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lunes, 25 de enero de 2016

Borges escribió desde otro tiempo







 Hay veces en las que uno hace cosas que no debería hacer pero las hace porque simplemente uno no puede dejar de hacerlas.
Trasladar un poema por ejemplo –algo que intenta traducir con palabras lo que no se puede decir con palabras- al mundo pre-claro de las palabras del uso cotidiano, es casi una herejía, un irrespeto, una profanación. Pero movido quizás por el vicio de entender y comunicar -deformaciones de una vida dedicada a la docencia- sentí que no podía sino hacerlo cuando leí otra vez ese poema que a mí, aparte de admirar su arquitectura impecable, nunca me había dicho demasiado.
Y hoy me dice tanto. 
Las palabras aguardan con paciencia a su tiempo. Incluyo tanto a las palabras cotidianas como a las de la poesía. Sentí, y por eso estoy escribiendo sobre el poema “Elogio de la Sombra” de J. L. Borges, que había llegado el tiempo de pensarlo y decirlo. Lo supe desde que leí sus dos versos iniciales:
La vejez (tal es el nombre que otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
Parece irrisorio, o quizás un pobre consuelo, decir que la vejez pueda ser el tiempo de nuestra dicha. ¡Se han escrito tantas banalidades sobre la vejez! Que con la vejez somos más sabios, que al no estar sometidos el imperio de los deseos el espíritu comienza a aparecer, que aprendemos a apreciar el fulgor de las rosas y el canto nupcial de los pájaros. Lo que ustedes quieran. En algunos casos puede incluso que todo eso sea cierto.
Pero también es cierto que cuando somos viejos comenzamos a sentir el dolor de la vida que se nos va, el cuerpo que no quiere caminar, el miedo a la nada que te hace despertar sobresaltado en medio de la noche. Eso no lo dice Borges. En su estilo tan propio nos dice solo que la vejez es una palabra, un nombre, pero a la vez puede ser un tiempo: el tiempo de la dicha.
Francamente, desde mi absurdo apego a la vida, no lograba entender a esa dicha. Borges tampoco. Con su honestidad a toda prueba, lo confiesa:
Todo esto debería atemorizarme
pero es una dulzura, un regreso
¿Estamos entonces frente a alguien que se siente atraído por el magnetismo de la muerte? Llegado a este punto debí resistir la tentación de escribir algún párrafo freudiano relativo a la pulsión de la muerte. Hay algo de eso, tal vez. Pero la posición de Borges dista de ser la del clásico melancólico-depresivo. Todo lo contrario: su poema es un elogio a la vida ya vivida. Incluso, Borges lamenta no haberla vivido más extensa e intensamente.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos
Los que sigo leyendo en la memoria
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
“a mi secreto centro”.
A su secreto centro. Recién ahí, cuando escribió la palabra “centro”, fue cuando comencé a entender a Borges. Ese poema no es –como antes había imaginado- una carta de despedida, y si lo es, lo es solo en parte. El suyo no es el poema “del hombre que va hacia la muerte” de Heidegger. Por el contrario, es el poema del hombre que ya ha llegado a la muerte, del hombre que, aun siendo ciego, ve su propio final: el del hombre que cruzó la meta y miró hacia atrás, contemplando con cierto asombro el largo trecho recorrido.
Borges escribe ese poema desde el momento en que él está comenzando a separarse de sí mismo:
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas.
O sea: Borges no escribe desde su vida hacia la muerte sino "desde otra parte" que ya no es su vida –no, no es la muerte, pues la muerte "no es"- hacia su vida. Ya no hay nada que lamentar, lo que fue ya fue y el futuro ya no es más.
Al no tener futuro Borges solo tiene pasado pero ese pasado, al no tener tampoco un futuro, comienza a extinguirse, y con ello deja de ser pasado y pasa a ser otro tiempo incomprensible al uso de nuestras palabras. Borges nos escribe –eso fue lo que descubrí- desde otro tiempo. Un tiempo sin futuro, sin pasado, y por lo mismo, sin presente. O quizás, lo que es casi lo mismo, desde un tiempo donde todo es presente.
Mis amigos no tienen cara
las mujeres son lo que fueron hace tantos años.
No hay letras en las paginas de los libros.

Frente a la visión de ese nuevo tiempo Borges menciona ¡ojo! por segunda vez la palabra “centro”.
Emerson y la nieve y tantas cosas
ahora puedo olvidarlas. Llego “a mi centro”,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo
Pronto sabré quien soy.

