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sábado, 31 de julio de 2010

Cuervo TV

Vivaldi, ewntrevista a Julio Cortázar y En defensa de la filosofía nuevos en www.worldtv.com/cuervo_tv

sábado, 24 de julio de 2010

Saga





Lagos Nilsson*


Santiago, julio de 2010



Uno. Conciencia del final

Qué podrán cantar los bardos
cuando me muera y vaya
hacia las altas montañas
que nadie ha visto refulgir
a la caída del sol en la mar
No habrá canciones que perpetúen mi nombre
Nadie recordará lo que dije o no dije
Los buitres anidarán en el filo de mi espada
y sus alas cubrirán el sol
que también se apagará
oxidado al otro lado de las orillas

No habrá canciones que me recuerden
los bardos no habrán oído de mí
No seré chispa en la memoria de los hombres
ningún cuerpo de mujer me echará de menos
Permaneceré como gato invisible
en el océano cansino de las cosas
Seré luz robada a los crepúsculos
viento corrido por otras tormentas
marinero solo bajo la lluvia
caminante que se perdió en la nieve

Aunque pude haber podido todo
pensaré en las cosas que no fueron
(nunca en lo perdido, no en el cadalso)
frente a una playa cualquiera
donde rompan las olas y horaden
la roca al resplandor de un volcán
para que mi menguada muerte
sea al final otra muerte apenas
en el reino de los vikingos que zarparon.


Dos. Saga

I

Vasta es la estepa / y fría
Los guerreros caen en el fango
el drakar a hombros parece quejarse
Al sur habrá un río.


II

Es tierra de sol y oscurece temprano
todos los días a la misma hora
como si el tiempo pasara sin cambios
Los árboles pierden sus hojas
Es otro mundo.


III

Los hombres se acostumbran a la muerte
al duro hierro / a la herrumbre callada
Los hombres se acostumbran a la muerte
pero no al mudar permanente de la vida
a esta obscenidad de nacer siempre


IV

Las batallas son por el botín
por el oro se desmembra y se mata
se muere a golpes y a estocadas
pero también para que canten y brinden
para que canten y oigan por la noche
los que no participaron.


V

Entre ahora y nunca reside la espera
Se comunica con el mañana
y es así el nunca / provisto
por el hacha, el desembarco y la espada.

VI

Entre todos los dioses
eligen al dios del invasor
Como si un solo dios pudiera
habitar la morada de los dioses
Pero no importa: navegamos.


VII

El caballo debe ser ancho
como las caderas de una mujer
Éstas aseguran parir y renovar
aquel nos lleva a la extinción.


VIII

Toda estirpe decae y acaba
No hay festejo que detenga
la melancolía del otoño largo
que espera el día más breve
la hora en que los bardos callan.


IX

La mujer ausculta las runas
Allá lejos en casa
las runas le dicen qué nos espera
cómo moriremos tan distantes
Las runas le hablan
pero no conocen el suelo que pisamos


X

En la fría selva se crece la madera
los largos listones para las naves
y la aventura de los remos
La madera alimenta el horno
donde se cuelan los metales
Al final la arena dibuja
los mapas que nos olvidan.


XI

La hidromiel es rocío
de las almas que nos miran
Es la sed de los que no están
Hidromiel necesitan los poetas
los enamorados y los heridos
los que mañana combatiremos
Es importante combatir
para que digan que hemos vivido.


XII

La mayor riqueza: caminar
detrás de la sombra
cuando el sol es la derrota
de quienes nos persiguen.


XIII

El hacha conserva el peso
y la espada guarda en su filo tenso
el atroz alarido de los muertos.


XIV

Mar adentro existe el drakar
sus remos hieren las aguas
pero en estos ríos prevalece
la alerta del guerrero.

XV

No hay tiempo para echar de menos
soñamos la ilusión de volver
La ausencia es un ruido interminable
y el regreso la decepción de los fracasos.
Para el guerrero el amor
es una pérdida final y constante.

XVI

Afilar los dos filos del arma
es el rito previo al asalto
Cuando la hoja brilla
tienes la posibilidad incierta
de volverlos a afilar
antes de otra batalla.


XVII

Comeremos y beberemos
Cicatrizarán las heridas
el dolor será disimulado
cada noche de los festejos
cantaremos y recordaremos
Luego zarparemos otra vez.


XVIII

El vikingo se parece al lobo solitario
Si la jauría que se mueve
ausculta el cielo
descansa poco en la noche
y después nadie recuerda su nombre


XIX

La mujer es la urgencia
de la identidad poco probable
de los hombres en combate
Son el llanto cuando mueren
rumbo el suyo también sin esperanza
en la furia del sitio y la batalla
La mujer es la identidad poco probable
de los espectros que pueblan la saga
que recitan los bardos en el banquete.

XX

El enemigo en verdad no existe
el enemigo es susurro de la oscuridad
El enemigo en verdad no existe
el enemigo es murmullo del viento
Vivimos por el olor de la marea.


XXI

El camino lo trazan los valientes
El camino cambia
una vez y otra
constantemente.


XXII

El ojo de la serpiente heráldica
otea la mar clavado
en la efigie de proa
A nada temen los marinos
Saben que lo suyo es asunto decidido
en cualquier tierra que les traiga la mar.


XXIII

No quieren hoy sangre los dioses
tienen toda la que se derramará
en las batallas por venir
las que los muertos llaman
las innombrables / aquellas
hacia las que marchan los vivos
y los que luchan por sobrevivir
la guerra de las cosas no tiene fin
Luego llega el silencio.


XXIV

El fuerte está rodeado
pero no basta el sitio
falta la hora del degüello
esa hora interminable
la marea del zarpe
las hogueras por los caídos.


XXV

A solas el vikingo no descansa
trama el modo de recomenzar
en un mundo aniquilado
por los maleficios de Luna
y la vigilia del troll
A solas el vikingo no descansa.


XXVI

Se teme a la ternura
porque desarma.


XXVII

La valquiria es la mujer que amó
la estupenda / la más perdida
la que lo olvida
la que simplemente partió
a cuidar de las abejas del monte
Sin la bebida de los dioses
el vikingo no imagina
cómo subir al Walhalla.


