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jueves, 22 de noviembre de 2012

Sobre el reduccionismo del conocimiento



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Por Ramón Miñán
Tal como la gnoseología es la teoría del conocimiento, un sentido bastante amplio de plasmación de la realidad; existen distintos métodos para apreciar esta representación. Partiendo de un modo conceptual, denominado ontológico, contextualizamos un conocimiento que a priori ha surgido de la intuición. Obtenemos una definición, más o menos precisa, de una parcela de realidad que nos resulta llamada al análisis.
Este conocimiento obtenido puede o no ser veraz, por ello recurrimos a un medio de racionalización por medio del recurso de la epistemología. Se trata de poner en una mira crítica todo aquello que la intuición nos muestra como “verdadero”, con el fin de juzgarlo y obtener su validación. Una vez obtenido un conocimiento reconocido como valido en el contexto que es tratado hacemos uso de la metodología, entendida como la secuencia conceptualizada de medios para llevar a cabo este conocimiento, abarcando el método como una acción focalizada en resolver el problema y la técnica como la herramienta que nos permite realizar tal acción.
En toda está representación del conocimiento caemos ante un recurso que pudiera parecer obvio, pero resulta esencial en su análisis, el cuál detallaré gracias a la obra de Lewis Gaddis, John “El paisaje de la historia”.
El recurso reduccionista resulta de la convicción de que la mejor forma de acometer un entendimiento de la realidad es mediante su fragmentación. Esta fragmentación consistiría en su reducción en parcelas, tales como la disciplina que resulta de un acuerdo histórico que nos ofrece la representación de una parcela de la realidad por el medio conceptualizado, ontológico. Estas parcelas son variables e independientes, configuradas a nuestros ojos, dentro del contexto multidisciplinar en el que nos encontramos inmersos, como la única vía posible para generalizar acerca del pasado de tal modo que se pueda establecer una previsión de futuro.
Esto entraña problemas a la hora de matizar la representación de realidades más complicadas que necesidad de una colaboración entre disciplinas para dar lugar a “algo” más concreto, haciéndonos recurrir a la transdiciplienariedad o la interdisciplinariedad. Realidades complejas que nos hacen cuestionar la eficacia de este modelo reduccionista planteado por Gaddis, ¿se debería realizar un enfoque de la realidad bajo una única perspectiva que encerrara todas aquellas disciplinas? Esta cuestión englobaría campos más amplios de las ciencias sociales, las ciencias naturales e incluso de la Ciencia en general.
Otro aspecto a tener en cuenta es la distinta forma con la que se focaliza este reduccionismo disciplinar, existiendo disciplinas como es el caso de nuestro análisis, la historia, que necesitan de varías corrientes, denominadas tendencias, que ofrecen una visión veraz que coexiste con otras visiones al mismo tiempo igual de aceptables. En el caso de la Arqueología, sería difícil discernir la validez mayor entre la arqueología procesual o la arqueología post-procesual. Lo que nos hace dilucidar que está realidad que intentamos representar sufre una desvirtuación. Estamos ante una realidad que intenta ser representada pero que no logra alcanzar la perfección en disciplinas como la historia, y por ello necesita ser contemplada desde las distintas miras de una misma baraja. Esto sin contar la influencia ideológicas que puede apreciarse en tendencias históricas, tales como el marxismo, donde la evolución de las sociedades resultan de un intercambio de status quo entre dominantes y dominados hasta alcanzar un estado utópico, en principio, denominado socialismo. Ciertamente, pudiera entroncar con corrientes como la positivista, pues tanto el marxismo como el positivismo ponen la mira en un futuro incierto, pero fantástico, de felicidad.
El nuevo problema que se nos plantea es este futuro. La continuidad debe ser sólida como para que sea alterada por contingencias. No obstante, el racionalismo humano hace que no podamos tomarlas a la ligera, ya que la elección humana es la empresa de futuro más problemática.
En un contexto generalizado, las ciencias sociales han tratado de obviar este problema, incluso han llegado a negar su existencia, debido a la convicción de que la ciencia deriva de un sometimiento del reduccionismo a leyes, que son transmitidas como inmutables. Algo discutible, puesto que en disciplinas reduccionistas como la física las teorías asentadas por Newton en torno al siglo XVII han sido alteradas, han sufrido una evolución que actualmente continúa en pleno proceso de cambios hasta llegar al conocimiento verdadero.
Un factor a tener en cuenta en cuanto al problema del futuro, resulta de como las diversas culturas han presentado respuestas motrices diferentes ante situaciones similares, y que ha día de hoy sigue existencia pese a la lacra de la globalización. En este sentido el reduccionismo aplicado a la historia no cesa de analizar las multiplicidades que se puedan dar en este ámbito. Sin embargo, en la mayoría de los casos se produce la construcción de generalizaciones universales aplicadas a cuestiones simples que hacen que el ser social se limite a confirmar algo que resulte obvio a los ojos del espectador presente. En este sentido estamos dando pie al mito como medio en sociedades pasadas para aplicar la acción humana, no carente de cierta racionalidad, a sucesos que para entonces no vestían de paradigmas científicos. Se acometía la representación de una realidad no tangible que deriva del miedo hacia lo desconocido, maná, y cuyo conocimiento resulta verificado por la Fe. Este tipo de conocimiento, sería rebatido por una especie de conocimiento lógico definido como “algo” que parte de lo observable e implicando un racionalismo orientado a la praxis del mundo fenoménico.
Las relaciones entre las variables reduccionistas son variables, coexistiendo con irregularidad y aleatoriedad. Aún, el nuevo historicismo cuestiona la tendencia de buscar generalizaciones universales al margen del rango espacio- tiempo, desafiando el hábito del modelo en relación a la evidencia.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El futuro de la palabra





