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jueves, 17 de septiembre de 2009

Seguro, dispara al monstruo (Sure, shot the monster)




Por Al Boardman

(De la Antología de cuentos “Waiting for the perfect ride”)


“El miedo es de elección libre… cada uno coge el que quiere… S.K.”

No podía continuar con esa vida. Esa sensación de sentirse vigilado y perseguido, estaba por volverle loco. Por eso cuando Charlie cumplió los doce años, decidió hacer frente a aquello que lo acosaba desde que tenía uso de razón.

Nunca se lo contó a nadie, pero estaba seguro de la existencia de aquel ser que nunca se separaba de su lado, y que se sentía tan real. Por las noches lo escuchaba posarse sobre la cabecera de la cama, siempre con ese maldito olor a plumas, como de pájaro muerto. Llegó a pensar que aquella cosa, fuera lo que fuera, se nutría del vaho de su respiración.

Durante el día, especialmente al caminar rumbo al colegio, sentía que la presencia de aquel ser se subrayaba. Su oído experto podía escuchar nítidamente aquellos pasos caminando tras él, siempre tras él.

Habían sido muchos años y el tiempo le había permitido poder ubicarlo exactamente. Por eso aquel día soleado, en medio del inmenso bosque de abedules pelados, el tiro no falló. Hacia poco que practicaba, pero era suficiente. Siempre en el bosque y siempre guiado por el canto y aleteo de las aves a las que pocas veces había fallado.
Se detuvo en el camino, tentó y sacó de entre sus ropas aquella piedra maciza y redonda, que celosamente había guardado para el momento. La colocó despacio en el cuero gastado de su honda y aspiró profundo. Sudaba y en cada gota de sudor fue liberando noches y días de terror y miedo.

Entonces escuchó ese aletear familiar que fue llegando poco a poco; aguzó el oído y lo ubicó sobrevolando justamente sobre su cabeza.

Disparó, un golpe seco le avisó que la piedra había dado en el blanco, todo estaba hecho.

Una lluvia de plumas blancas cayó desde el cielo y con ellas… un ángel... que permaneció tendido, inmóvil, sobre una cama de tierra seca que comenzó a humedecerse y teñirse de rojo.

Charlie sabía que nunca podría ver la luz, ni los árboles, ni las flores, pues ciego de nacimiento seria toda la vida, pero se sintió libre, satisfecho y en su vida brillo… de nuevo la esperanza.

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