XXVIII

En las tierras al sur es difícil
la certeza del triunfo
Son otras condiciones
en esas viejas ciudades
que se desgastan bajo el sol
Es la gana de regresar
la que arma el brazo
a la espera de una señal
para izar la vela hacia las nubes.


XXIX

Tener la tierra que se recorre
hendirla y sembrarla de hijos y acasos
colgar la espada y acariciarla
mientras crecen las hojas.
Ir de pesca en la madrugada
olvidar el peto y el casco...
El vikingo desvaría antes
de entrar en combate.


XXX

Las criaturas de la profundidad
buscan compañía cuando sueñan
Locas arrastran a los hijos y arañan
y muerden y arrancan los ojos
Las vences una vez, y la siguiente
pero es inútil / se quedan
con esa terrible cosceha
del tiempo.


XXXI

Y entonces vinieron los de la cruz
para borrar nuestra cruz de rueda
Plantaron cruces y un hombre en ellas
Plantaron perdón y la otra mejilla
Dijeron que hay cosas más dignas
y nos pidieron morir por aquellas
Los hombres de la cruz.


XXXII

Nadie recuerda a los últimos que zarparon
no sabemos hijos de quiénes fueron los primeros
¡es tanta mirada la que espera!
Los dioses del trueno nunca dicen nada.


XXXIII

No tuvieron patria los clanes originarios
saben que son gente del norte
de las brumosas montañas del norte
de la grande mar del norte
No saben de política los vikingos.


XXXIV

Preferíamos el arma corta
para ver la piel cuando se la desgarra
sobre el hueso partido
Nos bañábamos en sangre
y nos emborrachábamos con hidromiel
los que sobrevivíamos al enemigo
que eran todos los demás


XXXV

Los reyes mandan hasta que mueren
Luego otro rey manda hasta que es muerto
Sus hijos serán hijos de un asesinado.

XXXVI

Ellas también defienden su tierra
son la llave maestra que mata o perdona
Sin ellas no hubieran existido los vikingos
Por eso mares y batallas tienen nombre de mujer.


XXXVII

Las estrellas son los ojos de los guerreros
que han muerto
Las estrellas a veces iluminan la derrota
y a veces el regreso.


XXXVIII

Cuando Odín zarpó hacia el oeste
y con él la fragua y las valquirias
y los duendes y la libertad
ni siquiera entonces
supimos que habíamos perdido.


XXXIX

No son mentira los trasgos
ni el troll que atesora
ni los asesinos en la sombra
ni los animales tutelares
ni las bestias terribles de la mar
No fue mentira la historia
En alguna parte los vikingos
siempre vendrán por su futuro
y no lo encontrarán.

XL

No dejarán de ser lo que fueron
entre la estepa de Rusia
el Báltico
las marejadas de la Mar del Norte
el Bósforo
y el Atlántico enigmático
No dejarán de ser lo que fueron
en las canciones y en los relatos
en los naufragios
cuando cae la cabalgadura
al pie de los muros
Ni vencidos
dejarán que los suplanten.


XLI

Es la fogata ritual
el horno del jabalí
y el horno del hierro
Es la mesa del banquete
la hidromiel
las preguntas de la medianoche
Y trabajar y pulir y embarcarse
dejar la memoria a los bardos
Es la vida.


XLII

El que llega a viejo se convierte en historia
pronuncia los cuentos sobre hazañas y mentiras
maneja la exactitud de la memoria
No hay muchos vikingos viejos.


XLIII

A veces alguien se pierde cerca de la aldea
lo devora la niebla
Si es una mucha la extraviada
los seres de la espesura la devuelven preñada
La aldea así crece
sin que extraños se asienten en ella
Los hombres jamás regresan.


XLIV

No hay registro de por qué
algunos navegan con rumbo a occidente
y otros entran por las miasmas del este
No hay lejos de casa diferencia
entre Vineyard y Asia
Las espadas son las mismas
los escudos para el combate
y la victoria o la muerte
sobre todo la muerte
No hay registro de por qué
nunca volvieron.


XLV

Luego las runas desaparecieron
los altares para sacrificar
los bosques y los pequeños seres
La cruz lo borró todo
menos la sangre
vertida entre dos edades.


XLVI

Los hombres libres no son libres:
los ata como un nudo el deber
No tienen conciencia de ser libres
deambulan a la espera de algo
que no conocen
Quieren el camino a la paz.

XLVII

Se reúnen en el crepúsculo
para aguardar juntos la marea creciente
el amanecer de las despedidas
los hombre de la mar
A medianoche la bahía es arena
y piedra y niños y aromas
La mar te recibe en lo que dejas.


XLVIII

Al término de los viajes
cuando se apaga la mirada
los demás encienden los leños
paras que los dioses así puedan
ver lo que escondías en tu alma.


XLIX

Cuando nace lo envuelven con paños
lo abrigan con piel de oso.
Lo cuidan cuando nace.
Cuando muere le dan sus armas
su escudo y prenden fuego
Lo cuidan cuando muere
Después será el que deba ser,
a solas consigo mismo
La Tierra pasa / La Tierra recibe
vendavales y semillas o muertos.


Tres. Regresar al comienzo

1.
La primera herida duele
Las otras pueden ser recuerdo
o nada más
Cuando el vikingo muere en combate
las doncellas vienen a recoger su alma
Son buenas y dulces
tienen grandes tetas y caderas voluptuosas
Se llevan al héroe al Walhalla
donde será recompensado
Pero allí no hay sexo.


2.
El vikingo no entiende el trino de la paz
descansar cerca del arroyo
la delicia de ver la montaña entre la niebla
No puede
Defiende un mundo extinto
el olor de sus mujeres
el calor del ganado en invierno
el humo que anuncia pan
el pequeño horizonte de su aldea y el barro
El vikingo no se pregunta
acepta el paso de los días
la fatiga del arado y el peso de sus armas
El vikingo no quiere saber
de la torpe pertenencia a la vida
de la muerte de sus amigos
de lo que se escurre como hielo
al empezar la primavera
cuando se pone el sol tras la huerta
La máscara de guerra
lo protege de la traición
pero la traición es una máscara
El vikingo sólo tiene su nombre
y una vaga noción de su infancia
Tiene deseo por su mujer
cuando su mujer lo mira
Sabe que nadie recoge los dones de la noche
mientras agoniza
sin heridas que justifiquen su herida
En el vacío de la playa
sabe que fue animal solitario
otro en el olvidado ser de su especie.

