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martes, 29 de diciembre de 2009

“Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo”




poemario de Rolando Revagliatti inédito en soporte papel, cuenta ahora con dos ediciones electrónicas: una, en PDF, y la otra en versión FLIP (Libro Flash). Ambas se hallan disponibles en la página de inicio de http://www.revagliatti.net
Cuenta con texto a modo de epílogo: “El Tranvía en Cuestión” por José Emilio Tallarico. Diseño y armado de los originales: Patricia L. Boero. Fotografías del autor y del epiloguista: Daniel H. Grad

revadans@yahoo.com.ar

http://rolandorevagliatti.blogspot.com

http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti

jueves, 17 de diciembre de 2009

LA CURVA DEL RÍO LO IMAGINA, LA PALABRA LO NOMBRA





por Alberto HERNÁNDEZ

Foto: Tatiana Hernández Cobo

La lisura del río Portuguesa lo empuja hacia nosotros. Un espejo de agua quieta, de un color que revela su hondura, nos aproxima a la mirada de Manuel Bermúdez. Fue el 13 de septiembre de 1997. Éramos tres en medio del paisanaje llanero en Camaguán: Manuel, Sael Ibáñez y quien esto escribe.

-¡Anda, acompáñame a Camaguán a hablar de un libro de Sael. Así decimos cosas, vente¡-, me invitó por teléfono con aquella manera muy particular de hablar, de pronunciarse, de decirse Llano.
Y nos fuimos. Entonces Manuel, mi profesor de posgrado de la Universidad Simón Bolívar, abrió los ojos para grabarse la planicie guariqueña y habló largo rato sobre una novela de Sael Ibáñez, también de Camaguán, como Manuel. Allá quedó el río, el que lo imagina. Y las palabras que hilvanó siempre lo nombran, porque quedaron en la corteza de los árboles, en la inquieta e irreverente orilla de la lenta serpiente líquida.

Casi dos años después, el 20 de mayo de 1999, hicimos una fiesta para celebrar el advenimiento de un libro, Valles de Aragua, la comarca visible. Y se hizo en el Teatro de la Ópera de Maracay, donde se concentraron la familia de Manuel y la mía, los amigos, alumnos y lectores.

Hace pocos meses nos reunimos aquí en esta ciudad calurosa y cálida para acompañar a un viejo llanero casi centenario, amigo de la familia, afecto de esa apureñidad que en Maracay se concentra para vivir y celebrarse. Esa noche, Manuel habló de la vida y de la muerte, de la inmortalidad, “también la del cangrejo porque ese animalito, es una vaina: camina de lado”.

Fue la última vez que lo vi, aunque lo oí por teléfono porque lo llamé para sabernos el uno del otro.

Un día, de esto hace ya varios años, con Edgar Colmenares del Valle, bautizamos una biblioteca en esta ciudad, en la casa del también académico apureño, cuya madre fue una insigne maestra de muchos montes llaneros. Manuel estaba pleno, porque cuando hablaba de su barrio Perro Seco y de sus habitantes se le inflaban el pecho y las emociones.

Manuel acaba de marcharse. Y duele decirlo. Escuece reconocerlo.

Fue nuestro profesor de semiología en la USB a comienzos de la década de los 80. Con esa experiencia de un año, la amistad se estrechó y nos hicimos familia por la vía del afecto y “porque tú no eres un poeta sifrino”.

Ese hombre llano, abierto e informal, era, no sólo miembro de la Academia de la Lengua de nuestro país, sino su magistral secretario. Fue alumno de Umberto Eco en Roma, profesor del Pedagógico de Caracas y de varias universidades, insigne conferencista, sabio del monte, aprendiz de malandrín a lo Lazarillo de Tormes, entre otros oficios donde el temple y la sabiduría mostraban sus dones.

Con el narrador Denzil Romero, su carnal, en ocasión del bautizo de una de sus novelas en la Ciudad Jardín, amanecimos borrachos y alucinados -de tanto Apure y Aragua de Barcelona juntos- en las puertas de una tasca de Las Delicias. Entonces, Manuel comenzó a hablar del sol, de tanto “astro prendido”. Horas antes, en el interior del bar, trataron de ubicarnos pegados de la bisectriz de una pared. El apureño, apuradito, dijo:

-¡No señor, a nosotros no nos arrincona nadie¡ Yo no sé tú, compadre Denzil.
-A mí tampoco-, pronunció el oriental.

Entre las carcajadas de los presentes, nos colocaron en una mesa sin rincón.

Sí, Manuel acaba de marcharse con sus libros, sus inteligentes salidas, su buen humor, su paciencia de buen maestro, su amistad infinita.

Vuelvo a la curva del río, al río material y filosófico. El tiempo retrocede: allá lejos vi su perfil de indio y negro –mezclados- frente a don Julio Garmendia, en la librería “El gusano de luz”, donde también pude acercarme, con timidez, a Oscar Sambrano Urdaneta, Alexis Márquez Rodríguez, Domingo Miliani, Néstor Tablante y Garrido, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, entre otros. Era otro país, otros los sueños.
Manuel Bermúdez dejó muchos artículos de prensa, ensayos que acaban de ser recogidos en libro por el Pedagógico de Caracas, su pedagógico. Entre sus publicaciones orgánicas están Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007).

Manuel acaba de tomar la canoa. Cruza los ríos de Heráclito: el Apure, el Portuguesa, el Tiznados, el Guárico. Todos los ríos que surcan la vida y la eternidad.

ALBERTO HERNÁNDEZ - Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Murió Manuel Bermúdez

Murió el destacado semiólogo, profesor y miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, Manuel Bermúdez. La noticia conmueve al país venezolano y a todos quienes fuimos sus amigos.

MANUEL BERMÚDEZ

por Eduardo CASANOVA

Hoy vi salir el sol con tristeza. A las cinco y media abrí el correo electrónico, y uno de los mensajes me llamó la atención. Era de mi muy querido amigo Alberto Hernández, poeta llanero radicado en Maracay, y el título era “El Negro Bermúdez”. El texto breve y conciso –llanero– decía “Hace rato se murió Manuel”, y la fecha y hora, martes 15 de diciembre a las 8:28 de la noche. De un golpe pasaron por mi mente casi cuarenta años de amistad. Nos conocimos en la que fue la última verdadera peña literaria de Caracas, “El Gusano de Luz”, la librería en la que oficiaban Freddy Cornejo y Néstor Tablante y Garrido, a donde me llevó a fines de 1970 Pedro Francisco Lizardo. Quedaba en un viejo edificio de La Candelaria, en la venida México, frente al Liceo Andrés Bello, y allí se reunían, especialmente los viernes, dos o tres generaciones de amantes de la literatura, desde Don Julio Garmendia hasta Roberto José Lovera De Sola, pasando por Augusto Germán Orihuela, Pedro Francisco Lizardo, Orlando Araujo, Alexis Márquez Rodríguez, Oscar Sambrano Urdaneta, Domingo Miliani y una veintena más, entre ellos yo, que estaba por cumplir treinta y un años y tenía una novela que estaba a punto de salir a la luz. Uno de los que más me llamó la atención entre todos fue Manuel, con su acento llanero, su picardía, su profundo conocimiento de la palabra y su genuina humildad que hacía parecer su erudición como lo más natural del mundo. De allí salió un sello editorial, “En la raya”, que entre otros publicó tres o cuatro años después mi tercer libro (“La región desapacible”) y amistades que han resistido el tiempo y el espacio. A Manuel me lo encontraría en los escenarios más diversos, invariable, simpático, llanerazo, amable y discreto, y sobre todo, buen amigo. Más de una vez me llamó la atención el que dijera una disertación académica y profunda con acento apureño rajado. Sabía que era de origen muy humilde, y que había frecuentado en su Apure natal medios que rozaban la delincuencia común, y de allí salió a convertirse en un profesional de la palabra, en semiólogo y académico, autor de varios libros, como Cecilio Acosta, un signo de su tiempo (1984), La ficción narrativa en radio y televisión (1984) y la Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (2007). Con el tiempo llegó a ser académico de la lengua, y no un simple académico, sino Secretario de la Academia, y entonces valía la pena oír sus convocatorias y sus lecturas de actas solemnes, dichas con su acento apureño intacto, incontaminado. Porque eso fue Manuel, un hombre puro, que no se dejó contaminar por la ciudad tentadora e indigna. Un hombre digno por sobre todas las cosas. Mucho tiempo dedicó a tratar de mejorar el lenguaje de la televisión, a instruir a quienes escribían telenovelas, a tratar de llenar por canales menos malos lo mucho de malo que hay en los medios masivos, y es algo que tarde o temprano el país entero tendrá que agradecer. Como agradecemos a la vida los que pudimos conocerlo y disfrutar su amistad. La amistad de un hombre ejemplar, cuya vida nos permite comprobar por qué fue tan importante el llanero en la formación de la patria verdadera, aunque hoy en día otro llanero, que es la antítesis de Manuel Bermúdez, trate de dañarla. En verdad, la patria de Manuel, de Alberto Hernández, de los Delgado Estévez, de Alexis Márquez, de Víctor Mazzei y de tanto llanero bueno que anda por los horizontes, no la puede dañar nadie



Manuelito

Óscar Reyes Matute


Nadie podría prever fácilmente un lingüista, un semiólogo, naciendo en La Laguna de Perro Seco, San Fernando de Apure. Pero allí nació Manuel Bermúdez. A muchos ha de haberles extrañado la jerga en que hablaba Manuelito siendo un miembro de la Academia de la Lengua: hablaba como un veguero, con acento nasal, y empleaba términos como “camarita”, “enjorquetado”, “atajaperro”. Puedo imaginar la sorpresa de sus colegas de las academias correspondientes en toda Hispanoamérica al oírle: un señor trigueño aindiado y narigón, de una erudición exquisita, que sonaba como un campesino que llega de ordeñar vacas a tomarse un cafecito antes de partir al sogueo, y que conversa afable con la cocinera.

