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sábado, 30 de abril de 2011

Adios a Sábato





Novelista y ensayista argentino, cuya obra se caracteriza por un profundo contenido intelectual sobre la difícil separación entre las nociones del bien y del mal, y por un estilo brillante e inquietante. Nació en Rojas (Buenos Aires) en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Estudió Física y Matemáticas en la Universidad de La Plata; después de doctorarse en 1938, viajó a París para trabajar en los laboratorios Joliot-Curie.

Entró en contacto con el surrealismo, experiencia transcendente en su vida ya que decidió adentrarse en los territorios más oscuros del arte apoyándose en el lenguaje del inconsciente y en los métodos del psicoanálisis. Regresó a Argentina en 1940 como profesor de la Universidad Nacional de Buenos Aires. En 1945 publicó unos artículos en el periódico La Nación atacando el régimen de Perón, por lo que se vio forzado a abandonar la enseñanza. Estuvo retirado durante un año y el resultado fue el libro Uno y el universo (1945), una colección de artículos políticos, filosóficos en los que censuraba la moral neutral de la ciencia heredada del siglo XIX. Esta desconfianza en la ciencia le llevó a investigar sobre las posibilidades que ofrecería la literatura para analizar problemas existenciales, y el fruto fue la novela El túnel (1948) en la que el narrador describe una historia de amor y muerte en la que muestra la soledad del individuo contemporáneo. A Sábato le interesa reflexionar sobre la locura, comprender el motivo por el cual el protagonista mata a la mujer que ama y que es única vía de salvación. La obra tuvo una gran aceptación y sirvió para calificar a su autor como una inquietante y original personalidad literaria.

Sobre héroes y tumbas
(1961), considerada la mejor novela argentina del siglo XX, fue su siguiente obra y consagró a Sábato como escritor universal. En ella quiso indagar "las verdades últimas (y muchas veces atroces) que hay en el subsuelo del hombre"; vertió sus obsesiones personales en una clara introspección autobiográfica en medio de las reflexiones sobre la historia argentina; todo a lo largo de la obra se va haciendo negativo, pesimista, sin salida. La novela muestra a los últimos representantes de una familia oligárquica venida a menos, en la que se intercala la historia de los seguidores del general Lavalle que una vez derrotados llevaron el cuerpo muerto de su jefe al exilio; en un tercer plano argumental pero vertebrador de la estructura del libro e imprescindible para el conocimiento del personaje central, Fernando, está el 'Informe para ciegos' que a veces se ha publicado como pieza autónoma, una pesadilla que sufre Fernando culpabilizándose por un incesto cometido y que lleva al autor a introducirse en los abismos infernales más perturbadores, combinando elementos tomados del surrealismo, Nietzsche, Jung y Freud.

Aún siguió reflexionando sobre las posibilidades de la novela en Abaddón, el exterminador (1974) de corte autobiográfico más acusado, con una estructura narrativa aparentemente fragmentario, y de argumento apocalíptico en el cual las potencias maléficas rigen el universo y es inútil la resistencia. Su compromiso civil, en defensa de la democracia y del respeto a los derechos humanos, se muestra en ensayos como El otro rostro del peronismo, El caso Sábato, Torturas y libertad de prensa, Carta abierta al general Aramburu (1956), La cultura en la encrucijada nacional (1976); en 1985 presidió la Comisión Nacional que publicó el informe Nunca más sobre la represión llevada a cabo en Argentina por los gobiernos militares desde 1976 a 1983. Toda su reflexión sobre la literatura y especialmente sobre la novela la ha plasmado en ensayos tan significativos como El escritor y sus fantasmas (1963) y Aproximación a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre (1968). Sábato ha recibido el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor de Francia en 1979, y el Premio Miguel de Cervantes en 1984. Desde hacía años, la pérdida progresiva de la vista le había alejado de la escritura, aunque había descubierto la pintura y a ella dedicaba gran parte de su tiempo.

viernes, 29 de abril de 2011

Mi amigo Enrique Vila-Matas





Por Eva Feld



Me he hecho amiga de Enrique Vila-Matas pero él no lo sabe. Se supone que para hacer realidad mi primera nueva amistad y probablemente la única del nuevo milenio debería al menos comunícaselo, pero no dispongo de sus coordenadas y he oído de quienes lo conocen que vive en un sofá. Esta magrísima información solo me sirve para acrecentar en mi una desbordante admiración por él. Es decir, mi amistad con él. O es que no es la admiración una premisa fundamental para despertar el amor.

Voy por la lectura de un quinto libro suyo. Nunca leo mas de tres páginas seguidas para que perdure en mí la sensación de haber recibido un e- mail de Enrique. Ya para este momento considero que me he ganado el privilegio de tutearlo y también el de divertirme, discutir, conciliar o jugar con él. Ya le conozco todos los trucos y los resabios, los atajos y los desvíos, los mohines y las muecas de todos sus personajes que no son otros, permítaseme la perogrullada, que él mismo: Él editor, él detective, él escritor, él conferencista, él bebedor penitente, eterno enamorado de Nueva York, lector insaciable de Perec y Auster, por citar a uno en francés y otro en inglés, pero también de Vok, escritor de su invención, como lo es mi nuevo amigo de la mía.