3.
Vendrán todos
como una horda sedienta una madrugada
y a la carrera por venganza

Todos los muertos
los guerreros y sus mujeres / los niños muertos
el ansia de los amantes que no fueron
los expatriados y los príncipes
los que cultivaron la tierra
y los en ella enterrados

Un día regresaremos
para contar nuestra historia.

*Poeta, escritor y periodista chileno

martes, 20 de julio de 2010

VIVENCIA Y REVELACIÓN






Rodolfo Izaguirre

Texto de la conferencia dictada en el marco del Festival Internacional de Música Contemporánea Atempo en Corpbanca

No es que Milagros Socorro me quiera; lo importante es que todos la
queremos y la admiramos y medimos la fuerza y el valor de su palabra
cada vez que ella vapulea a quienes perpetran crímenes contra el país
venezolano. Un país, nosotros, que se nutre de la conciencia civil que
ella sostiene infatigablemente como una bandera. Milagros ha levantado su voz contra todo tipo de abusos; contra los que se originan desde el poder que son muchos; contra el machismo,la degradación del lenguaje, el mal ejercicio del periodismo; contra la censura cualquiera que sea su naturaleza y ejercicio. Es, además, una
escritora de altos vuelos. Cuando pienso en Milagros aparecen junto a mí Sergio Antillano con su iluminado humanismo y el lago de Maracaibo con su rayo que no cesa, porque Milagros está hecha de semejantes prodigios.Si hay una vivencia que debo revelar será la del privilegio de su amistad.


El lema de esta Jornada de ATempo es el de !Vivencias y revelaciones¡


En los años cincuenta del pasado siglo se inició en Caracas una
avasalladora búsqueda de la modernidad. Bajo el terror político que
impuso la dictadura perezjimenista, con sus persecusiones y torturas,
Caracas conoció, sin embargo, un acelerado fervor renovador y se
expandió hacia el Este. El Nuevo Ideal, como se autodefinió la
“ideología” de aquel régimen militar, impulsó un proceso de
modernidad que se resquebrajó bruscamente a partir del 23 de
enero con la caída de la dictadura. Tanto los socialdemócratas como
los socialcristianos, pretendiendo sancionar al dictador, detuvieron el
proceso renovador por considerar que se trataba de una “pesada
herencia de la dictadura” y en cierto modo “castigaron” aquella
renovación urbana y arquitectónica que hizo posible la célebre
afirmación del arquitecto milanés Gio Ponti cuando vaticinó que
Caracas estaba destinada a ser no sólo la capital mundial de la
arquitectura moderna sino la más bella ciudad moderna del mundo. El
sistema vial, y duele decirlo: las grandes obras se hicieron durante el
perezjimenato.

La República reiteraba así la violenta contradicción que la ha marcado,
la ha afligido y la ha abrumado desde su nacimiento: ella quiere ser
moderna pero permanece anclada en una indignidad tercermundista
que nos avergüenza; se sabe rica y petrolera pero nunca ha logrado
superar los lamentables indíces de pobreza y marginalidad que
socavan sus aspiraciones de país floreciente. Anhela ser libre;
ejercitarse y activarse en democracia pero se ve azotada
periódicamente por ramalazos autoritarios que aventureros en armas,
caudillos civiles y dictaduras millitares que la han empobrecido y
maltratado en un empeño de siglos.

Mi vida venezolana es una muestra palpable de esa terrible
contradicción. En lo personal soy un hombre moderno; hombre de
cultura; de ideas avanzadas y progresistas pero vivo en la confusión
y en la incertidumbre de un país que tarda en encontrarse a sí mismo.
Es más: !Nací bajo la perversión¡ Era apenas un niño de cinco años
cuando Juan Vicente Gómez cometió, como dice Manuel Caballero, el
único error que no se le está permitido a ningún dictador: el de
morirse. Y como ha ocurrido con todos los caudillos y dictadores
civiles o militares que han sido y continúan siendo en la historia
venezolana y gustan apadrinar el autoritarismo invocando el nombre
de El Libertador también el Bagre había convertido a Bolívar en
cómplice suyo al punto que se le antojó morirse el día y mes en que
murió Simón Bolívar. Los enfermos y desilusionados huesos de Bolívar
sólo sirven de amuleto a los gobiernos que utilizan su nombre para
amparar o justificar sus desmanes y despropósitos. No padecí a
Gómez pero mis hermanos mayores sufrieron sus vejámenes. De
alguna manera supieron vengarse porque al conocerse la muerte del
tirano los tumultos que se produjeron en Caracas y los saqueos a las
mansiones de los más connotados gomecistas hicieron que mis
hermanos trajeran a casa muebles y toneles de vino español. Aquel
fue un momento único e insospechado porque a los cinco años y
través de las celosías de las ventanas vi a una gente muy alborotada
que si bien estuvo callada y aterrorizada durante 27 años estallaba
ahora convertida en protagonista de su propia historia.
Rafael María Velasco era objeto de un profundo resentimiento popular
y su casa, al igual que otras casas de gomecistas notorios, fue
saqueada y tuvo que abandonar el país en febrero del 36 para morir
12 años más tarde en el exilio de Costa Rica.

No lo sabía entonces pero era evidente que al beber el vino de
aquellos toneles mis hermanos y sus amigos celebraban el hecho de
que los saqueos, considerados como una estridente y violenta
política de calle, señalaron frente a mi casa el camino hacia la
democracia; y durante años, sentado en una bella silla giratoria que
perteneció a Rafael María Velasco hice mis tareas escolares en el
sólido y lujoso escritorio de caoba pulida sobre el que tantas veces
Velasco, llamado El Sapo, Gobernador del Distrito Federal, firmaba las
órdenes sangrientas de las represiones contra los estudiantes del
28 y las de los últimos años del régimen. Posteriormente, con la
disolución de mi casa natal nunca supe que destino tuvieron la silla y
el espectacular escritorio de El Sapo Velasco.

