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lunes, 30 de abril de 2012

Los barrancos limeños del Gran Hotel



por Eva Feld*

Un festival internacional de poesía puede semejar un crucero transoceánico, no solo por el hecho incuestionable de navegar incesantemente sobre inmensas olas en medio de un mar infinito como  viaje perenne, sino sobre todo porque al igual que en un barco, cada camarote, toda estancia, recoveco o escondite, sala, bar o comedor se convierten en espejos confrontados que niegan, eliminan y abominan la soledad al reproducir hasta el infinito las imágenes de quienes ante ellos desfilan.  En todas partes, en ascensores y pasillos, en escaleras y recodos, se encuentran todo el tiempo los unos con los otros. La espuma, el salitre, la resolana, el plenilunio, la camaradería, la fotografía acaban convirtiendo a los pasajeros, o mejor dicho a los poetas, en tripulantes de una travesía en la que una de las materias primas del quehacer poético, nada menos que la individuación, queda convertido en sal y agua. Cuando acaba el viaje, cada uno lleva consigo un bagaje indescifrado al que le dedicará  muchas horas, tal como hacen los turistas con las centenares de fotos que requieren ser ordenadas, clasificadas, fechadas para que todo lo vivido adquiera hálito de veracidad.   A los poetas participantes aun les queda por visitar numerosos  blogs, ciberespacios, videos, grabaciones, libros, revistas todavía bajo el influjo de la perplejidad hasta que el escrutinio se vuelva cada vez más severo, más austero, más conciso. El regreso al silencio, al propio espejo biselado, a la soledumbre así lo exige. Pero entonces ocurren los sortilegios, como éste de evocar por debajo de los párpados algunos de los paisajes más memorables de la Feria Internacional de Poesía de Lima que trascurrió entre el 28 de marzo y el 1 de abril de este año. En mi caso se trata del puro “contrabando”, pues fui de polizón y todo aquello que vi y oí, aprendí o degusté tuvo para mí un aderezo testimonial, desde mi profesión de periodista y mi vocación de novelista.

Mis hermanos por parte de padre: Pia Tafdrup de Dinamarca y Fernando Herrera de Colombia

