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martes, 21 de julio de 2009

Balada del Preso Insomne



Leoncio Martínez, Leo, uno de los más grandes humoristas y caricaturistas venezolanos en la primera mitad del siglo XX y huésped habitual de La Rotunda, la infame cárcel del tirano Juan Vicente Gómez, nos dice lo que debía suceder en la Venezuela del año 2000.


Leoncio Martínez («Leo»)

(1888-1941)


I


Estoy pensando en exilarme,

en irme lejos de aquí

a tierra extraña donde goce

las libertades de vivir:

sobre los fueros: hombre-humano

los derechos: hombre-civil.

Por adorar mis libertades

esclavo en cadenas caí:

aquí estoy cargado de hierros,

sucio, famélico, cerril,

enchiquerado como un puerco,

hirsuto como un puerco-espín.

Harto en el día de tinieblas

asomo fuera del cubil

bien la cabeza, bien un ojo,

bien la punta de la nariz;

temeroso de un escarmiento,

encorvado, convulso, ruin,

-como ladrón que se robase

sólo el reflejo de un rubí-

por mirar brillando en el patio

el claro sol de mi país.


II


¡Sol para iluminar ensueños

de vastos campos sin confín,

del cielo abierto a la esperanza

de las alas tendidas. Y

aquí alumbra torvas miserias,

venganzas crueles, odio vil

y un dolor que no acaba nunca

ante otro dolor por venir...

¡Oh la bendita tierra extraña

donde nadie sepa de mí!,

a donde llegue de atorrante

sin ambiciones de Rothschild

con la mediocre burguesía

de que me dejen existir!

Hablaré mal en otro idioma,

comeré bien otros menús,

y alguna tarde arrellanado

en mi sillón de marroquín,

viendo a través de los cristales

un cielo de invierno muy gris,

pensaré en los muertos amados,

en los amigos que perdí,

en aquella a quien quise tanto

con la vesania juvenil

de cuando iluminó mis sueños

!el claro sol de mi país !


III


Estoy pensando en exilarme,

me casaré con una miss

de crenchas color de mecate

y ojos de acuático zafir;

una descendiente romántica

de la muy dulce Annabel Lee,

evanescente en las caricias

y marimacho en el trajín,

y que me adore porque soy

tropical cual mono tití...

que me pregunte ingenuamente

—¡y yo no la habré de desmentir!—

cómo es cierto que en Venezuela

los coches de la gente chic

los tiran parejas de tigres,

de tigres «tamaños así...»

(y la altura de un elefante

marcará su mano pueril).

¡Qué fantasías desarrolla

el claro sol de mi país!


IV


Mis hijos han de ser gimnastas

con el ímpetu varonil

de quien tiene libres los músculos

libres el pensar y el sentir,

pues nacerán en tierra extraña

y no en la tierra en que nací;

y mis nietos, gigantes rubios,

de cutis de cotoperiz,

bíceps y espíritus de atletas

con volubilidad infantil,

puede que sí se me parezcan,

tal vez tengan algo de mí:

la realidad de mis ensueños,

la mentira de mi sufrir.

¡Pero en vano entre sus cabellos

hundiré mi mano febril,

echaré hacia atrás sus cabezas

y buscaré, sin conseguir,

en el fondo de sus miradas

el claro sol de mi país.


V


Y cuando ya, siempre extranjero,

descanse más libre por fin,

y tenga lo que a mi me niegan:

la libertad del buen dormir,

en un cementerio evangélico,

cubierto por el cielo gris,

allá que no hay flores al año

sino una vez, mayo o abril,

a falta de la cruz de té,

del nardo, la rosa o el lys,

colocarán sobre mi tumba,

grabado a rasgos de buril,

un versículo de la Biblia

o algunas coronas de zinc.

Y ya muchos años más tarde,

muy cerca del año 2000,

mis nietos releyendo las fechas

de mi muerte y cuando nací,

repetirán lo que a sus padres

cien veces oyeron decir:

—¡y le darán cierta importancia!—

«el abuelo no era de aquí,

»el abuelo era un exilado,

»el abuelo era un infeliz,

»el abuelo no tuvo patria,

»no tuvo patria... ¡Y ellos sí!


VI


¡Ay, quién sabe si para entonces,

ya cerca del año 2000,

esté alumbrando libertades

el claro sol de mi país!

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