La empatía es otra premisa fundamental, la segunda pata de la mesa de cuatro, sobre la cual se van acumulando sus libros y con ellos las coincidencias que me permiten aprovecharme de mi amistad con él para enumerar, a riesgo de importunarlo, algunos de los hechos reales y ficticios, novelados y reseñados, siempre escritos y nunca orales que hacen que Enrique Vila-Matas tenga que cargar conmigo y con mi amistad por el resto de sus días.

En primer lugar, calzamos la misma talla de zapatos. Valga decir que hemos pateado con la misma intensidad las tres principales ciudades del mundo: Barcelona, París y Nueva York. Y ambos, aunque por motivos diversos, amamos a Venezuela. Cuando él, a comienzos de la década del setenta, llegaba a Paris (en París nunca se acaba, editorial Anagrama) para alojarse en la chambre de bonne de Marguerite Duras para dar pininos de escritor con la Asesina Ilustrada y se enamoraba de Isabel Adjani volando con alas de LSD, resulta que yo también, la de carne y hueso, estaba en París, solo que en la acera de enfrente. Yo no coincidía con Barthes ni con Morin en los cafés del barrio latino, sino que los estudiaba porque quería aprehenderlo todo. Cuando digo todo es todo. Economía, política, estructuralismo, antropología, sociología, psicología, todo. Todo eso junto me parecía entonces más factible que producir literatura, un arte reservado para iluminados. Si aquel incipiente escritor se hubiese topado conmigo entonces, habría huido de mi insoportable intensidad y yo de su preferencia por la bella actriz francesa. Sin embargo, fluye en nuestra sangre y en nuestros libros el espíritu de una época, la de la cola del mayo francés, la de la vorágine de ideas, la de la importancia del ensayo y de la poesía aun cuando lo que se escribe es narrativa ficcional.

Cuando en su última novela, Dublinesca, Vila-Matas calza la horma del último editor romántico, nuevamente nos pisamos las huellas mutuamente. Su personaje busca del genio que nunca llegó a publicar, mientras yo, en mi vida real, como presidente de la editorial Ala de cuervo estaba convencida de haberlo hallado y publicado y distribuido. Ambos fracasados, él (en su versión novelada,) yo en mi desempeño. Él porque no pudo ofrecerle a los lectores lo que hubiera deseado, yo porque no encontré lectores para el genio hallado.

Ambos anduvimos por las calles de Dublín en búsqueda de los andares de James Joyce, él celebró además un réquiem por la muerte de la era de la imprenta ante el advenimiento del mundo cibernético, mientras los libros de mi editorial, desaparecidos de los anaqueles, se hicieron presentes en la web. Yo emplee muchas de las pocas horas que pasé en Dublin, en cuerpo y alma, buscando infructuosamente, como loca, una estatuilla de Joyce para traérsela de regalo a mi escritor descubierto.

También leí Extraña forma de vida, Enrique no me lo ha dicho, pero no hace falta, ya dije que lo conozco y sé que es su manera de rendirle homenaje de admiración y amistad de Paul Auster en La trilogía de Nueva York . La fidelidad, es pues, la tercera pata de esta mesa con la que ya empiezo a aturdir. Como si se tratara de la cuarta historia Auster, al igual que en las otras tres, el espía, durante las largas horas de soledad y de silencio, acaba siendo el objeto de su espionaje.

Si escogí un día anodino y de lluvia para escribir sobre mi amistad con Vila-Matas tiene que ver nuevamente con él y con sus libros. En primer lugar, porque la lluvia es frecuentemente protagonista de sus relatos. En segundo, porque tal día como hoy ni siquiera cumple años. En otro de sus deliciosos libros, Para acabar con los números redondos, hace un elenco de anécdotas sobre escritores (aunque entre ellos se encuentre también Dalí) para conmemorar, pareciéndose en algo a los no cumpleaños de Lewis Carrol en "Alicia en el país de las maravillas", a cincuenta y dos escritores. Donde aclara en el prólogo que fue su artículo semanal en un periódico en extinción donde no llegó a cobrar por ellos ni un centavo. Gratuidad que los escritores venezolanos conocemos en carne propia la mar de bien.

Ah! Pero nada como Bartleby y compañía ese ensayo disfrazado de novela o viceversa, (que es la única manera de concebir la literatura, o sea en fusión de géneros), donde me sentí retratada, a pesar de que aun no éramos amigos. Nadie como yo misma para saber y sentir lo que significa no volver a escribir. Vila-Matas me permitió parangonarme con Mállarmé, con Juan Rulfo, con Rimbaud y eso, queridos amigos, sólo lo hace un amigo.


evafeld@gmail.com

lunes, 25 de abril de 2011

Contra la muerte



Gonzalo Rojas

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas
a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos
con volar más allá del infinito
si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
fuera del tiempo oscuro?

Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.
Pero respiro, y como, y hasta duermo
pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme
de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo.

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,
pero no puedo ver cajones y cajones
pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
todavía caliente la sangre en los cajones.

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente.