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sábado, 23 de mayo de 2009

LUIS ENRIQUE MÁRMOL “La locura del otro”: todo una loca vibración inmóvil






Por María Cristina Solaeche Galera

Voy bajo tempestades y tormentos, ciego de ensueños y loco de armonía. Ese es mi mal. Soñar. La poesía es la camisa férrea de mil puntas cruenta que llevo sobre el alma” Rubén Darío

Luis Enrique Mármol nace en la Parroquia Santa Rosalía de Caracas, Venezuela, en las postrimerías del siglo XIX, el 21 de agosto de 1897. Hijo único del médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia Infante.

Cursa educación primaria y secundaria en el Colegio de los Padres Franceses de Caracas, donde forja una entrañable amistad con Fernando Paz Castillo y Enrique Planchart, quienes llegarán a ser esclarecidos poetas del país. Se gradúa de Bachiller en Filosofía, el 27 de septiembre de 1912, a la edad de 15 años.

Cuatro días después, el 01 de Octubre de ese año, para sofocar las protestas estudiantiles que se oponían a la autocracia que imperaba bajo la férrea dictadura gomecista y la huelga decretada por la Asociación General de Estudiantes (organizada a raíz del derrocamiento de Cipriano Castro), que culminó con el encarcelamiento de Leopoldo Ortega Lima, fundador de la Sociedad de Estudiantes de Derecho, el gobierno del General Juan Vicente Gómez clausura la Universidad Central de Venezuela; esta grave situación se prolonga casi diez años, hasta el 7 de julio de 1922.
El 25 de mayo de 1913, con apenas quince años, publica en “El Nuevo Diario”, el que se conoce como su primer poema, el soneto “Misantropía”, título y versos que ya dejaban entrever el carácter sentimental, atormentado y pesimista que impregnó la mayor parte de su obra literaria:
Ante la casa una huerta solitaria, añeja, guardada por un mastín de sempiterna fobia más allá de la herrumbrosa y blasonada reja que trasciende el perfume de la mística orobia.1

La trágica muerte de su padre, el poeta Luis Mármol, acaecida en San Fernando de Apure el 16 de febrero de 1914, quizás profundiza aún más su natural temperamento melancólico.
En 1915, el poeta oriental José Tadeo Arreaza Calatrava, presenta en la página literaria de “El Nuevo Diario”, un encomiástico comentario sobre el jovencísimo poeta donde lo llama:
“…el raro y armonioso Luis Enrique Mármol”.

Presentación más elogiosa no pudo recibir Luis Enrique Mármol, tal elogio lo hacía, uno de los más notables poetas del Modernismo de Hispanoamérica.

Mientras la Universidad Central permanece clausurada por la dictadura gomecista, Luis Enrique Mármol, se desempeña como redactor de “El Universal” y colaborador en diversos diarios y revistas de Caracas; en el semanario “Cultura”, resultado de las tertulias en la librería del mismo nombre, donde forma parte de ese círculo literario y es él uno de los promotores de esa revista. Escribe en “El Nuevo Diario” (dirigido por Gil Fortoul y Vallenilla Lanz), en “El Heraldo”, “El Sol”, “El Día”, “Actualidades” y Perfiles” entre otros. Colabora junto a las firmas más relevantes de la “Generación del 18” en la revista semanal “Fígaro”(1919), en la revista “Elite” (de Juan de Guruceaga) y, como Jefe de Redacción del magacín semanal ilustrado “Flirt” (1921), dirigido por el poeta Ángel Miguel Queremel.

En 1921, la noche del 25 de febrero, el poeta lee en la Confederación de Estudiantes de Venezuela, sus “Comentarios acerca del Criollismo”, en ellos, arremetía contra la explotación ordinaria y prosaica del teatro venezolano, particularmente, contra los sainetes de Rafael Otazo, Rafael Guinand y otros autores nacionales, a excepción de las obras de Eduardo Innes González y Leopoldo Ayala Michelena: “No, el teatro nacional no está en esas obras que nos hacen el efecto de acericos de paja para clavar chistes malos”

Estos comentarios fueron publicados bajo el mote “Mandoble a diestra y siniestra”. El mismo año, el 8 de septiembre, Mármol lee algunos poemas de su autoría, en un recital poético en el Teatro Capitolio de Caracas.

