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domingo, 26 de agosto de 2012

Eccehomo: el efecto birria




Por Vicente Verdú

Desde el principio mismo del periodismo, todos los veranos se ha ofrecido a los lectores algún sonado culebrón que, sin ser falso del todo, resultara especialmente distraído. En el pasado los veranos carecían, en general, de noticias bomba (olvídese Hiroshima) y en la vacación crecían toda clase de monstruos del Lago Ness que suplían la falta de otras carnazas mediáticas.

La Gran Crisis, sin embargo, con su incesante superproducción de apocalipsis habría bastado este año para llenar las enflaquecidas páginas de los diarios, pero hastiado ya el público de tanta amargura económica una menuda anécdota risueña como la birriosa restauración del Ecce Homo en la iglesia de la Misericordia de Borja, en Zaragoza, ha dado la vuelta al mundo.

Simultáneamente a esta cómica peripecia a cargo de una anciana tan beata como inocente han ocurrido millones de hechos tanto o más chistosos en todo el planeta. La razón, no obstante, de que haya cundido esta historieta en Internet y a lo largo de más de 130 países no es otra que el efecto explosivo del bodrio actual que lo mismo hace un tesoro de un best-seller que una carga nuclear de un error económico o político. En definitiva, todo depende de la misma arbitrariedad de un mundo sin orden moral o cultural y de su consecuente capacidad para convertir sin mesura un particular desajuste en general epidemia.

Pero siendo esto así, el hecho de que precisamente una abuela protagonizara el actual estropicio aumenta el interés del caso. Los jóvenes no interesan ya como interesaban: no solo se encuentra parados en más del 50% dentro de España sino que, en general, se les tiene por una generación perdida. Perdida y no hallable en ningún templo de sabios. Perdida en el seno de la crisis y desacreditada como alternativa a casi todo. Ahora, inesperadamente, son los viejos, desde Hessel a José Luis Sampedro, desde Bauman a pintoras suprematistas, quienes llaman la atención como alternativas. No es seguro que sepan mucho más respecto a los remedios ni sirvan realmente como opciones eficaces, pero la palmaria ineficiencia de las nuevas generaciones contribuye a su visibilidad y a la fe en sus mensajes.

El caso de Cecilia Giménez, la apasionada y humilde pintora aragonesa que con su audacia ha causado el mayor daño imaginable (imaginario) al ya torturado Ecce Homo que pintó en el siglo XIX un mediocre artista de Requena no tiene importancia artística alguna. Más bien si se trata de explicar su clamoroso éxito en las redes sociales y desde Le Monde al New York Times online lo significativo es la victoria de la máxima banalidad en el centro de lo sublime. La mofa involuntaria de lo divino trufada, sin embargo, de la más acendrada fe.

En el conspicuo circuito de la estética, lo feo muy feo llega a derivar en lo grotesco y lo grotesco se emparenta, al final, con lo risible. De modo que lo que fuera un malestar para el alma pasa a ofrecerle un bienestar y de provocar rechazo llega a suscitar simpatía. Ocurre, de modo parecido, con lo solemne o tenido por excepcionalmente sagrado. Su probable exageración lo aproxima a la grandilocuencia y lo que parecía muy lleno gira hacia lo vacuo.

Casi todo esto lo ha logrado involuntariamente la buena Cecilia. Su afán de embellecer un Cristo deteriorado por la humedad y el salitre ha producido, como efecto de su santa audacia, una irreverente caricatura del Hijo de Dios, más feo que Picio.

¿Blasfemia? La blasfemia ha perdido relevancia social, aunque a la Iglesia todavía le sirva para teatralizar escándalos. La Red, como patrón general del nuevo y extraño valor de las cosas, es el nuevo Dios sin religión alguna. Todos los blasfemos, empezando por Madonna y siguiendo por el modo de cocinar al Crucificado, son necesariamente religiosos. Tienen en su ánimo la intención de profanar porque todavía son creyentes. La Red no es ni Dios ni el Anticristo. Liga sin religión.