La ingenuidad, en todo caso, me hizo creer que con aquellos toneles
de vino y los muebles de Rafael María, que en cierto modo tuvieron
que ver con la historia de la República al final de la oprobiosa
dictadura militar, perdonen la doble redundancia, me hizo creer que el
país caminaría airoso por inexplorados senderos revelando a placer
nuevas vivencias en libertad. !Pero no fue así¡ Tuve que esperar por
la edad juvenil para tropezar nuevamente con el desaliento.

El militarismo es como una maldición que gravita sobre Venezuela.
Siendo yo un adolescente, el país perdió nuevamente el equilibrio y
se desplomó sobre la República el fascismo ordinario de otro militar,
Marcos Pérez Jiménez: una circunstancia que pesó sobre mí y sobre
toda una generación. Quienes estuvieron conmigo en el grupo
literario Sardio (Adriano González León, Salvador Garmendia, Guillermo
Sucre, Elisa Lerner, Luis García Morales, Gonzalo Castellanos) y los
que se agruparon en Tabla Redonda, el otro movimiento literario de
los años sesenta: (Rafael Cadenas, Manuel Caballero, Jesús Sanoja
Hernández, Jesús Enrique Guédez, Ligia Olivieri, Fernandez Doris,
Dario Lancini, que murió recientemente), detuvieron y postergaron
durante diez años sus procesos creativos. Tuvimos que esperar una
década y en algunos de nosotros un tiempo mayor para que unos y
otros comenzáramos a producir y revelar los frutos de nuestra
actividad creadora. Las ricas aunque difíciles vivencias acumuladas
antes y durante el perezjimenismo tardarán años en revelarse a
través de la literatura o las artes plásticas.

Aquel militar que fue Pérez Jiménez, apenas un teniente coronel
cuando conspira contra Isaías Medina en octubre de 1945, detuvo
nuestro proceso intelectual y paralizó la revelación de nuestras
vivencias. Apoyándose en la tenebrosa Seguridad Nacional aterrorizó
al país y cometió un crimen nefasto porque impidió que fluyera el
pensamiento: cerró nuestras puertas y cegó las ventanas;
obstaculizó las esclusas de la aventura intelectual. Nos convirtió en
víctimas. La mía fue una generación tardía.

Jesús Sanoja Hernández al referirse a los integrantes de Sardio y de
Tabla Redonda, dice en El día y la huella , libro publicado gracias a
Manuel Caballero por la editorial Bidandco, que el mejor título para
designar a estos grupos que consumen la edad del sueño en
compromisos y destierros es el de la “otra generación” porque no se
salvó ninguno de ellos en el momento de cruzar ese Cabo de las
Tormentas que se dobla cuando se llega a los treinta años. Esa “otra
generación”, dice Sanoja, ha tenido la desventaja (o la ventaja) de
cuajar tardíamente, en plena adultez, en el período en que ya el autor
empieza a ser material biográfico.

En 10 años, escribió Sanoja, apenas si Adriano González León y Juan
Calzadilla y a última hora Guillermo Sucre, tuvieron la oportunidad de
publicar notas en el “Papel Literario”; modo de “aver mantenencia”
más que la expresión de lo que llevaban por dentro. Los otros eran
unos desterrados en el sentido radical de la palabra, o unos
sepultados por el cataclismo. Rafael Cadenas, en la poesía, necesitó
rebasar los treinta años y su primer libro importante se titula
precísamente “Cuadernos del destierro”. Salvador Garmendia, en la
narrativa, llegó a esa edad sin haber escrito más que libretos
radiofónicos. A Zapata, nadie lo conocía. Anibal Nazoa, a quien estaba
reservado escribir la novela fantástica de Venezuela, el esperpento o
el grottesco de la violencia, reventó, en su estilo de humor
trascendente, ya traspuesta la treintena... Allí están. Pertenecen a la
“otra generación”

Hoy, a los ochenta años, instalado como estoy en el término y final de
mi propio futuro, constato con furiosa tristeza que aquel país pleno,
hermoso y satisfecho que avizoré y creí estar construyendo cuando
jóven; un país al que aspiraba moderno y vigoroso; libre, rico,
sensible y culto se asfixia en la hora actual en la mediocridad de una
cultura cuartelaria; se hunde en la pobreza y en la confusión; se
dilapida; se desgarra civil y moralmente; erosiona el lenguaje; se
degrada desde el poder asaltado por un autoritarismo militar que se
alimenta de sus propios abusos, corrupción y procacidad. No otro es
el país que padecemos en los inicios del siglo 21, testigos como
somos de la aniquilación de la democracia

De tal suerte que, en el ocaso de mi vida, en la siempre difícil,
oscilante e incierta vida venezolana, debo enfrentar como nunca
antes la dura experiencia de sentirme exiliado nuevamente en mi
propio país, apartado, excluído, postergado y ofendido sólo por
defender mi derecho a disentir. A no estar de acuerdo con muchas
de las decisiones tomada desde el poder político y, aun menos,
desde el organismo que se ocupa de los bienes culturales.
La ofensa mayor que recibo es la de ser acusado de fascista
justamente por quienes creen no serlo desde un absurdo
contubernio cristiano-marxista. Porque nada es más cercano al
fascismo que la ultraizquierda o la llamada izquierda autoritaria; nadie
más parecido al héroe mesiánico o revolucionario que el tirano que
aprieta y sojuzga.

Después de haber visto en el curso de mi vida los comportamientos
autoritarios de Hitler, Stalin, Mao Tse Tung, Pol Pot, Castro o Sadan
Hussein para no mencionar al Papa Doc haitiano, al Fujimori peruano o
a algún déspota africano que masacra tribus y etnias que no les son
afectas como si apagara una vela con un soplo, he aprendido a
desconfiar del Héroe mucho antes de que se convierta en símbolo o
en estatua y me haya expulsado de mi libertad.