El Gran hotel Bolívar queda ubicado en un centro neurálgico de Lima, pero sobre todo en el vértice de otro tiempo. Allí todo pertenece al siglo XX en el esplendor del art deco.  Tiene cúpula de vitral policromado, tiene ascensor de madera, todo posee la gracia y el encanto de anteayer, de una deliciosa atmósfera debilitada de película antigua. Ni siquiera la restauración de la que fue objeto en 1968, pretende restarle verosimilitud al hecho de que fue construido en 1924. Eso en cuanto a la estética, pues en lo que concierne a la administración, lleva el sello del gobierno local que apoya el sistema cooperativo.
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Habría podido contemplar y ensoñar algún parlamento de Humphrey Bogart, verlo sentado en una de las butacas del lobby fumando un habano. Hubiera podido percibir el flagrante coqueteo de Lauren Bacall contoneando sus caderas y sus pechos ante la mirada soslayada de un sinnúmero  de latin lovers. Pero Renato Sandoval, el demiurgo organizador del Festival tenía otros planes. El primer FIPLIMA tenía como país invitado a Argentina y la primera lectura de los poetas argentinos iba a realizarse en una sala de teatro a unas seis cuadras del hotel. Así fue como emprendimos la caminata, por las calles coloniales de Lima,  decenas de poetas en procesión. Ayudé a la casualidad a que me colocara para la peregrinación a la diestra de la poeta danesa Pia Tafdrup. Ya  la había escrutado en Youtube, quería conocerla, me había impactado la fuerza de su idioma, su  nervio, su tesitura, su ímpetu; la tensión en sus ganglios, en sus tendones, cuando se le erguía el cuello en función del poema sobre su padre que leía,  en una plaza pública, sobre todo a jóvenes atentos a su vehemencia. Pia aun olía a frio de primavera, acababa de llegar de Paris donde trabajaba en una traducción. Estaba muy preocupada, sus  maletas no habían llegado con ella, así que miraba de soslayo las vitrinas para el caso extremo en que tuviera que comprar al menos un par de zapatos para su primera intervención, la del día siguiente. El idioma inglés nos permitió rápidamente tender un puente de femineidad, una solidaridad instantánea, un intercambio,  una intimidad.  Caminábamos por el medio de la calle y aventuré un primer lugar común preguntándole  cómo fue que comenzó a escribir. Acostumbrada a contestarlo, me echó el mismo cuento que a otros periodistas del mundo: “mi padre me leía cuentos de Hans Christian Anderson desde muy pequeña y me inventaba otros todas las noches. Así descubrí mi vocación por la palabra y luego, cuando mi padre enfermó, yo le leía los mismos cuentos a él”. Poco a poco, en el transcurso de  la noche, supe más de ella, que su poemario “Los caballos de Tarkowsky” estaba precisamente dedicado a su padre que había sucumbido ante el mal de Alzeimer. También me dijo, ya cuando debimos tomar angostas aceras y no podíamos seguir marchando juntas, sino una delante de la otra, que su padre había sido perseguido por los nazis, que vivió en desesperanza el desasosiego, la persecución y que solo conoció la paz en el campo, en su hacienda, lejos, rodeado de plantas, animales y lecturas. No llegué a decirle, ni siquiera a la vuelta del recital de los argentinos, que también hicimos juntas, a pie y parándonos a cada rato para ver a los vendedores ambulantes que ya cerca de la medianoche son tolerados en las calles de Lima, que somos como hermanas por parte del mismo “padre” como vocablo. No llegué a hablarle del mío,  superviviente por excepción, conocedor igual que el suyo de persecuciones y duelos, de dolores y pérdidas y también de infinitos cuentos reales y ficticios, que mantienen afilado,  aun hoy en día, a cuatro años de su muerte, mi sexto sentido, el de escribir. 

Decenas de niños atrapaban la curiosidad de Pia: “En Dinamarca los acostamos temprano, a lo mejor somos demasiado estrictos” dijo la nórdica, con debutante saudade,  en  su primer contacto con la realidad peruana. Las maletas al fin llegaron, tarde pero completas. Pero Pía nunca dejó de preocuparse porque todo saliera bien. Así fue.  Pude verla, en  los días siguientes, como antes en el video, entregarse de cuello entero a la lectura de sus poemas y aun sin hablar danés, comprendí cada verso desde el acaudalado torrente de nuestra consanguineidad, mucho antes de escuchar la traducción al castellano.

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La plaza Kennedy llegó a ser durante el FIPLIMA uno de los espacios públicos más celebrados por los limeños. Peruanos de todas las edades y de diferentes procedencias sociales e ideológicas, escuchaban con fruición las lecturas de los poetas del mundo en diferentes claves, en múltiples idiomas, en variadas cadencias.  Los poetas, micrófono en mano, ocupaban el centro de un pequeño foso y se entregaban al apetito crecientemente hedonista de un público virgen, de oídos nuevos, de transeúntes sorprendidos, de amas de casa emocionadas. Todos, menos uno. Fernando Herrera, el poeta de Medellín, tomó la palabra sentado con el público.  Sus palabras hicieron presente a la natural muchacha de una pescadería. Del poema emanaban los olores y los quehaceres de su oficio. Pude constatar en sus otras lecturas, en otros escenarios, que Fernando Herrera es un retratista de momentos estelares, de aquéllos que involucran instantes en que la condición humana emana belleza, pero sobre todo el movimiento perpetuo de la naturaleza. Es pues Fernando un pintor a veces figurativo y paisajista pero siempre en la búsqueda de traspasar  al lienzo el movimiento. Como si anduviera a caballo. 

