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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Jugando a ser como mi papá






Por Ezequiel Martínez

Anoche se supo que este año el Premio Ñ a la Trayectoria Cultural fue para Tomás Eloy Martínez, mi padre. Como editor de Ñ, me tocó anunciarlo en un discurso que, parece, emocionó a unos cuantos. Aquí reproduzco el texto, para que el homenaje por una vez rompa el título de este blog, y sea EN MAYUSCULA. El video pueden verlo aquí. http://www.clarin.com/shared/v8.1/swf/fullscreen_video.html?archivo=http://contenidos2.revistaenie.clarin.com/2009/10/28/eloy.flv

Este año el Premio Ñ a la Trayectoria Cultural tiene un significado especial para mí. Sé que ustedes van a compartir conmigo la admiración por la obra de uno de los grandes escritores de nuestro país, que además ha logrado una proyección internacional que, como argentinos, nos enorgullece.

Pero en lo personal, se suma además una emoción teñida por el afecto y por muchas historias compartidas. Me van a disculpar si me detengo en alguna.

Cuando él regresó a la Argentina en 1984 después de un exilio que aprovechó para crear diarios y escribir crónicas inolvidables, yo acababa de terminar mis estudios de periodismo. Por esa época una revista me había encargado mi primera entrevista importante. Al terminar el borrador de esa nota, logré que le pegara un vistazo para que me diera su opinión. Imagínense mi desfachatez: él era un arquitecto del periodismo, y yo, apenas un aprendiz de carpintería.

Recuerdo como si fuese ayer la tarde en que fui a verlo y terminamos sentados en la cocina de su departamento de San Telmo reparando línea por línea y párrafo por párrafo las grietas de aquel texto primerizo. El no lo sabe, pero fue una de las mejores lecciones de periodismo que recibí en mi vida.

No fui su mejor alumno. Pasaron los años y él consolidó su trayectoria de escritor con títulos que ya son clásicos de la literatura argentina. No sé si él me leía, pero yo no le perdía la pista a cada libro que escribía, a cada artículo que publicaba.

En ese transito descubrí por qué para él periodismo y literatura han sido siempre los afluentes de un mismo río, como si no hubiese otro modo de narrar y entender lo que somos sino a través de esas verdades que sólo pueden enderezarse con la voz de la imaginación.

Entendí ese truco leyendo sus novelas. Le debo también esa lección. Le debemos, todos, la lectura de páginas que hablan de nosotros, de nuestra historia, de ficciones verdaderas, del argentino más olvidado o del más idolatrado, de la ambición y el autoritarismo, de un país cargado de miserias y de esperanzas. Pocos, como él, han sabido interpretar con tanta precisión las claves y mudanzas de nuestra identidad.

En los últimos tiempos solemos perdemos en chismes de redacción y del universo de los libros y sus autores, pero también en la aventura de viajes compartidos y en charlas interminables que hablan de la vida.

Hace poco me regaló un privilegio inesperado: me hizo llegar el manuscrito de su última novela para que la diseccionara con la mirada de lector. Me estaba confiando las llaves secretas de su narrativa y a mí me intimidaba el solo hecho de abrir ese candado. Me atreví, no sé cómo, a esa misión insolente. Pasamos muchas tardes desmenuzando su historia, hablando de los personajes como si fuesen vecinos o parientes, chequeando la exactitud de cada dato de la realidad, navegando por los laberintos minuciosos de su imaginación. Escuchó algunas sugerencias, rechazó otras, pero me dejó una nueva lección, la de su humildad.

Este año, en su discurso de agradecimiento por el Premio Ortega y Gasset a la trayectoria periodística que le concedieron en España, dijo: “Aunque a la palabra se le impongan cerrojos y diques, se seguirá abriendo paso como el agua, fortalecida por la adversidad”.

Esa palabra, adversidad, no es casual. A él le tocaron casi todas: la injusta adversidad del exilio, la de la pérdida de un ser amado, la de la enfermedad. En esa lucha que combate todos los días aferrado a la palabra, al trabajo, a su adicción por la lectura, a su vicio de narrador compulsivo, lo acompañamos quienes lo sentimos más cerca: sus colegas, sus amigos, su familia, sus hijos. Y cada día, él insiste en cedernos porciones de su fortaleza.

Quisiera terminar con una última confesión. Cuando yo era chico, jugaba a ser como él. Lo acompañaba a las redacciones donde trabajaba y lo veía tipear con devoción las teclas de su máquina de escribir. Me gustaba imitarlo cuando revisaba las pruebas de imprenta en esos talleres donde aún se usaba el plomo, y trataba de entender por qué se concentraba tanto cuando iba a buscar datos en algún archivo de hojas amarillentas… A veces, si le prometía silencio y compostura, me dejaba escoltarlo en sus entrevistas, que luego transformaba en piezas periodísticas que parecían cuentos de ficción. Narraba la realidad con las herramientas de la imaginación. Y yo sabía que de grande quería hacer eso. Yo quería, como quieren todos los chicos, ser como mi papá.

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