y profundamente, más allá de las contingencias y urgencias electorales y de las circunstancias cotidianas.

El bicentenario de Cecilio Acosta debería, al menos, en medio de tantas coyunturas adversas para el país, ser un momento propicio para cinco asuntos, asumidos como plan mínimo para celebrar al gran hombre:
Repensar la figura de Acosta como intelectual y, a propósito de su obra y de su vida, el papel de los intelectuales en el devenir de la República;
Rescatar su archivo y garantizar su adecuada preservación;
Reunir su obra aún dispersa y procurar una edición íntegra, crítica y, de ser posible, definitiva para que esté al alcance de estudiantes, investigadores y público en general;
Editar una selección de sus obras más importantes para circulación popular y reeditar los principales estudios sobre su vida y obra; y
Procurar, mediante su ejemplo y su trayectoria, mejoras sociales para el pueblo que lo vio nacer, otrora uno de los centros poblados más importantes de la región de Los Altos y hoy, lamentablemente, uno de los más deprimidos y desasistidos.

Los tiempos se acortan y los días parecen pasar muy a prisa. Cecilio Acosta, no tanto en su tumba en el Panteón Nacional como en el busto erigido en la casa-museo que lleva su nombre en su pueblo natal, por la cercanía a la gente y, por esa vía, a las dinámicas regionales y del país en su totalidad, nos convoca, como pensador para la revisión de su obra y como personaje para “estudiar sus virtudes e imitarlas [que] es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas”, como dijo Martí. Un hombre así merece otros homenajes, más trascendentes, más útiles para el conocimiento académico y para la gente de a pie, por decirlo de alguna manera. Un hombre así no puede ser olvidado, ni simplemente evocado sin más, sin edificar a partir de su legado. “Llorarlo fuera poco”, nos vuelve a decir Martí (Obra citada, p. IX).

Escritor, investigador y profesor universitario

No hay comentarios:

Publicar un comentario