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miércoles, 29 de junio de 2016

"La Muertita", de Susana Szwarc: Un libro que no es difícil, sino asombroso



Por Luis Benítez

¿Nouvelle? ¿Prosas poéticas? Es dificultoso y hasta inútil imponerle una definición al último libro de Susana Szwarc, La muertita o la novela que, publicado recientemente en Buenos Aires por Editorial La Mariposa y la Iguana. Cuando la frontera entre los géneros hace tiempo se ha licuado -del mismo modo que tantas otras cosas- es de señalar que este trabajo de la talentosa autora argentina posee, entre otras virtudes, la de aludir a ese proceso de licuación de las certezas hasta que se convierten en algo líquido, lábil, autodeslizante y actual. ¿Una metáfora de lo contemporáneo? Primariamente, este libro no aspira a tanto o en todo caso, le deja eso al lector. En sí, el texto suscita dudas a cada paso, desde las más ingenuas -”¿está viva la muertita?”- hasta desasosiegos más complejos e interesantes que este.

Si fuera efectivamente una novela esta obra, le cabría el sayo tan socorrido de “novela coral”: múltiples personajes, innumerables situaciones e interacciones, en un discurso donde los caracteres parecen encontrarse en callejones y pasadizos donde se topan o tropiezan el uno con el otro a cada paso: un Marcelo suicidado; un muchacho chino llamado Juan Tsé; chicos que son chinos y otros chicos que parece que no; María Marina, la mujer del lavadero; detectives; cobradores; multitudes bajo la lluvia; un cadáver, este sí genuinamente muerto...

Lo invariable – y lo incrementado a cada página- es la condición de humanidad estanca, separada, de la protagonista, esa muertita que lo observa todo como desde detrás de un vidrio muy grueso, a punto tal de que parece tener una relación más cercana con los objetos que se atraviesan en su camino que con lo animado, tal vez a causa de su misma condición intermedia, a mitad de camino entre un estado y el otro. Mas, fundamentalmente, la  muertita es alguien que va perdiendo sucesivamente, de a jirones, no la carne, sí el Dasein, ese “ser-allí” heideggeriano, ese modo de ser determinado, finito y temporal, posiblemente como intento de relacionarse con el resto de los vivientes: dado que no puede hacerlo por la vía directa y habitual, parece precisar disgregarse en los otros para acceder a alguna suerte de contacto más convincente, al menos para ella, quien -como bien manifiesta este texto y su contexto- tiene por actividad principal el “mirar”: una mirada a mitad de camino entre lo vivo y lo muerto, que ve para no verse desaparecer y está “viviendo”, como lo hace, en un sugestivo espacio subterráneo.

Interesante apuesta de la autora el poner todo esto en unas pocas pero muy densas páginas, empleando un lenguaje engañosamente simple y apelando continuamente a la alusión y la elusión, una de las marcas de pluma de Susana Szwarc.

Sobre la autora

Susana Szwarc nació en Quitilipi, provincia del Chaco, Argentina, en 1954. Obra narrativa:  Trenzas (novela, 1991), El artista del sueño y otros cuentos ( 1981), El azar cruje (006), Una felicidad liviana (2007). Obra poética: En lo separado (1988), Bailen las estepas (1999), Bárbara dice (2004; trad. al francés, París, 2013), Aves de paso (2009); El ojo de Celan (2014). Narrativa infantil: Había una vez una gota, Había una vez un circo, Salirse del camino y otros cuentos (1996, 1997); Tres gatos locos (2010). Antología personal: La mesa roja (2012). Sus piezas teatrales Paisaje después de los trenes, Trenzas, el secreto robado, Justo en lo perdido, fueron representadas entre 1985 y 2003 en Buenos Aires. Cuentos y poemas de su autoría se tradujeron al alemán, inglés, catalán, chino-mandarín, rumano, polaco, portugués y francés. Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía (1987), el Premio Unesco (Buenos Aires, 1984), Premio Antorchas a la Creación Artística (Buenos Aires,1990), Premio Único de Poesía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (1998), Premio de Honor en la categoría Libro para Niños, otorgado por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán (1996). Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes (1995) y recibió el Subsidio Fondo Creadores del Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires por su proyecto de escritura de libro de cuentos (2005). 

sábado, 25 de junio de 2016

El huerto profanado de Anabelle Aguilar




Por Yadira Calvo

Los títulos van destinados al público que los recibe y los transmite. Son, como diría Gérard Gene “objetos de circulación”, que designan y ponen en relieve  el contenido de la obra. Se trata, al igual que el epígrafe y la dedicatoria, de “umbrales” del texto, entradas que indican “el contenido” y atraen al público, o tal vez no. Eso depende de sus intereses y del título mismo. En el presente caso, el título anuncia la profanación de un huerto. El huerto, en poesía, tiene su historia. Como espacio físico es un lugar pequeño y cercado para sembrar verduras, legumbres y árboles frutales; como espacio metafórico alude al tradicional “lugar ameno” que conocemos ya desde los clásicos con Virgilio, Horacio y Teócrito. Lo conocemos en la poesía española renacentista, sobre todo a través de Garcilaso de la Vega y fray Luis de León.