Finalizado el recital, conocí a  Fernando Herrera como protagonista de su propio movimiento perpetuo, el interno.  Empequeñecido el auditorio, reducido apenas a dos pares de amigos, en un hermoso apartamento particular y atendidos por un peruano encantador, se nos presentó ese otro poeta que es siempre el mismo pero nunca igual. ¿Dónde está Fernando cuando cierra los ojos? Aventuro aquí alguna posible respuesta: A veces, como esa noche en particular, se halla retrotraído a su infancia en Medellín. Al cabo de largos minutos espabila y nos habla de su padre, el Magistrado Herrera. “la persona que más he querido en mi vida”. Detrás de los párpados de Fernando Herrera permanecen intactas las cartas que intercambió con su padre cuando joven  declinó la academia por la poesía, en aquel Paris universal donde es posible perder el rumbo para verdaderamente encontrarlo. Fernando se yergue de su silla como potente histrión y declama de memoria en francés. Luego, a mi pregunta, nuevamente un tanto obvia, de si ha hecho teatro, responde, otra vez desde la remembranza, que si ha sido actor. “El magistrado Herrera montaba cada año, con sus hijos, una pieza de Moliere e invitaba para el estreno en casa a los demás magistrados. El magistrado Herrera lloró cuando supo que su hijo  había ganado el premio nacional de poesía, siempre entendió que su hijo sería poeta”. Cuando Fernando cierra los ojos puede sumarse a los de su padre.  Por eso sabe describir todo sobre la heredad, sobre la tierra y sus gentes, para recordarlo y mantenerlo vivo, pues como decía el mío, “nadie muere mientras perdure su memoria”

LA MIRADA MÚLTIPLE: UNA CONVERSACIÓN CON DOS QUEBEQUENSES, FRANCIS CATALANO Y CARL LACHARITÉ

Las terrazas de los hoteles son en sí mismas terrenos literarios. Quien tenga alguna duda, recuerde por un momento al menos dos buenos ejemplos, la del hotel chileno en el que el padre de Montano, el del “mal” que le hace sufrir Enrique Vila Matas, conoce a su alter ego o la de Lidia Jorge, en “La costa de los murmullos” donde dice: ¿Pero por qué me pregunta por los verdaderos nombres de las personas que bailaban durante esos dos días en la terraza? ¿Por qué insiste en ese hotel?

La del Gran hotel Bolívar es más literaria que cualquiera otra, de qué otro modo habrían podido convivir en ella tantos poetas durante cuatro días, hablando todos a la vez, bebiendo pisco, abrazando ideas, componiendo el mundo, ajustando cuentas con la realidad, torciendo su nervadura hasta convertirla en fantasmagoría. La  musa coincidencia coloca por un momento a los dos canadienses francófonos en mi zona de confort. Los he escuchado a ambos en sendos recitales, me han dejado con hambre. Provienen de la periferia de la lengua francesa, por ser  minoría en Canadá y extraña en Europa porque hablan con un dejo del sur, con algunas palabras reminiscentes del pasado pero con el convencimiento absoluto de sus respectivos derroteros.

Carl es además de poeta, patafísico, psicólogo y actor múltiple en performances pero también en la militancia diaria contra la indignidad. Además dibuja la ruta de sus pensamientos, de lo que siente, de lo que le dicta la dramática sustancia de su interioridad. Dice que sólo se puede ser fiel a la transformación del sujeto en la objetividad de la palabra. Sus palabras se atropellan, tiene 40 años pero siente que no le alcanza el tiempo para decirlo todo.