¿Por qué cuando ha llegado al final Borges habla de “su centro”? Desde el punto de vista geométrico es un temendo error. Pero desde el punto de vista filosófico no lo es.
Borges, efectivamente, al escribir ese poema desde su propio final, se encuentra situado entre dos tiempos: el que precede a su muerte y el que sigue a su muerte. Por eso nos habla dos veces de su centro. Él es su propio centro. Él es el punto intermedio que yace entre su acceso al, y su descenso del, mundo. Ese “centro” es para Borges el lugar privilegiado de la poesía: la cercanía de un "más allá" vista desde un "más acá".
Borges regresa al lugar desde donde llegó al mundo. Pronto sabrá definitivamente quien es él después de haber sido por “un  tiempo” Borges. Borges está a punto de regresar al SER. Desde allí, en medio de su luminosa ceguera, aún estando su cuerpo en vida, nos envió este poema: su propia agonía. Más que un poema, es toda una revelación. Gracias Borges.
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Para leer el poema de J. L. Borges, ELOGIO DE LA SOMBRA hacer clic  
AQUÌ


domingo, 24 de enero de 2016

"Los Mataperros": el realismo sucio, pero "en serio"



Por Luis Benítez


Una de las novedades que trajeron los ’70 a la narrativa latinoamericana fue la irrupción –y posterior notable difusión- del Dirty Realism, aquel movimiento literario estadounidense derivado del minimalismo y que tenía ilustres precedentes, como O. Henry (William Sydney Porter) y Jerome David Salinger, aunque alcanzó su fase canónica con John Fante, Charles Bukowski (Heinrich Karl Bukowski), Raymond Clevie Carver, Jr., Richard Ford o Tobias Jonathan Ansell Wolff, entre otros.

Desde el ingreso de esta poderosa corriente mucho de malo y mucho de bueno se sumó a ella en español o intentó hacerlo; a tantos años de aquel puntapié inicial vemos que el realismo sucio sigue gozando de buena salud y hasta se permite sus buenas vueltas de tuerca. Un adecuado ejemplo de esto último es la novela “Los Mataperros”, (ISBN 978-987-46078-1-2) del argentino Alejandro Frías, con la que Jagüel Editores (Sarmiento 1740 – Cód. Postal 5501, Godoy Cruz, Mendoza, Argentina, Teléfono: +54 261 5093367, e-mail: jagueleditoresdemendoza@gmail.com), de Mendoza, Argentina, acaba de inaugurar su colección “Arriba pasa el viento”.

La novela conjuga un sólido argumento y todos los recursos narrativos que permite la mesura característica del realismo sucio –amante de la sobriedad extrema, para que sea el contexto quien “narre”- con el ritmo y el tempo tan propios del relato cinematográfico; ello hace que “Los Mataperros” parezca una ventana impresa o una pantalla de cine encuadernada, que nos permite ver dentro y fuera de los personajes.

En un suburbio de la ciudad de Mendoza, con una acción que puede trasladarse fácilmente a cualquier otra área similar de Latinoamérica, una humilde familia sufre la tragedia de la pérdida del jefe de esta, Mariano Gómez, víctima de un accidente laboral. Sus hijos encontrarán una salida a la situación intentando vender drogas en la barriada y el menor, apodado El Verdura, será parte de una banda que, además, se dedica a matar perros. Los caminos de los incipientes delincuentes se cruzan con el del líder de una banda rival, el Mono Oviedo, lo que lleva paso a paso, con un suspenso hábilmente manejado por el autor, a un final sangriento e inevitable.

Es de destacar la capacidad de Alejandro Frías para introducirnos en el ecosistema marginal sin caer jamás en el mero panfleto social ni en la hipócrita  condena de personas que son llevadas a situaciones extremas por imperio de las circunstancias que, en definitiva, tienen nombre y apellido: el de aquellos que son sus responsables políticos, sociales y económicos. Antes bien, Frías se aplica a narrar, objetiva y pormenorizadamente, cuáles son las características y los límites de una de las formas del infierno contemporáneo.

Es de esperar que los realizadores cinematográficos tomen en cuenta estos detalles y podamos muy pronto ver la versión de esta novela en la pantalla grande, porque al igual que sucede con las obras de Bukowski, “Los Mataperros” nos lleva a aguardar su realización fílmica, como sucedió con “Storie di ordinaria follia” (dir. Marco Ferreri, 1981), “Love is a Dog from Hell” (de Dominique Deruddere, 1987) o “Factótum” (de Bent Hamer, 2005).

Alejandro Frías nació en Mendoza en mayo de 1969. Trabajó en la revista Diógenes y codirigió las publicaciones Gogol, Res, Serendipia y Poslodocosmo. Publicó Serie B (libro ganador del Certamen Vendimia de Cuentos, 2003) y Todos los chicos (2007), además de los cuentos individuales "El hijo de puta", "Doppelgánger", "Habitación 954", "El gol con la mano del Chueco Martino" y "Cuando mis papás discuten por las afeitadoras".