El lugar ameno es un paraje idílico de paz, amor y naturaleza benévola: árboles, flores, pájaros, fuentes, son sus elementos esenciales. Pero el huerto a que alude este poemario viene acompañado de otro concepto: “profanación”. Profanar es una palabra mala. Se refiere a “tratar algo sagrado sin el debido respeto; deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables”. Hay que fijarse en esto porque un título puede constituir un indicador de interpretación. Así pues, de entrada se nos anuncia algo bueno que se arruinó.

Otro de los umbrales del texto, como antes dije, son los epígrafes. En este caso, una frase de Clarice Lispector, que tiene su historia. Al parecer, sus hijos se quejaban de que nunca les contara un cuento que empezara por “Había una vez” y la acusaban de no ser capaz de hacerlo. Ella, queriendo demostrar que sí podía, escribió: “Había una vez un pájaro, Dios mío”. Y hasta ahí pudo llegar. Y como “había una vez”, significa que ya no hay, que dejó de ser, lo que pudo haber sido tras ese “había una vez” del epígrafe es un indicador de algo inconcluso, algo que se frustró. Por lo tanto, el epígrafe ahonda en la idea de pérdida. Y el tercer umbral, la dedicatoria nos indica que en la vida de Anabelle, efectivamente hubo una vez un pájaro porque a su padre le tenían el apodo de “Pajarito”. Aunque según ella lo describe fue más bien “un águila ardiente/ con visos de pájaro lunar” que “llevó en su cuerpo/las marcas siderales/ de los nobles”.

Y aquí vamos a lo que sigue: en todo huerto poético hay aves y vuelos y trinos. Por el vuelo los pájaros simbolizan las relaciones entre cielo y tierra, los estados espirituales, las funciones intelectuales…. En los antiguos textos védicos, representan la amistad de los dioses hacia los seres humanos; en algunas culturas, el viaje al más allá. En poesía son con frecuencia símbolos de plenitud y libertad. A juicio de la prologuista de esta obra, Mharía Vázquez Benarroch, “aquí los pájaros son el inconsciente revelando las metáforas de la vida”. Y en fin, polisémica como es la imagen, por una u otra razón, ya sea herencia poética o influencia védica, o inconscientes metáforas de la vida, esta obra está llena de pájaros. Está llena también de añoranza, desencanto y pesadumbre, tal como se puede esperar de un huerto profanado: aquí, como señala la voz lírica, “la palabra” se deshace atontada”, “repetida y goteante/ entre el / trepidante ruido”; una pareja no se besa sino que “intercambia saliva”; los cantos rodados son pájaros, pero “sin alas”; el halcón reconoce: “nos conformamos con desechos [...] aunque seamos arcángeles”; un cuervo “despedaza el lomito/de una ardilla”; y la voz lírica exclama: “¡Cómo pesan a la espalda/los mil años!/ heridas/umbrías”: “Cómo es que viene el dolor /en una manzana/agujereada y dulce”; “No espero/ni el tren/ no espero/ nada”.
La voz se vuelve crítica cuando denuncia la pasividad con que se reciben los abusos: “Todos usamos las palabras miel/ y seda y aroma/ y repetimos estrella/ y bálsamo/ porque sentimos/ el ego de la dulce esperanza/ pocos piensan/ en los metales impuros/ en la malversación de fondos”.

Esa desolada desesperanza aparece una y otra vez en el poemario, en algunos casos ocupando varios versos con imágenes como la de los “pájaros azorados y confusos”, o como la del cisne que “reposa sobre la superficie” con un  reflejo “inmenso y humilde”, o como esa en la que “con el ojo avizor/contemplamos/la aguja del reloj/lenta y aburrida/que se quedó milenios”. Y a ratos, más extensamente como por ejemplo en “Mermelada”, donde se nos dice: “Hay que estar desollada/con un lunar en la nuca/sosteniendo un vaso de malva/por mil años/esperando/el invierno/de los filósofos/para saber/ lo que es bueno/y deleitarse/una madrugada cualquiera/con el canto/de una guacamaya”.

Las alas y las plumas son reconocidas en nuestra cultura como un símbolo de libertad porque se asocian con el vuelo, la elevación, el espíritu. Alzar el vuelo se relaciona con temas del espíritu o el intelecto. “Quien comprende tiene alas”, según el Brahmana y para el Rig Veda, “la inteligencia es la más rápida de las aves”. Y es por eso mismo que son alados los ángeles.

