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sábado, 19 de junio de 2010

Juan Ruiz de Torres ante la última puerta del silencio




Nuestro muy querido amigo Juan Ruiz de Torres, de quien nos consta ha estado clasificando y donando los miles de libros de su biblioteca, afortunadamente se topó con unos cuantos poemas no publicados, seguramente escondidos en gavetas y hasta en las páginas de algún libro, por no mencionar los que seguramente andaban por los intersticios de alguna computadora desechada. Los colocó junto a otros publicados y tuvo el acierto de publicar (Huerga&Fierro editores), a pesar de haber anunciado que terminaba con la poesía, este estupendo volumen Útima puerta del silencio. Un acierto haberlo hecho. Pero dejemos que sea Alfredo Villaverde, presidente de los Escritores de Castilla-La Mancha, quien nos relate como Juan vuelve a darnos poesía.


ANTES DE ABRIR LA ÚLTIMA PUERTA DEL SILENCIO

Alfredo VILLAVERDE *:


Nos invita hoy Juan Ruiz de Torres a abrir con él esta última puerta del silencio, veintiséis años después de publicar aquellas trece puertas primeras que rompieran sus sellos para que los versos traspasaran altares y recintos, ardieran entre sensaciones y pálpitos, vistiesen la desnudez del poeta con el manto de ese latido interior que construye y afirma en soledad este misterio que atiende por poesía.

Quiere traspasar ahora Juan la última puerta como ese peregrino jacobeo que, cansado y devoto, llega al monte del Gozo después del largo viaje para contemplar desde allí el paisaje inefable de cúpulas y tejados, de piedra viva que la lluvia intenta socavar sin conseguirlo siglo tras siglo. Y digo esto porque estoy seguro que esta puerta que hoy traspasamos con el poeta no conduce al silencio, sino que no es más que otro umbral que nos recibe sonoro, musical, pletórico de palabras y afectos como los que anteceden en la vida literaria de este escritor.

Es imposible que el agua del río deje de fluir mientras haya nieve y lluvia (y otros inviernos como este) pues asimismo es imposible que este nuevo arcipreste de Hita renuncie a seguir vivo, a participar de esa realidad propia y circundante que impregna su existencia, la poesía. Por todo ello yo pienso que este libro viene inspirado por aquellas palabras de Aristófanes que dicen: “Al final recibimos demasiado de todo: atardeceres, alimentos, amor”, y el bueno de Juan cree que ya hemos recibido demasiados poemas suyos a lo largo de su dilatada trayectoria literaria por lo que decide hacer una pausa con este libro antes de proseguir su devenir poético que durará lo mismo que su aliento.

Otra cosa es que el maestro Ruiz de Torres haya despojado tanto el árbol del lenguaje de ramas, cortezas y hasta de parte de su tronco para dejarlo reducido a ese último dístico del libro: “Derrama sangre mi palabra / ¡y no sé qué la hiere!”, en la búsqueda del poema único y perfecto que él persigue como el Santo Grial de la literatura y que desconfía ya de alcanzar. Pero yo le recuerdo que ese poema único y maravilloso no surgirá nunca y surge cada día porque en la poesía junto al que decir habita el como decirlo y esa multiplicidad de espejos que reflejan y refractan la luz del universo hacen que cada uno absorba de forma diferente todo y se lo apropie para mejorarlo y hacerlo distinto.

Así que hoy estamos aquí en concelebración con su autor para festejar la aparición de una nueva obra y traerle para su contento aquellas palabras de mi maestro Cervantes en boca de don Quijote después de oír hablar este sobre la fama de sus hazañas: “Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa”.

Impreso lo tenemos en estos más de ciento cincuenta poemas que nos lega en el nuevo libro y que abarcan treinta y cinco años de creatividad desde “Cementerio de Arlington” y “El pony” escritos en 1965 hasta “El volcán”, “Ultima puerta del silencio” y algunos otros de hace apenas unos meses. Y en estampa tenemos también la suerte de verlo entre nosotros como siempre, enérgico y vivaz, gruñón y afectuoso, solidario pero exigente, aunque eso sí, un poco más sordo que hace unos años.

Largo y entretenido ha sido el camino que hemos recorrido juntos desde aquellas Ferias de la Poesía de Madrid que el genio y la voluntad incombustible de Juan pusieran en pie para que la poesía reinase en jornadas memorables y fuese un faro de luz que irradiara belleza, amor y esperanza desde ese lugar emblemático que es la Plaza de Colón. Días felices en los que conocí también a Ángela Reyes y pude ver como en ambos se hacían verdad las palabras de Kafka: “Para mí el amor consiste en que tú eres el cuchillo que se remueve en mi interior” pues ese cuchillo penetró tanto en el interior de ambos que todavía hoy los une para alumbrar afectos y sentimientos tan profundos que dan lugar también en este libro a bellísimos poemas compartidos, en algunos de los cuales yo he sido el tercero en concordia.

Algo de ese camino de amistad y miradas en común forma parte también de esta obra en versos escritos en Grecia, Italia, Méjico y Estados Unidos, allí donde nuestros pasos siguieron ese sol en plenitud de los versos del poeta Wallace Stevens que “canta y salmodia todas las cosas que son parte de él, los mundos que han sido y que serán, el día y la muerte. Nada es final, canta.” Pues eso hicimos nosotros, cantar a la vida, a la amistad y a la poesía.

Podríamos decir con John Ruskin que Juan Ruiz de Torres es el poeta a quien hablan las cosas y su poesía es la respuesta a ese diálogo con el mundo exterior que se materializa en una cuidadosa estructura basada en su conocimiento del lenguaje y de las formas poéticas. Yo diría que la poesía de Juan Ruiz no nace de una iluminación sino de una visión que concita una reflexión y pone en pie el poema. Aunque su variedad de registros en tan grande que uno se asombra de tanta versatilidad que da lugar a poemas fantásticos como “Restos Arqueológicos”, inquietantes como “Insectos” y “Plantas”, cosmogónicos “Los visitantes”, evolucionistas como “Homo Sapiens” en un amplio abanico que forma la primera parte del libro.