Así escribe Alejandro Frías:

Diez años tenía el Verdura (aunque aún no se lo conociera por ese apodo, preferiremos usar este a su verdadero nombre, tan ajeno a él mismo) cuando vio por primera vez un cadáver. Él solo había escuchado el llanto y los gritos de su madre, los insultos de Marcos, las preguntas insistentes de Miguel, y no alcanzaba a entender del todo lo que sucedía, porque era de madrugada, apenas si algún que otro rayo de sol se animaba a dar color y forma a las descoloridas y amorfas casas del barrio y ya el alboroto había colmado las paredes, ya estremecía los ladrillos y los revoques carcomidos de humedad y descascarados por los golpes. Alguien de la envasadora, seguramente algún segundón, había hecho sonar el timbre para despertar a Beatriz, a quien nosotros oiremos nombrar, la mayoría de las veces, como doña Bety, y ella despertó a Marcos, porque no se animaba a abrir la puerta a esa hora.

Fueron juntos hasta la ventana que daba a la calle y, asomándose apenas por entre la cortina, preguntaron quién era y qué quería a esa hora, o al menos eso hacían entender con dos o tres palabras.

El hombre de pie en la vereda se acercó al vidrio y preguntó por la familia Gómez y, tras confirmar que había llegado al lugar indicado y que no le quedaba más remedio que cumplir con su encargo, pidió hablar con la señora de Gómez, porque de él, de Mariano Gómez, su esposo, se trataba lo que debía comunicar. Después vinieron los gritos, los insultos, las preguntas insistentes. Recién entonces, y para instalarse por largo tiempo, apareció la desorientación del Verdura, porque fue el único que no alcanzó a comprender del todo el mensaje del chasqui.

Diez años, como ya se dijo, tenía el Verdura cuando vio por primera vez un cadáver humano, y justo vino a ser el de su padre, ajusticiado en nombre de la tecnología por una máquina que no quiso responder a sus órdenes.

Con el pecho hundido por el golpe que le quitó los suspiros, el padre parecía más delgado que la última vez que lo vio, la noche anterior, antes de que se fuera a trabajar. La palidez de Mariano Gómez se le antojó al Verdura como la de la goma de borrar que usaba en la escuela, y hasta quizás le causó gracia pensar que Gómez terminara pareciendo una goma, pero solo quizás le haya causado gracia, porque en ese momento no tenía mucha capacidad para discernir si lo que estaba viendo y sintiendo era cierto o si apenas se trataba de una sucesión de ilusiones que amenazaban perpetuarse.

Esa tarde, en el cementerio, por fin el Verdura dejó escapar algo parecido a un llanto por un muerto, y si bien lloraba, no lo hacía por su padre, que comenzaba a ocultarse de una vez y para siempre debajo de la tierra, sino por la madre, por doña Bety, quien, abrazada y sostenida en pie por su hermana, no parecía consolarse con la partida del marido hacia los brazos eternos de ese dios al que lo encomendaba a cada rato, acompañada por una parte del rebaño del pastor Joaquín, el mismo que, ya entrada la noche, en la misa vespertina, pediría frente a toda la grey por el descanso del señor Gómez, ya a la diestra de un dios muy parecido al de doña Bety pero con más diezmos en su haber.

El Verdura, en definitiva, no pudo entender muy bien lo del padre sino hasta que, pocos días después de cumplir los once, doña Bety dio unos aullidos similares a los de aquella mañana en la que el mensajero de la envasadora hizo sonar el timbre. Esta vez también hubo un sonido prolongado y agudo, un dialogo breve y los aullidos. Las corridas, el encargo a la vecina de al lado para que cuidara al más chico, porque ella se iba, así, mal vestida y llorando como estaba, al hospital con el Miguel, porque al Marcos lo llevaron en ambulancia junto con el Adolfo.


(fragmento, capítulo 2, Los Gómez

lunes, 11 de enero de 2016

La Otra (México)

La Otra Revista
Año 9, Número 105        enero de 2016        ISSN: 2007 - 8005
Si no puede ver correctamente La Otra Gaceta en su cliente de correo electrónico, consulte la versión en línea.
Presentación La Otra 105
2016, ¿educados para matar el tiempo?
José Ángel Leyva