Cuando Anabelle titula un apartado de su libro “Alas inexactas”, cuando nos describe un ala en un poema como “un pequeño codo/ descarnado y triste /con un ojo azul y ciego”; o cuando nos habla de la “media ala del turpial/ en la estrecha visión” de una ventana, nos está representando las consecuencias de profanar el huerto, la lisiadura que producen los abusos, la torpeza que resulta de no querer saber. (El turpial es el ave nacional de Venezuela). Y por todo esto nos indica a la vez que el huerto de su obra es mucho más que el clásico lugar ameno de los clásicos: es el mundo habitable, respirable, confortable. Ese mismo que describe en el poema “Rojo crimson”, cuando un pájaro, preparando su nido, “danza entre los árboles/ en columpio de lianas/ que no producen ruido/ acomoda las hojas en el piso/ mandala de flores […] enciende velas amarillas/ para hacer el amor/ abre sus alas y canta/ techa el nido con orquídeas”. Pero es obvio que este pájaro es una pura añoranza, porque en la estrofa final advierte que “es hermoso/ llenar de colores/el pincel vacío”. Este llenar de colores el pincel vacío es un indicio de que a pesar de todo, hay un deseo de creer en la belleza y en la bondad. O, dicho en sus palabras, “la noche se corta/ para convencerme/ de que las estrellas/ que la encumbran/ no hieren”.

Pero Anabelle ha tenido que dejar atrás dos mundos:  Venezuela, que arropó gran parte de su vida, a la que dejó atragantada por el régimen chavista que le fue arrebatando todo lo que pudo; Costa Rica, que la vio nacer, a la que dejó voluntaria o casi voluntariamente al casarse. Es mucha pérdida para una sola vida. La pérdida del país natal se rememora sobre todo en el poema “Cármenes”, obviamente alusivo a Carmen Naranjo.  Ahí, Anabelle rememora aquel tiempo en el que sus “zapatos rojos/y brillantes/crujían la escalera/sin cuidado”; en el que la llamaban “los colores/ de las piedras pequeñas/mariposas intactas/ inconclusas”. Y ahí la memoria retorna al “corredor volado/y de madera/, de aquella casa en Olo (Así se llamaba la propiedad en Alajuela en que Carmen vivió sus últimos años) “con el verde/ inmerso en la pecera /de luz/ la cama/ a cuadros/ la inolvidable/ lámpara de mimbre/ en la cocina/ la única luz en el entorno/ suficiente y amante”. Olo, donde no podía faltar “una danza sin adverbios/ coloreados con azul de metileno” y donde “llovía café en el campo/ chorreado en una bolsa”. Este mundo acogedor y hermoso, que ya no es, se contrasta con el presente que ahora es, donde, dice la voz lírica, “ya esta infusión no huele/ en mi lejana leña/ ya no me cantan los yigüirros al oído”. Recordemos que el Yigüirro es el ave nacional de Costa Rica. Pero, hay un pero, y un pero, ya sabemos, es una objeción. El “pero” corrige la frase, porque el recuerdo sobrevive a cualquier pérdida. Y así, el poema termina: “pero conozco desde la realidad/ del relámpago sin lluvia/ que en la música de Olo/ no hay silencios”.

En “Saudade”, la memoria reconstruye “…los techos de dos aguas/ esperando la lluvia /las hojas/de la última estación/ con su crujido leve/ […] los niños / de ojos brillantes/ y sonrisa violeta/ el olor /a jengibre fresco/ y a vainilla/ de Madagascar”. El exilio involuntario de todo este mundo familiar y acogedor se subraya en la estrofa final: “Solo me llevo el colibrí/va en mi cartera/de tela de algodón/ para darle un minimalista/jardín de residencia”. Y claro, ni qué darle vuelta, que el colibrí que se lleva es de trapo también, como la cartera.

Fuera de toda conjetura, las aves de esta obra son también los seres humanos. Algunos de ellos cuervos, algunos de ellos cisnes o gorriones o águilas, o mirlos, y todos, en última instancia, la población del huerto que se profanó. Porque ese cuervo que “despedaza el lomito de una ardilla” aparece en el mismo poema (“Idus de marzo) en el que se alude al “avión del tirano moribundo”, y antes de ese otro (“Mortuoria”), referido a los “mercaderes de aves [que] huelen las especies/en el aire rancio del mercado”, donde “ningún ave canta/ conocen su mañana /con altiva presencia”. Como la de una nueva Casandra, la voz de este poemario anuncia: “tarde o temprano morirán/ casi al mismo tiempo/dejando grumos/de su sangre/ ellas serán/el penúltimo eslabón”. Pero esa voz que alude al huerto destruido anuncia también al castigo de quienes lo destruyeron: “Nadie escapa/ quien produce dolor/implacable/prepara/su propia sentencia/ el que busca encuentra”.

En el último poema, “Información confidencial”, confirma ese matiz pesimista y desesperado: “El destino/ y el lugar/ me encontraron/ no había limpiado /la casa/ quedaron/los cristales/con polvo/la cama/sin tender/ me desplacé /con soltura/al valle deseado/donde reposan/ sin lápida/unas alas / extendidas/ de mirlo/ no mis brazos”. Puesto que tradicionalmente el mirlo se asocia con la llegada de la primavera, y la primavera con la juventud y la felicidad, unas alas de mirlo sobre una lápida anuncia un mundo invernal, un mundo muerto. En uno de sus poemas, “Trayecto”, Anabelle escribe: “Abrazo paciente/los bordes de la tierra/y el sol medita/el reiniciar/de las verbenas”.