Tenía por costumbre, firmar sus escritos con variados seudónimos: “Cómodo Comodián”, “L`enfant de Marbre”, “Renato Molina”, “Luis Valenzuela”, “Gregorio Iturriza”, “Cándido Pérez”, “Kara-Keño”, “L.E.M”; con este último publicó un folleto titulado “Pastiches Criollos” (1924), con un estilo festivo, lúdico, irónico, humorístico y caricaturesco, contrapuesto a todo el resto de su obra poética, entreverado de avisos comerciales, caricaturas de escritores venezolanos y una caricatura suya en la portada “a la manera de”, tal como un ejercicio ensayístico que duplica y desdobla la voz del discurso poético del otro; algo mucho más que una parodia y un ejercicio estilístico, mostrando un Luis Enrique Mármol de aguda penetración en la psicología de la palabra, que estudia los léxicos, las formas cristalizadas de cada uno de los novelistas y las maneras de ser de cada uno de los poetas que él imita.

En la carta-prólogo de los “Pastiches Criollos”, el ensayista y periodista caraqueño Pedro Emilio Coll expresa: “Revela usted en sus “Pastiches” el más fino y comprensivo espíritu. Burla burlando, leídos con atención, son, a mi entender, la mejor crítica que tenemos de los estilos y pensamientos de los escritores venezolanos de nuestro tiempo.”

Entre los trabajos de Luis Enrique Mármol, se encuentran las crónicas que en 1924, como redactor de “El Universal”, escribió acerca de los templos caraqueños, en las que intentaba rectificar, el error ya generalizado que consideraba a todos esos templos sin excepción, de arquitectura colonial; varios artículos de crítica literaria sobre los poetas nuevos de su generación y, otros de contenidos filosóficos. Todo escrito con una prosa colmada siempre de un ardor misterioso. Son estos artículos, su afición a las lecturas filosóficas y a la cavilación, los que le dieron fama en su medio, de un pensador espiritual con un temperamento extremadamente sensitivo.

“Veo con demasiada veracidad; me duelen los ojos.” Julián Renard.

Obtuvo su título de Doctor en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, el 14 de febrero de 1925, con la tesis titulada “El aparte tercero del artículo sexto del Código Penal”.
Antonio Arráiz lo describe físicamente, como un hombre de contextura delgada, de porte erguido y arrogante, con un rostro de frente amplia, diestro en la esgrima y aficionado al fútbol, los caballos y la bicicleta.

Buscando nuevos horizontes profesionales como Abogado, se radica en la hermosa ciudad de Don Alonzo Díaz Moreno, en Valencia del Rey, Estado Carabobo, donde instala su bufete. Una noche de febrero de 1926, con un grupo de amigos, deciden recrearse admirando el amanecer frente al mar en Puerto Cabello, y en una peligrosa curva en las montañas de las Trincheras, sucede el fatal accidente automovilístico del que no logra recuperarse nunca, ocasionándole un profundo desequilibrio físico y espiritual. Sintiéndose algo restablecido, viaja a Caracas para entregar sus artículos a la revista Élite, en ese entonces, vocero de las nuevas tendencias literarias, y de la cual era asiduo colaborador; en esa entrega, figura el que será su último poema “El Apóstol Maldito” (1926):

Era sincero y triste y puro y desdichado. (….) -Dices que en mi palabra pauta y aliento hubiste, ¡oh corazón sencillo!, di, ¿qué encontraste en ellas?... (…..) -Sencillo corazón candoroso: que has encontrado mieles en la voz de mi duelo, una palabra dame a cambio de las mías.2

Regresa a Valencia, y el 17 de septiembre de 1926, apenas cumplidos los veintinueve años fallece. Lo entierran en el cementerio de esa ciudad, abrigado por azucenas, lirios de la serranía de Carabobo y gladiolas de Galipan.

“Y en aquella mañana de oro y azul – oro cobrizo y azul plomo del estío- aquellos poetas que le amaron sembraron su corazón junto a las hojas secas, amarillas, que echó sobre su tumba el viejo monte, el Guacamaya secular”
Luis Augusto Arcay

Después de veinte años, sus restos fueron llevados a Caracas su ciudad natal, e inhumados en el panteón familiar en el Cementerio General del Sur, el 21 de septiembre de 1946. Ese mismo año murió su querida madre quien le sobrevivió esos, para ella tan amargos, veinte años.

