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sábado, 26 de febrero de 2011

Las raíces del pensamiento indoamericano



por Jorge Majfud

Las raíces del pensamiento indoamericano
Floración, muerte y renacimiento (I)

Según Frantz Fanon, el objetivo de la lucha de liberación no era sólo la desaparición del colonizador sino también la desaparición del colonizado. El nuevo humanismo no sólo se definía por el resultado de esta lucha sino por la lucha misma (Damnés, 173).[1] También en la América Latina del siglo XX las revoluciones y movimientos de liberación se diferenciaban de las revoluciones del siglo de la creación de las nuevas repúblicas. Si en el siglo XIX el objetivo era el desplazamiento del colonizador por la clase criolla, en el siglo XX los movimientos de liberación habían madurado la idea de un cambio moral aparte del cambio estructural. Uno no podía ser la consecuencia del otro. El revolucionario, la vanguardia histórica, podía actuar directamente sobre el estímulo moral —el trabajo voluntario, el desprecio por el valor monetario en el caso de la Cuba de Ernesto Guevara— para provocar un cambio social, pero el hombre nuevo no llegaría sin antes alcanzarse el cambio social. El hombre nuevo es el individuo liberado como opresor y como oprimido, es el individuo hecho pueblo, significa el renacimiento de la humanidad.

Pero el hombre nuevo, la nueva humanidad como en Prometeo y en Quetzalcóatl, nace del sacrificio, de la sangre del mártir que es aquel que ha alcanzado la conciencia pero no la plenitud aun de un estado superior. Quetzalcóatl, según Laurete Séroujé “es el símbolo del viento que arrastra las leyes que someten la materia: él aproxima y reconcilia los opuestos; convierte la muerte en verdadera vida y hace brotar una realidad prodigiosa del opaco dominio cotidiano” (Pensamiento, 151). La poética de Ernesto Cardenal lo versifica así: “un hombre nuevo y un nuevo canto / por eso moriste en la guerrilla urbana” (Oráculo, 21). Esta idea que identifica el sacrificio con la vida plena y opone la sangre al oro, una como representante de la vida sagrada y el otro como caída en el mundo material de la muerte, es común en la literatura de la cultura popular latinoamericana. Lo cual se opone radicalmente a la literatura policial anglosajona donde la sangre —siempre abundante— significa muerte y el beneficio económico o el prestigio social es el premio para quienes resuelven el misterio que amenazó el orden establecido.

En el libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, es común la idea de las parejas generadoras y de la fertilidad de la naturaleza tras el sacrificio del individuo. Antes de que existieran los hombres, por una disputa de pelota, los hermanos Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú fueron enjuiciados, sacrificados y enterrados en el ‘Puchal Chah’, pista de cenizas donde se tiraban las pelotas en el juego. Le cortaron la cabeza a Hun-Hunahpú y enterraron su cuerpo decapitado junto con su hermano. Luego colgaron la cabeza de las ramas de un árbol de jícara al lado del camino. “Y el árbol, que siempre había sido estéril, se cubrió de pronto de frutos del ‘vach tzima’ o sea, del jícaro” (66).[2]

Una idea semejante relata el mito del Incarrí —o “inca rey”—conocido en el Perú de la colonia hasta mediados del siglo XIX, según el cual la cabeza del Inca ha sido enterrada bajo Cuzco o bajo Lima y se encuentra germinando el resto del cuerpo para renacer un día y volver a reestablecer el orden perdido (Fergunson, 148). Este mito, según Ángel Rama, “por sus características ha nacido dentro de la Colonia, anudando elementos de la mitología prehispánica, alguno de los cuales se encuentran consignados en los textos del Inca Gracilaso de la Vega, con otros que son de fecha posterior” (Transculturación, 170). Lucía Fox Lockert observó que Atahualpa murió en la horca o a garrotazos en 1533 y el pueblo tomó la versión de la decapitación de Tupac Amaru I —al igual que Tupac Amaru II, en 1781—, ocurrida cuarenta años después (Fox, 12). La mitología más antigua, desde México hasta Bolivia, abunda en este principio del sacrificio del cuerpo que produce la vida en el Cosmos. La idea de que el cuerpo sacrificado fecunda la tierra y da vida, se repite en el mito de Pachacámac, cuando éste despedaza al hijo de Pachacama y sus miembros se convierten en semillas. Su sangre, literalmente, fertiliza la tierra (Fergunson, 24). La misma idea persistió en el espacio histórico. Cuando Tupac Amaru se revela en 1780 contra la autoridad de la corona imperial haciendo beber oro derretido al gobernador español, símbolo de la ambición y desacralización del cosmos, los opresores responden con el mismo simbolismo. De igual forma que en un ritual azteca, le cortan la lengua en una plaza pública, tratan en vano de despedazarlo usando cuatro caballos (paradójico símbolo de la opresión) hasta que finalmente le cortan las manos y los pies. Pero el pueblo indígena del Perú, que atemorizado no presenció directamente los hechos, atribuyó a este día una conmoción cósmica: después de una larga sequía se levantó el viento y llovió.[3] El espíritu de Tupac Amaru significa aquí una suerte de Quetzalcóatl, dios del viento, que limpia el camino al dios de la lluvia para provocar la germinación. La muerte del mártir siembra la tierra. Como la muerte de Ernesto Che Guevara, a quien otro imperio cortó las manos, el sacrificio y la sangre derramada en pedazos significan vida y no muerte, siembra y no siega. El profundo significado del asesinato del cautivo argentino se les escapó a los servicios de inteligencia habituados a otros modelos de pensamiento.

Esta idea del sacrificio y el significado de la sangre persistirán especialmente en la Literatura del compromiso. El cubano Nicolás Guillén, en “La sangre numerosa”, inicia su poema con una dedicatoria significativa: “A Eduardo García, miliciano que escribió con su sangre, al morir ametrallado por la aviación yanqui, en abril de 1961, el nombre de Fidel” (Tengo, 112). Luego (con una conjugación peninsular y con remembranzas del antiguo latín, propia de las declamaciones poéticas del continente todavía colonizado) confirma el destino fértil de la sangre del mártir: “no digáis que se ha ido: / su sangre numerosa junto a la Patria queda” (113). Pero el mártir no asciende al cielo de los individuos elegidos por un Dios absoluto sino que florece en la historia, para fecundar el resto de la humanidad, el Cosmos.

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[1] “Après la lutte il n’y a pas seulement disparition du colonialisme mais aussi disparition du colonisé. Cette nouvelle humanité, pour soi et pour les autres, ne peut pas définir un nouvel humanisme. Dans les objectifs et les méthodes de la lutte est préfiguré ce nouvel humanisme” (Damnés, 173).
[2] Hun-Hunahpú significa “tirador de cerbatana”; su hermano era Vucub-Hunahpú, ambos nacieron antes que los hombres. Sus padres eran “Amanecer” y “Puesta del sol” (57) y cada uno de los hijos tuvo dos hijos. A la pelota se jugaba de a dos en dos.
[3] Esta historia es referida de forma similar, entre otros, por escritores contemporáneos tan diferentes y opuestos como Eduardo Galenao en Memoria del fuego (1984) y Carlos Fuentes en El espejo enterrado (1992).


Las raíces del pensamiento indoamericano
Floración, muerte y renacimiento (II)


Como vimos en un estudio más extenso, el pensamiento indoamericano, largamente reprimido por el poder político y la cultura ilustrada, en su ascenso a la conciencia literaria, se encontrará con los intelectuales de izquierda en el siglo XX, aunque su cosmología se opone en casi todos sus aspectos básicos a la cosmología marxista.