Esperamos que en esa realidad de que Anabelle nos habla, el sol no pase meditando mucho tiempo, que decida expulsar del huerto a los tiranos, reiniciar las verbenas, restaurar lo profanado; que el ala vuelva a ser ala, que el canto sea uno, no importa cuántos cantos sean; que se logren los panes del inicio; y que pensar en los metales impuros y en la malversación de fondos no constituya una traba para soñar con “el ego de la dulce esperanza
  
Así son los poemas de “PROFANACIÓN DEL HUERTO”

SIGNOS

Es la locura el centro de la cuerda
la clarividencia de lo agudo

es la lógica perdida en el instante
del parto

es refinado el envoltorio de tanta confusión
en el retorno al crepúsculo

es el ala un pequeño codo
descarnado y triste
con un ojo azul y ciego

Por qué unir ojo y lágrima
si el cuerpo es agua pura
y sagrada

Cómo es que viene el dolor
en una manzana
agujereada y dulce

¿Es así como lo dice
como lo dijo
como lo digo?

            todo empezó
            antes de que lo reseñara
            en las marcas
            de mi cuerpo
                        un rencor
                        casi
                        cárdeno

se planifica en tiempo
de manera inocente
            enmudece Babel



//////////////////////

IDUS DE MARZO

El cuervo
despedaza el lomito
de una ardilla

con su pata retira
lágrimas del ojo infestado

            el gavilán examina
            la pequeña presa
                        languidecer

                        se detallan
                        sus diferencias
                        los enemigos
                        se mueven
no hay resguardo
ante la aniquilación

es su mundo
que
gotea
el agua
donde enmudece
el grifo

en la madrugada
oigo el avión del tirano
moribundo
descompuesto
en sus fétidos humores
aferrado
al talismán
engañoso
y vengativo

no es otro
lo huelo
se desperezan las hienas
se desplazan los espejos
hay legañas en los ojos de los santos

nadie escapa
quien produce dolor
            implacable
            prepara
            su propia sentencia
                        el que busca encuentra


/////////////////////



ROJO CRIMSON

                                                                                  Baila como si estuvieras perdido
                                                                                                          Pina Bausch

Danza entre los árboles
en columpio de lianas
que no producen ruido

acomoda las hojas en el piso
mandala de flores

el ambiente limpio
            enciende velas amarillas
            para hacer el amor

abre sus alas y canta
techa el nido con orquídeas
hay bellotas
un olor a leve nardo

helechos inmensos
en ballet inconcluso

hay un hogar de luces
            se acerca el embarazo
habrá un parto oval

la belleza no siempre es
con los ojos
            ni directo en el cuerpo

                        es hermoso
                        llenar de colores
                        el pincel vacío


/////////////////


INFORMACIÓN CONFIDENCIAL

No es instinto
o aprendizaje
tampoco genética

no interesan
el tiempo
ni la distancia
la gravedad
es inútil

mis pupilas
miraron
al infinito
como un grano
de mostaza

la brújula
cayó
oxidada

el destino
y el lugar
me encontraron

no había limpiado
la casa
quedaron
los cristales
con polvo
la cama
sin tender

me desplacé
con soltura
al valle deseado
donde reposan
sin lápida
unas alas
extendidas
de mirlo
no mis brazos

Editorial Costa Rica. Poemario presentado el jueves 23 de junio del 2016  a las 7 pm  en el Instituto de México en San José Costa Rica.












miércoles, 22 de junio de 2016

La autodestrucción




Andrés Hoyos

La cordura es una construcción que, pese al orgullo desafiante que suele asumir, puede ser frágil.
Todo va “bien” hasta que un par de cosas cambian, algo se deteriora y súbitamente una persona se lanza del octavo piso o se fuga de la casa y aparece colgada de una viga en un hotel de provincia dos semanas después. Fracasar es, para robarle la frase a Nietzsche, humano, demasiado humano.

El derrumbe de la cordura ofrece signos que los demás a veces no vemos o no sabemos interpretar. Muchos de quienes intentan suicidarse en realidad no quieren morir y dejan ventanas abiertas para que los seres queridos encuentren maneras de salvarlos. Puede que estén llamando la atención dramáticamente o pidiendo una ayuda que no siempre llega a tiempo. Claro que también hay suicidas certeros: los que usan armas de fuego, saltan por la borda de un barco o se toman un veneno potente. 

Estos no quieren que por ningún motivo nadie los salve. El suicidio es la forma más estruendosa de autodestrucción, pero está muy lejos de ser la más común. Están el rival o el enemigo que aprietan el gatillo y matan condenándose a pasar décadas en la cárcel; está el empresario que roba a sus socios y de ahí en adelante todo es cuesta abajo; está un desengaño semejante a los anteriores, al menos en apariencia, que mata la capacidad de amar y por ahí derecho destruye algo esencial en la persona.