Le conocí hace más de 20 años, cuando él era el semiólogo de las telenovelas de RCTV. Iba a visitarlo de Bárcenas a Ríos, y no se crea que nuestras charlas versaban sobre Saussure o Eco: nada que ver, nos interesaba el tema de si el lenguaje que aprendimos de nuestros mayores –el castellano que se habla en el llano- era un barbarismo que debía corregirse o algo más. Yo padecí en carne propia este dilema, pues cuando llegué de Guárico a Maracay, tuve que cambiar el acento en la escuela, para no parecer un campesino bruto e inculto. Manuelito me sacó de ese error, de ese complejo: las charlas en el sopor de las tardes de su oficinita en RCTV me sirvieron para aprender que el castellano que se hablaba en el llano –se está perdiendo por la modelación que ejercen de los medios de comunicación- era similar al del Siglo de Oro de España: yo diría –y espero que Manuelito me escuche y me corrija doquiera que esté- que es como un ladino congelado. Yo lo vide, yo aguaité, vale… Es Cervantes, así de simple, traído en las carabelas, desperdigado por la ardiente planicie y congelado en Calabozo, la Atenas del llano, o en La Laguna de Perro Seco, San Fernando de Apure.

Claro que este tema se asoma en Antonia Palacios o en Teresa de La Parra. Pero estas distinguidas damas no lo encarnaron como Manuel, ni lo transmitían con su jerga: ellas no lo hablaban sino que lo señalaban en algún personaje literario, mientras que Manuel nunca quiso corregirlo, y lo hablaba con orgullo ante gente como García Márquez o Lázaro Carreter.

Esa honestidad no fue fácil, mucho sufrió el eminente semiólogo, pues de todos lados lo despedían: de RCTV, del Pedagógico, de la Universidad, y se fue del Secretariado de la Academia antes de que lo siguieran molestando. La última vez que hablé con él, le conté que también me habían botado de todos lados, de la UCAB, de UNT, y pare de contar. “Chico, es que la gente como uno termina siendo incómoda…” Incómoda… creo que ese adjetivo resume la sensación de vergüenza que su honesta manera de ser generaba en los lameculos de la cultura venezolana: mira que andar por la vida así, sin miedo a ser lo que uno es, sin disfrazarse de refinado, así de salvaje, y así de talentoso. Creo que un verso de Arvelo Torrealba lo resume, nos resume: “El coplero solitario / vive su grave altivez / de ir caminando el erial / como quien pisa vergel.”

Los exégetas (talmidim) de El Zohar, desconocen la noción del alma individual, del ego, en su versión helénico-cartesiana: soy único, una res pensante, y la percepción de que estoy pensando es la que me da la seguridad de la existencia. Si no pienso, si no me pienso, si no me siento único, no existo. Pero para los talmidim del libro del Zohar, el alma no es otra cosa que fragmentos de luz del Creador que caen en el mundo, y visten un cuerpo que nace. Durante una vida, muchas otras almas o fragmentos de almas pueden caer y re-vestir ese cuerpo, pegarse de él, cambiarle, elevarle, y eso es lo que entienden como reencarnación en vida. Así, durante tu vida, pueden venir fragmentos de la luz de Cervantes, Góngora, Andrés Bello, a vestir tu magro y finito cuerpo: y entonces te elevas, sin dejar de ser tú mismo, pero participando de esa alma colectiva que solemos llamar Humanidad. Eso pasa cuando leemos, cuando nos influencia un autor, cuando nos cambia la forma de hablar, de escribir, de pensar, cuando nos hacemos un poco como él o ella. Vas cambiando desde tu primer párrafo del abecedario una vez que lees La Ilíada, Don Quijote, Ulises, Cien Años de Soledad, Las ruinas circulares… y todas esas luces se quedan en ti, y te hacen ser el que ahora eres, en la madurez y cénit de tu vida.
Es una forma de decir que el alma, la luz de Manuel Bermúdez, influenció, vistió, el alma de este modesto filósofo llanero, y que ese fue uno de los grandes dones de mi vida como amante de mi lengua madre. Ahora que su alma ha abandonado su cuerpo, quiero, deseo, que siga influenciándome, vistiéndome, iluminándome, como cuando lo visitaba en su oficinita, en las lentas tardes de sus años en RCTV. Es el homenaje más sincero y sencillo que pueda darle al maestro que tanto admiré y que tanto quise.

oreyes10@gmail.com

martes, 15 de diciembre de 2009

Vladimir Sersa, el fotógrado







Acaba de salir publicado un libro que recoge en buena parte la obra de uno de nuestros mejores fotógrafos, Vladimir Sersa. Con tal motivo publicamos la entrevista que le fuera hecha por Tomás Rodríguez y Nany Goncalvez, así como una síntesis de su currículum profesional.


Entrevista a Vladimir Sersa.

-¿Cómo te empezaste a relacionar con la fotografía? ¿Cómo te interesaste por ella?

Realmente fue a través de unos amigos que tenía, entrando a la Universidad Central de Venezuela a estudiar Química alrededor de 1965. Tenía unos amigos con los que siempre salía. Ellos iban los fines de semana a tomar fotos a los parques, a los museos. Así fue que me interesé, empecé a hacer fotografías junto a ellos. En las casa había una camarita parecida a una Rolleiflex, pero 4x4cm. y empecé a tomar fotos con ella… Después reuní un dinero y compré mi primera cámara 35 mm, una Canon.

-¿En tu infancia tuviste alguna relación con la fotografía?

Nada más allá de las fotos familiares o de las revistas que a veces se compraban en casa, como National Geographic, entre otras, que eran como una manera de descubrir el mundo.

-¿Ya desde el principio tenías una idea acerca de la fotografía?

No, hacía fotos de lo que me llamaba la atención: edificaciones, gente, los parques, sobre todo los niños.

¿Cómo comenzó tu relación con la fotografía a un nivel más profesional?

Las primeras relaciones fueron con Juan Santana y Donald Mayerston. Ellos tenían un laboratorio en El nuevo grupo y hacían sobretodo fotografías de teatro. No recuerdo cómo los conocí, pero fueron ellos los que me enseñaron cómo se revelaba y copiaba. La gente en ese entonces no te quería contar cómo se hacían esas cosas, guardaban el secreto o te decían muy poco sobre esto. En cambio ellos me explicaron todo: metes aquí el rollo, pones este químico, esperas tanto tiempo, etc. También me enseñaron a copiar y a trabajar en las copias.

-¿Y ellos hacían fotografías de teatro y danza, lo que imagino te acercó a ese género?

Sí, claro. Ellos estaban ahí porque también eran fundadores de El nuevo grupo, pero Juan Santana también era el fotógrafo del Instituto de Cultura (Inciba) y cubría todos los eventos culturales. Después, con el tiempo, se dedicaron a hacer cine.

-¿Recuerdas los primeros libros de fotografía que viste? ¿Cuáles fueron las primeras fotografías sobre las cuáles pensaste “esto es excepcional”?

Fui descubriendo poco a poco el mundo de la fotografía. Ayudó mucho la existencia de La Fototeca, donde a veces uno tenía la posibilidad de ver exposiciones de fotografía. También en las librerías se conseguían algunas cosas.
Recuerdo especialmente el trabajo de William Eugène Smith o el del grupo Concern Photography, que tanto se preocupaban por el rasgo humano y la denuncia y eso tenía mucho que ver conmigo. Salía a la calle a hacer fotos y siempre me preocupaba mucho el asunto de la desigualdad social, o de los indigentes y mendigos, los niños de la calle, lo abandonada que estaba la arquitectura de la ciudad. ( Atget, Hine, Riis, Steichen, Weston, Koudelka, Alvarez Bravo, Cartier- Bresson y los pioneros Daguerrotipistas y Fox- Talbot )

-¿Y los movimientos políticos de esa época te influenciaron, porque en los sesenta y setenta había mucha actividad política?

Sí, yo participé bastante en las marchas estudiantiles universitarias, en la famosa toma de la Plaza Bolívar en 1972, que fue reprimida.

-¿Y toda esa propuesta fotográfica viene a relacionarse también con la propuesta de la Fototeca y del Consejo Venezolano de Fotografía? ¿O de la relación de Gasparini con el Consejo Mexicano de Fotografía y todo lo que se habló en esa época sobre fotografía de la realidad?