En este caso y en todos los demás la Red goza con los enlaces y posee una naturaleza tan peculiar e inédita que en su malla se va conformando un ciudadano imprevisto. Contra la idea de que el mundo se ha infantilizado y el adulto se comporta ahora como un niño, la red pone de manifiesto un modelo de individuo que, tras la cultura de consumo, se ha convertido no en un tipo pueril sino, ante todo, cínico. Al niño (infans) se le conoce porque no puede hablar, pero el ser de la Red es ante todo locuaz, expresivo y facundo. La Red no es sino una textura vibrante, tan ensordecedora como zumbante.

Desde ese medio el hecho se propaga a través de una dinámica multípara. El ejemplo actual del miedo difundido y contagiado a todo el mundo lo rubrica. Se extiende en lo económico como una sustancia que lo embadurna todo. Pero no pega entre sí a los individuos sino que, por el contrario, los distancia. Crea desconfianza y multiplica la inquietud. Frente a esa fuerza del pavor, el humor es su antagonista. Mucho miedo, demasiado miedo a granel, llevaría —como sucede en no pocas películas de terror— a la histeria de la risa. Pero un miedo bien administrado como en estos tiempos de crisis segrega un caldo nauseabundo. Mientras el miedo ahuyenta, el humor aproxima.

Ellos son los dos grandes factores de la comunicación, tal como la red patentiza de distinta manera. La publicidad, todo el marketing, conoce de sobra la importancia esencial de hacer reír y el poder político se fortalece en hacerse temer. Mientras el miedo captura, el humor cautiva.

Millones de otros sainetes, cómicos o pánicos, podrían haber sido protagonistas del culebrón veraniego. Si a este le ha tocado la lotería (aunque la autora ha sido internada con espasmos de ansiedad) es porque la lotería toca y de su posible efecto inesperado nos contagiamos todos.

¿Derechos de propiedad intelectual? No es el asunto más grave pero sí altamente representativo. Toda copia, y tanto más cuanto peor es, descubre la debilidad o los defectos estructurales del original venerado. Como consecuencia, el original queda vergonzosamente al desnudo. El mito desmitificado.

El nuevo tipo humano que se deducirá de la Red y tras haber sido adiestrado intensamente en la cultura de consumo y en el ejercicio de la copia será, probablemente, más cínico, más irónico y, a la vez, más planetariamente urbano.

Lo universal puede traducirse en una pequeña parroquia zaragozana así como la desaparición de Madeleine en Portugal se convierte en una pesquisa de todo el mundo. La Red no sólo nos enreda: deshace la escala y también las jerarquías.

La acción a con la que la octogenaria Cecilia Giménez convirtió una suerte de Cristo de Limpias en una basura es inversa a la introducción del azafrán de aquella marca tradicional en el guisado casero. Lo uno y lo otro, el aquí y el más allá, el saber y el sabor, se entremezclan en la misma olla.

jueves, 16 de agosto de 2012

Verano en Nueva York





Por Eva Feld

Cuando se trata de  Nueva York, la escritura no logra alcanzar a las palabras que conforman el pensamiento. El intento por llamarla  ciudad vorágine se estrella contra la realidad. Una que no sólo está imbuida de rapidez y acontecimientos, sino que también ofrece al visitante otra gama de efectos. Desde imaginar a Kerouac caminando por sus calles eclécticas en las que al lado de las limusinas desfilan también pordioseros y ejecutivos, modelos y gente común, todos transeúntes  en permanente ebullición, hasta el recodo íntimo en el que se identifican numerosas etnicidades pasando por los últimos gritos de todas las tendencias de esta era ultratecnológica en la que la soledad se enmascara en el ciberespacio hasta crear fantasmagorías. Fantasmagorías tan presentes que logran corporeizarse y hasta liderar los movimientos de las masas.

Y, sin embargo, Nueva York es una urbe con escala humana, demasiado humana, por recordar aquí el título de uno de los emblemas de F. Nietzsche,  pues pareciera gestarse un superhombre en sus entrañas de  congestión y de competición. El habitante de Nueva York es un ser múltiple, un superviviente de la aceleración, un subproducto simultáneamente de la destreza arquitectónica y de la catástrofe terrorista.

Durante el verano, el neoyorkino  sabe respirar en medio de sudores cuando anda soterrado en las estaciones del metro y de emisiones carbónicas cuando corre por la superficie. El neoyorkino sabe comer parado, incluso andando; sabe también convivir con decenas de submundos y de idiomas, millares de turistas y de ejecutivos en circulación. El neoyorkino no se lamenta de su suerte, sabe que está en el centro del universo y donde quiera que habite, en las cinco islas  y pico que la conforman, sabe que su recompensa está a la vuelta de la esquina en un atisbo hacia el rio Hudson donde la Estatua de la Libertad sostiene la antorcha; en  un atajo por el Parque Central donde las ardillas y los pájaros festejan a diario la naturaleza ajenos al alboroto circunvecino; en una pizza emblemática como la de Lombardi´s que queda en el Soho, a pocas cuadras de la llamada Tribeca, una urbanización histórica cuya población variopinta, sus aceras y muchas de sus construcciones le dan un aspecto europeo muy diferente a la que emiten los rascacielos de la zona financiera aledaña, que, lejos de obedecer a los  prejuicios, en vez de ser una zona despoblada y fría, ofrece caminatas fantásticas entre rascacielos, una marina y comederos al aire libre. Las recompensas las halla también en decenas de ofertas teatrales, musicales, artísticas o simplemente en el azaroso día a día, porque en Nueva York el único excluido es el aburrimiento. Círculos excéntricos permiten a cada quien según sus condiciones socioeconómicas, sus gustos y sus tendencias relacionarse con sus semejantes en burbujeantes conversaciones. Pero además no es difícil tropezarse con la grabación de un comercial o una escena de serie televisiva y sentirse parte integrante de esa realidad paralela que ha invertido el orden de los factores, pues ya no imita la vida misma sino que le sirve de modelo.

Nueva York en verano es un hervidero, la programación de las galerías y las ofertas de Broadway, el Museo de Arte moderno o el Whitney por solo mencionar algunas de mis paradas, están a tope. Mares de personas se agolpan a las puertas del MOMA, sobre todo el viernes después de las cinco de la tarde, cuando la entrada es gratis y corren por los pasillos para impregnarse. Una de las exhibiciones atrapa la palabra como objeto de arte, decenas de poemas dejan caer sus letras en cascada para transmitir más que un mensaje una sensación. Una docena de teléfonos de los antiguos, permiten a los visitantes discar tras alzar las bocinas para escuchar poesía; letras que se derrochan en infinitos laberintos hasta perder completamente el significado y convertirse en meros elementos gráficos; jeroglíficos, superlativos, diminutivos; la palabra encapsulada, enmarcada, llevada al museo. No dejo de compararla, quizás injustamente, con el inodoro de Duchamp, con la sopa Campbell de Andy Warhol. La palabra mediatizada, la palabra ingrávida, la palabra como objeto de consumo, la palabra popularizada, la palabra liberada de emisor, la palabra mero contenido sin contenedor, la palabra perdida, la palabra impúdica, bailarina rocambolesca… Un poeta lee las suyas desde un video proyectado a la pared, puro rumor, música de fondo, de automercado, de antesala, ¡oh la palabra! Más allá una sala de gráficos, los hay  también de Picasso y tantos más, pero en una de las paredes, seis rostros delineados por Matisse: una pureza en la línea que penetra las pupilas como una fino rayo laser. Nadie empuja para verlos, es solo mío el placer de haberlos mirado para siempre.