La vida no necesita que los humanos le ayudemos con nuestra autodestrucción; no solo se termina en el instante menos pensado, sino que a veces es ella misma la que le ordena a la persona bajar el telón. Surge de la nada un virus letal o contraemos una enfermedad debilitante, se nos agota la veta creativa que veníamos explotando y el tiempo nos empieza a sobrar a manotadas, huyen sin despedirse el ánimo y la energía. Pienso en las espectaculares piras en las que, sin suicidarse, incineraron sus vidas Arthur Rimbaud, Juan Rulfo, Cat Stevens o un conocido mío, brillante pintor, que un día entró en crisis teórica y colgó los pinceles para siempre. Es difícil juzgar a los autodestructivos: ¿padecen de locura transitoria, de fatalismo o de un grado de autocrítica que llega casi al homicidio? “Nadie sabe con qué sed otro bebe”, decía Sylvia Plath, suicida ella.

No sé si cuenten como autodestructivas las vidas que los demás destruyen, pero vaya que las hay que se echan a perder antes de empezar. Se da cada pareja de padres ineptos, indolentes, condescendientes, fugados, violentos, abusivos y entonces el niño no encuentra, no digamos la salida del laberinto, sino que ni siquiera la entrada al mismo. Es probable que al menos una parte de la veta autodestructiva de alguien provenga de los errores, con frecuencia inconscientes, de los demás. En otros casos, sin embargo, las personas hacen zig cuando debían hacer zag, sin razón aparente, porque sí.

Una paradoja notable y repetida es que en la juventud muchos derrochan la vida, la arriesgan por un banano, se la juegan al primer tiroteo, pero esas mismas personas, cuando sobreviven, se aferran a ella ante la enfermedad como escaladores agarrados a una cuerda raída que está a punto de romperse.
Suicidas, en fin, los ha habido desde el principio de los tiempos. Más rara y perturbadora es la moda reciente de los suicidas que matan antes de morir. ¿Por qué el asesino de Orlando no se pegó un tiro en la sien y ya? Hasta para la autodestrucción una persona tendría que ser generosa.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes


martes, 14 de junio de 2016

La fusión de los cuerpos



Aldo Mazzucchelli

Mi interés hoy es crear problemas acerca de un campo de temas definido por ahora como “condición electrónica”. “Digital” puede ser un término demasiado gastado. Pero “condición electrónica” tiene problemas similares, o quizás más agudos, aunque de otro tipo, creo que más interesantes. Quisiera hablar (muy brevemente, aunque parecen temas tremendos) sobre la fusión de los cuerpos, sobre una participation mystique colectiva; y sobre la posibilidad de una “presencia total”, una experiencia sin mediación (lo cual en una facultad de comunicación parece algo quizás amenazador). Pero la que tengo en mente sería una presencia ya no individual, sino colectiva. Antes, unos apuntes sobre nuestro título.

[CONDICIÓN? CONDICIONAMIENTO? LÍMITE? NEGATIVIDAD?]

No definiré “condición electrónica”. Diré que refiere a un estado de la existencia marcado por la omnipresencia de la conectividad. Hubo un tiempo, creo que un tiempo pasado ya, en que nos maravillábamos del “cambio” que esta nueva “condición” significaba. Lo veíamos como algo nuevo. Estábamos, como en el ejemplo de Heidegger famoso entre los estudiantes de filosofía, en Ser y tiempo (# 33. p. 180 ss.), del carpintero a quien un martillo le resulta demasiado pesado, de modo que en lugar de usarlo, vuelve su atención hacia la herramienta. Entonces, repentinamente estábamos entre maravillados y molestos mirando la herramienta, pensando sobre algo a lo que le llamábamos “internet”, tratando de resolver los “problemas” que ella nos había creado.

Creo que es relevante notar que ya estamos en otra etapa. Ahora, más que maravillarnos del cambio, estamos dejando de notarlo. El martillo ya no es pesado y todo fluye cada vez más suavemente. De algo que reclamaba sorpresa y enunciados interpretativos, la “condición electrónica” se va convirtiendo en algo que simplemente está ahí sin llamar la atención. Ese estar comunicado es parte de nuestro entorno cotidiano. Es algo que (como dice el traductor de Heidegger Jorge Eduardo Rivera) se viene condición, muy rápidamente, en “pura presencia” (p. 464, nota 67), puesto que con lo que llamamos “condición electrónica” tenemos una relación de “a la mano”, como se diría en la jerga correspondiente.

Pero, si esto es correcto, entonces nuestra cuestión es que la “condición electrónica” está casi dejando de ser ya una “condición”. Por ejemplo, si bien siempre podríamos decir que tener piernas es “una condición” de nuestra especie, algo que nos condiciona (en cierto modo, nos obliga) a poder caminar, eso no es lo que pensamos, sino que damos por sentado que tenemos piernas. Pues bien, lo mismo pasa con nuestros celulares y nuestro wifi, nuestras redes sociales y nuestro WhatsApp. Lo que en un momento pareció una especie de prótesis, de alas que habíamos adquirido, hoy está pareciendo más bien algo que damos por sentado, como las piernas y brazos con los que en general venimos dotados de nacimiento.

