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domingo, 22 de abril de 2012

Hay que saber saltar por la ventana



Por Fernando Mires

http://polisfmires.blogspot.com



Todo es como es y las cosas son como son (“El viejo que saltó por la ventana y se largó”)


Uno de los logros más altos de la cultura es el humor, sostenía Freud. Y si se tiene en cuenta como en sus últimos trabajos el genio psicoanalista centró sus ideas no tanto en el inconsciente “en sí”, sino en la pulsión de la muerte, es porque ya había percibido desde lo tiempos en que escribió “El chiste y su relación con el inconsciente” algo que latía en sus tristes enfermos: un sentimiento trágico de la vida.

Por eso, si alguien ha probado el fruto del árbol del conocimiento y enfrentado cada minuto a la noche intensa de la finitud y a pesar de todo puede reír y, además, hacer reír, es porque ha logrado aventar la presencia de su muerte. Una vida sin humor –llegó a sostener Freud- es patológica.

Saber pensar sobre nuestra muerte sin sentir miedo nos hace grandes. Saber pensar sobre la  muerte con una sonrisa nos hace casi divinos. Esa es la razón por la cual siempre he sostenido que una narración literaria, por muy trágica o triste que ella sea, si no contiene ni siquiera una pizca de humor, no merece ser leída por nadie.

Hasta las novelas más “negras” como son -entre otras del “boom” sueco- las de Henning Mankell, Stieg Larsson y Ake Edwardson, producen placer cuando en medio del más horrible drama asoma la punzada irónica, la chispa del dialogo o la frase ocurrente que llama a la risa.
Sin embargo, con Jonas Jonasson, otro de los grandes escritores suecos de nuestros días -muy bien llamado el “anti-Larsson”- ocurre exactamente lo contrario.

En medio de la risa que provoca el increíble y hasta ahora único libro de Jonas Jonasson asoma la reflexión ante la vida de un hombre cuya más grande sabiduría proviene de una inquietante ingenuidad, la de Allan Karlson, ese viejo que justo el día cuando cumplió cien años saltó por la ventana del dormitorio del asilo de ancianos y echó a vagar por el mundo, como lo había hecho siempre antes.

La insólita novela trata de dos historias entrecruzadas sobre la base de un mismo plano. Una historia es la que ocurrió antes de que el anciano saltara por la ventana. Otra, después.
La primera es una historia en “la historia”, donde el joven Allan estableció relaciones personales con personajes nada de ficticios como Truman, Franco, Stalin, Mao. En esa historia los poderes omnímodos del siglo XX fueron puestos en el más absoluto ridículo por la sencillez de un hombre castrado por un médico racista, experto en la tecnología de las explosiones y poseedor casual de los más íntimos secretos atómicos.

Allan Karlson, a pesar de codearse con la historia universal (o quizás por eso) no entiende nada de ideologías ni de religiones. Su filosofía, si así se puede nombrar a su posición frente a la vida, está basada en el sentido común y en el amor por las cosas simples las que en él se satisfacen con un lecho tibio, una comida caliente al día y –sobre todo- un par de jarros de aguardiente. Más no pedía Allan a esa vida que le dio mucho, entre otras cosas, una larga prisión en el Gulag en donde su “único” problema era la falta de aguardiente.

La segunda historia ocurre después de saltar por la ventana y comienza desde el momento en que Allan -en el mejor estilo de “el extranjero” de Camus- cometió un acto existencial gratuito al hacerse con la valija llena de dinero que portaba un miembro de una banda de maleantes.  
A lo largo de las más absurdas peripecias Jonasson relata episodios de un Allan centenario convertido en el mesías redentor de un grupo de “apóstoles” entre los que se cuentan un bandido de baja monta, un bandido de alta monta, un estudiante eterno, un adulterador de melones azucarados, una maldiciente colorina a la que su enamorado, el estudiante eterno, bautizó como “la bella mujer”, un perro y – por si fuera poco- un elefante. 

Cuando uno termina de reír o lo que, en este caso es lo mismo, de leer, resulta imposible no pensar en la ventana a través de la cual saltó el viejo. Y eso, he de confesarlo, no es para la risa. Pues esa ventana, lo hubiera o no querido así Jonasson, encierra un profundo sentido metafórico.

Hacia dentro de la ventana: la vida normativizada, los reglamentos, las leyes, todo lo que funciona y no “es”.

Hacia fuera de la ventana: el mundo de “lo otro” que no es el de “lo esto”: lo desconocido, la trascendencia, lo inimaginable.

Hay que saber entonces saltar por la ventana en el momento preciso.
Frente a la mesa de mi escritorio hay una ventana.

Cuando cumpla cien años yo también saltaré por la ventana”

“Por el momento basta con mantenerla entreabierta”.

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