En este precíso instante puedo, y me es lícito, reiterar y enumerar
mis recelos: desconfío de la palabra fácil y las promesas de los
políticos que luego en el poder se transforman en seres autoritarios
y perversos. Me aterran por eso los Mesías, Enviados, Salvadores y
Revolucionarios que tratan de emular las pasadas hazañas de algún
héroe local porque se ocultan en ellos rencores sociales que, cuando
asaltan al poder, destruyen los alcances, logros e instituciones
existentes. Recelo de los nacionalismos porque cierran las puertas y
ventanas y asfixian a los países. Desprecio a los censores; abomino
de los que delatan; rechazo a los que pontifican agitando el dedo
índice; a los que se empeñan en afirmar que no son moralistas; a los
que se comprometen a investigar las atrocidades derivadas de la
propia perversión del poder y, al decirlo, mienten con descaro.
De igual manera, desconfío de los que pronuncian la palabra "Patria",
porque generalmente son quienes más crímenes cometen
invocándola. !Apoyo a quién dijo que el mayor acto de patriotismo
consiste en decirle a tu patria que está comportándose de forma
deshonesta, estúpida y malévola¡ Me alejo también de los dogmáticos,
de los fundamentalistas y obsesivos; de los que pregonan la pureza
de sus actos administrativos y abomino de la justicia cuando la veo
sonreída y entregada al poder político o temblando ante el uniforme
militar.

Siempre recordaré a Salvador Garmendia. Sostenía que era sano,
urgente e imprescindible eliminar al ejército y tenía pavor a la
Revolución: “Si aquí llegan a triunfar los revolucionarios, me decía, los
primeros fusilados seremos nosotros, por el sólo hecho de no pensar
como ellos”. Pero el ofrecimiento más patético sigue siendo el
glorificado “hombre nuevo” que no es otro sino el hombre triste y
desorientado de siempre. Lo afirma Rafael Cadenas: cuando “el
hombre nuevo” no tiene ya la obligación de desempeñar ese papel
tan incómodo, vuelve a ser el de antes, el de hace miles de años. Y
Darío Lancini, que acaba de fallecer, me confesó que él creería en
ese hombre nuevo el día que le mostraran a la mujer nueva.

No nos merecemos tanto oprobio como tampoco se lo merece la
República. No lo mereció mi infancia sojuzgada por el tenebroso
laconismo del tirano Gómez tan en contraste con la insufrible e
inagotable verborrea del actual presidente venezolano; tampoco lo
mereció mi juventud bajo el autoritarismo militar de Pérez Jiménez y
mucho menos esta hora mía, senil, brutalizada por un lenguaje
presidencial tosco y de cuartel tercermundista.

No ha logrado el país venezolano revelar total y cabalmente sus
propias y más recientes vivencias porque para hacerlo necesitaría un
tiempo de quietud y reflexión que jamás han conocido los pasillos y
salones del Palacio de Miraflores siempre alterados por las
contingencias políticas a veces turbulentas y siempre azarosas.
Creyó hacerlo Isaías Medina Angarita y no le alcanzó el tiempo. Lo
intentó Rómulo Gallegos y le fue peor. Después de Pérez Jiménez el
país vivió casi cuarenta años de cultura democrática pero en
sobresalto, en una angustia permanente. El fantasma del caudillo -civil
o militar - no ha dejado de acosarnos. Durante el largo período
democrático conocimos a dos de ellos: Rafael Caldera y Carlos
Andrés Pérez con el agravante de que sus respectivos partidos o,
mejor dicho, los “cogollos” de sus partidos, también aprendieron a
serlo. Tan caudillos fueron que nos precipitaron al abismo donde
seguimos cayendo. Nos quejamos de la pérdida cada vez creciente
de nuestra calidad de vida pero creo que deberíamos pensar
también en el empobrecimiento de nuestra condición humana.
Nuestras vidas, la del escritor, la del artista en particular son muy
vulnerables y están expuestas, decía Harold Pinter, a todos los
vientos.

Personalmente no tengo fuerza ni me asiste poder político alguno
porque la política no es mi oficio. Pero por mi condición de hombre de
cultura tiendo a ser un solitario capaz, en todo caso, de construir una
burbuja, en la que vivo, una versión personalísima de aquella antigua
Torre de Marfil en la que se aislaba escritor. Un estupendo lugar de
trabajo no sólo para el escritor sino para el compositor, el artista
plástico; para todos porque nadie lo molesta a uno. Sin embargo,
aquella magnífica Torre de Marfil siempre fue vilipendiada, por quienes
se empeñaban, desde la izquierda marxista, en que toda
manifestación artística debía tener, contener o proponer
indefectiblemente un mensaje como si se tratara de la oficina de
correos o de algún servicio de mensajería. Entonces era frecuente
escuchar cosas como: ¿Cuál es el mensaje de esa película? ¿Qué
mensaje tiene ese cuadro? ¿Dónde está el mensaje de los Mandala o
del Trío número dos llamado Espejos que en homenaje a Ravel
compuso Diógenes Rivas?

!Dentro de esa burbuja vivo ahora, refugiado o protegido de la
intemperie¡ En ella he practicado una puerta por la que me asomo al
mundo exterior para constatar que él sigue alli. Me conecto con los
amigos que aun no han desertado de la vida y cultivo en mi memoria
la alegría que en vida mantuvieron los que ya no están; me muevo en
internet y trato de encontrar respuestas a lo que me acontece como
habitante de este país. No es que abandone mi conciencia ciudadana.
Es mi manera de sentirme activo, solidario y dispuesto.

Tengo libros que aun no he leído y muchos más que tengo que releer;
hay películas que me faltan por ver y músicas por escuchar o seguir
escuchando hasta el fin de mis días y espero seguir participando en
los futuros festivales de ATempo. Mi mayor deseo sería, por ejemplo,
reiterar la gloria que alcancé ayer en la primera Jornada de Atempo,
con la presentación del libro de Inés Silva refrescando la memoria del
grupo Madi antes de que las sonoridades de las Ondas Martenot
invadieran estos espacios y resonaran en ellos el violín de David
Nuñez y la guitarra de Pablo Gómez y recibiera nuestro espíritu la
fresca iluminación que irradian los Senderos de Antonio Pileggi.

Hay mucho espacio que debo recorrer y no hay autoridad alguna que
me lo impida; hay muchos otros senderos por los que debo
aventurarme tan cautivadores como los que comienza a trazarse
Antonio Pileggi desde el doble sacerdocio y liturgia de su vida
espiritual y musical.

