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domingo, 5 de julio de 2009

La conversación y los libros





por Julio Bolívar

i.m a A. Rossi

a la librería El Clip por sus 35 años, en la misma ciudad y en el mismo lugar

“Más vale abandonar la idea de que somos dueños de nuestro destino.”

Alejandro Rossi

I . Conocí a Alejandro Rossi* en los pasillos de la UCV. Podemos decir que yo era un estudiante de postgrado en la Universidad Simón Bolívar y acudía a aquel encuentro fortuito por pura curiosidad. Así como acudía a las librerías de Sabana Grande para ver a los escritores que se paseaban entre sus anaqueles y por los café, también por los bares. Me lo presentó el historiador Rafael Arráiz Lucca, que por aquellos tiempos dirigía una editorial del estado. Ya había leído su conocido Manual del Distraído y había quedado imantado por aquella prosa tan peculiar y clara, a la vez compleja y elegante. Nunca supe si eran cuentos o ensayos. También lo había leído en una revista llamada El Paseante, una hermosa publicación española de la que me hice fanático, hoy es una revista de culto, ya desapareció, todavía conservo algunos números. Aquel ejemplar estaba dedicado a México y en el aparecían varios mexicanos que no habían nacido en México, como Augusto Monterroso y el mismo Alejandro Rossi, por supuesto.

Recuerdo mi entrada en una conversación, que duró apenas unos segundos. Le dije que lo imaginaba más flaco, (pensaba en la foto en donde aparecía en El Paseante, fumando, o era acariciando unos gatos?) y me dijo, que él también. Había dejado, creo que por enésima vez el cigarrillo. Lucía algo robusto para su tamaño, no era alto, pero si tenía la elegancia que tienen los viejos italianos que aparecen en las películas de la mafia. Su rostro era más italiano que venezolano. Siempre me sorprendió su errancia topográfica. Finalmente nos quedó como un escritor florentino, que poco tenía que ver con Italia, vinculado familiarmente con Venezuela a la descendencia del general Páez y criado y formado en Argentina, Alemania, Estados Unidos y México, que fue su definitiva y última casa. Algo lo asocia a esos inmigrantes españoles de la postguerra; republicanos aventados por la dictadura de Franco, que hicieron sus carreras y vida en la tierra de Rulfo y otros en la tierra de Gallegos.

Ese día, vestía un saco de cuadros y una camisa sin corbata. Era desgarbado y tenía una leve sonrisa picara en los rectos labios. Después se fue al salón de la Escuela de Arquitectura en donde le tributaban un homenaje, creo que fue un doctorado, no recuerdo. Hablaba muy bajo, como si quisiera que nadie lo escuchara. Caminaba con la lentitud de los que han fumado frenéticamente en la vida.

Releo en sus obras completas que edita el FCE, un cuento o breve ensayo Sobre Venezuela y recuerdo a Meneses y el Cuento sobre Venezuela, que publicó la Shell hace años, donde el autor de la Mano junto al muro, convierte al país en una caja china, la que llevamos todos en nuestra mente y nuestro mestizaje. Venezuela a la vista se llama su texto, donde se detiene Rossi en el milagro Reverón.

El único libro que había publicado Rossi, para el momento en que Octavio Paz lo llamara a su equipo de colaboradores en Plural, era Lenguaje y significación. El llamado era a escribir lo que él quisiera, con extensión libre, de allí surgió el legendario Manual del Distraído, luego vinieron los otros libros. Publicados por editoriales mexicanas, españolas y venezolanas como Monte Ávila y la Fundación Bigott, en las universidades mexicanas como la UNAM y el Colegio de México se editaron varias de sus cosas, como el magnífico Cartas Credenciales, entre otras.

II. Cuento esta relación con un escritor, porque muchas de nuestras relaciones con los libros comienzan en las conversaciones con el otro y en las librerías.

Ruego me disculpen la anécdota personal. No todos saben que nací en una ciudad del centro del país llamada Valencia, y que mi primer trabajo, mientras estudiaba el bachillerato fue en una librería. “Hispania" es su nombre. Estaba situada en una calle del centro valenciano que bajaba hacia el río Cabriales y estaba cerca de un sitio de conversación al lado de un cine Imperio, en la esquina sureste de la Plaza Bolívar, una pequeña fuente de soda, que tal vez Milagros de Rossell recuerda mejor que yo, porque era su padre el que regentaba aquel lugar inolvidable. En esa librería compré mi primer libro con mi propio dinero, fue mi graduación como lector, y un avance arriesgado, era la vieja edición de Bruguera de El Conde de Montecristo, (dos tomos), antes había sido tocado por la literatura a través de dos magníficos libros que, por supuesto luego perdí, (pasa con muchos de nuestros libros). Eran dos biografías, la del gran narrador italiano Giovanni Papini y la de un político de la antigua Prusia, el conde Otto von Bismarck. Cuento esto porque creo firmemente que las librerías, como los bares y los clubes sociales son los espacios del encuentro con uno y con los otros, la diferencia es, que en estas hay libros. En una librería yo me encontré con Dumás. El libro que allí compremos nos ensanchará el mundo, eso fue lo que hizo el escritor francés conmigo.