Bueno, la verdad nunca fui muy partidario de las discusiones teóricas. Más bien me interesaba hacer fotos, verlas, copiarlas y exhibirlas. En esa época no exhibía mucho, estaba muy inseguro. Finalmente envié al Premio de Fotografía Luis Felipe Toro, Conac y logré darle forma a algo. Vi que, realmente, lo que yo había tomado tenía un hilo conductor.

-O sea, después de muchos años de trabajo es que logras entender la coherencia de tu obra

Si, yo había expuesto pero siempre en conjunto, con El Grupo especialmente. Habíamos hecho “A gozar la realidad”, después el trabajo“Letreros que se ven” y participábamos todos de otras exposiciones colectivas que se hacían por ahí: el Coloquio de México, el de La Habana…

-¿Fuiste a alguno de éstos?


Al de México, no. Al primero que fui fue al de La Habana, que fue una experiencia importantísima. Era la primera vez que tenía contacto con tantos fotógrafos del mundo, especialmente latinoamericanos. Además, se me presentó la oportunidad de ir invitado como jurado seleccionador de ese encuentro, en 1984. También conocí a los grandes fotógrafos cubanos: Raúl Corrales, Korda, entre otros

-¿Cómo nació “El Grupo”?

Yo conocía a Luis Brito, quien en ese entonces aún no era fotógrafo, sino que estaba dedicado al cine. Yo le enseñé las pocas cosas que sabía de laboratorio y con el tiempo fueron apareciendo Ricardo Armas, Jorge Vall y Alexis Pérez Luna. Empezamos a reunirnos y nos percatamos de que teníamos miradas similares. De ahí nació el primer proyecto, que fue la exposición “A gozar la realidad”, que recorrió prácticamente toda Venezuela, en museos, alcaldías, Casas de cultura y otros centros comunitarios

-Fue una idea muy innovadora en su momento. Por un lado por la autogestión de proyectos y, por el otro, por las numerosas exposiciones itinerantes.

Sí, además, nosotros mismos la llevábamos. Nadie lo organizaba, ningún ministerio, sino nosotros mismos, que llegábamos a cualquier Casa de la cultura y preguntábamos si había posibilidad de hacer una exposición. Si nos decían que sí, montábamos las fotos un día antes y siempre había gente que se interesaba en la fotografía. Nos preguntaban sobre nuestro trabajo y uno se entusiasmaba. Por ejemplo, recuerdo que en San Fernando de Apure, el periodista nos comentó que era la segunda o tercera exposición de fotografía que se hacía ahí y nos emocionó mucho.

-¿Por qué crees que la gente siente esta afinidad con la fotografía?


Porque se les parece a la realidad y porque además transmite las emociones con mucha fuerza. Es una manera también para muchas personas de verse representados en la imagen.

-Y a partir de esa exposición surgieron otros proyectos con “El Grupo”, ustedes hacían viajes fotográficos por todo el país.

Sí, nos íbamos los fines de semana, o en los días feriados, en al carro de alguno, a algún punto del país a hacer fotografías. Nos íbamos a los pueblos, llegábamos a la plaza principal, al mercado, a la iglesia y al cementerio. Dábamos vueltas y fotografiábamos a la gente.

-¿Había un leitmotiv cuándo iban a un lugar o simplemente escogían un localidad porque les llamaba la atención?


No, no había un objetivo preciso. Simplemente se nos ocurría que algún lugar podría ser interesante. O, por ejemplo, si íbamos camino a Oriente, pasábamos por muchos pueblos en los que generalmente uno nunca se detiene y allí nos parábamos. Y lo mismo cuando íbamos a Occidente, a los Llanos. Era cuestión de detenerse en los pueblos, de explorar las carreteras y caminos.

-¿Piensas que de alguna manera la influencia de los fotógrafos norteamericanos que hicieron estos registros de los pueblos en los Estados Unidos tuvieron que ver con esa idea?

No, porque aquello fue organizado, había un dinero para eso. Lo de nosotros era espontáneo y uno mismo lo costeaba con los ingresos propios. Eso es lo que hubiéramos deseado que sucediera, que existiese un organismo que se ocupara de eso. Uno sólo quería documentar, ver la realidad del país y mostrarla tal cual la veía. Si eso hubiese llegado a una instancia superior, hubiese sido maravilloso.

-Del trabajo en conjunto salieron también trabajos individuales de mucha importancia, por ejemplo “Por aquella desolada patria”, con el que ganaste el Premio Luís Felipe Toro y que fue el que te permitió ver la coherencia de tu obra.


Sí, después de muchos años me di cuenta de que mis imágenes tenían algo que las unificaba; algo que era secuencial independientemente del pueblo donde habían sido tomadas o incluso si habían sido hechas en Caracas; había una relación en las imágenes.

-Pareciera que en “Por aquella desolada patria”, estabas buscando no sólo lo que estaba al margen de la capital, sino incluso lo que estaba al margen de esos mismos pueblos. Era periférico ya en lugares de por sí periféricos.

Si, una Venezuela totalmente rural. Dentro de cada pueblo hay cosas bonitas, elementos históricos atractivos y también entes como … desamparados. ¿?

-Hay mucha melancolía en ese trabajo, comenzando por el título, que ya remite a una idea de desconsuelo.

El título era lo que me decía toda esa cantidad de fotos que tenía. Y es un trabajo que podré hacer por siempre y tendrá como resultado las mismas imágenes.

-¿Por qué aún la patria sigue desolada, de alguna manera?


Por supuesto. Y yo siempre busco eso en todas partes. En Colombia, México, Eslovenia e incluso Italia, he encontrado cosas así. (Será que a nuestros gobernantes no les ha interesado mejorarla ¿)

-Es un trabajo que, por un lado, toca muchos rasgos de la cultura popular venezolana, especialmente en la arquitectura. Pero también destaca cómo lugares de importancia histórica en el país, han devenido en pueblos fantasmas. Pueblos como La Ceiba, Altagracia, San Sebastián de los Reyes; lugares que fueron importantes, en sólo un siglo se han destruido, y eso nos desconcierta.


Claro. Uno no quisiera que toda esa riqueza –esas construcciones que eran como palacios en el siglo XVIII o XIX- se pierdan y se conviertan en lo que son hoy en día: ruinas. Uno se imagina que debieron haberse transformado en museos; que los gobiernos y la gente los hubiese mantenido. O lo que pasa en Caracas, por ejemplo, que un edificio que tiene siglos, lo tumban sin consideración para hacer uno nuevo, más grande, más moderno y también más impersonal.

-Eso también lo denuncia tu trabajo en muchas ocasiones, como aquella fotografía de Parque Central, donde se ve una casa de los años cuarenta; un edificio de los sesenta y la gigantesca torre de Parque Central, ya de los ochenta. ¿Crees que en ese aspecto de denuncia tu fotografía y la de otros, funcionó?

Desafortunadamente, no. No llegó a dar en el clavo como para que algún organismo o institución se sintiera dolido. Quizás algunas personas, una parte de la sociedad, sí. También se debe a que nunca han existido demasiadas publicaciones de fotografía en el país, menos de fotografía de denuncia, y entonces no llega a la gente. Ahora se están rescatando cosas, restaurando. Pero es imposible rescatarlo todo cuando ya todo está casi derrumbado.

-¿Crees que la fotografía de denuncia en sí ha hecho alguna transformación en nuestra sociedad, ha desempeñado algún rol?

No, los fotógrafos quisimos que sí fuese así, era nuestro sueño. Pero lamentablemente no llegó a suceder.

-En tu generación esa fotografía llegó a ocupar un lugar importante, y si bien no cambió la sociedad llegó a significar un inventario de los problemas de la venezolanidad y, quizás hoy en día, cuando los revisamos, nos hacen ver en perspectiva la evolución del país

Evolución por una parte e involución, por otra. Muchas cosas no se solucionaron o están peor.

-¿Cambiando de tema, recuerdas tus primeras fotografías, las que te impresionaron y ante las que sentiste que habías alcanzado un cierto nivel?

No, nunca me he sentido demasiado seguro de mí mismo. Por supuesto, habían fotos que me gustaban mucho, pero sabía que podía hacer otras mejores y las hacía, trabajaba más en las tomas y las composiciones. Y otra vez sentía que podía hacer algo mejor. Al principio incluso recortaba los negativos y dejaba algo significativo, ahora trabajo a negativo completo, porque he ido logrando hacer mejor las cosas.

-¿Y cómo es tu proceso creativo? ¿Cómo trabajas?

Generalmente es sólo salir a la calle. Otras veces no, tengo uno tiene una idea específica y voy a hacerla, como cuando íbamos a hacer fotos a las galleras, o a un lugar particular en un pueblo. Pero tengas un fin o no, es el “ojo” quien te lleva a buscar lo bueno y lo malo de una situación, lo que te interesa fotografiar. A veces incluso vas a hacer algo específico y resulta que hay otras mil cosas que también interesan y simplemente el trabajo se ramifica.

-¿Te ocurre que con la revisión posterior de tu trabajo logras hacer conjuntos importantes de imágenes? ¿Revisas mucho tu archivo?

Si, sobre todo últimamente he estado revisando mucho el archivo y copiando cosas que nunca había copiado. Esto me ha permitido estructurar otro tipo de discursos en el tiempo.