[HUMANIDADES? ROL DE LA NEGATIVIDAD O LÍMITE FRENTE A UN ESTADO ACRÍTICO DE LA CONECTIVIDAD. ESA NEGATIVIDAD: ¿SÓLO PUEDE SER TEXTUAL? ¿HAY OTRA NEGATIVIDAD EN CIERNES?]

Ahora, y hablando de límites, si es, como creo, que no estamos ya casi frente a tal “condición”, nuestro problema (puesto que nos hemos propuesto “pensar sobre ella”) sería cómo mantener un espacio desde el que hablar “dándonos cuenta” de ella. Digo que ese será nuestro problema si queremos mantener una posibilidad crítica respecto de este estado de conectividad. También podemos optar por ignorar esa posibilidad, y hundirnos completamente en el nuevo estado, sin alternativas, en una entrega física completa a eso que una vez (en los viejos tiempos de la historicidad) se llamaba “el futuro”. Volvernos de una vez muertos para la crítica basada en textos, en ensayo, en pensar, y vivir en el “presente continuado”, sin historia ni (casi) sin historicidad, del presente intensificado, hiperramificado, más que barroco, de la existencia en que estamos. ¿Es pensable esta época? ¿No es un contrasentido intentar pensar lo que, por ponernos en un estado nuevo de interpretación fusional, (ver más abajo) no tiene ya "parte de afuera", lugar de independencia para el pensar?--y no lo tendría de un modo nuevo, diferente a todos los modos anteriores, los modos en que los cuerpos eran aún fenomenalmente entidades separadas, dotadas de lo que se decía un "pensamiento propio". Me acuerdo de un pequeño ensayo de Giorgio Agamben que se llama “Sobre lo que podemos no hacer”, cuyo argumento principal era que estamos perdiendo el sentido de lo que no podemos realmente hacer, y creemos que podemos ser y hacer todas las cosas. Como un personaje de Kafka que él recuerda, que era de día un verdugo y de noche un cantante lírico; lo cual para Agamben resulta un problema. También Byung-Chul-Han (entre otros) habla de la “ausencia de negatividad” como un rasgo central de este tiempo. Y yo creo que esas intuiciones críticas son importantes. Que es relevante mantener alguna forma de negatividad, crítica, restricción o límite siempre activo, respecto de nuestro ser en estado acrítico de conectividad. Pero no puedo desarrollar esta línea de hipotética resistencia a la actualidad, aunque sí quisiera plantear una pregunta, sin respuesta: ¿es solo textual la crítica? O de otro modo, ¿qué formas de negatividad, de resistencia a lo electrónico como condición, o mejor dicho, a la invisibilidad de esa condición, existen o pueden desarrollarse? ¿Hay espacio para un ludismo digital? ¿Es posible desconectarse completamente? ¿En inanidad del voto, es ese el único acto político individual con algún poder que va quedando? Volveré al final sobre esto. Por ahora volvamos a la situación en que nos encontramos de hecho.

[CAMBIO DE ESPECIE MÁS QUE CAMBIO CULTURAL; REUNIÓN DE LOS CUERPOS]

La situación en que nos encontramos, que es una situación anfibia yo diría (porque hoy en esta sala convivimos varias versiones humanas ya bastante divergentes), nos pone ante una decisión (si es que aun somos conscientes de ella) que se parece más a un cambio de especie que a un cambio cultural. No estamos decidiendo entre culturas, sino siendo decididos a cambiar de especie, o a continuar la especie por otros medios. Pareciera que decide por nosotros nuestro ser colectivo en acople con el ser de la tecnología. La que siempre, más que un producto, ha sido parte constitutiva de nuestra especie. Esto no lo digo solo en el sentido cyber, no digo solamente que tenemos chips, clavos e ingeniería genética en nuestro sistema corporal, ni siquiera lo digo en el sentido de que nuestra vista, oído, movilidad, son muy diferentes ya de las del homo sapiens sapiens. Lo digo en el sentido de que nuestra posibilidad de distinguir qué es “humano” y qué “tecnológico” nos ha cercado, nos ha invadido, y creo que tiende a imponérsenos, según el modo insidioso de imposición que consiste en dejar de ser visible. Es decir, una vez más, dejar de ser una condición para ser parte de nuestro entorno básico; eso pese a los esfuerzos de “volver a lo natural” y de mantener abierta la posibilidad de separar de nuevo los cuerpos. Porque lo que está en juego es la reunión de los cuerpos.

Reunión de los cuerpos al permitir que otro esté en el mismo “no lugar” que yo, vea, escuche, y finalmente piense lo mismo que yo en tiempo real, que otro tenga los mismos horizontes de expectativa que yo y que las mismas rutinas interpretativas de lo mismo (que son objetos de consumo) se impongan a varios, a muchos a la vez, reduciendo a términos funcionales de complejidad apta para el consumo la riqueza de lo que una vez se llamó "el espíritu".

