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viernes, 5 de noviembre de 2010

Pendencia ricardiana contra el «Método Científico»






«Afirmo que el Método Científico es la conjunción del Empirismo, la reflexión en su derredor y la posterior e inteligible formulación destinada a la trascendencia del conocimiento cuando recién irrumpe»


Por Alberto JIMÉNEZ URE

No es frecuente que un escritor de nuestro tiempo experimente placer con el estudio de la Filosofía, algo que me parece insólito. En el curso del S. XX, por ejemplo, pudimos advertir el profundo respeto y adhesión hacia la disciplina mayor del conocimiento que mostraron: Albert Camus (1913-1960, Nobel 1957), Jean Paul Sartre (1905-1980, Nobel 1964) y Octavio Paz (1914-1998, Nobel 1990). Tres muy notables: pero, hubo más hacedores, tan admirables como los citados, igual seducidos por la «Mater» de la «Inteligencia Antropomórfica». Entre ellos, con efusión menciono a Mario Vargas Llosa (1936, flamante Nobel 2010): un hombre de la «resistencia intelectual» en Ultimomundano, hostigado por la «Cofradía de Petropredadores del Siglo XXI»

En Mérida, una ciudad que ha sido la más hermosa y más anhelada para vivir por intelectuales y artistas de Venezuela, Ricardo Gil Otaiza (1961, un vanguardista que ininterrumpidamente se ha forjado su propio mundo) no temió a la Literatura ni a la Filosofía. Tampoco a la indagación científica, advierto: y de ello ha dejado testimonio mediante su libro intitulado Breve Diccionario de Plantas medicinales (que suscitó polémica periodística).

Ahora, en el 2010, nuestro amigo publica Tiempos complejos/¿Fin del Método Científico? (Edición premiada de la «Asociación de Profesores de la Universidad de Los Andes», Mérida, Venezuela). Leámoslo: «Desde el ámbito científico-académico, el cambio de paradigma trae consigo importantes implicaciones que podrían dar un giro de 180 grados a lo que hasta ahora ha sido el conocimiento científico» (p. 13)

Los «paradigmas» a los cuales se refiere Gil Otaiza son los preceptos, las categorías o aparenciales axiomas que rigen a la Ciencia durante determinado lapso en comunidades específicas. Frente a la cíclica interrogante respecto a qué es la verdad, el filósofo A. I. Ulómov sostuvo: «A lo largo de los siglos, ha imperado el criterio de que la veracidad y la falsedad no son inherentes al pensamiento en cualquier forma: sino, tan sólo en la forma de los juicios» (La Verdad y cómo llegar a su conocimiento. «Ediciones Pueblos Unidos», Buenos Aires, 1976, p. 53)

Al imponer su postura, las reflexiones de Ricardo no son las de quien fallidamente emplea «paralogismos» tras intentar fundar una tesis que presume indiscutible. Su propósito es señalar que los cimientos de la Sabiduría están resquebrajándose. Centra sus lucubraciones en el discurso que propugna lo «Holístico», esa especie de «fenomenología» propia de la percepción postmoderna del Conocimiento Científico: según la cual es menester deducir a partir de la profusión de informaciones de diversa procedencia.

No es difícil entender que, cuando no deviene de Naturaleza, todo suceso humano acaece en virtud de actos ulteriores a complejos procesos psíquicos que los individuos motorizamos. Si es inobjetable que a veces la Naturaleza es la «Reina del Caos», los racionales somos «complejos» y «complicamos». Irremediablemente, propendemos a ello: a profanar las aguas buceando en ellas, siempre desesperados por hallar las causas de la existencia en sus profundidades y sin mirar lo que flota en la superficie (conforme al adagio «In mari multa animalia sunt») (1)

Infiero que algunas de sus afirmaciones pudieran parecer falaces ante el análisis precisamente paradigmático, y transcribiré un ejemplo porque de tan escabrosos asuntos tratan las disquisiciones gilotaizianas: «Que la mente y las manos vayan más allá de lo palpable y lo comprensible para internarse en otras dimensiones que nos permitan ser cada día más universales y, por supuesto, más reales» (Ob. cit. p. 15).

Sería igual lícito refutarlo y aseverar que todo es «real»: en la universalidad y su contrario (Lat. «localis»). No se trata de un «anverso» y «reverso», no: es la existencia, inanimada o no, y el pensamiento que le es inmanente al «homo sapiens» (con probabilidades de trascendencia u ocultación) y no a la «Materia Inerte». Está ahí, palpable o no, empero «idéntica a sí misma», y proseguirá más allá de nuestros sentidos. Aun cuando no nieve donde residamos, ese estado del agua existe: es real, desciende y embellece los paisajes invernales. Si yo experimentase que nieva encima de mi cabeza, mientras permanecen impolutos quienes me rodean, entonces padezco esquizofrenia. El mundo no nació ni extinguirá conmigo, pero en tanto yo no haya escindido me cobijará.

Ricardo Gil Otaiza cuestiona, severamente, la institucionalidad del «Método Científico». Si yo le preguntase de cual «antitésica» manera pudo haberse establecido la más elemental «Metodología Matemática», esa que suma y obtiene un resultado universalmente aceptado, ¿qué me respondería? Si convenimos que la Matemática es una de las ciencias del conocimiento humano, y su ejecución cien por ciento precisa: ¿podría una sencilla resta calificarse como especulación? Él enuncia que «la realidad se hizo compleja, que el método y la experiencia científica lucen disociados de lo globalizado» (Idem, p. 43)

No lo olvidemos, atentos a la propia iconoclasia gilotaiziana: «Él», libertario e intelectualmente apto, pronuncia «su antojo»: y, nosotros, sus lectores, en igualdad de condiciones, tras comulgar con sus creencias o combatiéndolas, somos profesos del «Principio de la Razón Inmutable». Cuando se ignoraba y aun en los tiempos de la «Ilustración», la «Metodología Científica» ha existido fuera de nuestros sentidos porque es parasitaria al Juicio. Sin enfado, aludiré al honorable W. Wallace: «Los métodos científicos procuran eliminar deliberadamente el punto de vista individual del científico, y están concebidos como reglas que permiten adecuarse a versiones específicas del mundo. Distinción, en suma, entre el productor de un enunciado y el procedimiento por el cual es producido» (The Logic of Sciencie in Sociology. Aldhine Atherton, Chicago, 1971, p. 11).

Concedo y celebro que sea difícil oponerse a la conjetura ricardiana según la cual «como hombres y mujeres que caminamos entre dos siglos, entre dos mundos, nos corresponde aprender a vivir con la incertidumbre» (Ibídem, p. 130). Y, por tal causa, añado, la pendencia de Gil Otaiza en perjuicio del «Método Científico» es situacional. Así lo escruto, así lo comprendo, así íntimamente lo sentencio legítima la falta de respeto de Gil Otaiza hacia lo paradigmático: ello a pesar de colocarme, similar a los pontífices, en un «pedestal» para someter su compendio a las inclemencias de la crítica filosófica.

Nota.-
(1) En el mar pululan los animales (Lat.)
[*] Universidad de Los Andes (jimenezure@hotmail.com/albertjure2009@gmail.com)

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