Pero he descubierto también que la vida se rebela contra todo lo que
trata de explicarla y se niega a que se la confunda con esas
explicaciones. La vida es como los países: tampoco ellos tienen por
qué explicarse.

Era Bergson quien pretendía que la existencia espontánea revela una
realidad que no es otra que la del espíritu. Unamuno se refería a los
misteriosos deseos del alma por encima de las constricciones del
espíritu, y harto de tantas explicaciones de la vida Chesterton afirmó
que la vida es anterior a ellas y rechazó las estrecheces de esas
explicaciones. Somos muchos los que nos hemos negado a degradar
la complejidad de la vida en una simple organización intelectual.
Quiero decir que la vida se rebela contra los sistemas y métodos que
buscan constreñirla. La vida supera al músico. Se le escapa al artista.
Se burla del escritor. Se encrespa cuando el político de la
ultraizquierda pretende negarla hoy para hacerla posible mañana.
Por eso conviene dejarla ir; que fluya libremente al igual que la muerte
socavando o encontrando su propio cauce. El nacional socialismo
proclamado por Hitler se creía eterno e invulnerable. Quiso acabar
con los judíos en nombre de una raza superior y acabó suicida en un
bunker berlinés asediado por los tanques rusos y el socialismo
soviético se esforzó por acabar con una clase social tradicionalmente
productiva y esclarecida; tardó setenta años en percatarse de que
no iba a ninguna parte y cayó sin que se hiciera violencia contra él,
como caen los mangos en el solar de mi casa.

El marxismo y su praxis, que raramente atendieron las angustias y
palpitaciones del corazón humano, constreñidos como estaban por el
peso y la adhesión ideológicos convertidos en catecismos e
instrumentos de fé, ya no resultaron tan esclarecedores y no dio
para más y la perestroika le reventó el corazón que nunca tuvo.
Aquel venezolano que pedía a gritos que no se distribuyeran ni se
leyeran los libros de Mario Vargas Llosa como castigo por los
artículos en los que discrepaba de la “ideología bolivariana” estaba
agitando una oscura bandera ideológica pero empapada de una Fe no
menos tenebrosa. Estaba marcando, entre los venezolanos, el camino
que trazaron Adolfo Hitler y José Stalin.

Está condenada al fracaso cualquier ideología que pretenda elevarse
a las subjetivas alturas de la fe con el propósito no de salvar
nuestras almas sino de proteger, vigilar y encauzar lo que
abusivamente el ideólogo considera un destino extraviado, es decir,
la existencia de quienes se le oponen.

!Nuestro mayor temor en la actual hora bolivariana es el miedo¡ No el
miedo a la página en blanco que el escritor tiene que poblar de
historias y atmósferas; tampoco el temor del músico a la composición;
el pánico que suele acompañar al actor antes de levantarse el telón o
antes de que el director de la película diga: “!Accion¡”. No es el
terror de la bailarina convertida en Odile el perverso Cisne Negro que
en el tercer acto de El lago de los cisnes debe ejecutar a la
perfección y con el más depurado virtuosismo técnico los famosos 32
fouetés en tournant de Marius Petipas, difíciles y consagratorios.
Estos son temores que por el contrario ofrecen momentos de
superación, caminos de liberación; señales de un combate contra las
convenciones y lo establecido; cruces que van marcando en el mapa
el tesoro oculto en nuestra propia sensibildad.

No se trata tampoco, ni de lejos, del miedo a la oscuridad, el terror a
los espectros y enviados de ultratumba o los terrores que los curas
con los hierros candentes del pecado y del infierno marcaron
nuestras almas desde la infancia porque esos son terrores que
permanecen anclados en los subterráneos de nuestra memoria. No
son tampoco los miedos que para gloria de la poesía dejó anotados
Rainer María Rilke en los Cuadernos de Malte Laurid Brigge: el miedo
de que esta miga de pan sea de vidrio al caer y se rompa; el de una
cifra que comience a crecer en mi cerebro y no haya espacio para
contenerla... porque éstos son iluminados temores del alma poética.
Me refiero a estos nuevos, miserables e inevitables terrores que
diariamente nos abruman: las intemperancias del caudillo, el miedo de
pasar por una determinada esquina de la Plaza Bolívar; el de cruzar la
calle y coger la otra acera cuando vemos avanzar hacia nosotros al
policía o al sujeto malencarado; el de toparnos con un grupo de
muchachos violentos e irrespetuosos. El no saber si regresaremos a
casa. La degradación moral y la miseria humana. El miedo a los
motociclistas, a las clínicas colapsadas, a los hospitales contaminados;
a los alimentos descompuestos de Pdval como trágica metáfora del
otrora jactancioso país petrolero convertido hoy en un gigantesco
animal podrido bajo el sol.

Y por supuesto, el miedo mayor que se engendra desde el poder
político: el miedo a opinar, a expresar libremente nuestras ideas a
riesgo de podrirnos también en una cárcel mientras los jueces miran
hacia otro lado. Y el más perverso y ominoso de todos: el de
autocensurarnos por temor a un castigo del que no atinamos a
calcular su peso antes de que nos golpee. Callar, obedecer por
temor, mutilarnos el alma.

José Antonio Marina en su libro “Anatomía del miedo” publicado por
Anagrama sostiene que el miedo es la gran herramienta para dominar
a otras personas y que por eso, la acción de los terroristas es tan
eficaz. Dice que el miedo es la gran esclavitud y explica que desde un
poder político abusivo hay dos formas de aprovecharse del miedo:
producirlo o presentándose como el que lo va a solucionar.
Muchas personas y sociedades quieren un salvador que las saque de
sus problemas y que se los resuelva; que les ofrezca seguridad
aunque para ello estén dispuestas a darle todo tipo de poderes. El
hombre mezquino, incapaz de valorarse a sí mismo, tiende a sacrificar
su libertad por la seguridad. Le importa más el bienestar económico
que el progreso moral. Y sólo la valentía puede frenar semejante
tristeza entendiendo por valentía, justamente, el ejercicio de la
libertad, la lucha por nuestra liberación.

Esta lucha, entre nosotros, no es nueva.