[INERCIA DE LENGUAJE DE CUERPOS SEPARADOS, CUANDO TENDEMOS A UNA INEXISTENCIA DE SEPARACIÓN; PARTICIPATION MYSTIQUE en JUNG; EL PENSAR TIENE UNA RELACIÓN CON EL ESPACIO QUE NO HACEMOS CONSCIENTE; INCORPORACIÓN MUTUA]

Pero nuestro lenguaje demora nuestro pasaje a la nueva condición. Usamos los medios nuevos intrincados de lenguaje viejo. Todavía hablamos el lenguaje del ser humano moderno, o posmoderno, que es más o menos lo mismo. El lenguaje del Romanticismo, o si se quiere, incluso, del Renacimiento: un lenguaje del “yo”, del sujeto, del ego, de la supuesta originalidad mía frente a la supuesta falta de originalidad de los otros—cuando el problema es probablemente la idea de originalidad en sí, esa cosa tan moderna. En cualquier caso, ese es un lenguaje intensamente basado en la existencia de cuerpos separados, y en la construcción de una conciencia de ese cuerpo en tanto separado. Una Bildung para el cuerpo individual. Ese lenguaje tuvo que ver con la escritura, con determinadas experiencias del tiempo y, sobre todo, del espacio.

Sin embargo, lo que nuestra existencia vive, ya casi sin verlo, como condición o condicionamiento, es la inexistencia cada vez mayor de separación. Es una intervención radical en el espacio la que estamos haciendo como especie, y todo nuestro pensar tenía y tiene una relación con el espacio que no siempre somos capaces de hacer consciente. Caminamos, comemos, nos dormimos y nos despertamos con los demás en nosotros a través del celular, del texteo continuo, de los mensajes de voz e imagen, de las fotos y videos enviados en tiempo real.

Es cuestión de poco tiempo que nos durmamos y nos despertemos con la presencia virtual del otro y de los otros, en tiempo real. Incorporación mutua. Nosotros también estaremos allá, en el lugar de ellos, los otros. Lo que me interesa es que, si antes la separación de los cuerpos era una condición de la existencia, la unión de los cuerpos (o al menos, el borrado parcial del punto de vista del cuerpo separado) es la condición de la existencia en que entramos. El espacio juega aquí un rol sustancial en la autoconciencia y eso es algo que nuestro lenguaje, tan hecho de metáforas espaciales que nos resultan invisibles, nos oculta por ello a menudo. Sólo recordar aquí, al pasar, lo que escribía Carl G. Jung: “Participation mystique es un término derivado de Lévy-Bruhl. Denota un tipo peculiar de conexión psicológica con objetos, y consiste en el hecho de que el sujeto no puede distinguirse a sí mismo claramente respecto del objeto, sino que está ligado a él por una relación directa que vale como parcial identificación”. (Jung, [1921] 1971: paragraph 781).  Es claro que la unión de los cuerpos no es completa, ni puede serlo por ahora. Aun nos enfermamos individualmente, por citar un ejemplo duro de la separación. Algunas de las enfermedades de los cuerpos son enfermedades individuales, por ejemplo, y no contagiosas. Esas enfermedades no contagiosas pueden ser vistas como una forma de resistencia del cuerpo a unirse a los demás cuerpos, así como las enfermedades contagiosas estarían ligadas a la fusión parcial de los cuerpos, aunque sea indirecta y a distancia.

[PRESENCIA. INTERPRETACIÓN FUSIONAL]

Ahora bien, esta fusión de los cuerpos, o esta posible trascendencia absoluta de algunas limitaciones corporales, actualiza de un modo inesperado el problema de la presencia (presencia como término filosófico, y presencia en su uso general: ambas se van fundiendo), que es lo que finalmente quiero resaltar hoy, un poco en homenaje a la presencia física aquí, presencia estilo antiguo, versión 1.0 digamos, de mi querido amigo Sepp Gumbrecht. Cuando el concepto de “presencia” aparece como acontecimiento teórico, entre otras formas en la peculiar lectura de Heidegger que lo relanza, hecha por Gumbrecht, para mí (allá en 2005 lo discutimos con él de varias formas) la dificultad en su teoría era separar lo “hemeneútico” de lo “no hemeneútico”, no en la experiencia directa incomunicable del cuerpo, sino en la filosofía, el texto, la representación. Porque de la presencia como efecto no-hemeneútico no cabe dudar, pero resultaba (para mí, al menos) aparentemente imposible representársela a otro (es decir, a uno mismo también) sin mediarla, sin caer de nuevo en el lenguaje, en imágenes propias y metafóricas. Ni qué hablar de escribir un libro sobre ella que no resultase autocancelante.

