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martes, 30 de septiembre de 2014

Chicago in september: Superlative






By Eva Feld

In Chicago, autumn takes its time to fade the leaves, to wither the flowers to replace the summer heat with the uncertainty and the folly of rainy days, so it often starts early.   Its skyline, lake and river are laid up in such a manner that no matter how harsh the weather may become, they are always a delight, especially in September.

The Trump Building may suddenly rise up to the clouds right in front of your eyes, or a rainbow can appear for just a second to catch your attention in the midst of doing a million things. This year, there is an extraordinary exhibit of Magritte at the Art Museum. Under a suggestive title, “The Mystery of the Ordinary,” the curator chose twelve particular years (1926 - 1938) of the painter’s work to reveal certain aspects of his art.

The visitors are strongly encouraged to take a deep look through his surrealistic vision; one in which misleading objects and models disclose a senseless world. He claims the value of the image at a time when the words had become weak, deceitful and dishonest. Nevertheless he took time and dedication, with abundant and wordy explanations to justify his thoughts and aims. Samples of his handwritten ideas are carefully displayed to further charm the avid admirers.

Chicago’s Millennium Park is always there to wander and contemplate the mysteries of many forms of art and nature. In September, the city is particularly rich in providing excellent music, a dance festival and tours through the gardens. On its magnificent scenario, performers from all over the world have come to fascinate audiences from everywhere. People gather there to experiment osmosis to bloom with enhanced vitality.

Chicago seems more cosmopolitan in autumn. Its weather is milder than during its tough and windy winters, hot and humid summers or rainy springs. Besides a large network of art, science and industrial museums, its zoo, aquarium or the Navy Pier that are always there, September offers the golden reflection of its waters and the silvery shine of its buildings

If it happens to be a Tuesday in September, The Modern Art Museum offers a fantastic jazz presentation on top of their permanent and incidental exhibits. This year, Frieda Kahlo’s two paintings are on display in a rather circumstantial context concerning her influence on transgender artists and her standup position against all forms of gender discrimination. The exposition also offers a great chance to discover Iran’s film director Shirim Neshat and singer Sussan Deyhim  through a video that reveals their  extreme talents.

As any other month of the year, September is a good time to taste something new and exciting. Whoever believes that American food consists only in hamburgers, ribs, coleslaw and hotdogs, should stop at Hoyt’s at 71 East Wacker Drive to taste their sea bass and for dessert, goat cheese pie with pickled blueberries and olive oil. For true Spanish tapas, Mercat a la planxa  at 638 S. Michigan Ave.

Before touring the southern neighborhoods of Chicago including a peek at Barack Obama’s home, stop at the Iarcas gallery (just a couple of blocks away from the tapas), owned by the Rumanian artist Costel Iarcas. He may be willing to talk about his numerous and diverse paintings as he thrives in a very competitive world.
There is so much to do in Chicago, especially in September. I am already looking forward to going back as soon as autumn starts fading the leaves and withering the flowers next year!

Cincinnati, Sept 2014.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Nuevo libro de Anabelle Aguilar




La narradora y poeta Anabelle Aguilar Brealy, tica y venezolana, nos ofrece ahora un nuevo libro de relatos bajo el título Los codos del diablo, con el sello "Lector cómplice". Ya en librería para los buenos lectores.

Para muestra uno de los relatos allí contenidos:

HONORIS CAUSA
                        
                                                 “La venganza es dulce
                                                                 y no engorda”
                                 Alfred Hitchcock

Los volantes aparecieron esa madrugada en la ciudad ventosa, los parroquianos los recogían del suelo o de las rejas de las ventanas cuando caminaban hacia  su trabajo.  “La alquimia exacta”, leyó Carmela Corinto, lo hizo con dificultad, la criada de los Ayala apenas sabía leer. Abajo, en letras más grandes y gruesas, el pseudónimo Fustiga ogros. Al final Carmela Corinto- se dijo. No entendí nada, tendré que darle más importancia a las clases  de lectura que me da la señorita Adela.

El papel medio arrugado lo encontró don Ernesto sobre el trinchante.  Lo leyó consternado Tantos vituperios en tan poco espacio-comentó don Ernesto. Realizo mi labor pública honestamente- pienso yo. No hay derecho a tanta humillación. Dejan mi nombre por el piso  ¿Quién será ese Fustiga ogros? ¡Qué indecencia, usar un anónimo! Tenía que averiguarlo.

Por la tarde sin haber probado bocado, tomó su gabardina, su sombrero y se dirigió al club. Se sentó en la barra y pidió un bourbon. Don Gordiano llegó enseguida, se colocó a su lado y comenzó a hablar. Don Ernesto no pudo disimular su nerviosismo ante el tic de su amigo, uno de los más renombrados  juristas del país, el bigotillo blanco subía y bajaba al compás de las sílabas, si la situación no hubiera sido tan seria le hubiera dado risa. Don Gordiano le señaló a don Ernesto que no podía ser otro que don Pantaleón González. Ese hombre era su enemigo número uno, ya se había manifestado públicamente en la Asamblea Legislativa. Lo ofendía constantemente. Don Ernesto dudó, pero más tarde otros que se acercaron, apoyaron la tesis de don Gordiano. El orgullo y la honra eran inflexibles. Si no se retractaba públicamente, pagaría con su vida ese bufido.