En el museo Whitney no hay entrada gratis, la gente paga gustosa para no perderse la impactante exposición de la artista pop japonesa Yakoi Kusama. Contemporánea de Andy Warhol, Kusama, a sus ochenta y tres años, sigue poblando, tanto con palabras y  pinturas como en esculturas e instalaciones, su imaginario mundo simultáneamente minimalista y extrovertido, al mismo tiempo provocador y retraído. Un arte que le ha dado pié a Louis Vuitton a desplegar algunos de sus diseños en sus vitrinas y fachadas. Pero que, en otra faceta, asusta al conservadurismo con su despliegue de falos andariegos, falos que emergen de cajas cuadradas, como las mentes de algunos. Falos independientes, autónomos, libres que pueblan espacios y conquistan páginas en las revistas de arte. Pero al lado de las provocaciones y de los patrones de uso textil o gráfico y de  haber sido una superviviente en la Nueva York de los años cuarenta mediante el permanente desafío y el rompimiento con estructuras convencionales, ha sido y sigue siendo, una  presencia punzopenetrante en el arte contemporáneo. Lo es a través de su persistencia y su permanente investigación de las formas y los colores que dominan la estética popular, yo diría incluso populista, pero sobre todo por lo que aporta desde su laminada interioridad. Kusama vive por propia voluntad, en un sanatorio desde hace más de dos décadas, su taller está ubicado a poca distancia y desde allí, desde Japón,  parece burlarse de la sociedad, como lo hacía cuando tenía veinte años en Nueva York. Con el cabello pintado de anaranjado, con las ropas en concordancia con los lienzos pero con numerosas e impresionantes obras de arte en su haber, Kusama hace pensar que solo en el asilo se halla la libertad. Al resto de los mortales, presos de locura, la artista japonesa nos ofrece distracción y catarsis.

A pocos pasos del museo Whitney se encuentra el emblemático Hotel Carlyle, parada obligada aunque solo sea por aspirar el aire que respiró Marilyn Monroe cuando atravesaba sus túneles para encontrarse con Kennedy, quien por lo demás despachaba desde ese hotel cuando estaba en Nueva York. Tal fue su fama que se le puso el sobrenombre de “Casa Blanca de Nueva York”.  Allí se hospeda Mick Jagger, allí toca el saxofón, de vez en cuando, Woody Allen. En fin, tomarse un bien servido vodka en las rocas con limón en el piano bar y retrotraerse en el tiempo por un momento, con música en vivo cuesta poco más de treinta dólares incluyendo el impuesto y la propina.

La zona conocida como Chelsea le está robando el protagonismo al Soho como distrito de galerías de arte. Para recibir un hálito del ambiente y de la vida que llevan los curadores de esas exposiciones conviene leer al premio Pulitzer Michael Cunningham, en su novela titulada Cuando cae la noche. El autor ofrece más que una suerte de resonancia magnética no solo de las tendencias y el mercado del arte sino un minucioso paseo por las bocacalles traseras de la ciudad, así como del aburrimiento, ése que a pesar de su expulsión de la vida neoyorkina, sabe colarse entre las sábanas de las parejas incomunicadas. Todo ello aderezado con raigambres familiares, una pizca de drogas y un abominable personaje encantador.

En esa zona de comienzos del suroeste neoyorkino se encuentra también el llamado Highline , varias cuadras de parque aéreo en lo que hasta hace unos años era una ruta y una estación ferroviaria que servía a la ciudad con alimentos. Su historia, su arquitectura, su éxito serían harina de un reportaje aparte. Por supuesto que hubo licitación, partidarios y adversarios, pero lo cierto es que hoy en día conforma una caminata especial por la concepción de sus áreas verdes, por la vista sobre el rio Hudson, por sus balcones sobre la urbe, pero también por las gentes que por allí andan. Desde artistas y músicos con sus instrumentos, hasta vendedores ambulantes de artesanía y de comidas típicas, pasando por turistas y locales en busca de un descanso, pues el parque está dotado con sillas de extensión  de madera, así como de gradas para sentarse a mirar la ciudad por encima de las calles.
Más hacia el sur se encontraban las torres gemelas, hoy convertidas en memoria colectiva a través de dos fuentes en las cuales cascadas cuadradas, para recordar las bases de las torres, producen un movimiento y un sonido continuos y en las barandas los nombres de todas las víctimas han sido talladas con tal desempeño que puedan ser leídos incluso por quienes no pueden ver.  Se trabaja a paso rápido en la culminación del museo aledaño. No olvidemos que en pocos días se cumple otro aniversario del fatídico once de Septiembre, el número once.