Cuando llegué a Barquisimeto corrían los años ochenta, y no eran tantas las librerías y más las fuentes de soda. Una de ellas era esta, El Clip, también otras que han desaparecido, como la LEA, otra cerca de la universidad, Universalia. Por cierto en este centro comercial también estaba un cine, como en la adolescencia valenciana, ¿causalidades o casualidades? No sé, pero desde esos días, tomo como lugar de reuniones, la fuente de soda al lado de la vidriera del Clip, desde aquellos tiempos de estudiantes y en las que pude entrar a El Clip. El motivo, como siempre, era preguntar por un libro que siempre la señora que me atendía me decía que si no lo tenía, ella lo podía buscar. Claro, siempre con la mirada sospechosa que merecía un cliente sospechoso. Era un estudiante y tenía, seguramente, el pelo largo, un bolso colgado y muy ancho para el gusto de la librera y un blue jean con bolsillos muy holgados. Recientemente me enteré que estaba casada y que el señor adusto y pícaro que miraba de reojo a los libros y a los clientes que lo acariciaban era su marido Don Silvio Bello. En años recientes, me enteré que éramos vecinos. Recuerden que cuando uno es estudiante es como invisible. La categoría de estudiante nos hace parte de una masa informe que nunca sabemos cómo reacciona, y además que pocas veces tiene como pagar un libro y menos un libro de Julio Ramón Ribeiro, que era mi autor favorito para la época (aún sigue siendo uno de mis héroes) Solo para fumadores era el extraño título que buscaba. No quiero imaginar la mirada de Doña Beatriz ante mi aspecto cándido y la extraña pregunta. En aquel tiempo, en el que uno después del cine Los Leones, salía para la Nova, tenías que pasar obligatoriamente por la vidriera del CLIP, era como ahora salir del mercado o buscar unas fotos o venir a cobrar un cheque al banco. Siempre tenías que pasar por el Clip. No puedo imaginar pasar por este ángulo del pasillo y no ver El Clip.

Con el tiempo, siempre estudiante y más leído como dicen, volví al Clip, pero como editor. Traía unas novelas de Rafael Cordero o de Juan Páez Ávila, la revista Maltiempo, y los libros de poemas de Reinaldo Chaviel o de María Auxiliadora Chirinos, o Julio César Blanco Rossitto, ahora recientemente los de un nuevo sello editorial.

Por aquellos días de los noventa el Clip no se dedicaba a presentar libros. Ahora tiene una actividad que antes sólo se hacía en los centros culturales de la ciudad. Es decir todo ha cambiado. Ahora, en cualquier tarde podemos venir a escuchar a Briceño Guerrero, o a Fausto Izcaray, presentando su último libro de poemas. Es decir El Clip ahora es un nuevo centro cultural.

Las librerías no son nuestras bibliotecas, pero están conectadas por un hilo invisible con ellas. Allí están nuestros mitos, las leyendas que buscamos, el orden que necesitamos, o el desorden que evitamos, cosas para un espacio en la casa, el poder y sus formas de buscarlo o rechazarlo, el azar de lecturas sorprendentes, otras mentes y emociones, un librero que entiende nuestras búsquedas y la imaginación siempre. No son nuestras Bibliotecas, pero lentamente las van formando y nos van formando como seres de la tolerancia.

III. El libro como afirma García Pelayo es un centro integrador, Quién no crea en el libro es un extraño. Mutatis mutandi, quien no haya visitado una librería es un ser extraño. La librería es un espacio integrador, como contiene libros, contiene también, la verdad, que es creencia común sobre ellos. El libro y las librerías, su diversidad y su pluralismo son la esperanza, como la democracia.

Gracias por la deferencia de permitir hablar como lector y como editor.

Lo que nos dice que es bueno escuchar a Rossi de nuevo y pensar que no somos dueños de nuestro destino.

*(Florencia 1932-México 2009)

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