-¿Cómo sientes tu obra en el contexto de la fotografía venezolana actual?

En este momento la siento un poco relegada, porque yo sigo fiel a la fotografía documental y ahora lo que mayormente se hace es fotografía intervenida, digital o conceptual; así que es muy escasa la cabida para el tipo de imágenes que hago. Son muy pocos los eventos donde puedo participar. Incluso la mayoría de los concursos y exposiciones ya están dirigidos a otro orden de creatividad.

-¿Y qué opinas de estas nuevas tendencias de la fotografía?

Como en todo, hay algunas cosas que me gustan muchísimo y otras no. Pero no me interesan demasiado las manipulaciones digitales y ese tipo de trabajos. También sé que este nuevo tipo de fotografías tienen un papel en la sociedad de este momento. Son formas de expresión y no un registro visual de algo que está sucediendo. Tienen que ver más con pensamientos e ideas, con ciertas motivaciones de la gente.

-Siento que tu trabajo tiene una base poética, en cuanto a que la imagen formal nos refiere a las emociones. ¿Sientes tú también esa poesía en tu obra, más allá de su función como documento?

Si, yo sé que no es sólo un documento. Hay una búsqueda, una necesidad de decir algo, incluso a la hora del trabajo de laboratorio. Yo busco la manera de resaltar algo, las emociones, los detalles, sentimientos; todo lo que se quiere decir. Porque yo siento una emoción a la hora de hacer una foto y quiero transmitírsela a la gente, al que va a ver esa imagen. Y causa mucha alegría cuando se comprueba que eso se ha logrado.

Hay muchos sentimientos, no sólo la melancolía de la que hablábamos antes, a la hora de hacer una de mis fotografías. A veces hay agresividad, a veces humor, sobre todo negro. Son sensaciones que forman la personalidad y uno encuentra imágenes que responden a ellas y quieres que la gente sienta eso también cuando las ve.

-¿Y crees que tus fotografía, en ese sentido emocional, ha cumplido un mejor papel que en el caso de la denuncia?

Si. La verdad siempre me he sentido complacido con lo que la gente dice de mis fotografías. Sobre mi obra no se ha escrito casi nada, pero lo que me dice la gente me hace sentir que, al menos emocionalmente, mis fotografías han llegado; que la gente rescata lo poético en ellas. Y eso es algo que siempre me alegra mucho: poder transmitir un mensaje con mis fotografías. Eso compensa mucho el que la denuncia como tal no haya funcionado. La gente ve en mis fotos una ruina y quizás no se preocupa demasiado por el aspecto social de eso, pero más allá, ve la belleza que hay en ella.

Has invertido tiempo también en otros aspectos de la fotografía: en la conservación e investigación, hiciste copias de fotografías históricas tan importantes como la de Pal Rosti ¿Qué es lo que te ha llevado a interesarte en estos otros aspectos de la fotografía?

Al principio era porque me llamaban para hacer trabajos de reproducciones de fotografías de un archivo de negativos que después pasó a la Biblioteca Nacional y, a partir de allí, surgió un extenso proyecto de investigación, que desarrollaría Josune Dorronsoro y en el cual participé y que fue el primer trabajo de investigación serio que se hizo sobre la fotografía venezolana. Por supuesto, eso implicaba conocer de conservación, hacer las copias, etc.

-¿Y eso cómo influyó en tu obra personal? ¿Cambió tu manera de concebir las exposiciones o te hizo pensar en la importancia que tenía la fotografía para el futuro?

Sí, sobre todo eso, pensar en la importancia que tiene la fotografía para el futuro. Las imágenes del pasado nos dicen algo: lo que hay en ellas, la calidad, sus dedicatorias, nos hablan de un momento de la historia. Hay imágenes que tienen cien años y se siguen conservando, otras se han perdido y es una lástima.

Recuerdo una investigación que hicimos en el Estado Lara, pues había aparecido un daguerrotipo. La persona que lo tenía, creyendo que lo limpiaría, borró la imagen y lo único que se pudo rescatar fue la firma del daguerrotipista, que estaba grabada con un punzón.

La conservación de la fotografía era un área prácticamente desconocida aquí. Con el tiempo vinieron unos conservadores norteamericanos y dieron un curso en el Centro Venezolano Americano, donde traté de absorber todo el conocimiento, como una esponja. A raíz de eso me contrataron en la Biblioteca Nacional para trabajar en esa área e inclusive visité varios centros en Estados Unidos y Canadá y traté de hacer cosas aquí, pero no fue fácil.

En fin, eso me llevó a pensar que los fotógrafos a veces hacemos fotografías que consideramos banales pero que, con el paso del tiempo, cobran importancia, porque son el reflejo de una época, de lo que sucedía en determinado momento de la historia. Hasta nos habla del proceso fotográfico que se utilizaba. Conocer de conservación también me ha llevado a ser más cuidadoso con mi trabajo, con el revelado y el copiado.

-¿Además de tu trabajo de imágenes del país, su arquitectura y su gente, también tienes un trabajo importante de retratos de personalidades de la cultura?

Sí, siempre me ha gustado hacerle retratos a este tipo de gente y he tenido la oportunidad de hacer para algunos catálogos y publicaciones retratos de escritores, poetas, pintores y artistas en general.

-¿Qué piensas del retrato?


Me gusta mucho. A través de él puedes mostrar parte de la personalidad del retratado.

-¿Y cómo crees que debe ser la actitud del fotógrafo frente a los retratos, no sólo retratos formales, sino también en la calle?

La mayor parte de las veces trato de pasar desapercibido, de que no me vean, para que la gente se muestre desinhibida en las fotos, se muestre tal y como es. Si me está viendo tomar la foto, entonces cambia la pose, la actitud; quiere tener una imagen para la foto y prefiero las poses espontáneas. La presencia del fotógrafo influye, porque es un momento donde la gente tiene conciencia del poder de la fotografía.

En este sentido yo tengo experiencias muy bonitas, especialmente cuando salía a hacer fotos con Sebastián Garrido. El tenía una especie de magia para la gente, le pedían que les hiciera fotos. Así que también creo que la reacción depende de la empatía de la gente con el fotógrafo. Me ha pasado que, tras un rato de estar fotografiando a alguien, se establece una relación intima entre él y yo.

-Cambiando de tema. ¿Qué fotógrafos venezolanos o extranjeros te han influenciado a lo largo del tiempo, porque las influencias también van variando?

Yo siempre me he preguntado eso, porque nunca he pensado en imitar a alguien. Yo tengo mi forma de hacer las cosas, que al principio era muy poco flexible y con los años ha ido cambiando. No sé quiénes exactamente podrían ser mis influencias. Inconscientemente imagino que uno las tiene, porque ha visto muchísimas fotografías, no sólo de extranjeros, sino también de fotógrafos venezolanos, especialmente de los más cercanos a mi. Por ejemplo, Alexis Pérez Luna, Jorge Vall o Luis Brito están ahí, porque he visto mucho de su trabajo e inconscientemente eso queda grabado.
Por supuesto, cada uno tenía su manera particular de ver las cosas y era una de las virtudes de “El Grupo”, que cada uno tenía su propia personalidad.

-Y eso es algo que pareciera hacerle mucha falta a la fotografía, la personalidad y era una de las cosas maravillosas de “El grupo”, que en él había cinco personalidades y puedes ir a una exposición y sin ver el nombre, reconocer inmediatamente a quien pertenece cada pieza.

Eso también se debe a que, antes de unirnos, ya cada uno tenía una experiencia –por más pequeña que fuera- como fotógrafo, había una madurez y ya se tenía una cierta visión desarrollada. Y a la hora de reunirnos ya teníamos más o menos el mismo trayecto recorrido y una visión propia; así que nadie imitaba a nadie. La empatía fue más bien positiva.

-¿Y por qué se disolvió “El Grupo”?

Al final los que quedamos fuimos Alexis, Sebastián y yo, trabajando y haciendo cosas. Pero como en todo proceso natural de crecimiento, hubo divergencias en cierto momento y consideramos que era mejor separarnos.

- “Letreros que se ven” fue un libro importante para ustedes como colectivo. De alguna manera era un estudio sociológico de la ciudad.

Sí, así fue. Y hasta nos sentimos tentados a reeditarlo, pero ya nos estábamos disolviendo. Fue importante porque también era una nueva visión de la fotografía, hasta entonces no se había hecho algo así en Venezuela.

-Y tenía mucho que ver con el pensamiento de las vanguardias contemporáneas a través de las apropiaciones y las relaciones con la cultura popular.

Claro, y eso se convertía en un estudio sociológico y antropológico de la manera en como la gente se expresaba en esta ciudad a través de lo escrito, ya sea en letreros o graffitis. Muchas veces había errores de ortografía, cosas muy creativas, sentencias políticas, anuncios. Había de todo. Había letreros también de mucha pureza.

-¿Crees que parte del poder de la fotografía es que al descontextualizar las cosas de su entorno usual les da un nuevo valor?