“La vida de Luis Enrique Mármol, fue tan fugaz como el movimiento del estoque de esgrima que manejaba con destreza” Rafael Arráiz Lucca

Posteriormente, en 1976, Monte Avila Editores publica una compilación de algunos de sus poemas, realizada y prologada por el poeta y crítico barinés Rafael Ángel Insausti, con el título “El viento que me nombra” tomado de los versos del poema Insomnio de Luis Enrique Mármol:

Tengo miedo, estoy solo, y el viento que me nombra con un temblor enfermo hace crujir mis huesos

Miembro de la llamada “Generación del 18”, Luis Enrique Mármol es considerado uno de los abanderados de esa concepción literaria de la cual forman parte también, Enrique Planchart, Andrés Eloy Blanco, Fernando Paz Castillo, Jacinto Fombona Pachano, Pedro Sotillo, Luis Barrios Cruz, Rodolfo Moleiro, Enriqueta Arvelo Larriva, José Antonio Ramos Sucre, entre otros, con obras tan personales, que suele a veces ser difícil establecer sus vínculos y sus pertenencias.
A esa primera promoción renovadora de jóvenes poetas que surge en Venezuela en medio de cruentas guerras en el mundo, se le conocerá con ese nombre “Generación del 18”, la mayoría, eran escritores que nacieron a finales del siglo XIX y se formaron durante los años de la tiránica dictadura gomecista que padeció Venezuela entre 1908 y 1935; se moldearon intelectualmente bajo la influencia en su mayoría positivista de sus catedráticos, más no por ello, se inclinaron al materialismo, sino, a un espiritualismo racionalista.

En esa herencia literaria, e inserto en la tradición poética antes citada, irrumpe Mármol con un verso diferente en su poemario “La locura del otro” y es esa obra literaria, la que nos ocupa en este ensayo.

Escrito este poemario con un espíritu más libre de ataduras a los preceptos románticos, modernistas y posmodernistas, con una poética que inicia el trazo del sendero hacia la Vanguardia, en un tiempo de declive del Modernismo retórico y contra el abuso de patrones rítmicos y, temáticas en las que prevalecían el cosmopolitismo cultural y los referentes mitológicos. Para el poeta en búsqueda de un cedazo expresivo que desdeñara los excesos modernistas, el poema deja de ser adorno y se explica en medio de una absoluta necesidad interior.
“Rompen con el estancamiento Modernista y contribuyen a colocar a la literatura venezolana en una hora más ajustada con la que marcan los relojes del continente y el mundo” Nelson Osorio

Pedro Sotillo, escritor, periodista y poeta, natural del Estado Guárico, miembro de la Generación del 28, nos dice: “Luis Enrique Mármol sintió su vida estremecida por todas las inquietudes de su tiempo y fue uno de los más preclaros intérpretes de tales inquietudes. Inconforme, desorientación que clava los ojos en la estrella infalible, se da en una poesía elevada en la cual el sentimiento raya a una altura que sólo pueden alcanzar los excelentes”
Cuando muere el poeta, el introspectivo y anímico poemario “La locura del otro”, había quedado preparado, listo para ser llevado a la imprenta, con dedicatorias hechas a sus amados padres:
A mi padre, el poeta Luis Mármol,
muerto trágicamente en San Fernando de Apure el 16
de febrero de 1914.

A mi madre, Rosa Amelia Infante de Mármol,
con amor, con devoción, dedico.

L.E.M. 3
Y será publicado por amigos y compañeros en la vida y la literatura, a un año de su muerte, en 1927.

Del poemario “La Locura del Otro” se desprende una resonancia diferente, una renovación del estilo con algunas reminiscencias románticas de tarde en tarde, un pesimismo intuitivo, una declaración casi nihilista sobre la inutilidad vana del trascender, donde la muerte comparece sin citación, sin invocación, como huésped sórdido que agobia con su latente presencia para cerrar el círculo de la existencia en cualquier momento. Los valores de las ausencias, las aflicciones rituales exaltadas, el grito para cantar el desasosiego, son plenamente marmolianos. Es el primero de esa generación del 18 en revelar al yo recóndito a través de las estrofas; en sus antecesores y aún en sus coetáneos, nunca se había producido una voz de tan extremado lirismo, donde la objetividad adquiere visos inesperados en su delicada sensibilidad, y el poeta escribe como siente y piensa sus poemas de extremada expectación interior.