Francis es más recatado, sonríe desde el enigma pero no por ello oculta su ars poetica. Ahora más distendidos, nos enfrascamos en una discusión visual. La realidad divisada desde diferentes prismas. Carl quiere retratar en sus palabras al hombre que camina y simultáneamente al que se está viendo caminar. Por eso dibuja con manía los trayectos de esas miradas. Son líneas que se cruzan, que se separan, que se exaltan, que desaparecen en el vórtice. Son trazos que renacen de las sombras y acaban siendo arte aun antes de convertirse en poemas. Carl también involucra a su cuerpo en esas excursiones en procura de otras visiones.
-         
       La mirada astigmática – pretendo puntualizar
-          Sí, puede ser, creo que me comprendes, responde

Catalano simplemente nombra el título de uno de sus poemarios. Apenas pronuncia la palabra Panoptikon  cuando Carl y yo lo envolvemos con nuestra atención unívoca. Como si se tratara de la activación de una clave secreta, despegamos  con rumbo sideral. En la terraza del Gran hotel Bolívar queda la algarabía del poeterío reunido en festín. Nosotros, los pasajeros de la visión estrábica, microscópica, oblicua, telescópica panóptica, navegamos a la velocidad de la luz hacia ese lugar en nosotros mismos donde todo es posible, incluso disentir.

Nuestras  obsesiones toman formas diversas. Para Francis, el ser es observado por el ojo controlador del poder, una mirada invisible pero omnipresente ante la cual se escuda el poeta en su defensa contra el dominio del televisor,  de la computadora. Busca el antídoto que le devuelva lo humano perdido a los seres hipnotizados por la bestia cotidiana. Quién enciende a quien, se pregunta el poeta, se trata de un espejo ardiente, “se dirá que morir frente a él  a fuego lento significa ser teledevorado”. De allí que nada de lo cotidiano le sea ajeno pues le presta a todos los temas de la actualidad la forma de su excitante  inflexión.

Carl, en cambio, prefiere la divagación óptica, su visión caleidoscópica. Su intención la oscura claridad que ilumine y ensombrezca la página en blanco, como en  un lienzo revelador de las formas más genuinas de su entendimiento del mundo.

Habrá que aterrizar en la terraza del Gran Hotel Bolívar. ¿Pero por qué me pregunta por los verdaderos nombres de las personas que bailaban durante esos dos días en la terraza? ¿Por qué insiste en ese hotel?

*Periodista y novelista venezolana

jueves, 26 de abril de 2012

EDUCAÇÃO E LEITURA: VIDA






Por Luiz Carlos Amorim 
Escritor – Http://luizcarlosamorim.blogspot.com ; lc.amorim@ig.com.br

Um leitor não é aquele que lê um livro – ou uma sinopse – apenas para dizer que o leu. Ou que nem sequer lê a sinopse porque tem dificuldade para interpretar um enunciado. Leitor de verdade é aquele que sabe interpretar o que leu, que sabe recriar um texto. É aquele que usa seus sentidos na recriação de um texto, que decodifica signos com emoção, com alma, com sentimento.

Infelizmente, no Brasil, temos muitos dos primeiros, que na verdade nem podemos chamar de leitores, pois leem pouco porque não conseguem capturar o significado de um texto. Não conseguiram usufruir do letramento e não conseguem, quase, se comunicar. Escrever ou ler um bilhete é uma tortura, pois não conseguem se expressar nem entender uma pequena mensagem.
O leitor de verdade, então, esse não é muito comum. Aquele leitor que tem o hábito de ler, que lê dois, três, cinco livros por mês, sejam eles comprados, alugados, emprestados, esses são poucos, em número muito aquém do que desejaríamos, considerando-se o tamanho da população desse nosso país.

O resultado da terceira edição da pesquisa Retratos da Leitura no Brasil, encomendada pela Fundação Pró-Livro e pelo Ibope Inteligência acaba de sair e não é nada bom. Revela que, do ano de 2007 até a atualidade, o índice de leitura dos brasileiros caiu de 4,7 livros por pessoa para quatro títulos. O número de leitores saiu de 95 milhões e meio, há cinco anos, para 88 milhões no ano passado. E olhe que a população cresceu, e muito, nesse período.