Efectivamente, eso es lo que pasaba con los letreros. Estaban ahí todo el tiempo y nadie se fijaba en ellos, pero una vez que estaban en una fotografía o en el papel, estabas obligado a mirarlos y cobraban otra dimensión. Te dabas cuenta de que existían. Era bueno sacarlos de su contexto. Revelaban cosas del sentir popular y la gente no se fijaba en eso cuando los veía en la calle.

-A mi me atrae mucho la capacidad que tiene la fotografía para sorprendernos, para darnos un traspiés y que reaccionemos. Y hay muchas de tus imágenes de las que se puede decir eso. Es una obra que habla mucho de las emociones de Venezuela, porque tu obra es casi toda venezolana, a pesar de que viajaste mucho.

Por supuesto, fotografías que me gustan he hecho en muchas partes. Pero a través de la obra realizada aquí, está reflejada la manera de ser del venezolano, no sé si retratada exactamente, pero al menos reflejada. Y eso es importante, hablar del lugar donde uno vive y está.

-¿Y que es lo que consideras más relevante de lo que en tu obra muestras de Venezuela? Viéndolo ahora en retrospectiva ¿qué crees que dijiste sobre el país?

Es difícil generalizar. Están todos los aspectos de los que hemos hablado antes: el humor, la melancolía. Está también lo que tiene que ver con la bondad del venezolano, con su manera de compenetrarse con el otro, con su familia, vecinos, entorno. Pero también está la parte negativa del país: la desidia, el abandono. Está eso que es tan venezolano que es reírnos de nuestras propias desgracias.

- ¿Puede uno realmente decir que hay una manera de hacer fotografía a la venezolana?

No lo sé, no sabría cómo definirla. Quizás siento que hay algo que unifica más a la fotografía latinoamericana –como a la norteamericana o la europea-, que a la venezolana. Hay una forma de ver del latinoamericano. Pero la fotografía venezolana tiene fragmentaciones, o es muy abierta a las nuevas tendencias o las influencias del exterior. Tenemos mezcla de ideas.

-¿Y qué piensas de la fotografía venezolana actual?

Hay cosas muy buenas, me alegra que haya crecido y evolucionado tanto que simplemente esté al nivel de la mejor fotografía europea o latinoamericana. Además hay muchos caminos, mucha diversificación, no una sola manera de hacer fotografía, como era por ejemplo, en los setenta.

-¿ Y cómo ves esta nueva relación que hay entre la fotografía y los artistas plásticos, porque la fotografía es cada vez una herramienta que está siendo utilizada por los artistas plásticos? ¿Crees que eso beneficia a la fotografía?

Por supuesto, porque es una nueva manera de asimilar la fotografía y de redimensionarla como lenguaje. Y muchos fotógrafos se han dado cuenta de que no sólo los pintores o escultores, sino también ellos pueden utilizar la fotografía como una herramienta relacionada con la plástica. Y también ha permitido que distintas expresiones artísticas se unan; ya no es solamente pintura en sí, o fotografía en sí; es más difícil separar las fronteras. Y eso también es una nueva manera de concebir el arte.

-¿No crees que eso ha permitido que la fotografía se revalorice? Me explico: hasta cierto momento la fotografía estuvo marginada respecto a las otras artes y ahora se ha puesto al mismo nivel, no sólo la fotografía plástica, sino la documental. Nombres como el de Sebastiao Salgado o el de Henri Cartier-Bresson han cobrado una importancia increíble.


Es cierto y sobre todo me alegra por la fotografía documental, que finalmente se le haya reconocido el lugar que tiene dentro de la historia y que el público se haya acostumbrado a ella. En Venezuela quizás ha pasado en un menor grado, no porque no haya un público para la fotografía, sino porque no hay un mercado y eso ha entorpecido un poco el desarrollo de esta disciplina.

Los fotógrafos hacen el esfuerzo de copiar sus fotos, comprar marcos, etc. y lo que recibe por eso no cubre ni la mitad de lo que gastó.

-Pienso que a veces a los fotógrafos venezolanos les ha faltado agresividad para abrirse puertas y encontrar nichos. “El Grupo” fue una excepción, era de armas tomar, iba y hacía la exposición por su cuenta, pero es algo que no ha sido frecuente. Quizás hubiese sido necesaria más combatividad.


Eso depende en muchos casos de la capacidad que tenga el fotógrafo para hacer relaciones públicas. Para mí es muy difícil llegar a un lugar y decir “tengo este proyecto, fináncienmelo”. Mi naturaleza no está hecha para eso, no soy capaz de hacer ese tipo de cosas. Lo ideal sería que los fotógrafos tuviesen a alguien que se encargara de esos asuntos, y de promoverlos, buscar los caminos, ahora que hay una mayor apertura de los medios y las instituciones hacia la fotografía. Antes no las había, publicar un libro era una odisea, aún más que ahora.

-Por otra parte, tú has sido organizador de importantes eventos, como la II Jornada de Fotografía en Mérida o del Encuentro Iberoamericano de Fotografía, que tuvieron una repercusión importantísima en el país. ¿Cómo fue la experiencia?


Fue una experiencia importante, parecida a cuando llegué a La Habana y encontré a tantos fotógrafos reunidos. Es parecido recibir gente aquí, que traigan su obra. Y es más o menos lo que pasó en Mérida, a menor escala. Pero lo negativo es que esas iniciativas quedaron ahí. Han pasado trece años del Encuentro latinoamericano de Caracas y más nunca se han hecho eventos de ese tipo en el país; así que se disuelven en el tiempo. Tampoco ha seguido pasando mucho en otros países de América Latina. Y es importante que suceda, porque se dan a conocer muchos trabajos y tiene repercusiones en investigadores y fotógrafos. Está el ejemplo de los Fotoseptiembre en México, donde todos los pueblos del país se llenos de exposiciones, hasta en los pasillos del metro las hay. Hacen un excelente catálogo, además y eso amplía la cultura fotográfica de la gente.

-¿Qué podrías decirle a los jóvenes fotógrafos venezolanos? ¿Qué consejo les darías?


Bueno, tampoco soy tan sabio como para estar dando consejos. Lo importante es que vean mucha fotografía y que fotografíen mucho lo que les guste o atraiga. Que vayan educando su ojo y su sentimiento hacia las cosas que les interesan; es la manera de encontrar el camino.

-¿Crees que hay una deuda de los fotógrafos venezolanos hacia Venezuela? ¿Algo que falte por hacer?

Más que un tema, de lo que Venezuela ha estado carente siempre es de publicaciones, de medios de difusión de la fotografía, donde los fotógrafos puedan mostrar sus cosas. Hay temas que no se han profundizado: el mundo trasvesti de Caracas, el underground de la ciudad, las drogas, por ejemplo. Aquí hay mucha aprehensión hacia eso. Nadie quiere ver eso aunque esté frente a sus ojos. Los temas populares se han tocado mucho, pero el mundo urbano se han dejado un poco de lado.

-Tu tienes muchos libros y mucha música ¿Crees que es importante para el fotógrafo la relación con otras artes?

Sí, claro. El fotógrafo debe ser un ser completo. Incluso para hacer un tema en la fotografía, se hace necesario investigar sobre eso. Además, como ser humano te hace ver el mundo más ampliamente, te permite tener ideas más ricas y eso te convierte en un mejor fotógrafo.


Currículum Vitae

EXPOSICIONES INDIVIDUALES

1990 «Por Aquella Desolada Patria», 9° Premio Luis Felipe Toro, CONAC 1989,Museo Bellas Artes, Caracas
«Por Aquella Desolada Patria» Salón de Invitados, Premio “Casa de Las Américas” La Habana, Cuba

1991 «Fotografías Vladimir Sersa», Museo Jesús Soto, Ciudad Bolívar

1992 «Por Aquella Desolada Patria», Galería Mandril, Mérida

1993 «Por Aquella Desolada Patria», Galería Municipal de Arte de Maracay

1994 «Por Aquella Desolada Patria», Centro de Bellas Artes, Maracaibo

1995 «Por Aquella Desolada Patria», Galería Exedra, Quito, Ecuador
«Inter-Nos» Galería Universitaria de Arte, UCV, Caracas

1998 «Por Aquella Desolada Patria», Sala Exposiciones LEK, Liubliana, Slovenia
«Caracas» Kud Sestava, Liubliana, Slovenia

2002 «Muros y Territorios sin Tiempo», Museo Arturo Michelena, Caracas

2004 Paisajes , Hotel Paseo Las Mercedes, Caracas

EXPOSICIONES COLECTIVAS

1976/77 «A Gozar la Realidad» El Grupo, itinerante por Venezuela

1977 Colectiva “El Grupo”, Librería Cruz del Sur, Caracas

1978 Salón de Fotografías de Bellas Artes, Maracaibo
«Hecho en Venezuela», Museo Arte Contemporáneo Caracas. Itinerante en Alemania 1979-80

1979 «El Niño y La Estructura» Concurso Internacional, Galería G, AVC Caracas
«Octubre Libre» Consejo Venezolano de Fotografía, Caracas
«Letreros que se Ven» El Grupo, Galería La Trinchera, Caracas

1980 «Así es Caracas» Museo de Arte Contemporáneo, Caracas
«Letreros que se ven» Galería Colseguros, Bogotá. Itinerante en Cali, Medellín y Barranquilla 1981/82