Es una poesía introspectiva, manifiesto de su vida, ansias y desesperanzas; coloquial, confesional. Sobre los hombros del poeta, el desdoblamiento perfecto, el que vive y el que se ve vivir a través del “otro”, donde ese “otro” es “él mismo”, “el consigo”, “él desde él”, “la mismidad del conmigo”, “la otredad del contigo y el consigo”. Toda su vida en la transparencia de versos de fuerte connotación lírica, en un soliloquio vital, en un estilo donde en casi todos los poemas, el interlocutor es el poeta mismo y su única grieta abierta hacia la vida, el poema, su testimonio:

y el ensueño impasible, y el violento arrebato, y el bien y el mal y el tedio y las exaltaciones!... ¿quién dirá si el mar ruge sollozos o canciones? 4 Julián Padrón, escritor monaguense del grupo “Viernes”, reflexiona, sobre el poema “Canto absurdo” contenido en el poemario, afirmando, que ya por sí sólo, puede constituir el desiderátum, el Manifiesto de la Generación del 18: Toda una loca vibración inmóvil el colibrí. Una, dos… diez... inmóvil! Angústiame de acción y de reposo su inquietud en un punto detenida… Liba en la flor y para sostenerse vibra, y más vibra, y más; y a cada instante su loca vibración se multiplica! 5

¿Útil, inútil, lírico aquel vuelo, aquella vibración atormentada?... Libó en la flor, pero era también lumbre… Mas, ¿en qué cosas pienso?, esto es absurdo, qué nimiedad, un pajarillo, un átomo! ¡Qué necedad! debo estar loco… pero, ¿útil, inútil, lírico su vuelo? 5

En este poema, Luis Enrique Mármol establece un símil entre la vibración inmóvil del colibrí agotando su vuelo en la nada, y el reflejo de la angustia del hombre en su afán de trascendencia. La imagen del colibrí representa la actitud creadora de la Generación del 18, identificada por la idea de la obra magistral y agitada por esa nueva sensibilidad que irrumpía el ánimo de la poesía de entonces. El ave detenida en el vértigo de su vuelo, la acción y el ensueño de quimeras que el poeta intenta alcanzar, y en su ansia repite el esfuerzo del pajarillo. Sabía muy bien, que el vuelo del colibrí simbolizaba en su poética el vuelo eterno de la humanidad, el ensueño inmaterial e imposible.

Después, unas estrofas dialogadas que encarnan irónicamente el ambiente burgués y lleno de pamplinadas de esos tiempos, y la oquedad de las generaciones esponjadas de retórica:

Un buen burgués, su esposa, su niñito; detiénense a coger florecillas. Lanza una piedra el niño… todos ríen, ¡oh proverbial felicidad sin nubes! (…) De joviales muchachas se ha poblado el parque atardecido… deliciosas! (…) Ellas, ellos, igual!... Señor, qué asco! no tiemblan de inquietud, nada desean! 5

Ante esta falta de ideales, ante esta dicha frívola, ante esta cotidianidad absurda, ante tanta imbecilidad, frente a este taedium vital, que no comporta caídas morales ni nociones de culpas que se difundan más allá del bien y del mal; a través de una escisión, una fisura radical entre el poeta y el mundo, entre su conciencia, la existencia, la precariedad de los recuerdos y el poderío final del olvido, en ese hiato, el bardo, capaz de percibir las mediocres medias tintas de la vida, el juego de movimiento-inmovilidad que parece regir todo lo existente, se agobia:

Alma mía sin fe, desorientada en la vacía mezquindad del ambiente: están cerrados todos los caminos! 5 Mas reacciona incontinenti y vuelve a retomar el vuelo de la creatividad: El colibrí! qué lírico su vuelo: todo una loca vibración inmóvil! 5

Sobre el fondo y el trasfondo, la dificultad del vivir, el deseo y la molicie, el brete de florecer en un mundo hostil, el sentimiento agónico de la existencia, una imaginación visceral que evoca lacerantes sentimientos, son temas recurrentes que alcanzan un tinte que admite una doble lectura de sus versos: la simplemente literal y descriptiva, y la indagatoria en el alma humana, conmovedora e intensa, que ahonda en lo que todos de un modo u otro somos:

En las horas de indiferencia, y en los días de desencanto, y en los siglos de tortura, y en los minutos de dicha radiante, y siempre -si soy malo y si soy bueno-, claro recuerdo, acompáñame! En el instante banal, cuando me alejo de mí mismo y cuando me alejo de mí en el torvo instante, tú que eres lo único mío, claro recuerdo, acompáñame! 6

Sus poemas son una ruptura con el Modernismo imperante, con el lenguaje en uso, fruto exhausto ya de las diversas vicisitudes del Romanticismo, las influencias francesas del Parnasianismo y el Post-parnasianismo; ruptura que podemos situar en el ámbito estilístico del lenguaje.
“Antes, la poesía venezolana no había tenido una expresión de tipo intelectual puro” Rafael Clemente Arráiz

El poeta se presenta con su individualidad bien marcada, original y creadora, su aguda inteligencia, unas aptitudes intelectuales y unas angustias existenciales que no pudo fácilmente compartir o confrontar con su entorno, destinándolas a sus versos:
Íbame por la senda en soledad. La vida abrió un largo paréntesis de noche en mi camino…7

Destaca un versolibrismo atento a la musicalidad; el poeta hace uso de las asonancias y las consonancias, utiliza en algunos de sus poemas la rima como cadencia lenta del canto en el verso, como el ritmo que marca la modulación de la palabra poética:

Siempre solo, callado, en los labios un dejo de amargura, otras veces una vaga sonrisa, aqueste ser huraño aunque en veinte años frisa tiene ya la perfecta serenidad de un viejo.8

Ay! Yo vine a esta senda con el alma dolida añorando el olvido, y el olvido tardío, con sus brazos de sombras arrancó de mi vida algo muy doloroso, pero que era muy mío… y hoy añoro del alma esa parte perdida! 7

Soltura en algunos juegos metafóricos que contienen vigorosos contrastes entre reflexivos y confrontadores; con algunos ramalazos modernistas, como esa plena confianza en el poder sugerente de la metáfora, la alegoría, etc… sin perder la sobria elasticidad de orden impresionista en las ágiles imágenes:

“Se va borrando el prólogo violeta de la noche” 9 “ hay carnes imposibles con olor de quimeras!” 9 “Viejos parques anémicos, mohosos, carcomidos,”10 “ Y en estas dulces tardes de los grises neuróticos,” 10 “ y la luna se arrastra, blanca, sobre el pantano…” 10 “Y mi canto se pierde como el cristal de un río” 11

Enfatiza la intensificación en cuanto a la sintaxis de la expresión final en el cierre oracional en algunos versos de todos, absolutamente todos sus poemas. Es la figura del phatos que expresa la fuerza del estado de ánimo del poeta, marcando la cima emotiva de la composición con la exclamación que cierra el verso.

La convicción con que Mármol escribe su poesía, nos muestra, un instruido y ávido lector, conocedor de la melancolía y ese hastío que son el leiv motiv de casi todos sus poemas; un eco diferente, un poeta lírico singular, rebelde, vigoroso y “enlutado”; versos abrumados de incertidumbre, anhelo trascendental y exaltación; poeta de lo predestinado, de la desgracia vital de ese sentimiento de fatalidad en la lucha vaga y eterna de la humanidad, con una mirada replegada en sí mismo, mirada íntima a la que asistimos en el debate del “yo” del poeta con el consigo mismo del “otro”:

Todos iban desorientados: perseguían un objeto próximo; unos iban a su trabajo, otros al trabajo de otros… Los ojos errantes y vagos, hacia la mancha de los pinos cruzo indolente un enlutado… -A dónde vas? -No sé- me dijo. Todos iban desorientados, y el enlutado hacia sí mismo! 12

Interrogando, increpando a Dios por no atender las súplicas, los ruegos angustiosos de los hombres, las lágrimas de las multitudes, las quejas dolorosas del destino por el que viven y luchan vanamente, en una poesía que empieza a filosofar:

Habló a su vez el Dios, con una voz extraña: sorda como el rumor del viento en la montaña a ratos; suave como una caricia, a otros; y en veces dura como un galopar de potros una voz que era de hierro, seda y dolor e ira: -La dicha, la desgracia, la victoria: mentira! Te digo que muy poco valen las realidades -sombras, luz…¿qué más da?, sobre un agua corriente, muchedumbre irrisoria en nuestras soledades que quedan soledades irremediablemente… 13
Pero en cambio, nada pide para él, es el hombre quien se angustia en la búsqueda de ese “ardor divino” y “el otro” que atormentado por ese extraño mal escribe:

Pero tú, nada pides? - Nada pido… -De modo que no tienes deseos? - Sí, por Dios! - Luego, ¿todo cuanto deseas logras, alcanzas cuanto esperas? - No, por mi fe; yo tuve mil sueños fracasados; mas, qué importa! son bellos frustrados o logrados: para que se renueven yo podo mis quimeras 13

“Un venezolano que hubiera nacido en las últimas décadas del siglo pasado -el 70, el 80, el 90- y cuya edad de razón correspondiera a los regímenes de Castro y Gómez, no habría visto en torno suyo ni podía aspirar ni desear otra cosa. Lo que entre nosotros se llama cultura no es propiamente la identificación o comprensión con la tierra sino la fuga, la evasión”. Mariano Picón Salas

Luis Enrique Mármol pertenecía a esa clase privilegiada de hombres; culto, inteligente e hipersensible, nacido en esos momentos de la historia venezolana, atrapado en ese ambiente político-ideológico; y en ese mundo gira su poesía en torno a su propia individualidad donde se refugia agobiado, atormentado y decepcionado del universo que le toca vivir, haciendo los primeros esfuerzos contra el Modernismo decadente y tan aplaudido frenéticamente en los recitales auspiciados por el tirano Gómez.
Y entonces, despliega el amor a su tierra, a su Patria:

“Y por dulce Patria este dolor de amor cuya inmensidad íntima cabe en cada dolor!” (…) “Y esta emoción de Patria, donde apunta, seguro y ansioso, el gesto del sacrificio futuro!” 4

En este poemario, como ilustre miembro de la Generación del 18, subjetiviza el paisaje melancólico como el alma del poeta, valora el entorno destacando elementos de los que no se ocuparon los anteriores movimientos, haciendo de la naturaleza un objeto de meditación, amigo de senderos solitarios, de follaje sereno y sombras apacibles, de bosques penumbrosos y tardes de grises nostálgicos:

Viejos parques anémicos, mohosos, carcomidos, donde tuércese el viento, silbando entre los robles, tus viejos robles, dolorosos como gemidos, retorcidos cual fósiles esqueletos innobles! (…) El sol tenía anemia, como la luna, pálido, la tarde extendía sobre la abrupta sierra; un pino impresionista, puntiagudo e inválido, temblaba bajo el frío que plateaba la tierra.10

En este marco que ya es asomos de la Vanguardia, se integrará perfectamente este poemario “La locura del otro”, aporte peculiar a la poética central de la Generación del 18, de un idealismo filosófico de raigambre bergsoniana donde el hombre no sólo se percibe a sí mismo como durée réelle, sino también como élan vital.

Herético, iconoclasta, ajeno a toda cultura escolástica, expresa:

Vida, dame la estúpida serenidad de un santo o vuélveme mis locas inquietudes de ayer! 14

Y la verdad, glotona de sueños insaciable:

-Pobre espíritu enjuto, pobre carne maleable, Alucinada de amor y de luz, Encontrarás el tedio en todo lo invariable, En dolor del anhelo en lo inestable, ¡y hasta después de muerto soportarás tu cruz! 14

Y el Dios vuelve hacia ellas sus pálidas miradas pero se queda mudo, inexorablemente…13

Su ilusión revive al evocar la hermosa ingenuidad de la infancia en su constante soñar con bondad, ternura, belleza que sólo percibe el alma infantil:

Y así la vida toda, llena de perspectivas renovadas sin tregua, con enorme fe lírica en la bondad, en la ternura, en la belleza!...15 ¡Ah mi loca confianza en el bien de la vida, el balbuceo alado de las primeras rimas,15
Y aún le queda embeleso para la mirada de la mujer amada, convertida en categoría de ilusión, de don casi inalcanzable, es a ella a quien canta:

Viene a mí tu recuerdo, y tu recuerdo apresa como un cristal a mi alma rebosante de sueños; tu nombre es una lengua de llamas que me besa; tu suavidad es bálsamo de ideales beleños! 16

Me juzgas simple y ser perversa quieres; estás inerme y no has adivinado que soy una emboscada de deseos! 17

Hay una conciencia pesimista en todos los poemas de este poemario “La locura del otro”, es una convicción melancólica de la inutilidad del entusiasmo en la vida, la felicidad, que el poeta considera absolutamente inalcanzable. Luis Enrique Mármol se “encuentra” en sus poemas con el “otro”, una versión de su mundo, y ese “otro” funciona como árbitro, como amigo confidente, como conciencia de ser, juntos recolectan sueños, divagan, objetan, sufren, cuestionan la existencia; y ellos “el poeta” y él, “el otro” se dan cabida dentro del desorden del mundo, en el turbio desaliento del desconcierto de la vida, en los en su mayoría codiciosos cambios sociales; donde cada rasgo poético deja de ser objeto de lujo verbal y se vuelca en la conciencia del alma:

Los bosques penumbrosos no me sugieren nada nuevo; y me han invadido dolorosas angustias; mi alma es como una casa hoscamente cerrada 11

¿Cuál es el yo recóndito y cuál el fútil, cuál el modelo y cuál la réplica en este inquietante acervo interior? No puede afirmarse, pues en el orden de la conciencia “el poeta y el otro” nacen simultáneamente en un sólo y mismo acto poético.

La dimensión ontológica de su poesía, su léxico conceptual y filosófico, nos recuerdan, las tendencias introspectivas en un camino sin retorno hacia uno mismo, del poeta boliviano José Eduardo Guerra (1893-1943), en su poemario “Estancias”:
“Por donde voy pasando voy dejando / algo que es de mi ser sin ser yo mismo / y me presento al mundo disfrazado / con disfraz de pasión mi escepticismo”, “para vivir es ya muy tarde, / para morir es muy temprano”.

Nos señala el escritor venezolano Rafael Clemente Arráiz: “Pocos, como Luis Enrique Mármol, fueron, ni son, tan viva vena de intimidad derramada hacia la angustia. Fino cerebro inquisidor, mirada profunda y en permanente trance de hallazgo, la sustancia suya es aquella esencial a todo soñador veraz. De la intimidad, su poesía se nutre; poesía dramática, en densos remolinos reflexivos, que, culminantes, lo entregan a la desolación.”

Muere el poeta, tal como lo había presentido en su poema “Canto de ingenuidad” del poemario “La locura del otro”:

Y han pasado los años… y han pasado los sueños, y la Vida ¡la vil! sólo se rinde a golpes… y el alma que ha perdido su quijotismo impávido, en el estremecido reposo del acecho sólo el momento espera para el zarpazo enorme… y ojalá la sorprenda la muerte antes de darlo! 15
(Ah! fue cuando mi ingenuo sentimiento mancharan con mis heridas y las heridas de otro, y un entreabierto lirio que llevaba en el alma no se mustió de golpe, pero tornóse rojo!) 15

Y el libro primigenio, su primer y único poemario “La locura del otro” queda terminado y con él la poesía de Luis Enrique Mármol, de “aquel otro…” que anduvo por entre sueños “loco como la vida”, entre los laberintos de su estro, dejándonos a la intemperie con él, en la antesala de su dolor, en el zaguán de sus tristezas, y… su lector será, un lector-poeta.

Un dolor transparente de mis pupilas rueda, y esta rutina que pugna por ser, tan sólo queda de aquel otro que estaba loco como la vida! 18


Referencias Bibliográficas

Extractos de poemas:

1. “Misantropía”
“El viento que me nombra”. Luis Enrique Mármol. Monte Ávila Editores C.A., 1976.

2. “El apóstol maldito”
“El devenir de la palabra poética”. Vilma Vargas. Venezuela Siglo XX. Universidad Central de Venezuela. 1980.

3. Dedicatorias
4. “Canto de exaltación”
5. “Canto absurdo”
6. “Claro recuerdo”
7. “Incoherencias”
8. “Siempre solo”
9. “Paseo”
10. “Paisajes”
11. “Hoy tengo un ansia…”
12. “Todos iban”
13. “El nuevo evangelio”
14. “Iluso ayer”
15. “Canto de ingenuidad”
16. “Una mujer llena de luz”
17. “Motivos triviales”
18. “Aquel otro…”
“La locura del otro”. Luis Enrique Mármol. 1ª edición. Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A., 2007.
Obra Literaria:
“Pastiches Criollos”. Luis Enrique Mármol. Caracas, Tip. Venezuela, 1924.
“La locura del otro”. Luis Enrique Mármol. Caracas, Lit. y Tip. Vargas, 1929.

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