Desde niño pensé en el o los sentidos de la competitividad, tan cercano al concepto de competencia. Mi padre, profesor y director de primaria en la sierra de Durango, solía desbaratar en sus hijos y en sus alumnos cualquier impulso o instinto de superioridad de unos sobre los otros. Fomentaba, eso sí, con mucha energía el espíritu de superación y de esfuerzo. Premiaba la capacidad surgida de la pasión y la entrega, del tesón. Ser competente no significaba rivalidad, enemistad, oposición, sino en todo caso habilidad, pericia, talento, facultad. El desarrollo de una capacidad al servicio de uno mismo y de los otros. Capacidad para comunicar a los demás los sueños propios y para contagiar la ética del respeto a la vida, para ser un día útiles no sólo a sí mismos sino sobre todo a la sociedad. Porque repetía, todos cosechamos lo que sembramos y los que se apropian de la cosecha ajena tarde o temprano la pierden del mismo modo. Mi padre, por supuesto, era un idealista inconfeso.
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Visita Yo es otro, un programa radiofónico de Código DF, conducido por José Ángel Leyva desde el misterio de La Otra, es decir desde la Poesía y en la Poesía. Todos los jueves a las 17.30 hrs. Los invitados de este mes son:
Santiago Pérez Garci - MUNAE, II , Santiago Pérez Garci - MUNAE, I , Juan Manuel Roca, II , Juan Manuel Roca, I , Antonio Deltoro, II , Antonio Deltoro, I

Videos. Poesía en voz alta

Anat Zecharia, Israel 1974; Maricruz Patiño, México, 1950; Carlos López Barrios, Guatemala-México, 1954; Luis Ernesto González, México, 1966; José Ramón Ripoll, España, 1952.
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Federico Roncoroni. Italia, 1944
Con traducción del italiano al español por el también poeta italiano Vincenzo Guarracino, tenemos aquí una muestra de la obra lírica de este autor que se ocupa además del estudio de autores del ochocientos y del novecientos.

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Convocatorias de La Otra, Fundación Guadalupe y Pereyra IMAC
Premio Nacional de Ensayo Crítico, Evodio Escalante 2016, y dos más para el Estado de Durango, Poesía Joven y Crónica Literaria y Periodística. Aquí las bases.
Ocho poetas mexicanas del 70
Grissel Gómez, quien también figura en esta muestra, nos ofrece una perspectiva de un grupo de mujeres que desde su óptica ofrecen una escritura atractiva y seductora.

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Ricardo Venegas. Poemas
Nativo del Estado de San Luis Potosí, pero avecindado en Cuernavaca Morelos, autor de antologías de entrevistas y de autores, editor, defiende su pertenencia primordial al gremio de la poesía.

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Julia Wong. Perú.
Realizó estudios en su país, en Lengua y literatura, y realizó estudios de religiones comparadas en Freiburg, Alemania y Sinología en Tuebingen, también en Alemania. Se dedica a la gestión cultural y la escritura creativa. Leamos algo de su poesía.

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Carmen Váscones, Ecuador.
Su compatriota Cecilia Vera de Gálvez nos advierte de la matriz psicoanalítica en la que se formó la poeta Váscones, pero que sigue el impulso de cuerpos fragmentados, como las palabras que buscan sus significados, su resignificación.

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Andrés Cisneros de la Cruz. México, 1979
De su poesía nos dice Jesús Gómez Morán que se trata de poemas río, poemas de largo o corto aliento que aspiran a ser un todo, unidad que representa el lado pesimista de la existencia.

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La Ciudad en la poesía colombiana. Carlos Fajardo
Una aproximación a la poesía de los siglos XX y XXI toma como punto de partida al más vanguardista de la poesía colombiana, que no enarboló una bandera de ruptura ideológica en el campo de la estética, pero sí una de cambio social, Luis Vidales.

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Informe, De Omar Castillo. G. Leogena
El autor de estos comentarios al poemario “Informe”, de Castillo afirma que hay dos maneras de leerlo para aceptarlo o rechazarlo: como paisaje o como pasaje. La primera forma es horizontal, la segunda es estrecha, pero en ambas se vive la ciudad de Medellín, Colombia.

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Anotaciones a “La gran migración” de Hans Magnus Enzensberger
Lina Alonso se pregunta y nos interroga, lectura de Hans Magnus Enzensberger de por medio, sobre los significados de las grandes movilizaciones de países azotados por la guerra, el fanatismo y los intereses político-económicos de las potencias mundiales.
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Fragmentos de un viaje en curso. Antonio Moreno
El escritor mexicano y habitual colaborador de La Otra, Antonio Moreno, nos ofrece una crónica de viaje por Sudamérica en el que no quedan sueltos los ánimos patrioteros, ni los chauvinismos entre los unos y los otros.
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Lectores y escritores, criterios e imposturas. Pedro Luis Ibáñez Lérida

“La literatura es apátrida. Abandona su lugar de origen y el nomadismo es práctica irrenunciable en su devenir. No se recrea, viaja incesantemente sin horizonte definido”, afirma el autor de este artículo en que nos confronta con ciertas visiones del lector y del escritor.
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Los Encuentros con Lêdo Ivo. Jorge Ruiz Dueñas

“Lêdo Ivo es más reconocido en México que en Brasil”, solían decir algunos poetas brasileños o residenciados en el coloso sudamericano. Lo cierto es que dejó honda huella en lectores y amigos que, como Ruiz Dueñas, lo recordamos de manera entrañable.
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miércoles, 6 de enero de 2016

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