Basta decir que en su momento, hace por lo menos 150 años, Simón
Rodríguez dijo que no bastaba la hazaña de Simón Bolívar de haber
conquistado la independencia política porque aun nos faltaba
conquistar la libertad: esa libertad que sólo puede lograrse
individualmente en el saber y en la perfección pedagógica. !Lo que
todavía no hemos logrado¡

Sin embargo, soy un espacio que aun no ha sido invadido por la
arbitrariedad y el autoritarismo militar. Un espacio vulnerable, es
verdad; un espacio que puede ser asediado y quebrantado en
cualquier momento por las armas del rencor social y de la
perversidad de quienes las emplean y manejan; pero es un espacio
vulnerable sólo en apariencia porque su muralla, su mayor amparo y
protección; lo que lo sostiene y defiende es el honor y el anhelo de
justicia y libertad que encuentro con quienes me comparto. Quiero
decir: la revelación y el ejercicio constante de las vivencias de una
cultura democrática que se enseñoreó en nosotros durante cuarenta
años ininterrumpidos y a lo largo de un siglo de vivir en paz sin
hacerle la guerra a nadie.

Nuestra mayor defensa en la hora actual venezolana es la convicción
de que ella reside en la armonía, pluralidad y diferencias de nuestras
respectivas identidades; en encontrarnos unos a otros y, sobre todo
(!y es lo más dificil¡) encontrarse uno consigo mismo reconociendo
esas diferencias y rechazando la imposición de cualquier clase de
criterios únicos, dogmáticos, abusivos, excluyentes y discriminatorios.
A la larga, este rechazo a los fundamentalismos evitará que se
prolongue la violencia política, los miedos de que se vale el poder
para sojuzgarnos y auspiciará un mayor conocimiento de otras
culturas, de otras conductas sociales y civiles ejercidas en libertad a
fin de que podamos reconstruir, finalmente, nuestro destruido tejido
social y cultural y revelar gloriosamente las vivencias y anhelos de la
nación que somos.

sábado, 10 de julio de 2010

Crisis





Por Jorge Majfud

Crisis (I)

Viernes 2 de mayo. Dow Jones: 13.058
Sierra Vista, Arizona. 11:10 PM

Una noche sin luna Guadalupe de Blanco cruzó la frontera de rodillas. Se comió la arena del desierto y regó el suelo de Arizona con la sangre de sus pies.
El sábado 3 a la tarde tropezó con una botella de agua caliente, de esas que los perros hermanos tiran sobre el desierto a la espera de salvar algún que otro moribundo.

El domingo se durmió muy despacio con la esperanza de no despertar al día siguiente. Pero despertó, casi ahogada sobre una gran mancha que había estampado su cuerpo en la piedra. Reconoció el halo vaginal de la Guadalupe que la había acunado toda la noche y la había devuelto al mundo con amor y sin piedad. Enseguida sintió el temprano rigor del sol, otra vez en su lento trabajo de chupar de su piel y de su carne y de su cerebro el agua que le había ganado a la suerte del día anterior. Entonces volvió a meter el corazón todavía húmedo y palpitante en el pecho, se levantó y por obediencia al Cosmos siguió caminado.

Dos días después la descubrió un coyote. Enfurecido murmuraba que el rubro no daba para más. Murmuraba y escupía tabaco. Guadalupe caminó en su compañía y al lado de la promesa de que su agonía había terminado. El coyote se quejó varias veces de la mercancía. La tierra no servía, estaba seca, el fuego subía por las piedras, los jimadores no pagaban.

En lo que iba de la temporada, se había ocupado de diecinueve mexicanos, ocho hondureños, cinco salvadoreños, dos colombianos y alguno de más al sur, un chiflado chileno o argentino en busca de emociones. Casi todos chaparros de espaldas anchas y cabezas cuadradas y bocas de piedra. Pocas palabras y mucha hambre y desconfianza. Les había dado de comer y un día, al volver, no había encontrado más que la casa vacía.

La casa quedaba a los pies de una quebrada roja como la sangre del quetzal. Adentro olía a soledad y cerveza. Por el tamaño, no parecía haber sido el refugio de tanta gente.

El comentario de Guadalupe le cayó mal. Al menos era sombra fresca.
—Guadalupe —dijo, sonriendo— ¿a qué vienes a los Estados?
—La necesidad me trae, señor.
—La necesidad es cosa seria —dijo y con destreza le tapó la boca.
Sus ojos se hincharon de lágrimas y espanto. Era joven la güerita y tenía labios blandos como la miel. Los ojos oscuros pero claros. ¿Cómo decirlo? La respiración agitada y sin arrugas. Como una respiración de placer pero ella no lo entendió así. Los inútiles grititos más suaves que irritantes. Por eso que se salvó, porque yo no soporto que al final no reconozcan un buen trabajo. Me había pasado tantas indias sin forma que no me iba a privar de ese angelito enviado por el cielo.

Lupita lloró toda la noche pero no sabría decir qué tipo de llanto era. Murmullos. Llamaba a su madre y a un tal “chiquito” que de seguro era la cría que había dejado del otro lado. Son peores que las perras. Las perras no se separan de sus cachorros.
Al final me harté de tanta melancolía y al otro día le corté un mechoncito de pelo y la dejé ir por donde había llegado.

Se fue tropezando entre las piedras, como si me fuese a arrepentir, como si fuese incapaz de cumplir con mi palabra. Se fue moqueando como una niña. Más bien parecía un resfrío. La flu. Agarró sus porquerías y se fue. Llorando, claro, como una Magdalena. Y la verdad que me arrepentí al poco rato. Esa niña necesitaba alguien que la proteja y yo alguien como ella, una mariposa coqueteando entre las llamas de la lumbre, en vivo y en directo, y no acostarme todas las noches con su lindo recuerdo. Quién sabe si no tengo un hijo por ahí y no lo sé. O una hija.
Quién sabe si dentro de quince años no me cruce con ella, livianita como una pajarita, rubiecita y linda así como era Lupita.
Vida pobre la del coyote.