Por la noche repasó detenidamente el método de pugna, las leyes de un duelo. Tenía que escoger el médico y el padrino con tiempo, porque veía llegar lo peor, estaba seguro de que eso no se quedaría así. Sin atender a los consejos de sus amigos, don Ernesto envió con su padrino de honor, un inglés de aspecto severo, su guante de cuero negro y como la afrenta no era personal no se lo lanzó a la cara, si no que displicente lo tiró en el escritorio de don Pantaleón. Aquí le manda don Ernesto-le dijo el inglés, mirando al otro con  ojos airados. Dígale a ese señor que yo no envié ese anónimo y que me siento ofendido ante su afrenta –respondió don Pantaleón. La valentía frente a un arma sin protección me dará  la razón.  Pues don Ernesto me dijo, que de presentarse esta situación, le dijera que  resolverían este asunto en el campo de honor.  Y sin más palabras dio media vuelta y dejó la oficina de don Pantaleón.

Los participantes en duelos evitaban  que los delataran ya que la ley castigaba no solo a los principales, sino a los que ayudaban a que se ejecutara. Además la iglesia excomulgaba y condenaba a los participantes a una perpetua maldición. De madrugada, y con gran cautela, los padrinos compraron las Colt 45 en un establecimiento cercano al Mercado Principal, una de cacha clara y la otra de cacha oscura.  Era imposible usar armas blancas, dada la condición social de los contendores. Los encargados prepararon las volantas fúnebres, los caballos enormes, negros y brillantes se mostraban inquietos. Llegaron soltando un vaho visible los médicos y los padrinos. A las cinco y media salió don Ernesto de su casa y se dirigió hacia la bajada del río. Su esposa miró el carruaje que se alejaba hacia el oeste, sentía sospechas y dejó ir un sollozo, tapándose la cara con un pañuelillo de lino bordado. 

Se encontraron en el sitio, un terreno de una finca privada, algo oculto. Sus trajes eran negros, de tela opaca. No había nada fuera del paisaje que no se mostrara negro. Inspeccionaron el terreno, no era plano, lo que dificultó realizar el ajusticiamiento de honor de inmediato. Le correspondió a don Ernesto colocarse en el oeste por lo que el sol le deslumbraba el rostro, don Pantaleón por su parte estaba en el este. Quince pasos y dos balas fue lo acordado. Se dieron la espalda, quince pasos eran toda una vida, los zapatos chirriaron al pisar la hierba húmeda, se hizo un silencio insoportable. Uno, dos, tres- gritó el inglés.  Ambos hombres dieron media vuelta y frente a frente dispararon, se oyeron dos balidazos, y  ningún cuerpo golpeó el césped. Trataron sus acompañantes de disuadirlos.  No –exclamó don Ernesto. “Aquí alguien ha venido a morir”. El sol se levantaba en el este. Redujeron la distancia a nueve pasos. Con el sol al frente, el fogonazo le dio a don Ernesto en el pecho y este dijo en un lamento  Me ha matado. Al alejarse don Pantaleón observaron los demás que  un hueco había quedado  en su chaqué. Cuando se presentó el furioso encargado de la finca, dando gritos porque podía verse envuelto en problemas, ya se estaban retirando con rapidez, pero con el decoro de su clase.

Una muchedumbre intervino para que se le diera sepultura digna a don Ernesto, entraron a la fuerza al camposanto, esperaban el cura y una cuerda de beatas que  gritaban ante semejante sacrilegio. No estaba permitido enterrar en el cementerio a los muertos en duelo. Finalmente en un ambiente de inquietud se pudo realizar la ceremonia mortuoria.

La viuda lloró  entre crespones y espejos cubiertos. Nunca más vistió un tono claro. En la pequeña ciudad se comentaba en las esquinas que don Pantaleón había usado una cota o malla de acero en el duelo, algunos lo tomaron como un chisme de mal gusto, otros como una falta de hidalguía.

A los cuatro años don Pantaleón se disponía a viajar al Atlántico.  En el andén fumaba un habano, mientras que con la otra mano sostenía un diario medio doblado. Le sobrevino un escalofrío que atribuyó al húmedo día, en eso sintió la muerte de cerca. Le vinieron a la mente los nueve pasos y la voz del inglés uno, dos, tres.  El hijo de don Ernesto,  un joven apuesto y ofendido, se acercó por detrás. Dos balazos le pegaron a don Pantaleón en la espalda, el último le dio detrás de  la oreja. Durante dos días estuvo desangrándose en su lecho, las almohadas estaban empapadas. Su oído era un estrépito de tambores y la morfina no era suficiente.  Un sudor frío le brillaba en la frente, respiraba con dificultad,  vio entre una neblina pesada el rostro de don Ernesto. Con dificultad trató de darse  vuelta hacia la pared pensando. No habrá más duelos, la gente de ahora no tiene dignidad.  Notó que el aire no le alcanzaba y en su último suspiro exclamó “El fue un buen hijo, pero un mal caballero”.  El único que escuchó aquello, se lo comentó a  Carmela Corinto, quien se encargó de repetirlo de boca en boca en aquella pequeña ciudad de volantas y chisteras.



jueves, 4 de septiembre de 2014

Muere el poeta venezolano Luis Camilo Guevara



Ha muerto el poeta venezolano Luis Camilo Guevara.

Nacido en Tucupita, en el año 1937, se le reconoce como un bardo romántico que no eludió los temas de la poesía social.

Produjo una vasta obra poética, entre la que puede citarse: Festejos y sacrificios, Las cartas del verano, La daga y el dragón, Vestigios rurales, Devociones y un memorioso relato titulado Aún no se hace firme.

Sus restos serán velados, mañana viernes 5 de septiembre, a partir de la 1 de la tarde, en la funeraria La Monumental del Cementerio del Este, en Caracas.