En la segunda, el poeta rinde homenaje a esa atenta mirada al mundo americano que recorrió desde Bering al Cabo de Hornos y que desvela poéticamente para nosotros en versos que recorren paisajes y sensaciones, acarician la memoria de Bolívar y Vallejo, se tornan en oratorio desgarrado por Nueva York o letanía amable en las misiones de California, bailan sones de tango en el curso del Río de la Plata y a través del paso de los Andes o se estremecen al ritmo caliente del Caribe en los muros del morro habanero, el paso de Borinquen y la canción boricua.

Continúa el poeta en la tercera parte del poemario su periplo por otros lugares y otras miradas que lo llevan por los caminos de la vieja Europa –Grecia, Italia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Reino Unido, Rusia, Suiza- y destinos más exóticos y lejanos –Egipto, Marruecos, Israel, Vietnam-. Poemas muchas veces descriptivos, otras intimistas como el dedicado a su hija María Elena o hechos elegía como el dedicado al holocausto.

“Minipoemas” y “Peripoemas II” forman un conjunto de quince poemas difíciles de clasificar pero que forman parte de su poética y de su decantación por una palabra despojada de atributos que tiende hacia el silencio. Así los poemas “A romper”, “El libro” y “El poema definitivo” en los que se manifiesta su meditación sobre el hecho poético que le lleva a pensar que de todo lo escrito sólo podremos salvar a lo sumo algunos versos y que el poema perfecto podría quizá resumirse en una sola palabra.

En “A dúo” el poeta nos aporta una breve muestra de poemas escritos a varias manos, esta vez con Enrique Valle y Enrique Gracia, al igual que en otras partes del libro aparecen otros hechos con Ángela Reyes o conmigo. Muchos de nosotros recordamos con placer aquellas muestras de taller que con el título de “Cadáveres Exquisitos” escribíamos entre varios como una diversión que arrojaba estimables muestras de creatividad compartida.

“Los poemas perdidos” es el corpus formado por cuarenta y ocho poemas de diversa factura y condición. Poemas populares, villancicos, cantigas, visuales, amorosos, cósmicos, intimistas, que su autor ha compuesto en diversas formas poéticas,( algunas creadas por él) como sonetos, décimas, liras, deciliras, tankas y verso libre dejándonos una hermosa muestra de su dominio de las formas clásicas y de la experimentación sobre ellas. Recuerdo las palabras del poeta anglo irlandés William Butler Yeats al leer el poema “Ültima puerta del silencio” que cierra esta parte del libro. Dice Yeats: “Descubriré que la oscuridad se ha vuelto luminosa, que el vacío se ha tornado fructífero cando comprenda que no tengo nada, que las campanas en la torre han decidido que para el himeneo del alma habrá una campana pasajera.” Dice Juan Ruiz de Torres:

Cuando creíste abrir todas las Puertas / hay otra más allá.

Más muertos que la peste / ha engendrado el orgullo.

Pocos hombres consiguen / superar su Soberbia.

En su vanidad fracasan / el pecador y el santo.

Todos sabemos / que ninguno de nuestros méritos fue tan importante.

El viento me arranca el sombrero, la camisa / Pero no arrancará mi orgullo.


Y finaliza:

Aun el viejo inservible / se yergue frente a los espejos.

El poeta ha dejado atrás en su camino soberbia, vanidad, lisonjas y pedantotecas y se muestra ante nosotros dispuesto a escuchar esa campana pasajera que abre finalmente la puerta del silencio. Pero no olvidemos que aún se yergue frente a los espejos y por eso lo seguiremos teniendo entre nosotros.

En “Y basta ya”, la última parte del libro después del conjunto de versículos que forman “La palabra poética”, el autor aborda en las formas poéticas que le son más queridas esa llamada del silencio que le aguarda tras la puerta semiabierta. Lo hace con ironía en el último poema libre, con sentido de nuestra finitud en el soneto; con esperanza en la décima que pone en pie su duda: “¿No mereceré respiro, otra luz, un nuevo giro? / Eso, lo sabe mi suerte.” Y sigue proclamando su condición de enamorado en la última decilira mientras exprime su esencia poética en el hayku y el dístico finales.

Quiero terminar este parlamento leyendo un fragmento de la última carta que escribiera Goethe dirigida a su amigo el filólogo Willhelm von Humboldt: “El mejor genio es aquel que lo absorbe todo, que es capaz de apropiarse de todo sin que ello vaya en detrimento de su disposición subyacente, de eso que llamamos carácter.” Pues bien, he aquí otra muestra palpable de esa genialidad que a lo largo de su vida nos ha brindado nuestro amigo Juan Ruiz de Torres ya que ha sido capaz de mejorar y aumentar el potencial de tantas y tantas experiencias y sugerencias que la vida le ha brindado a lo largo de los años. De todas ellas volvemos a tener aquí noticia en este libro y de su diversidad y belleza extraemos el gozo que nos confiere su lectura y la alegría por saber que su poesía sigue siendo tan joven y pujante como siempre.

Dice el poeta: “Voy dejando mis lágrimas / en las puertas antiguas”. Y digo yo con él: “Esta puerta que hoy abres / huele a nueva primavera”. Felicidades.

En la presentación de Última Puerta del Silencio.
Hotel Velázquez, Madrid, 17.3.2010.

* Alfredo VILLAVERDE: abogado; Presidente de la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha; ha publicado poesía, teatro y novela.

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