Crisis (II)



Sábado 20 de setiembre. Dow Jones: 11.388
San Francisco, California. 5:30 AM

Estábamos de lo más tranquilos en la fiesta de Lilian cuando llegó él con sus dos amiguitos de siempre, el Patrick y el otro no me acuerdo. Le pregunté a Lilian si los había invitado y ella sólo se rió, lo que para el caso venía a querer decir que no, o que no había tenido más remedio que invitarlos. Yo nunca antes había tenido problemas con el Nacho así que no me venga con eso de animosidad o predisposición ni mucho menos premeditación.

No había sido premeditado. Nacho Washington Sánchez había llegado a la fiesta con un regalo para la joven que cumplía quince años dos días más tarde. Sus padres habían adelantado el festejo para hacerlo coincidir con el sábado 14 y en premio a sus buenas notas.

Nacho Sánchez, Santa Clara, 19, había vuelto a clases con casi veinte años, después de pasar un tiempo en una fábrica de pollos de Georgia. Y esta vez había vuelto con la madurez y las ganas como para llevarse el segundo puesto de las mejores notas de su clase.

Según declararon sus amigos a la policía, Nacho no había ido a la fiesta por Lilian sino por Claudia Knickerbacker, la chilena amiga de la cumpleañera. Y si se había despedido de miss Wright con un abrazo y un beso en la mejilla eso no quería decir nada. O no quería decir, como le gritaba George Ramírez, sexual harassment.

—Lo que pasa es que George cada vez habla menos español y se olvidó o hace que se olvida que los latinos abrazamos y besamos con más frecuencia que los yanquis. El resto está dentro de la cabeza de alguno de estos reprimidos que ven sexo en todas partes y tratan de extirparlo con una tenaza caliente. Es cierto que antes de irse a la parada de la guagua el Nacho se dio vuelta y le dijo que el George ya no era mejicoamericano porque en Calabazas North se le había caído lo de mejico. No era necesario, más después de haber aguantado como un príncipe los insultos que George le había tirado desde que salió de casa de los Wright.

—Qué insultos? Recuerda alguno?
—Eso que le decía, que el Nacho era un abusador de menores, que Lilian todavía tenía catorce años y que lo iba a denunciar a la policía y lo perseguía amenazándolo con el teléfono en la mano. Sin darse vuelta Nacho le decía, sí, llama al 911. Detrás venían los otros.
—Cuántos eran?
—Cinco o seis, no recuerdo exactamente. Estaba oscuro y yo tenía un miedo bárbaro que se armara y ligáramos todos. Faltaban cien yardas para llegar a la parada y la guagua justo estaba esperando en las luces de la otra cuadra y al George se le ocurrió gritarle que no iba a llamar al 911 sino a la Migra. Todos sabían que los padres del Nacho eran ilegales y no habían salido de esa desde que el Nacho tenía memoria, por lo que él mismo, siendo ciudadano, evitaba siempre encontrarse con la policía, como si lo fueran a deportar o lo fueran a meter preso por ser hijo de ilegales, cosa que él bien sabía que era absurdo pero era algo más fuerte que él. Cuando le robaron la billetera en el metro al aeropuerto no hizo la denuncia y prefirió volverse a casa y perdió el vuelo a Atlanta. Y por eso uno podía decirle lo peor y el Nacho se quedaba siempre en el molde, mascando rabia pero no levantaba una mano, que mano y fuerza como para doblar un burro no le faltaba. No él, claro, él no era ilegal, era ciudadano y los otros debían saberlo. Pero los otros que venían detrás, entre los que estaba John, el hermano mayor de Lilian, que entendió lo de “migra” y lo de “sexual harassment”, se puso a la par del George que sobresalía por su tamaño y su camisa blanca…
—Quiere que le traigan agua?
—Yo apuré el paso diciendo que se nos iba la guagua y me subí. Después no supe más. Sólo vi por una ventana que a lo lejos se habían tirado sobre el Nacho y el Barrett trataba inútilmente de rescatarlo de la turba. Pero el Barrett es más chico que yo. Después las luces de Guerrero Street y la Cesar Chavez, me senté en el último asiento con el celular en la mano hasta mi casa. Pero el Nacho nunca contestó a todos los mensajes que le dejé pidiéndole que me llame para atrás. Nacho se despidió así porque estaba feliz. Ella lo había invitado para que tuviese una oportunidad con la Knickerbacker y en la cocina mientras repartían el tres leches la Knickerbacker no le había dicho que no. Le dijo que podían salir el sábado próximo y eso lo había dejado muy feliz al Nacho, siempre tan acomplejado por su calvicie incipiente a los diecinueve años que creía razón suficiente para que cualquier chica bonita lo rechazase. No es que la chilena fuese una modelo, no, pero el Nacho estaba ciegamente enamorado desde que entró al school de nuevo.
—Y usted?
—Yo no creo que aquella despedida tan calurosa fuese porque estaba feliz. Ellos siempre avanzan así, no respetan el espacio personal. Dicen que los latinos son así, pero si vienen a este país deben comportarse según las reglas de este país. Aquí sólo damos la mano. No estamos en Rusia para que los hombres se anden besando. Menos besar a una niña así delante de sus padres y de todos sus amigos. You’re right, sus padres no se quejaron, pero tampoco dijeron nada cuando George y sus amigos salieron decididos a darles una lección a los intrusos esos. Los Wright son educados y como vieron que Nacho se fue sin armar escándalo prefirieron no intervenir. Pero seguro que hablaron con Lilian después, porque tenían una cara de cansados que se los llevaba la muerte. Fue por una moral issue. Por una cuestión moral. Una cuestión de principios, de valores. No podíamos permitir que cualquiera viniese a interrumpir la paz de la fiesta y abusara de una de las niñas. No, no me arrepiento. Hice lo que debía hacer para defender la moral de la casa. No, no era mi casa, pero es como si lo fuera. Soy amigo de Johnny desde la middle school. No, no lo queríamos matar, pero él se lo buscó. Qué delito hay peor que abusar de una niña? No la manoseó, pero así empiezan todos ellos. Ellos, usted sabe a quiénes me refiero. Ellos! No fuerce mi declaración, conozco mis derechos. Ellos no saben respetar la distancia personal y luego pierden el control. No, mis padres eran mexicanos pero entraron legales y se graduaron de la universidad de San Diego. No, no, no… Yo soy americano, señor, no confunda.

(de la novela Crisis)
Jorge Majfud

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