1982 «Hecho en Latinoamérica 2» Consejo Mexicano de Fotografía, México
1ª Muestra de Fotografía Contemporánea en Venezuela, Museo Bellas Artes

1983 «El Bolívar nuestro de cada día» AVEF, CANTV, Itinerante
«Nos Américas», Galería Venezuela, Nueva York

1984 «El Riesgo», Galería Los Espacios Cálidos, Ateneo de Caracas
«Hecho en Latinoamérica 3» 3° Coloquio Latinoamericano de Fotografía, Museo Bellas Artes, La Habana, Cuba

1985 «Una Cierta Mirada”»Galería La Otra Banda, Mérida San Cristóbal, Puerto Ordaz, Sala Interalúmina 86
«Venezuela, 40 años de Fotografía Artística», Museo de Arte Contemporáneo de Sao Paulo; 1° Simposio de la Fotografía, Universidad Simón Bolívar 1986, Quito, Ecuador; Québec, Canadá

1987 «Pavana para una Negra Difunta» Sala La Fotografía, Ateneo de Caracas
«Salón Nacional de Fotografía Caracas» Fundarte, Museo La Rinconada, Caracas
«Visión Tangente de Venezuela», Québec, Canadá
1er Festival Internacional de Fotografía Actual, Montreal, Canadá
1989 3ª Bienal de La Habana, Museo Bellas Artes, Cuba

1990 10ª Exposición Fotografía Documental, Biblioteca Nacional, Caracas
«Veinte años tratando de Ver» Galería Viva México, Caracas; Teatro de la Ópera, Maracay; Facultad de Agronomía, UCV; Alcaldía Los Salias, San Antonio de los Altos
«Tres Fotógrafos de Hoy» 9° Premio Luis Felipe Toro, CONAC 1989, Museo Bellas Artes, Caracas
«The Speed of the Soul», Art Institute of Boston, EUA
«A los Veinte Años», Galería Viva México, Caracas
«Leopold Godowsky Jr», Color Photo Awards, Boston

1991 «En La Habana», Galería América, Caracas
«Artistas vistos por Artistas», Sala CANTV, Caracas

1992 «De Natura», Galería Universitaria de Arte, UCV, Caracas
«Plural», Alianza Francesa, Caracas

1993 «Parapara y Ortiz» Alianza Francesa, Caracas
«Fotografías» Galería 125, Caracas
3ª Bienal de Artes Visuales «Christian Dior», Centro Cultural Consolidado, Caracas
«El País de Garrido, Pérez - Luna y Sersa», Galería Altxerri, San Sebastián, España
«Rostros, Risas y Sonrisas», Espacios Unión, Caracas
«Fotos», Galería Sólido, Caracas
«San Sebastián de los Reyes», Sala Gobernación DF, Caracas
1ª Bienal Nacional de Fotografía, Galería Municipal de Arte, Maracay
7mo Salón Nacional de Fotografía, Fundarte, Museo Sacro

1994 «La Desnudez del Papel», Museo Bellas Artes, Caracas
«Rostros del Valle», Museo Sacro, Caracas

1995 «El País de Garrido, Pérez-Luna y Sersa», Sala La Fotografía, Ateneo de Caracas
«Caracas Retratada», Fundarte, Museo Jacobo Borges, Caracas

1996 «San Sebastián de los Reyes» Galería América, Caracas
«Cara y Sello para Papel», Museo Bellas Artes, Caracas
«Atmósferas Urbanas», Espacios Unión, Caracas
54° Salón AV Arturo Michelena, Ateneo de Valencia
«El País de Garrido, Pérez-Luna y Sersa», Embajada de Venezuela, 5° Coloquio Latinoamericano de Fotografía, México, DF

1997 «San Sebastián de los Reyes», Museos de Mérida y Tovar
13ª Bienal Internacional Humor en el Arte, Gabrovo, Bulgaria
«Real Maravilloso», Cantieri Culturalli Ex Macelli, Prato y Milano, Italia

1998 «El Hecho Fotográfico en Venezuela 1847-1997», Galería de Arte Nacional, Caracas
1ª Bienal Internacional de Fotografía de Puerto Rico, Universidad Interamericana de Puerto Rico

2002 < Fría Cabaret> Sala NG , Celarg . Caracas.

2003 «Fotociudad», Medellín, Colombia
«Visiones de país. Fotógrafos Venezolanos», Galería Municipal de Arte Maracay

2004 La mirada de un artista , Universidad Nacional Abierta. Caracas

2006 Se hace camino al andar. Museo Bellas Artes. Caracas.
1ª Bienal Fotografía de Caracas, Museo Alejandro Otero. Caracas.

2007 Un mundo, varios puntos de vista, encuentro con fotógrafos notables.
Museo Alejandro Otero. Caracas.
Cien Imágenes de Plata y de Memorias. Fund.Amos, centro histórico Petare.

RECONOCIMIENTOS

1979 «El Niño y la Estructura» (Compartido)
1989 «Luis Felipe Toro» 3° Premio
1999 «Eslovenos por el Mundo» 1° Premio B/N Liubliana, Slovenia

FOTOS EN COLECCIONES

Ateneo de Valencia, Biblioteca Nacional, Casa de las Américas Cuba, Colección Ignacio Oberto, Museo Bellas Artes, Museo Arturo Michelena.

Libro en Australia

Caminero-Santangelo, M and R.C.Boland Osegueda. Trujillo, Trauma,Testimony: Mario Vargas Llosa, Julia Alvarez, Edwidge Danticat, Junot Díaz and other writers on Hispaniola. Sydney/Madrid: Antípodas. ISBN: 978-84-86858-10-0 pages/páginas 262. US$40

Orders and Information/Pedidos e información:
Antípodas, PO Box 93, Jannali, NSW, 2226, Australia
editor@antipodas.com.au

For other publications by Antípodas, please visit our website: www.antipodas.com.au

In this volume sixteen scholars from the USA, the Caribbean, Latin America, Europe and Australia study some of the most significant narratives of trauma and testimonial novels about Rafael Leonidas Trujillo’s 31 years as dictator of the Dominican Republic. Combining theoretical insight with illuminating textual analysis, the articles demonstrate how writers as diverse as Mario Vargas Llosa, Julia Alvarez, Edwidge Danticat, Junot Díaz, Freddy Prestol Castillo, Nelly Rosario, Angie Cruz and Pedro Vergés use the “lies” of fiction to reveal fundamental “truths” about freedom, human dignity and individual sovereignty.

CONTENTS

Introduction – Moving Stories: Trauma and the Migrating Trujillo Narrative
Marta Caminero-Santangelo – At the Intersection of Trauma and Testimonio: Edwidge Danticat’s The Farming of Bones
Pamela J. Rader – What the River Knows: Productive Silences in Edwidge Danticat’s The Farming of Bones and “1937”
Stephanie Scurto – The Language of Labour – the Labour of Language: Edwidge Danticat’s “Work” in The Farming of Bones
Ana Gallego Cuiñas – La novela trujillista: la ficción al servicio del poder
Ignacio López-Calvo – A Postmodern Plátano’s Trujillo: Junot Díaz’s The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, more Macondo than McOndo
Daynalí Flores-Rodríguez – Addressing the Fukú In Us: Junot Díaz and the New Novel of Dictatorship
Sandra Cox – The Trujillato and Testimonial Fiction: Collective Memory, Cultural Trauma and National Identity in Edwidge Danticat’s The Farming of Bones and Junot Díaz’s The Brief Wondrous Life of Oscar Wao
Emily Robbins – Uncovering the Silent Crypts: Memory, Trauma and Testimony in Julia Alvarez’s In the Time of the Butterflies
Jessica Wells Cantiello – “Tell us!”: Before We Were Free and Julia Alvarez’s Testimonial Cycle
Trenton Hickman – The Trujillato as Desideratum in Dominican-American Fiction
Nereida Segura-Rico – Witnessing History: Metatestimonio in Literary Representations of the Trujillo Dictatorship
Marion Rohrleitner – Looming Prairies and Blooming Orchids:The Politics of Sex and Race in Nelly Rosario’s Song of the Water Saints
Lindsay Puente – Voicing the Nation: El Masacre se pasa a pie
Shelly Jarrett Bromberg – Reconstructing Identity in the Wake of Trujillo:
Pedro Vergés’ Sólo cenizas hallarás
Ylce Irizarry – When Art Remembers: Museum Exhibits as Testimonio del Trujillato
Roy C. Boland Osegueda – Urania Cabral y el testimonio de una mujer traumatizada en La fiesta del chivo

viernes, 11 de diciembre de 2009

Nuevo poemas de Olimpa Bracho (Carora, Venezuela)





MIGAJAS DE SILENCIO


Ahora soy mendiga
con las alforjas llenas de silencio
tú retienes la luz entre tus dedos
y camino esa calle de amaneceres traslúcidos
despertando el sol
con lágrimas desteñidas
mientras se alejan mis pasos desterrados

He recogido las sobras de tus manos
una nube teje su pálido arrebol
para besar el rocío
la luz acaricia las ventanas
y quedan tus huellas, precediendo la aurora
¿Quién cerró las puertas
de tu imperio de semen?
tus manos grafitti de neblina
como lirio impúdico tu beso
ya no queda ni un despojo, ni una gota salobre
solo el recuerdo insepulto
y una calle soleada
y tú, llenando mis alforjas de silencio
como un beso que duele...