Isso pode ter muitas causas. Uma, sem dúvida a principal, é a falência da educação no Brasil. Se a educação é ruim e não incentiva a leitura nos leitores em formação, então não podemos esperar que crianças cresçam com aquisição de cultura e informação suficiente para consumirem livros, para terem boas colocações no mercado de trabalho e, consequentemente, poderem continuar, na vida adulta, a leitura de mais livros, adquirindo, assim, mais cultura, mais conhecimento e mais capacidade de progredir. Porque ler é adquirir subsídios para a vida, é tentar entender o mundo. Ler é nos transformarmos, é nos adaptarmos com as mudanças a nossa volta, é ajudar a mudar o mundo – para melhor.

Então, precisamos repensar a educação brasileira, estruturá-la, dar-lhe atenção e a importância que ela realmente tem, capacitar melhor os educadores e pagá-los dignamente. O Estado precisa priorizar a educação e não desconstruí-la, como vem fazendo. E isso precisa ser feito logo. Ou será tarde demais.
                         *****************************
                   
 Sobre o autor: Luiz Carlos Amorim é Coordenador do Grupo Literário A ILHA em SC, com 31 anos de atividades e editor das Edições A ILHA, que publicam as revistas Suplemento LIterário A ILHA e Mirandum (Confraria de Quintana), além de mais de 50 livros.
Foi eleito a Personalidade Literária de 2011 pela Academia Catarinense de Letras e Artes e ocupa a cadeira 19 da Academia Sul Brasileira de Letras.Editor de conteúdo do portal PROSA, POESIA & CIA. e autor de 27 livros de crônicas, contos e poemas, três deles publicados no exterior. Colaborador de revistas e jornais no Brasil e exterior – tem trabalhos publicados na Índia, Rússia, Grécia, Estados Unidos, Portugal, Espanha, Cuba, Argentina, Uruguai, Inglaterra, Espanha, Itália, Cabo Verde e outros, e obras traduzidas para o inglês, espanhol, bengalês, grego, russo, italiano -, além de colaborar com vários portais de informação e cultura na Internet, como Rio Total, Telescópio, Cronópios, Alla de Cuervo, Usina de Letras, etc.


lunes, 23 de abril de 2012

Francis Catalano en poesía




INDEX
de Francis Catalano*




América tierra arcaica
arena sin reloj
América del Norte América del Nombre
fragmento de Pangea que avanza donde se despliegan
sus piedras lentamente
ligada a un secreto lítico la Laurentia extiende
su granito escolta de ella misma
que desgarra la espalda de los océanos
por el resquicio de un rompecabezas los ojos entrecerrados yo escruto
el continente que se desmantela
deriva punzante es una carretada
con un vientre plano al extremo
basalto chirriante raspado a fondo
es una infra-América y su norte se hunde
de cabeza al Ecuador
encastres modelados de brotes minerales
placa sumisa en su marcha dubitativa
nupcial marcial como los huesos
de un cráneo fracturado cuyos callos
se ajustan se adjuntan empujan
–a la velocidad de los cabellos
sobre el cráneo maltrecho de un convaleciente

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Aquí contemplo en toda su gracia
un surgimiento espontáneo de montañas
allá un volcán bajo presión se desconecta
de su chimenea ardiente
ya pronto en vuelo rasante de arqueoptérix
uno de ellos fijará en su pupila
todo lo global y lo invisible
de este paisaje sin relieve rodeado de carbono
–ya propenso a rejuvenecer
en un nanosegundo la luz hace el croquis
de una flor que desliza en silencio
bajo los pliegues de un acantilado
tiene forma de cuarzo el azar
engullido por las megalópolis en las geodas
recostado el continente se esfuerza en parir
la piedra y la fiebre la boca
de los cráteres eructa una memoria lapislázuli
dando a luz el océano también
no veo al hombre pero sí sus espinas pulverizadas
amontonándose sobre los fondos elevados
cayendo como nieve blanca
entre las algas azules

