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domingo, 31 de julio de 2011

OBLIGACIONES DE LA MEMORIA




Rodolfo Izaguirre

Obligaciones de la memoria es el lema de la décima octava edición del Festival ATempo. La República no debe olvidar lo que le ocurre en estos difíciles tiempos; y en lo personal, debo obligar a mi memoria, octogenaria, a no desmayar en ningún momento. R.I


Mucho antes de cumplir los cuarenta y siete años que duró su discreta vida portuguesa, el poeta Fernando Pessoa o si se quiere Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Alvaro Campos o Bernardo Soares que fueron sus heterónimos más conocidos, nos enseñó a no rendirnos; dijo que nuestro viaje por los a veces iluminados y siempre errantes caminos del pensamiento y de la imaginación jamás deben encontrar su final en Itaca, la isla prometedora que acoge con beneplácito a los viajeros porque nuestro viaje, este peregrinar que es y seguirá siendo el arco de nuestras vidas, no debe acabar en el reposo y en la mansedumbre de las aguas. Itaca, al término del largo viaje, no es más que el tiempo que finalmente se detiene; el viejo árbol que ya no respira entre las ramas que alguna vez fueron frondosas; el cielo que se oscurece y no vuelve a amanecer; la vida que cesa cuando la aventura de vivir acaba. De allí que lo que realmente importa no es llegar a Itaca como hizo Ulises sino permanecer en el camino para detenernos en algún lugar y sin movernos de allí aspirar el aroma de la vida y del conocimiento o, por el contrario, para desplazarnos de un sitio a otro ávidos y ansiosos pero sin llegar nunca a ningún lado ni a ninguna parte conocida. Vale para el artista, para el ingeniero, para el agrónomo, para el hombre común que somos.

El portento no está en terminar la obra, el relato o en colocar en el pentagrama lo que el compositor cree que será el último sonido o visualizar el cineasta el último plano del film y terminar el poeta su poema. Lo que importa es la energía, la pasión que comporta hacerlo. Del mismo modo, el artista plástico debe obligarse a reinventar constantemente sus espacios; a rebuscar colores allì donde nunca los hubo y el hombre de teatro a organizar el texto e imprimir constantemente nuevos dinamismos corporales a la palabra que sostiene al actor en sus desplazamientos escénicos. Estar en el camino significa mantener vivo el placer de la creación. Sabemos, además, por Octavio Paz que “el poema es una obra siempre inacabada, siempre dispuesta a ser contemplada y vivida por un lector nuevo”.

El prodigio, pues, no está sólo en vivir; está en vivir en la palabra, en la imagen; dentro del sonido. Escuchar, una vez más, a Vicente Huidobro: ¿Por qué cantáis la rosa -¡oh poetas!? ¡Hacedla florecer en el poema!" Y el “ars poético” se convierte en la obligación de florecer uno mismo; de permanecer en el camino viviendo, experimentando, imaginando nuevos mundos, enriqueciendo nuestra sensibilidad y aceptando también la agonía de hacerlo porque el placer que nos trasmite el compositor, pongamos por caso, nace de la agonía y de la ansiedad provocadas por una creatividad que se fundamenta en un rigor matemático; un rigor que le impone a su memoria la obligación de participar en ese proceso creativo permitiéndose él, el músico compositor, extraer de ella, de su propia memoria, unas resonancias que han estado a punto de caer en la penumbra y en el precipicio del olvido y que le ayudarán a crear sonoridades nuevas nunca escuchadas antes. Lo que no deja de ser una experiencia gloriosa: ¡como si lograra disolver a Dios en la música!

El pasado siempre estará activándose cada vez que nos apetezca y cuando ésto ocurre, obligamos a nuestra memoria a reencontrarse a sí misma, a rastrearse en sus propios tejidos conscientes nosotros, desde luego, de que el ámbito en que habita la memoria artística es infinito e incontrolable. Aprendimos de Marcel Proust que hay que “recrear mediante el recuerdo impresiones que deben ser extraídas de las profundidades, puestas a la luz y transformadas en equivalentes intelectuales..” Al alimentarnos de ese conocimiento del pasado podremos, si así lo preferimos, escapar entonces de la terrible y peligrosa nostalgia que busca atraparnos para encerrarnos en ella e impedir que avancemos. Para lograrlo, la memoria tendrá que incorporarse al presente pero dentro de una contemporaneidad enriquecida por la experiencia y el valor de las nuevas percepciones que hoy poseemos y manejamos. ¡Transformadas en los equivalentes intelectuales de que hablaba Marcel Proust! Es lo que ha ocurrido en todas las épocas y es lo que ha ocurrido también en todas la ediciones del Festival ATempo. Diógenes Rivas y Ninoska Rojas Crespo han sostenido dieciocho ediciones del Festival. Al referirse a las obras ejecutadas durante esas ediciones, Diógenes sostiene que “las grandes obras de arte, antes y ahora, han sido siempre contemporáneas.”