UVAS CANSADAS

Te sembraste en mi pradera como un uvero
y tu raíz indultada
se alimentó de mis ansias
desafiando la fría aridez de la ausencia
mientras crecías ebrio de sol y espacio abierto
Te sembraste en mí
con la fuerza huracanada del secreto
emergiendo de un cálido arrecife de suspiros
trasponiendo el tiempo
en un húmedo silencio de palabras
Tus ramas albergaron mis sueños de alondra migratoria
y creciste alimentandote de mi savia subterránea
tu sombra amparó mis anhelos
de mil espinas flageladas
y al final probé el vino alucinante de tus besos
hecho de uvas cansadas.

ÉXTASIS

Desmiembro la noche
para quedarme contigo
en la complicidad del silencio
tú coleccionas estrellas en mi vientre
y la pasión se hace dueña de esas horas
prófugas del abandono
mientras la brisa se pierde
acariciando la sombra

Hice pedazos la luna
y te la di a beber
en el cuenco de mi mano
un pájaro vuela y su graznido
alborota la penumbra
sus alas rozan tu imagen
y me quedo plasmada en la soledad nocturna
que tiene el vuelo de una promesa trunca
Tú te vas, besando la madrugada
y yo me quedo, con mil estrellas rotas
enamorando el silencio...

jueves, 3 de diciembre de 2009

Presentación del gran reportaje sobre el rapto de la Odalisca de Marianela Balbi




A continuación el discurso de Ewald Scharfenberg al momento del bautizo:

Podemos decir que hoy nos convoca una ausente. Es la Odalisca con pantalón rojo que Matisse pintó en 1925 y cuyo paradero se desconoce desde, al menos, 2002. No necesariamente era de las principales obras del artista francés, ni siquiera entre su serie de Odaliscas. Su destino marcado como pieza de segundo orden pareció confirmarse cuando en los años 80 se incorporó a la colección de un museo del tercer mundo… Aunque con ínfulas del primero.

La mala estrella de la pintura la acompañó hasta 2002, cuando se difundió la noticia de su suplantación por un trucho en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Resulta que por esos días se empezaba a librar la que debía ser la madre de todas las batallas de nuestra confrontación política, el llamado paro petrolero o sabotaje, según fuera el bando desde el que se hablaba. De modo que el pobre lienzo, que ya para entonces había sufrido, según diversos testimonios, la ignominia de ser desprendido de su marco original para que lo engraparan a un bastidor burdo, apenas consiguió ser una información de relleno, casi un caliche, para la gran prensa venezolana. Fue alimento sólo por unos días de los circuitos de chismes y trascendidos de Internet.

Supongo que quienes por sus acciones, complicidad u omisiones, fueron y son los responsables de la sustracción de la obra de la bóveda del museo, daban por descontado, con alivio, la frágil vocación de nuestro periodismo por la investigación. Si los órganos jurisdiccionales no daban con la pista para resolver el caso, calcularían, mucho menos nuestro periodismo, supuesto perro guardián del interés público, que desde hace algunos años en Venezuela evolucionó a una mascota muy domesticada.

Pero es aquí donde entra a escena nuestra heroína, para efectos de esta presentación, nuestra querida amiga y colega, para todos los demás efectos. No contaban con Marianela Balbi. Ni con su astucia ni tampoco con su olfato periodístico.

Una vez pregunté a John Dinges, el famoso reportero del Washington Post de los tiempos de Woodward y Bernstein, y hoy profesor de la Universidad de Columbia, qué caracterizaba a un periodista de investigación. Después de algunas consideraciones generales, me respondió lo siguiente: “Es un hecho que de cada cien periodistas sólo diez hacen periodismo de investigación, y otros diez o quince pudieron haberlo hecho de haber tenido la oportunidad, pero también es cierto que cincuenta de ellos no reconocerían un tema de investigación aún si los golpearas en la cara”. La diferencia de esos cincuenta con el puñado de reporteros que investigan temas periodísticos estriba en el olfato. Ese saber identificar una historia que probablemente se conecte con las andanzas ocultas del poder.

Marianela hace gala de su olfato periodístico con esta investigación que entrega. Qué duda cabe de que se encontraba en desventaja para cubrir desde su quehacer diario un tema que, en cambio, pasaba todos los días por las narices de los reporteros de la fuente cultural, quienes, sin embargo, a pesar de que se dedican a seguirle el pulso a la actividad, no hallaron ni la motivación ni el sentido del deber para continuar con esta historia. Marianela sí, por suerte para la Odalisca desaparecida y para nosotros, sus lectores y conciudadanos.

Tengo también por algo especialmente meritorio el compromiso con que Marianela supo hacerse la oportunidad de investigar. En ese sentido, El rapto de la Odalisca, el libro que hoy tenemos en nuestras manos, constituye un verdadero triunfo de la perseverancia.

Por años he oído a grandes periodistas de investigación en América Latina, hablar sobre un método que técnicamente llaman Reportería a dos velocidades. Les ahorro los detalles de la metodología. Pero, presuntamente, se trata de un sistema que permite a un reportero sacar el trabajo diario, de poca monta investigativa, que sus medios o fuentes les exigen, pero dejando el espacio necesario para que, de manera simultánea, pueda abordar los temas de largo aliento que sean de su interés y requieran de un tratamiento más minucioso.

Pues bien: nunca he visto desplegar esa reportería de dos velocidades de un modo tan efectivo e intuitivo como Marianela en el seguimiento de la pista de la Odalisca de Matisse. Con el mérito especial de que la primera velocidad de Marianela no tiene que ver con el periodismo, cosa que le hubiese facilitado su investigación, sino que la hace lidiar con su actividad productiva cotidiana, más vinculada a la comunicación corporativa. Cómo hizo Marianela para armonizar esas dedicaciones y llegar a resultados, es algo que yo quisiera aprender.

También por años oí a Marianela hablar de este proyecto. La imagino por entonces entendiéndose con una historia tan compleja y de elenco tan amplio como ésta; con las dificultades de acceso a la información que predominan en este país; con la indiferencia, cuando no la abierta renuencia, de los funcionarios culturales que habrían de ser sus fuentes y que, validos de la prepotencia compartida por autoridades tanto de la Cuarta y de la Quinta República, manejaron y siguen manejando el patrimonio tangible de la cultura como meros trofeos de su poder personal; incluso, la imagino lidiando con el escepticismo de sus pares, los periodistas.

Por suerte, repito, Marianela persistió. Su perseverancia no es sólo cosa de agradecer por nosotros, los ciudadanos, a quien ella rinde cuentas sobre un asunto de interés público que otros, en buena ley, deberían reportar. Tengo la impresión de que la persistencia de Marianela es una lección para nuestra prensa, siempre tan liviana, dada al comentario, presta a seguir, atolondrada, el carrusel de escándalos que se suceden día a día y que ponen en la misma escala, de manera engañosa, temas de gran calado con la última declaración del presidente Chávez o un chisme de palacio.

Así fue como llegó el momento en que hubo un primer borrador del libro. Una de esas versiones iniciales, muy parecida a la que hoy se presenta como libro, cayó en mis manos.

Espero que Marianela me perdone la siguiente infidencia. Pero me consta que entonces a ella le inquietaba que su trabajo de años cristalizara en un texto tan conciso, con segmentos breves, casi brutalmente al grano.

Recordé entonces una anécdota que nunca he sabido si es apócrifa, pero que se atribuye a Abraham Lincoln. Parece que el presidente que enfrentó la más grave crisis de los Estados Unidos, autor de algunas de las piezas de oratoria más importantes de la era contemporánea, una vez escribió a un amigo en una carta lo siguiente: “Si hubiera tenido más tiempo, habría escrito una carta más corta”. En el aparente contrasentido de la frase, Lincoln, si acaso fue Lincoln, rendía tributo al trabajo más exigente de la escritura y en general de toda exposición de ideas, que es el trabajo de la eficacia. El de concentrar el empeño no en más cantidad, sino en la poda y el cincelado de las palabras y las ideas que desemboca en una mayor calidad.

Con este ejemplo en mente, y luego de leer ese primer borrador y la edición ya oficial de El rapto de la Odalisca, me siento en condiciones de concluir que esa brevedad que por un momento preocupó a nuestra autora, en realidad es el producto de un verdadero proceso de destilación.

Marianela hizo un esfuerzo reconocible a lo largo del texto por llegar a la verdad desnuda, esencial y comprobable, a los hechos y nada más que los hechos. Verán acá una historia despojada de juicios de valor, que sólo ofrece certezas fundadas en documentos y testimonios cruzados. Estoy seguro de que Marianela, como todos los buenos periodistas del género, no echó aquí el resto, que sabe más de lo que en el libro aparece, pero que se ha dejado guardado aquello que, aún conociéndolo, no pudo comprobar de manera fehaciente. Además, lo que sabe y comprobó ha querido contárnoslo sin recurrir a esos adjetivos que con frecuencia no embellecen el texto y que suelen, en cambio, llevar a la zozobra a meritorios esfuerzos de reportería haciéndolos parecer obras del ensañamiento contra un funcionario o una figura pública.