Teódulo López Meléndez

 La cultura, tal como la hemos venido entendiendo, es una línea continua de los hechos humanos con marcas puntuales que han definido etapas más o menos largas y que hemos aceptado como tales consensuadamente. No hemos mirado fragmentos sino una línea con sentido y unificadora. Es lo que generalmente se ha denominado la visión humanística del tiempo.
  
No estamos negando, sin embargo, que la concepción misma del tiempo tiene su propia historia, si la palabra es pertinente.
  
Mircea Eliade nos lleva hacia las tradiciones y las religiones antiguas con un  tiempo circular marcado por las cosechas, por los solsticios, por el movimiento de algunos otros astros, por festividades religiosas o por hechos que habían marcado su propia cultura.
  
Los griegos reflexionaron sobre la idea de eternidad y sobre el tiempo como la manifestación de una realidad de gradualidad con preeminencia del espíritu sobre el cuerpo, aunque Aristóteles hable de instantes y se permanezca en el dilema si es un ser o un no-ser. Sobre la practicidad romana se impuso el cristianismo adoptando sí el tiempo como movimiento, pero agregando que todo movimiento tiene un final lo que conllevaba necesariamente el fin del mundo. De esta manera el tiempo dejó de ser circular y se convirtió en la línea recta en cuyo final está la eternidad.
  
Con la aparición del reloj en el siglo XIV y el desarrollo de la mecánica el tiempo se convierte en un valor matemático, esto, algo absoluto y medible. Luego Kant afirma que no tiene realidad fuera de nuestra mente y la mayoría de los pensadores conciben el concepto de historia y en él el tiempo como una expresión colectiva que atesora las vivencias humanas y sus logros. Toynbee se centra en la historia como cíclica lo que nos lleva a la idea del eterno retorno plasmado en Eliade.
  
Heidegger define al hombre como un ser para la muerte y Einstein introduce el concepto de espacio-tiempo. Al convertir el tiempo en una magnitud relativa según quien y bajo cual circunstancia se mida, muere la concepción del tiempo como un algo absoluto lo que hace que la duración de un proceso dependa del lugar donde esté situado el observador y de su estado de movimiento.
  
Stephen Hawking nos relata todas las concepciones del universo hasta marcar un hito en el siglo XX antes del cual nadie se pudierse haber planteado que el universo se expandía o contraía.

Si miramos con una brevedad pasmosa las variaciones conceptuales del tiempo es porque, com o bien lo argumenta Pedro J. Lozada de lo que pretendemos ocuparnos es de lo que él califica acertadamente como el segundo gran salto de la evolución humana, la escritura, esto es se comenzó “a desbrozar el camino al pensamiento metódico, al uso del lenguaje para “armar una propuesta comprensible”.
  
En el siglo XX irrumpen las vanguardias según las cuales el tiempo se reduce al futuro y ocasión en que se cuestiona la cultura literaria como primacía en el repertorio cultural. Ese cuestionamiento es actual, ya lo hemos señalado en textos anteriores, aunque no proviene de iluminados escritores previendo el insurgir de la máquina, sino tal vez de ella misma, y no es otra que la comunicación digital, una que modifica el concepto de tiempo y hace intrascendente la ubicación del usuario. De manera que la expresión literaria deja de ser el vehículo primordial ante la avalancha de un ciberespacio donde se combinan todas las formas de expresión y donde cada usuario que accede a la red combina y recombina en la formación de hipertextos.

Es pues el concepto mismo de continuidad cultural el que se enfrenta a la ruptura en este siglo XXI, uno que ha sido fundamento de la literatura y que le otorgaba legitimidad como centro del discurso cultural y poder para el establecimiento de validez amplia. Se plantea así también una revisión del concepto mismo de historia y una interrogante necesaria sobre el futuro de la palabra escrita.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Poemas de Anabelle Aguilar Brealey


De Canis lupus


DANZANTE

Irreflexiva
indómita
arbitraria
con su corazón
en la estepa gris
descubierta
revelada
saltando
sobre el tambor de la tierra
onírica
alejada de la manada
por tres lunas
acompasada
en ritmo
percutida
en luz



LUDUS

Leyó los ojos de la intrusa
era valiente la otra
orgullosa
de igual jerarquía
los lobeznos
como los suyos
leal
valiente
digitígrada con hambre
eran circulares los juegos
primitivos
salvajes
pero nobles
y olían a placenta
todavía
no era un verbo de loba
el caber
pero así
conservarían el calor
y podrían conversar

ante un café con leche

Tapetum lucidum

Escucho a Chopin
en la penumbra
como animal abisal
dentro del agua
son mis dedos antenas
mi piel el sensor
de los contactos
es así
es el piano
la suavidad del compás
y del silencio
el que confirma
la introspección
de la loba
que me habita
la salvaje
la ingrata

la desalmada