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Mi bello hermano en la familia elegida, el escritor Adriano González León decidió no continuar la relación que mantenía con una muchacha a la que cortejaba porque el hermano de ella regresó al país después de permanecer ausente algunos años. La novia no tuvo la culpa y nunca pudo entender el por qué de aquella ruptura intempestiva. ¡Yo sí lo sé! Adriano murió y puedo contarlo ahora porque también él en esa ocasión tuvo que obligar a su memoria para que compareciera en un trance que iba o no a asegurar nuevamente su vida en pareja.

Ocurrió que llegado a Caracas, el muchacho visitó a Adriano para enterarse de lo que había pasado en el país durante su ausencia. Con paciencia de apóstol, punto por punto y a veces con detalles precisos y lastimosos, Adriano fue refiriendo, a quien hasta ese momento se perfilaba como su más próximo pariente, lo que había acontecido en el país venezolano.

Inició la exposición enumerando las veces que el régimen militar ha violado la Constitución y las otras, muchas, en las que el Tribunal de Justicia desestimó las demandas de los ciudadanos por los abusos del mandatario; explicó cómo fueron debilitándose las instituciones hasta desaparecer; habló de Sidor, de la electricidad, de los problemas con el agua; hizo hincapié en la ineptitud del régimen. Se refirió a las incumplidas promesas hechas a los venezolanos en materia de vivienda mientras se construían casas en Niamaca y Tabacoro en Mali, Africa, como iniciativa de una supuesta “Brigada Internacional Cívico Militar de Ayuda Humanitaria Simón Bolívar bajo la administracion del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías”. Deploró la condición de los niños de la calle, la ruina física de muchas escuelas y la asfixia que sufren las universidades.

Adriano habló sobre la situación de la economía y de por qué debe uno santiguarse cada vez que el ministro Giordani declara a los medios. Enumeró las disparatadas medidas económicas que han contribuido a arruinar al país, las vacilaciones del dólar, las agonías de Cadivi, la bancarrota de Pdvsa y su capacidad de endeudamiento; el permanente desabastecimiento de los supermercados; las toneladas de alimentos podridos de Pedeval. Le recordó a su futuro cuñado los gloriosos gallineros verticales, la ruta de la empanada, el cultivo de hortalizas en las azoteas de las casas y edificios. Le explicó lo que significaba la economía del trueque que estuvo alguna vez en los delirios del mandatario. Asomó la inquietante presencia de China llamada alguna vez el “peligro amarillo” aunque sea hoy roja: un país que está aprendiendo a vivir como los ricos ¡y le gusta! pero siente repugnancia por la libertad de pensamiento y de expresión. Adriano observó que había quedado atrás el tiempo de las lavanderías de chinos y del “chino malico lalón” .

Se refirió Adriano, en detalle, a los regalos dispendiosos que el Autócrata ha hecho a Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Uruguay mientras los hospitales colapsan y las clínicas privadas no se dan abasto para atender a millares de nuevos pacientes asegurados por un régimen incapaz de mejorar o construir nuevos hospitales. Hizo mención a las expropiaciones de fincas y haciendas productivas; a los asaltos de bolivarianos forajidos a edificios y apartamentos violando derechos y títulos de propiedad pero sintiéndose protegidos en sus desafueros por el propio desafuero del gobierno.

¡Aceptó una breve pausa en su plática para servirse un buen trago! Pero mencionó luego el tráfico de maletines llenos de dólares de Pdvsa, la droga que pasa por puertos y aeropuertos y no dejó de mencionar las abusiva cadenas de televisión, el lenguaje tosco y la retórica vulgar del dictador y los atropellos a los medios, televisoras y periodistas. La presencia de focas legislativas y judiciales. La inseguridad física y jurídica. El empeño del Autócrata de colocar en posiciones de alta responsabilidad a leales suyos, militares inexpertos en lugar de profesionales calificados.

El cuñado escuchaba aquella disertación sin pestañar y González León proseguía su exposición con la lúcida facilidad de palabra que lo convirtió en el fascinante encantador de serpientes que siempre fue: la tierra arrasada que el régimen ha hecho de la cultura; el desmantelamiento de los museos, la dispersión de las colecciones y el riesgo de “extraviarlas” para siempre; los maltratos a actores y dramaturgos; la vergüenza que provocan poetas que alguna vez fueron amigos cuando escriben ahora loas a la satrapía; un cine sesgado por la “ideología” bolivariana. ¡La pérdida de espacios urbanos para el solaz de los ciudadanos. ¿Qué fue lo que no dijo? Ahora bien: una clase universitaria en Caracas, Boston o Melbourne no excede de los 45 minutos. La exposición del autor de Las hogueras más altas y de País Portátil duró más de una hora. Una disertación que abarcó la política, la economía, la sociedad, el urbanismo, el hacinamiento carcelario, los bares y la vida nocturna de la ciudad.

Cuando terminó, sobrevino un largo y denso silencio. Me serví un trago y Adriano otro. El cuñado se le quedó mirando, carraspeó, tosió, se revolvió en el sillón; cruzó, estiró y volvió a cruzar las piernas y finalmente, con la mayor naturalidad, preguntó: “Y entonces, Adriano, ¿qué me cuentas?” ¡Adriano no podía creerlo; tampoco yo podía dar crédito! Gracias a la memoria, al penoso ejercicio a la que la sometió sólo para agradar al futuro cuñado y ganar nuevos favores con la novia, Adriano estuvo mostrando un país arrojado al abismo; y el cuñado allí, estólido, impávido. Adriano González León entendió en ese instante que los amores con aquella novia no tendrían futuro mientras existiera viva aquella indolencia, aquella desidia y desaplicación que estuvo frente a él durante más de una hora y molesto, visiblemente molesto, tanto como podría estar cualquiera de nosotros en una situación semejante, contestó: “¿Que qué te cuento? ¡Te cuento los pelos del culo!”

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Óscar Lucien, el cineasta, sociólogo e investigador de la comunicación social fue entrevistado en El Nacional de Caracas el 18 de abril de este año 2011 por la periodista Michelle Roche. Ella le preguntó si el pueblo venezolano tiene memoria corta o si esa aparente miopía tiene que ver más bien con el hecho de estar ocurriendo muchas cosas graves a la vez y pocos o nadie se ocupa de sistematizar los hechos para articular soluciones.

Y Lucien dijo que “la nuestra es una cultura un poco perversa de la tabula rasa en la que todo siempre comienza de cero. En Venezuela, dijo, es difícil configurar en la tradición, y eso puede verse en cualquier forma de las artes de nuestro país. Vivimos en un eterno comienzo y eso dificulta la sedimentación de una memoria como tal. A pesar de que este es un país que tiene todos los mecanismos de la modernidad, no tenemos, observó Lucien, el pensamiento de la modernidad y tenemos, además, problemas con la civilidad: en este país la gente no sabe ni siquiera cruzar por el rayado. Tenemos un problema grueso con la definición de la ciudadanía. Si a esto le sumamos el de los medios de comunicación y el debilitamiento de los partidos políticos, no hay mecanismos para que la ciudadanía pueda ejercer sus derechos políticos”.

No olvidemos también, digo yo, que el nuestro es un país minero y su idiosincracia, los rasgos de su conducta, son los del minero; es decir, vivir al día sin un pasado al que aferrarnos; lo que explica el desarraigo, la ausencia de una memoria; el no haber conocido al abuelo cuando las más de las veces ignoramos quien ha sido el padre.