No quiero extenderme más en elogios que probablemente palidezcan frente al placer o el asombro que les va a deparar la experiencia real de lectura de El rapto de la Odalisca. He querido hacer unos reconocimientos mínimos y necesarios a Marianela Balbi.

Así que para terminar, sólo me queda compartir el regocijo, acaso un tanto pérfido, lo confieso, de imaginarme a todos aquellos que, repito, por acción, complicidad deliberada u omisión, fueron responsables de la pérdida, ojalá que temporal, de nuestra Odalisca con Pantalón Rojo. La tranquilidad de esos monstruos sagrados de la administración cultural, de esos traders del mercado del arte, perturbada ahora por la investigación responsable y el poder de la palabra blandida por una simple reportera. Seguro que se están poniendo nerviosos.

Se trata de un regocijo apenas menor que la renovada confianza de saber que, gracias al trabajo de Marianela, la Odalisca, todavía cautiva en su misterioso retén, vuelve a recobrar su capacidad para cautivarnos, si no con su serena belleza, sí con su historia de extravíos y verdades a medias. Una historia que Marianela Balbi ha hecho más difícil de olvidar, por lo menos, hasta que llegue el día, ojalá no tan lejano, de la justicia reparadora, de la restitución del cuadro de Matisse a sus verdaderos dueños, que somos los venezolanos, y la condena para los responsables.
Muchas gracias a todos y éxitos para Marianela y su libro.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La insoportable frivolidad del ser




Por Jorge Majfud

Alguna vez Fedor Dostoyevski observó que cualquiera podía hacerse famoso en cualquier momento. Como no todos podían ser Darwin, Franklin o Fedor Dostoyevski, cualquiera podía pasar a la historia asesinando a un emperador o a un presidente. Si el precio era muy alto, aun quedaban otras opciones. Creo que más famoso, aunque cien años tardío, es la popular idea de Andy Warhol que en los sesenta, en pleno nacimiento de la cultura pop, predijo que en el futuro todos serían famosos por quince minutos, para lo cual bastaba con estar “en el lugar correcto o en el incorrecto, en el momento exacto o en la peor situación posible”. No es casualidad, si consideramos que Dostoyevski es hijo del siglo del periodismo escrito como Warhol es hijo del siglo del espectáculo mediático de la televisión.

Hace pocos días y no muy lejos, el matrimonio Tareq and Michaele Salahi decidió colarse en la fiesta de recepción que el presidente Obama daba al primer ministro indio Manmohan Singh. Los Salahi se fotografiaron con un gran número de estrellas de la política nacional. El exótico ministro de la segunda nación más grande del mundo no fue considerado en este paseo de la fama.
Pero la consagración de los Salahi llegó cuando fueron descubiertos. Este inconveniente, que dudosamente puede atribuirse a un error de cálculo, puso a la pareja bajo investigación y la envistió con los quince minutos de fama que pretendían para promocionarse. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que en la cultura pooph promoción y fama significan dinero.

Nada importa el contenido de lo que uno tenga para ofrecer sino, simplemente, estar o pasar por debajo de las luces y las cámaras que apuntan al centro del mundo. Lo mismo da ser Sarah Palin, Paris Hilton, Michael Phelps, Mussolini o el Che Guevara. Todos merecen el mismo respeto y admiración de los pooph porque son famosos. Los medios son los fines. Los medios confieren divinidad todo lo que tocan. En este momento, el señor y la señora Salahi se encuentran bajo investigación policial mientras venden sus entrevistas a medio millón de dólares cada una.
Hace unas semanas una pareja en Fort Collins, Colorado, denunció que su hijo había salido volando en un globo de helio que su padre, Richard Heene, había construido en el patio de su casa. Como los niños son asunto serio en Estados Unidos, rápidamente movilizaron a la policía y lograron atraer la atención de las cadenas más importantes de televisión. Las horas de persecución aérea del globo terminaron con la aparición del niño en el altillo de la casa. En lo que parecía el clímax del orgasmo mediático, Larry King entrevistó a la familia y al niño, Falcon [halcón] Heene, quien involuntariamente confesó: “we did this for the show” (lo hicimos para el espectáculo).

Los padres del ahora célebre Niño del Globo habían planeado sus quince minutos de fama con la intención de promover un posible reality show. Lo cierto es que montaron un reality show más real y más espectacular que cualquier reality show convencional.

No son la excepción. Nuestra cultura es un inmenso, un inocentemente perverso reality show alimentado por la vanalidad, la vana vanidad de la cual quizás somos victimas alguna vez en cuando todos los mortales.

Ahora, si alguien pensó que esta es una locura anglosajona está equivocado. El resto del mundo está en el mismo negocio, con el agravante de que son copias de copias en nombre de la originalidad.

No nos vayamos muy lejos. Recordemos el pasado concurso de talentos Viva el Sueño. El titulo es significativo, si recordamos la obra maestra de Calderón de la Barca, La vida es sueño (1635). Fedro, el participante más elogiado por el jurado, casi nunca criticado, victima del voto nunca suficiente del público machista y homofóbico, canta muy afinado y llora mientras repite lo que el jurado y el mundo repiten: “su propuesta es original”, “su virtud es ser único”, “me propuse mostrar algo diferente”, etc.

Fedro es rechazado por ser gay. Esta es una verdad conveniente. En el fondo todos saben que ser gay es un negocio de moda, como antiguamente en las cortes de los reyes eran populares los enanos. El público consume lo que rechaza, aplaude lo que evita, admira lo que odia, destruye lo que ama, digiere lo que es políticamente correcto mientras el artista remeda originalidad y el jurado y los especialistas repiten las mismas frases que incluyen un menú de elogios orgásmicos e inevitables insultos que pretenden vender como crítica o sinceridad. La fábrica de ídolos es también un picadero de carne humana. Carne humana a muy alto precio.

Fedro, el candidato a ídolo mexicano canta, se viste y se peina y llora como Adam Lambert, el american idol del mismo año. Como Adam, Fedro llegó a la final pero no pudo ser rey, idol o ídolo. Comparten el mismo estilo, la misma opción sexual y posan de victimas de la sociedad. De hecho lo son. Victimas de la sociedad y productos del mercado. Las verdaderas victimas, los discriminados no famosos, son así revindicados, más que representados, por estas originales copias de copias, producto de productores.

Sí, claro, en el mundo hay lugar para todos. Por suerte. Lamentablemente la historia insiste en lo contrario: en la uniformización, en la imposición de “lo que se parece a nosotros” hasta cuando parece diferente. Fedro, Adam, los ídolos de la cultura pooph nunca desafían mientras desafían; nunca salen de lo políticamente correcto mientras escandalizan. Sus transgresiones son variaciones adaptadas a las reglas preestablecidas del éxito, tal como lo entiende el mercado. La referencia de los jueces de “hay un mercado para ti allá afuera”, es explícita y es recibida con algarabía por el rebelde pooph. Sin embargo, estas nuevas y originales propuestas son simples remedos de lo que se encuentra en cada rincón de la nueva cultura dominante, que es la cultura del mercado: la frivolización y el narcisismo.

En un mundo en que todos pueden obtener su fama por quince minutos, la ansiedad que produce carecer de ella es democrática y dominante. Pero si todos son famosos nadie lo es. Razón por la cual esta ansiedad por ser el centro de las miradas del mundo se vuelve una obsesión, como la anorexia o la conexionimia.

La fama ya no es la consecuencia o el medio para promover una propuesta artística, ideológica, religiosa o filosófica. Cualquier camino que conduce a ella es válido. Ya no es necesario ser Edison, la Madre Teresa, Michel Foucault, Noam Chomsky o Eduardo Galeano para ser famoso. Los verdaderos famosos han demostrado que para la cultura pooph la fama no depende del contenido sino del envase. Un envase célebre puede inducirnos a tomar el mejor vino o Coca-Cola, agua mineral o aguas servidas. Ya ni siquiera es necesario recurrir al engaño. El éxito de la cultura de la vanalidad es tanto y tan abrumador que cualquier pretensión de algo más allá, algo con contenido, algo con profundidad, algo que quede después del pooph es tomado como el acto más ridículo, objeto de burla a boca partida. Lo políticamente correcto, lo único que los nuevos cerebros adiestrados en la frivolidad son capaces de soportar es el peso de la vanalidad, de la repetición en nombre de la originalidad, de la esclavitud intelectual y espiritual en nombre de la liberación, de las célebres excusas del tipo: “no sé qué es esto pooph que me salió, pero es muy bueno por que me gusta, es lindo, habla de cómo soy yo, yo mismo, yo único…”

Todo en nombre de la genialidad.

La catástrofe ecológica, las toneladas de basura que cada día arrojamos al cielo y a los mares no es un fenómeno aislado. Ni siquiera es una metáfora. Es parte de la erosión y la producción de desechos que la cultura resultante e imperante arroja cada día sobre la humanidad como si se tratase del mejor abono. Porque nada es casual ni gratuito. Todo tiene un precio.

Lincoln University, diciembre 2009.