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Laurentia agazapada bajo América
regreso por la silueta ocre de tus playas
las curvas ricas en caza de un oscilograma
para constatar oh gótica selva
cuántos montes laurencianos te evocan aún hoy y siempre
en el lapso de una estación fulminante
se alisó el calco de tus lagos
volviendo incansable ectoplasma fugaz
el agua refleja la obstinación del glaciar
para sacudir las montañas en los extremos de sus cadenas
–mira en el fondo del cráter
al meteorito recordar los temblores de la luna
mira aquello que de los lagos emerge entreverado
tallando con punta seca las columnas blandas
tus basamentos fragmentarios Laurentia
tan pronto se vacían te imantan
a medida que renuncia a los hielos
tu memoria se seca


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En cuclillas al borde del abismo imagino
un mundo reversible donde el tiempo
llegaría a su fin como un filme que retrocede
veríamos a Colón, Caboto, Cortés, Cartier, Champlain,
dar marcha atrás, derechos de autor en mano
los Incas quizá descubrir Europa
el Homo Laurentientis perseguido por bestias inmaculadas
caminando hacia atrás por una Beringia en flor
veríamos los árboles caer junto a sus frutos
la lluvia reintegrarse a los cúmulos deshidratados
de abajo hacia arriba en torrente
en la mira de la prehistoria el hombre surge
pero es la historia la que lo hiere
en pleno corazón del cual mana lo reversible
yo lo miro huir del pasado y el pasado
huir de sí por un hueco abierto en su pecho
se aleja del mal de sí mismo
que pasa curar buscar morir
es su única absolución
–ya que antes de ser remedio América
era un ready made

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La sombra de un cérvido me atrae
hasta la constricción crepitante de los hielos
qué más debería yo obstinarme
a cargar sobre mi espalda qué otros ramos de esquirlas
a qué debería yo aún arriesgarme
el Noroeste tan bien cobijado bajo la hipófisis
caminar mucho tiempo tanto tiempo
ya sin aliento sobre mares y mundos
franquear estrechos atolones cabos cordilleras
estoy helado soy un tamiz de frío
soplo en el cuello del hombre
la luna es un ojo incrustado en lo nulo
apenas sigue mi odisea por su catarata
el glaciar me ciega y me opaca
tan ausente como siberiano desaparezco en zigzags
árticos reaparezco sobre las Aleutianas
entre perfiles prognatos
astilla de sílex yo avanzo con pasos mudos
mil millones más vendrán a tensar el arco del fémur
con la boca llena de cavernas vengo
mi simiente manando como un chorro fijo
para besar la risa de espinas
que el horizonte exhibe


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Nevaba dulcemente
sobre la placa continental
como había nevado durante toda la edad de piedra
un simple chasquido sobre el ADN
me arrastró al torniquete de aventuras
esta caída en el Animal indómito
es la Osa y la Estrella Polar inflamadas
–es aún un abismo negro
abriéndose sobre otro blanco
varios cielos empalados en la nuca
llegar al triángulo de Ungava mientras el clima
uno a uno se quita sus chales
los hielos sin ardores vuelven al agua
allí sólo allí descubrir en un golpeteo
de la palma sobre los labios
que del fondo de la garganta puede nacer
un grito más puro que el anzuelo

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Rostros arrugados se hunden aquí y allá
en la opaca nevisca
camino contra el viento yo el Esquimal-Aleutiano
cuyo devenir es inmóvil
cabellos salpicados como copos de cuarzo
al contacto de esta brisa temporizadora
aléjense de mi cara azulada
testaferro de una estrella con mi bolsa
me alejo del suborden de los simios
tantos sonidos para describir la nieve
ni uno para decir quién soy
en esta tierra de nadie rodar migrar caer
–nómade hasta el más secreto nevus en la piel
avanzar siempre avanzar
girando mi lengua de hielo
de espaldas a la borrasca apuro mi paso hacia el mar
de los chucotos donde esenciales divisiones se imponen
polvo en el ojo sin iris de la luna he ahí
el blanco en que estoy