Encontramos la pepita de oro, el diamante (¡o el petróleo!) después de contaminar las aguas y destruir criminal e impunemente el ambiente, pero todo el dinero que obtiene el hombre de la mina lo gasta esa misma noche en el botiquín del brasilero que gobierna a las putas en el campamento; los políticos afectos al régimen o al gobierno de turno se lo embolsillan y nosotros, la frívola y mediocre clase media que somos, dispersamos la renta petrolera en la banalidad y la superficialidad que genera el creer que somos ricos cuando la verdad es que se trata de un país incapaz de asomarse al día de mañana, de elaborar planes a mediano plazo y mucho menos de anticipar la jugada maestra sobre el tablero del ajedrez político que nos colocaría en un futuro más jubiloso. Alguien lo dijo de manera precísa y brillante: ¡no hay proyectos; solo hay ocurrencias! De pronto, al Caudillo se le ocurre una cosa; en el acto se la comunica al Ministro y éste la pone en práctica a partir del día siguiente. ¡Pero lo grave es el empeño bolivariano en querer destruir el futuro después de acabar con el país y ahora con el territorio! Hacemos un esfuerzo y no atinamos ya a imaginarlo y mucho menos a imaginarnos en él, en el futuro, porque simple y trágicamente ha dejado de ser; no nos reconocemos en él y perder el futuro, observó Ortega y Gasset, significa mutilar el pasado.

El poder militar trata hoy, por todos los medios, de impedir que mantengamos la memoria civil que afirmamos a lo largo de cuarenta años ininterrumpidos de ejercicio democrático. Para lograrlo, niega o tergiversa la historia; amenaza, atemoriza; miente con descaro y se vale de la innegable circunstancia de que los gobernantes venezolanos, imperturbables y en cualquier época, han mentido al país con total impunidad. Richard Nixon perdió el derecho a despachar desde la Oficina Oval por haber mentido; lo que en Venezuela da risa porque mentir es lo usual en los pasillos gubernamentales. En definitiva, se pretende borrar la gloria que acompaña a quienes fuimos, durante la mal llamada Cuarta República, autores de un prodigio intelectual que superó la brutalidad gomecista y la fascista ordinariez perezjimenista, sus zarpazos a la libertad y los atropellos a los derechos humanos. En la hora actual bolivariana, marcada indignamente por la actitud brutal de desentenderse de un productor agrícola, de estudiantes, y de enfermeras que agonizan en huelgas de hambre solo para exigir mayor respeto a sus bienes, a la vida universitaria o a un simple aumento de salarios, vuelven a repetirse los zarpazos ¡con tanta saña! que se ha estremecido de estupor la comunidad internacional y se han alejado los propios seguidores del Autócrata del voto que podría asegurar su continuidad en el poder.

Duele y enerva constatar cómo alguien con el poder político y militar que ha logrado reunir en doce años de mandato y dispensador de una colosal fortuna del erario público haya fallado no sólo a quienes lo adversan; sino a quienes aun creen en él. Otro, alejado de tan precaria cultura cuartelaria e impulsado por motivaciones más felices ajustadas a la tecnología y a la modernidad del nuevo siglo y sostenido por una izquierda no autoritaria, habría conducido al país venezolano a través de una geografía de ideas más esclarecidas. ¡Pero no ha sido así!

Uno de los perversos y criminales mecanismos de que se vale toda dictadura militar, además de instalar la censura y más abominable aun, la autocensura en nuestros actos y pensamientos, es el de conspirar, disolver, atomizar la memoria cultural del país; la memoria artística que los museos, las librerías y bibliotecas, las salas de teatro y de música han logrado consolidar con el paso del tiempo. Son prodigiosas las lecturas e informaciones que ellos pueden ofrecernos y es mucha la convicción que tenemos de que esta memoria artística sirve para orientarnos y facilitar el enriquecimiento de nuestro propio combate contra el olvido; un olvido que siempre estará tratando de cercarnos y limitarnos. Negar la acción museística, dispersar las colecciones, suprimir el rigor selectivo y la presencia de las curadurías es un atentado, un hecho criminal que equivale a cercenar nuestra propia memoria. La barbarie no se detiene allí sino que limita, obstaculiza, niega la libre expresión y difusión de las ideas; conspira contra el libro, los medios televisivos, la prensa, la radio... ¡Cierra las puertas y las ventanas!

Es bueno tener en cuenta también que la memoria no nace ni crece natural y espontáneamente. Alguien dijo que el olvido surge como un hecho natural, mientras que a la memoria hay que ejercitarla, nutrirla y trabajarla. ¡Construirla! Sin quererlo o proponérselo un hombre como Manuel Caballero con más de cincuenta libros notables en su haber, una boina universitaria y enormes mostachos se convirtió en una especie de conciencia histórica de los venezolanos. “Nosotros no nacemos por generación espontánea, escribió, nacemos con una historia familiar y con la historia de un país. Estudié historia, dijo, para pretender explicarme mi razón de ser. Así como no se puede vivir sin memoria, así tampoco se puede vivir sin historia, la cual no es otra cosa que la memoria colectiva de los pueblos”. Cada uno de nosotros alimenta la suya y la integra luego a la memoria colectiva; y cada uno de nosotros debe prepararse para enfrentar y combatir al olvido. En momentos ásperos y malhadados, como los que vivimos o padecemos los venezolanos en la hora actual la memoria desafía a la intolerancia; se opone a la voluntad de atornillarse el mandatario en el poder negándole a otros una sucesión legítima; enfrenta a quienes tratan de convertirnos en ciudadanos de tercera clase al ignorarnos o excluirnos de la vida activa del país. Lucha contra quienes han convertido el poder político en una desaforada y corrupta maquinaria de perversión cómplice de la violencia guerrillera y el tráfico de drogas.

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En estos mismos espacios del Centro Cultural Chacao, Carlos Castillo, diseñador gráfico y espacial, videoartista y realizador cinematográfico que ha hecho de la escultura, la arquitectura, la fotografía y el perfomance una extraordinaria aventura dejó constancia en su exposición titulada Vértigo de la impostergable necesidad no tanto de devolvernos a la memoria sino de “armarla”.

¡”Arma tu memoria!” se llamó un segmento de la exposición que mostraba rejillas, escombros, fragmentos y fotos del Teatro Caracas tomadas por Carlos Castillo durante la demolición a finales de los años sesenta del pasado siglo de aquel viejo teatro emblemático de una Caracas que aun no sufría el agobio, el desmantelamiento sistemático y los derrumbes bolivarianos. Y Carlos Castillo colgó de la pared una foto del Teatro como si se tratara de un rompecabezas. Ver aquellos lastimosos despojos crispaba el alma, removía el dolor de una pérdida irreparable y reclamaba la necesidad de reunir y rescatar aquellos escombros; recuperarlos, y en una doble acción o movimiento, armarlos al mismo tiempo que armamos también no sólo la memoria sino nuestra propia conciencia.

El agónico llamado de Carlos Castillo para que armemos la memoria no se refiere única y necesariamente a los desmanes bolivarianos sino al propio derrumbe del país, una violenta y permanente erosión de nuestra conciencia que viene produciéndose desde mucho antes de que nosotros naciéramos y ha sido poco lo que hemos hecho para impedir la caída a un abismo que, paradójicamente, comenzó a ahondarse con el estallido del primer pozo de petróleo y la descomunal riqueza que con él vino aparejada; pero que el pais nunca ha logrado disfrutar con el regocijo que si muestran los países del primer mundo.

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¿Qué nos ocurrió para que fuéramos arrojados al precipicio donde seguimos cayendo? En 1998, la Historia hizo lo que tanto le avergüenza y le repugna hacer: dio marcha atrás, y se remontó a la primera década del siglo para observar cómo los venezolanos de 1908 aclamaban jubilosos a Juan Vicente Gómez después de traicionar al tempestuoso, extravagante y alucinado Cipriano Castro sin imaginar los veintisiete años de trágica pesadilla que se abatieron luego sobre el país convertido en hacienda personal del déspota nacido en La Mulera. ¡Fue una imperdonable equivocación!

Isaías Medina Angarita tuvo que exiliarse; Rómulo Gallegos conoció el mismo destino y el país civil parpadeó, se equivocó nuevamente y cedió otra vez ante las botas militares. Noventa años después del exilio de Cipriano Castro, con los votos que se creía iban a exorcizar las desventuras y atolondramientos de las cúpulas adecas y copeyanas de las pasadas décadas ungimos a un oscuro teniente coronel, golpista por añadidura, sin vislumbrar la férula militar bolivariana que nos hundiría en la peor pesadilla política, económica, social y cultural que haya padecido la República ¡y volvimos a equivocarnos! Una vez más el país civil perdió el paso. ¿Cómo pudo la sociedad civil llevar al poder a un militar sabiendo lo que significan los militares en la vida política venezolana? Y la política, en lugar de ir adelante marcando el camino, se rezagó, tropezó con las apetencias de su propia sombra y el militar se le adelantó cautivando a un pueblo desorientado que todavía busca profetas y salvadores. ¡Es algo imper donable! Creo que fue Manuel Vicente Romero García, el autor de la novela “Peonía”, quien al referirse al destierro de Cipriano Castro y a la traición de Juan Vicente Gómez sintetizó aquella tragedia en una frase: “Se fué Atila; pero dejó el caballo!”
Hoy decimos: “¡Se fue el Pacto de Punto Fijo; pero dejó al chavismo!”

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¿Por qué hemos llegado a esto?
¿Quién de nosotros atinará a responder la pregunta y aclarar nuestros errores? ¿Quién obligará a la memoria? ¡Quién tendrá el coraje para convocarla, reconocerla, permitirle que nos ayude no sólo a comprendernos sino a obligarnos a armar o recomponer las instituciones democráticas hechas polvo por la autocracia bolivariana? Fernando Rodríguez, en uno de los poemas de su libro Ópera Prima, publicado por las ediciones TalCual advierte que “la memoria destruye sus remansos”. Si todos y cada uno de nosotros no nos hacemos responsables de las calamidades que nos afligen para nada servirá que armemos la memoria porque simplemente ella se negará a hacerlo; ¡preferirá sepultarse en el olvido! En todo caso, no se trata sólo de recuperar la erosionada geografía física y económica del país sino devolverle al venezolano la serenidad interior arrebatada por el turbión de mentiras, falsas promesas, vulgaridad y fogosidad criminal que nos desvasta desde que el nuevo siglo inició su camino aunque seguramente, lo ha estado haciendo desde mucho antes de que la plaga militar volviera a contaminar el poder.

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¡El país venezolano está enfermo; es violento y el cáncer también hace metástasis en la vida que pudo haber reinado en él! Hemos desestimado y dado la espalda a la liturgia interior que debe señalar nuestros pasos y orientarnos hacia el respeto por la vida. Hay una implacable mente criminal que nos amenaza y amortaja y lo peor es que nos hemos acostumbrado a ella y nos parece ridícula, por insignificante, no sólo la cada vez más alta y trágica cifra de muertes violentas los fines de semana que provoca risa en algun ministro miserable y desalmado sino la indolencia del gobierno, su ineficacia, el rojizo color de su mediocridad, la vasta impunidad de la corrupción administrativa, el desafuero en todos los estratos de la sociedad.

La policía, el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalistas no puede "resolver" casos criminales porque ella misma tortura, asesina, extorsiona y comete tropelías. El infierno carcelario ha alcanzado estratos en los que sólo reina un horror demencial agravado por la brutalidad de una Guardia Nacional igualmente peligrosa y delictiva.

Lo que más abruma, lo más doloroso es constatar que el venezolano perdió el caracter sagrado de su propia vida. Lo ratificó Rafael Cadenas en sus hermosos “Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística”: “Hoy se suele decir que el sentido de lo sagrado se ha ido perdiendo por la hegemonía de lo secular. ¿Entonces lo secular no es sagrado? Esta es una de las eternas divisiones a las que somos tan dados y que tanto fragmenta el vivir. Lo usual entre lo sagrado y lo profano, observa Rafael Cadenas, trae costosas consecuencias. Al hacer este deslinde y señalar lo que es sagrado, el resto se desacraliza y se vuelve profanable, indefenso, destructible. Para mí, dice Rafael, todo es sagrado porque todo pertenece al misterio. ¿Un criminal sería sagrado? podría preguntar alguien en son de polémica, y la respuesta tendría que ser no. No, pero la vida en él si, precisamente lo que él mismo ignora; si lo supiera no sería un criminal. Tal vez hasta tendría conciencia de lo peligroso que mora en el ser humano”. Pero... ¿quién le devolverá esa conciencia; quién va a aclararnos tan sombrío amanecer? Serán necesarias poderosas liturgias para lograrlo. Sin embargo, ¡podemos comenzar desde hoy!

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Conviene entonces permanecer en el camino; no llegar tan pronto a Itaca; dejar que el viejo árbol respire entre sus ramas; hacer que la rosa florezca en el poema y alcanzar la gloria de que el cielo se ilumine nuevamente y... ¡vuelva a amanecer!

(Conferencia dictada por el autor en el Festival Atempo, Caracas)

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