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martes, 5 de abril de 2016

Cuatro rojos para un mismo blanco/Reseña sobre "Rojo y blanco y otros relatos"

 


                                                                                                Fernando Olszanski



Por BERNARDO E. NAVIA:

Tal vez al excelente libro «Rojo sobre blanco y otros relatos», de Fernando Olszanski, sea necesario acercársele con la noción de que la muerte es esa respuesta, violenta o no, capaz de aplanar, igualar y nivelarlo todo.

Mientras leía el libro Rojo sobre blanco y otros relatos (Ars Communis Editorial, 2015), de Fernando Olszanskino podía yo dejar de pensar o sentir que los cuentos que lo componen son una franca invitación (o desafío, más bien) a que el lector se adentre en un mundo que, aunque compuesto o creado en dos latitudes geográficas muy alejadas una de otra (Chicago de un lado y Sudamérica: El Chaco y alguna urbe argentina, del otro), es un mundo tejido, unido y formado por experiencias humanas que nos son comunes a todos los habitantes de ambos hemisferios.
Si el narrador del primer cuento, «Los mitos», realiza un delicado equilibrio emocional al confiar al lector un secreto que le abruma amenazando su sanidad mental y espiritual (después de todo acabar con la vida de la mítica y paternal figura de Johnny Camacho no exigirá jamás nada menos del Poeta; no importa, para nada, si el crimen haya sido intencional o no) y, tal vez, no pueda nunca contestar la pregunta de dónde está el alma; los personajes del segundo cuento, «Guerra», se debaten entre el ser y el no-ser de la violenta filosofía de vida de las pandillas de Chicago y la búsqueda incansable por recuperar el Paraíso perdido. Los personajes protagonistas, Rocco, Chato y Héctor, más allá de los inflexibles códigos de las bandas callejeras; más allá de algunas cuestionables actitudes de la autoridad civil; más allá del efímero aliento de la cocaína y más allá, incluso, de los ineludibles zarpazos de la muerte, sabrán que ese Paraíso está en algún lugar (ya sea un México natal o no) y les espera. Saben además que la mano protectora de la maternal figura de Zuly sabrá guiarlos porque sólo ella podrá encontrar ese camino de regreso. En ambos sentidos: espiritual y físico.

En el tercer cuento, «Las cenizas de los abuelos», se asiste a un dramático despliegue, pues al ser éstas transportadas a la natal provincia paraguaya del Chaco de la madre de la narradora, también lo es el lector quien, a través del testimonio de la narradora, es invitado a participar de unos sentimientos que le pueden ser familiares o no: el reencuentro con un mundo cultural, ancestral, heredado. Mundo que puede parecerse a un recuerdo ajeno o no, mundo que puede corresponder a nostálgicas memorias o no; un mundo que, finalmente, reclamará las cenizas (las reales y las del alma) de sus hijos pródigos. Un mundo (perdido en el Chaco, en los recuerdos y en el tiempo) que, con sus costumbres, comidas, idioma, constelaciones estelares y códigosculturales diferentes al del conocido medio anglo para Clara, la narradora, acabará por hacerle comprender que tales códigos no sean, después de todo, tan diferentes a los que le son familiares, ya que han sido delineados por humanos y éstos con sus fantasmas y sus secretos son iguales en todas partes, ya sea que habiten las grandes y desarrolladas urbes norteamericanas o los lejanos parajes del Chaco paraguayo. Es universal el sentimiento de desplazamiento, de realizar un viaje sin poder llegar al destino deseado y/o de perder tanto la inocencia en el intento como también algo que va más allá de las palabras. Arrojar las cenizas a un río, habla de la noción de la madre de Clara sobre el sentimiento de no hallar jamás reposo. Ni siquiera en la muerte.

En el último cuento, «Rojo sobre blanco», la muerte vuelve a ser el elemento catalizador que conlleva una especie de niveladora que aplana todas las tortuosidades del alma. La imagen de la sangre cubriendo el delantal blanco del propio doctor Arreola, el protagonista central, no sólo entrega la perfecta imagen explicativa del porqué del título, sino que también alude a la metáfora de la ruptura de la monotonía; del fin de una existencia monótona y unicolor; la muerte llega a ponerle fin a un vacío existencial tal vez en la vida del protagonista. “Tal vez”, porque la intervención final de la doctora Madrid (que alienta las casi amistosas ‘sospechas’ de Cachito, Tordo y los demás a favor del doctor Arreola) invita al lector a pensar en la posibilidad de que se empiece a abrir una alternativa a esta blanca vida sin sobresaltos de Arreola. Aunque esta puerta sea abierta con el bisturí enterrado en su costado a quemarropa por uno de sus propios pacientes.

Tal vez al excelente libro Rojo sobre blanco y otros relatos sea necesario acercársele con la noción de que la muerte es esa respuesta, violenta o no (no importa realmente saberlo), capaz de aplanar, igualar y nivelarlo todo. Lejos está, sin embargo, esta respuesta de significar necesariamente el descanso o el final de la búsqueda para ninguna de sus atormentadas almas protagonistas.
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BERNARDO E. NAVIA (Chile, 1967). Ha publicado diversos artículos en revistas literarias y compilaciones de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. Actualmente es profesor de español en EU.

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