Sin embargo, esa forma tradicional de entendernos (como presencia por un lado, como representaciones y “textos” independientes de nuestro cuerpo, por otro) está cambiando ahora--y resta es parte de mi contribución esta mañana. Lo que antes estaba desacoplado (texto y representación por un lado, generador corporal de esos texto y representación por otro), está convergiendo. Por ejemplo, es posible (mucha gente dice que) estamos leyendo y escribiendo menos cada vez en el sentido antiguo de leer y escribir, o en el sentido de no usar la razón lineal sino una "razón" o método tentativamente asociativo, de resultados estadísticos seguros en el nivel de la resolución de problemas, pero filosóficamente inanes, e individualmente irrelevante; sin embargo usamos más y más letras, en nuestros mensajes de toda clase. Letreamos. Nuestras letras las usamos en tiempo real, cada vez más inseparables de sus contextos no letrados. ¿A qué apunta esto? ¿Cobra centralidad el carácter absolutamente impersonal de la letra? ¿Será acaso que “liberados” de las representaciones y los “textos”, libres de la “condición escrita”, la alternativa en el horizonte es la posibilidad de una presencia comunicable directamente a otros de forma no mediada? Ya ocurre, por ejemplo, que otro ve lo que yo estoy viendo, en tiempo real; y ya ocurre, también (y esto es más sutil de comprender) que las interpretaciones de lo que ambos vemos están más y más pre-codificadas, de modo que nuestros horizontes de expectativa, aunque aún distintos, son cada vez menos distintos (en la medida en que las diferencias de interpretación no admiten la infinitud en un mundo que exige que se las represente a todas). Interpretación fusional es, pues, lo que tengo en mente. Lo que está en el orden del día es ni más ni menos que la posibilidad de que, digamos, mi dolor o mi placer sea sentido por otro cuerpo, sin mediación de lenguaje o retórica. Esa sería la realización de un tipo de “presencia” en que nos volveríamos todos, potencialmente, presenciales a todos los demás y, gracias a todos los demás, a nosotros mismos. Razón lineal sustituida por un pensamiento colectivo de tipo ensayo-error.

Y en lo escrito, la resistencia última del verdadero ensayo, es decir, del pensar por escrito, exhibiendo desnudo el flujo del pensar; de una escultura sobre el concepto, que rompe los conceptos preexistentes por necesidad, para reasociar sus notas, sus qualia liberados de retórica.

Pero, si la distopía fuese así como la entrevemos, una unión de los cuerpos completa llevaría a que cada cambio perceptual llevase a un nuevo universo total y discontinuo con los anteriores pues no habría un otro que se opusiese a fin de generar una negatividad; y el yo no puede hacer distinciones continuas, “históricas” en sentido técnico, si no hay un otro; una intuición cercana a lo que Ray Kurzweil llama “the Singularity”.

[¿POLÍTICA? MI ÚNICA POSICIÓN POLÍTICA A LO LARGO DE LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS HA SIDO DEFENDER LA ESCRITURA. CREO QUE HOY AUN SE PIENSA (Y CADA VEZ MÁS "SÓLO" SE PIENSA) ESCRIBIENDO.]

Termino pues. No digo que esto sea bueno o malo.- Observo que si nos hundimos por completo en la existencia tal como nos viene dada a través de la conectividad continua; si no conservamos una capacidad de ver el espacio de mi cuerpo como distinto del espacio de los demás cuerpos; si dejamos de tener la posibilidad de percibir la diferencia entre los cuerpos y las experiencias de cada nodo/cuerpo/persona como diferente, es claro que esas mismas diferencias y capacidades dejarán de existir para nosotros. Y ¿no son, todas éstas, capacidades que adquirimos y conservamos gracias al lenguaje escrito y textual? Hoy, aun sin tantos dispositivos de realidad virtual, todo esto parece una especulación a futuro, pero ¿cuánto tiempo falta para que tengamos esos dispositivos baratos, masivos y funcionando?

Ante todo esto, observo que sigue abierta la posibilidad de que conservemos distintos órdenes en vigencia, en actividad. Si algunos de nosotros sigue siendo capaz de leer y escribir tal como se lo hizo desde hace varios milenios hasta ahora, entre otras cosas, podríamos continuar cultivando un espacio (el espacio de la condición escrita, el espacio del pensar que tradicionalmente estuvo ligado a la escritura—filosofía, historia, letras) desde el cual ver al cuerpo y a los cuerpos, a la experiencia propia del cuerpo y a la experiencia propia del cuerpo en conexión, como posibilidades existenciales aún abiertas. Esa sería, de paso, una justificación, suficientemente buena para mí, para la permanencia (institucional o salvaje, quién sabe, aunque siempre mejor un mundo de fieras humanísticas que de académicos al estilo actual) de las humanidades.



* (Transcripción de una intervención oral en el Encuentro "La condición electrónica". Montevideo, Facultad de Comunicación y Diseño, Universidad ORT Uruguay. 19 de mayo de 2016).

domingo, 12 de junio de 2016

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Adiós a Armenteros con el agradecimiento eterno de los venezolanos por su canción Añadido un nuevo video de Cuervo TV "Cancion de VENEZUELA con letra de Pablo Herrero y José Luis Armentero" bit.ly/24JoUm2 

miércoles, 1 de junio de 2016

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