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El polo vida el polo muerte entre los dos derivar
están los viejos y a sus arengas
los trozos de hielo se han unido
y están los recién nacidos que arropamos
en la cavidad de los naganes de las mujeres
de una orilla a otra Bering presiona
los campos magnéticos comen mis ojos
retraídos en la mirada
en su carrera la presa de ayer
revisita esta constelación en forma de cacerola
las palabras robustas e imperfectas yo las dejo ir más allá
–no vengo de ningún lado y a ningún lado voy
junto al grupo evoco una tierra prometida
al recalentamiento evoco un país
donde abundan danzas de saltos de ciervos
ante la extensión de mis parábolas
me deslizo por el estrecho de un sonido
y los viejos creen oír
volar una drosophila presurosa
pingüinos místicos los niños baten
sus palmas apasionadamente


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Tenaz  raza de Siam perdura
sigue engendrando sobre la solidez de lagos bermellones
asedia al Animal con su grupa inusitada
y desguázalo equitativamente
los cráneos humanos bajo el permafrost
serán la materia de un futuro paleontólogo
en mi rostro la nieve baila –delirante
el viento yo lo siento posterga
más tarde más lejos sus raíces se nutren
del aliento del sur fósil
aquí los témpanos trashuman frente al litoral
es una blusa blanca amplia
el norte se revela farallón tras farallón
y me descubro contemplando eso
cuando pájaros acuáticos extraños comienzan
a volar en tirabuzón sobre mi frente
unida a un mar sereno


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Marchar e inventar son lo mismo
ésa es la fórmula del progreso en estos paralelos
quien dice quedarse dice pudrirse
ese perro que duerme, ¿puede seguir llamándose perro?
atarlo al extremo óseo de un trineo
y deslizarse sobre estas tierras sin balizas ni mojones
privadas de verticalidad deslizarse
bajo un sol que no se pone ni sale
enigmática velocidad hacia los polos
en menos tiempo más espacio blanco
deslizarse deslizarse buen año mal año algunos
siguen esta topografía sazonada de renos
otros arrojan su parka peor para ellos
como los planetas planean
la Tierra erra las piedras petrifican
suelto lejos el perro que tengo en el vientre
y helo aquí en medio de la taiga
lamiendo las heridas de las bayas que cuelgan de los arbustos
y como es hueso el hombre se acerca
al este de nada las ocas salvajes se desparraman
habrá cinco lagos descongelándose
una selva de troncos erguidos ya no nos deslizamos
incluso antes de haber entrado
el hombre no ha salido del bosque


Traducción de Diego Creimer
* Francis Catalano (Montreal, Canadà, 1961). Poeta, traductor y editor de poesia, fundó en la década de 1980 la importante revista Influx. Ha publicado cinco libros de poesia, uno de los cuales – Qu’une lueur des lieux (2010) – obtuvo el Gran Premio Quebecor del Festival Internacional de Poesia de Trois-Rivières (Quebec). Otros libros suyos son : Panoptikon (2005), M’atterres (2002), Index (2001) y Romamor (1999). Por Instructions pour la lecture d’un journal de Valerio Magrelli recibió el premio de traducción John-Glassco en 2005. También ha traducido Yellow de Antonio Porta (2009), asi como poemas de Sanguineti, Zanzotto, Balestrini, Tondelli, entre otros.







domingo, 22 de abril de 2012

Entrevista en Lima

Hay que saber saltar por la ventana



Por Fernando Mires

http://polisfmires.blogspot.com



Todo es como es y las cosas son como son (“El viejo que saltó por la ventana y se largó”)


Uno de los logros más altos de la cultura es el humor, sostenía Freud. Y si se tiene en cuenta como en sus últimos trabajos el genio psicoanalista centró sus ideas no tanto en el inconsciente “en sí”, sino en la pulsión de la muerte, es porque ya había percibido desde lo tiempos en que escribió “El chiste y su relación con el inconsciente” algo que latía en sus tristes enfermos: un sentimiento trágico de la vida.