Ninguna estadía sería completa en Nueva York sin asistir a un teatro. Pocos días antes de la muerte de Gore Vidal, tuve el privilegio de ver su sátira política The best man. La trama gira en torno a las primarias de un partido para escoger al mejor como candidato presidencial. Oportuna reflexión justo a dos meses de las elecciones en Venezuela y a tres de las de Estados Unidos. El talante puntiagudo, la tesitura intelectual y el conocimiento de causa del autor, unido a una excelente puesta en escena y a un elenco de primera arrancaron lágrimas de risa a la audiencia. Una risa agridulce, pues la ficción estaba enclavada en los años sesenta, cuando las trampas, las escaramuzas, los puntapiés y las zancadillas eran “analógicas” por usar un término de la tecnología  telefónica atrasada. En otro lado de la ciudad, los Hombres Azules, siguen presentando su siempre renovado espectáculo mudo en el que la percusión, las muecas y los mohines reemplazan a las palabras, un entretenimiento que ya lleva como dos décadas en escena, siempre a sala llena. Un lugar ideal para quienes no hablen inglés, pero también para los niños que todos los adultos llevamos por dentro.

Comer es otra delicia en Nueva York. La ciudad ofrece desde tarantines de toda ley, hasta la más alta y sofisticada gastronomía. Lo cual aplica también para la música. Sin embargo, el viaje debe llegar a su fin. Un final con vieiras y vino, con grapefruit con canela al horno, con Pinot Grigio de cosecha californiana, con conversaciones hasta mucho más allá de la medianoche con una anfitriona de lujo. La mujer se llama Jill Strickman-Ripps, una mujer de estos tiempos, una neoyorkina de cepa mixta que sabe deletrear eficiencia en todos los actos de su vida y conjugar todos los verbos de acción y de creatividad. No solo ha logrado organizar su vida entera en un radio de diez cuadras a la redonda, sino que ha logrado resquebrajar el infranqueable mundo de la publicidad, al crear hace una veintena de años una empresa que le proporciona actores testimoniales de la vida real a los anunciantes. Un trabajo estimulante, interesante, complejo y variado, para el cual cuenta con una nómina sobre todo de mujeres competentes. Jill es además madre de dos varones, gran amiga de sus amigas, temeraria para andar en bicicleta hasta Governor’s island o a remo cuando se le pinta la ocasión. Jill es una investigadora pertinaz, a quien no se le escapa ningún detalle cuando procura una solución, sea esta de naturaleza laboral o personal, médica o frívola, culinaria o artística. Cuando se trata de describir a Jill pasa como  con  Nueva York, el intento por llamarla  mujer vorágine se estrella contra la realidad. Sí, me traje a New York y la amistad de Jill en el puño y en el corazón. El corazón de Jill está en el puño de mi hermano.

viernes, 10 de agosto de 2012

El redondo objeto de nuestra ensoñación





Por Antonio Limón López

Si el género humano tuviera que escoger solo diez, de entre todos los objetos que ha creado, sin duda la mayoría escogeríamos a uno en común: al balón de fútbol. Su forma esférica los hace fácilmente asimilable a nuestro gusto, la esfera la encontramos en la naturaleza, nuestro planeta tiene esa forma, y es seguro que nuestros antepasados pateaban, por pura diversión, cocos, guajes,  piedras y otros objetos parecidos a nuestros balones. Ciertamente no se han encontrado –al menos hasta el momento- pinturas rupestres donde nuestros respetables abuelos homínidos aparecieran tirando penaltis, cabeceando a una primitiva portería, tampoco en las cuevas de Altamira ni en las de Baja California se encuentra plasmado un público extasiado ante una jugada prodigiosa de un Maradona o de un Marco Fabián cuaternario.

Pero dejando de lado esa remota edad dorada, de los guajes y de los cocos pasamos por una larga evolución hasta los primero balones modernos, que eran de grueso cuero de res, cosidos a mano con toscas costuras, eran bastante pesados y cuando llovía, entonces por el agua que absorbían se multiplicaba varias veces su peso, pero ni así se desanimaban los jugadores. Pelé, Tostao y Beckenbauer, patearon balones mucho más pesados y duros que los actuales y sin embargo, todavía sus juegos -vistos por la magia del “vídeo”- son un cautivante concierto de ligereza, de alegría, velocidad, de ritmo y de talento.

Por fortuna los balones han cambiado, ahora son obras maestras de ingeniería, de diseño fascinante, de materiales sintéticos inventados especialmente para ellos, de colores tan brillantes que despiertan la devoción de todos los niños y niñas así sean mayores de treinta años, porque el juego y el balón despiertan los mismos sueños en todas las personas, sin que importe ni la edad, ni el sexo, ni ninguna de las barreras que todavía nos separan.

Italianos e ingleses se disputan la invención del fútbol, pero patear un ovoide, un coco, una calabaza, un camote redondeado o un balón, ya sea para enviarlo o recibirlo o para pasarlo de un pie al otro, o para simplemente dominarlo es algo tan natural como respirar, con la diferencia que respirar es algo que hacemos sin soñar en ello, en cambio soñamos con patear un balón y con el “chanflee” que ansiamos darle.  ¿Acaso vivimos con el balón un romance a contranatura?

Es increíble pero el balón siendo un simple cuerpo físico, sólido, material, constituido por una estructura diseñada para soportar grandes presiones, golpes, para conservar la presión constante de un gas en su interior, con precisas costuras o sin ellas, es decir siendo una realidad fáctica, un cuerpo prosaicamente material construido con átomos vulgares y corrientes, sea antes que todo eso, después que todo eso y en lugar de eso un objeto fantástico, un sueño, un ideal trascendente, una utopía, un pedazo de Cielo en la Tierra, un algo tan motivador que los jugadores después del gol ansiado, se sienten transportados ante las puertas del paraíso y por ello dan gracias a Dios con un fervor y una devoción imposible de imaginar fuera de esas catedrales del fútbol, que son nuestros patios, la calle de al lado, la sala de nuestra casa, los llanos, los campos, un estacionamiento vacío o lleno, los estadios .. en realidad, cualquier lugar es bueno.

Wembley es la casa del fútbol y este sábado 11 la selección de México enfrentará a la de Brasil, no es este el deporte olímpico por excelencia, tal vez lo sea el maratón, o la prueba de los 100 metros, pero sin duda el partido de fútbol nos deparara a los mexicanos y brasileños 90 minutos de incertidumbre, de sentimiento de gloria y de profundo dolor para los perdedores, toda la tecnología que hemos podido inventar como especie en el universo se involucrará en este simple intercambio del balón, un balón que bien puede ser igual al que tenemos en la cajuela del auto, en la cochera o en el cuarto de nuestros hijos, un balón que en Londres 2012 se llama "Albert" pero que en cuanto a precio no es algo imposible para nadie, pero que una vez que sea puesto en movimiento sobre el pasto sagrado de Wembley se consustanciará en una realidad mágica, en el lenguaje universal, en la religión que une a todos, en un canto cautivante e irrepetible, en algo que traspasará cada una de nuestras células y nos transportará al cielo de la victoria más pura y diamantina o al infierno de una derrota … memorable, por decir lo menos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Murió Gore Vidal, uno de los grandes escritores norteamericanos




El estadounidense Gore Vidal, escritor, novelista, ensayista y guionista cinematográfico, ha fallecido este martes 31 de julio en Los Ángeles a los 86 años tras una vida dedicada a la literatura y al cine con sátiras como Myra Breckinridge (1968) y guiones como Calígula (1979) o Is Paris Burning? (1966). Candidato eterno al Nobel de Literatura, primo de Al Gore y hermanastro de Jacqueline Kennedy, Gore Vidal murió en su domicilio situado en las colinas de Hollywood por las complicaciones ocasionadas por una neumonía, según informó su sobrino Burr Steers al diario Los Angeles Times.

El autor de Juliano el apóstata, Hollywwod o En directo del Gólgota, entre otras muchas obras o guiones cinematográficos y teatrales, se había instalado en Los Ángeles en 2003 después de residir un periodo de su vida en Ravello, Italia. Gore Vidal fue uno de los intelectuales norteamericanos más críticos con la política oficial de su país, junto con Susan Sontang, Noam Chomsky, o Norman Mailer, con quien mantuvo sonados enfrentamientos.

Junto a Mailer y Truman Capote, Vidal, estaba considerado como uno de los mejores escritores y pensadores de Estados Unidos. Fue un ávido escritor y frustrado político cuya producción literaria giró en torno a la novela histórica, la sátira sobre la forma de vida de los estadounidenses y la ficción científica. En el género histórico destacaron títulos como A Search for the King (1950), Julian (1964), Creation (1981), todas ellos ambientados en períodos que van desde la Persia del siglo V antes de Cristo hasta la Inglaterra de Ricardo I, así como obras sobre Estados Unidos como Washington D.C. (1967), Burr (1973),
Lincoln (1984) y Empire (1987).

En 1993 obtuvo el Premio Nacional del Libro de Estados Unidos por sus ensayos "United States Essays, 1952-1992". Sus sátiras más célebres fueron "
Myra Breckinridge", sobre un megalómano transexual y Duluth, mientras que en el campo de la ciencia ficción escribió Messiah (1954) o Kalki (1978).

Nacido el 3 de octubre de 1935 en la academia militar de West Point (Nueva York), donde su padre era instructor de aviación, se sintió atraído desde niño por la literatura y la política, influido por su abuelo materno, Thomas P. Gore, que fue senador de Oklahoma, y con el que vivió desde los 10 años tras el divorcio de sus padres. Cursó sus estudios en la Academia Phillips de Exeter de New Hampshire, en la que se graduó en 1943, y con diecisiete años se alistó en el Ejército, donde sirvió durante la II Guerra Mundial.

A los 19 años, cuando se encontraba destinado en el Pacífico, escribió su primera novela, Willawaw, que se publicó en 1946 y dos años más tarde logró el aplauso de la crítica por The City and the Pillar, una obra que dio que hablar en aquellos años dado que su protagonista era homosexual.

En 1952 publicó la novela The Judgment of Paris, después de la cual dejó de escribir relatos durante unos años para dedicarse a trabajar para los estudios de Hollywood. Fue guionista de cintas como Suddenly, Last Summer (1959) en la que Katharine Hepburn interpretaba a una mujer que quería lobotomizar a su prima, encarnada por Elizabeth Taylor, para encubrir las circunstancias en las que tuvo lugar la muerte de su único hijo. Ese filme, con Montgomery Clift en el reparto, optó a tres Óscar, uno más que Is Paris Burning? (1966), película sobre la ocupación alemana de la capital francesa en la Segunda Guerra Mundial que escribió Gore Vidal basándose en varias novelas y en colaboración con Francis Ford Coppola.

Vidal es autor de los guiones de largometrajes como The Best Man (1964) o el drama romano Caligula (1979) y esporádicamente trabajó como actor en proyectos como Gattaca (1997). Fue igualmente un apasionado de la política, aunque sus intentos por abrirse camino en Washington no fructificaron. En los años 60 tuvo un papel muy activo dentro de las filas más liberales del partido demócrata norteamericano y se presentó sin éxito para el puesto de congresista por el estado de Nueva York. Se movió con más habilidad entre bambalinas y llegó a ser asesor del asesinado presidente John Fitzgerald Kennedy. Entre 1970 y 1972 presidió el People's Party (de tendencia liberal) y en 1982 se presentó como senador por California y estuvo a punto de ganar al obtener más de medio millón de votos.