Por eso, si alguien ha probado el fruto del árbol del conocimiento y enfrentado cada minuto a la noche intensa de la finitud y a pesar de todo puede reír y, además, hacer reír, es porque ha logrado aventar la presencia de su muerte. Una vida sin humor –llegó a sostener Freud- es patológica.

Saber pensar sobre nuestra muerte sin sentir miedo nos hace grandes. Saber pensar sobre la  muerte con una sonrisa nos hace casi divinos. Esa es la razón por la cual siempre he sostenido que una narración literaria, por muy trágica o triste que ella sea, si no contiene ni siquiera una pizca de humor, no merece ser leída por nadie.

Hasta las novelas más “negras” como son -entre otras del “boom” sueco- las de Henning Mankell, Stieg Larsson y Ake Edwardson, producen placer cuando en medio del más horrible drama asoma la punzada irónica, la chispa del dialogo o la frase ocurrente que llama a la risa.
Sin embargo, con Jonas Jonasson, otro de los grandes escritores suecos de nuestros días -muy bien llamado el “anti-Larsson”- ocurre exactamente lo contrario.

En medio de la risa que provoca el increíble y hasta ahora único libro de Jonas Jonasson asoma la reflexión ante la vida de un hombre cuya más grande sabiduría proviene de una inquietante ingenuidad, la de Allan Karlson, ese viejo que justo el día cuando cumplió cien años saltó por la ventana del dormitorio del asilo de ancianos y echó a vagar por el mundo, como lo había hecho siempre antes.

La insólita novela trata de dos historias entrecruzadas sobre la base de un mismo plano. Una historia es la que ocurrió antes de que el anciano saltara por la ventana. Otra, después.
La primera es una historia en “la historia”, donde el joven Allan estableció relaciones personales con personajes nada de ficticios como Truman, Franco, Stalin, Mao. En esa historia los poderes omnímodos del siglo XX fueron puestos en el más absoluto ridículo por la sencillez de un hombre castrado por un médico racista, experto en la tecnología de las explosiones y poseedor casual de los más íntimos secretos atómicos.

Allan Karlson, a pesar de codearse con la historia universal (o quizás por eso) no entiende nada de ideologías ni de religiones. Su filosofía, si así se puede nombrar a su posición frente a la vida, está basada en el sentido común y en el amor por las cosas simples las que en él se satisfacen con un lecho tibio, una comida caliente al día y –sobre todo- un par de jarros de aguardiente. Más no pedía Allan a esa vida que le dio mucho, entre otras cosas, una larga prisión en el Gulag en donde su “único” problema era la falta de aguardiente.

La segunda historia ocurre después de saltar por la ventana y comienza desde el momento en que Allan -en el mejor estilo de “el extranjero” de Camus- cometió un acto existencial gratuito al hacerse con la valija llena de dinero que portaba un miembro de una banda de maleantes.  
A lo largo de las más absurdas peripecias Jonasson relata episodios de un Allan centenario convertido en el mesías redentor de un grupo de “apóstoles” entre los que se cuentan un bandido de baja monta, un bandido de alta monta, un estudiante eterno, un adulterador de melones azucarados, una maldiciente colorina a la que su enamorado, el estudiante eterno, bautizó como “la bella mujer”, un perro y – por si fuera poco- un elefante. 

Cuando uno termina de reír o lo que, en este caso es lo mismo, de leer, resulta imposible no pensar en la ventana a través de la cual saltó el viejo. Y eso, he de confesarlo, no es para la risa. Pues esa ventana, lo hubiera o no querido así Jonasson, encierra un profundo sentido metafórico.

Hacia dentro de la ventana: la vida normativizada, los reglamentos, las leyes, todo lo que funciona y no “es”.

Hacia fuera de la ventana: el mundo de “lo otro” que no es el de “lo esto”: lo desconocido, la trascendencia, lo inimaginable.

Hay que saber entonces saltar por la ventana en el momento preciso.
Frente a la mesa de mi escritorio hay una ventana.

Cuando cumpla cien años yo también saltaré por la ventana”

“Por el momento basta con mantenerla entreabierta”.