En Hora 0 (1969) el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal ve la muerte de Sandino como el sacrificio que mantiene vivo el movimiento de la historia —del mundo—: la sangre del elegido riega la tierra y la hace fértil, “el héroe nace cuando muere / y la hierba verde nace de los carbones” (Antología, 78). Cuando escribe el “Epitafio para la tumba de Adolfo Báez Bone” confirma la misma idea: “Te mataron y no nos dijeron dónde enterraron tu cuerpo, / pero desde entonces todo el territorio nacional es tu / sepulcro” (49). En otra metáfora no deja lugar a dudas: “creyeron que te enterraban / y lo que hacían era enterrar una semilla” (50). También el salvadoreño Roque Dalton percibe la misma justificación de la existencia del revolucionario como la muerte necesaria que fecunda la vida por venir: “uno se va a morir […] disperso va a quedar bajo la tierra / y vendrán nuevos hombres […] Para ellos custodiamos el tiempo que nos toca” (Poesía, 23). Por su parte, el argentino Juan Gelman, en versos críticos al esteticismo de Octavio Paz y Lezama Lima, lo puso en estos términos: “¿por qué se pierden en detalles como la muerte personal?” (Hechos, 48). Esta comunión de la tierra con el renacimiento, del sacrificio con la vida es propia del cosmos amerindio. El futuro utópico y el pasado original se encuentran y se confunden en una especie de fin de la historia.

En “La Batalla de los Colores” de Ariel Dorfman, las referencias religiosas al cristianismo son explícitas pero no menos claras son las referencias al sacrificio del hombre-dios amerindio. Cuando los infinitos dibujos que envolvieron en su laberinto a los militares comenzaron a arder, el poder opresor procuró que la muerte de José, el subversivo, fuese ejemplar, “para que todos supieran que así terminan los brujos y creyeran que José ardía entre las pruebas de su herejía (Militares, 154). El uso propagandístico que se rebela contra sus autores, es semejante aquí como lo fue en la muerte de Jesús, en la de Ernesto Che Guevara y en la de otro José mártir, José Gabriel (Tupac Amaru). Pero sobre todo coincide con la tradición mesoamericana. Las referencias a un realismo mágico que se pueden encontrar desde las crónicas de la Conquista desde Pedro Cieza de León recorren el relato y coronan el final. La mayor preocupación del general representante de la dictadura que combatía José fue que nadie pensara que había logrado “introducirse dentro de uno de sus dibujos o quizás repartido a lo largo de cada uno de ellos, reservándose el corazón para los últimos y los sesos para los penúltimos (155). Las imágenes de los pájaros surgidos de esa catástrofe de fuego recuerdan el fuego de Landa Calderón que así pretendió, al comienzo de la Conquista espiritual, vanamente borrar la memoria del pueblo maya. Es el fuego didáctico de Hernán Cortés, el fuego de la memoria reprimida del continente, según la obra de Eduardo Galeano. Es “el camino del fuego” de Ernesto Guevara (Obras, 236). Es el fuego con el que Quetzalcóatl recreó el mundo y el fuego que, según Séroujé “señalan todas la misma nostalgia de liberación” del individuo que va a “trascender su condición terrestre” (169). No es el fuego final de Alejandra en Sobre héroes y tumbas (1961), que de esa forma pretende borrar toda memoria del pecado sexual, del incesto y de su desprecio proyectado en la sociedad; una forma de condena en el infierno cristiano. Es otro fuego, es el fuego que en el siglo XVI mata la carne y salva la memoria del cacique Hatuey en Cuba que, según Bartolomé de las Casas, elige renacer en el infierno donde estará su pueblo antes que el Paraíso de los buenos conquistadores (Destrucción, 88).[1]

También otros elementos de este cuento, como la disolución del individuo —del héroe— en la humanidad de su pueblo, el corazón, el cuerpo repartido por la magia de los dibujos quemados y despedazados, son símbolos de la cosmología amerindia. No faltan las alusiones explícitas al lenguaje y la semiótica cristiana: así también la cultura del continente ha sido travestida por la simbología y el ritual católico (lo explícito) mientras los elementos centrales de la cultura reprimida por la violencia inevitablemente iba a buscar diferentes formas de sobrevivir aún de formas más inadvertidas y por eso más fuertes y permanentes (lo implícito).

De forma más personal —como es más propio de la poesía y del ensayo que de la narrativa y del teatro— el argentino Francisco Urondo, en el poema “Sonrisas” escribió su testamento ideológico confirmando los dos elementos fundaméntales: el futuro utópico, donde el individuo se disuelve en el sacrificio en una comunión con la humanidad y el desprecio de la materia, caída en la desacralización y la inmovilidad del cosmos que ha perdido su espíritu, según la cosmología amerindia (expresada, por ejemplo, en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias): “[a] los hombres del futuro: mi testamento: ‘a ellos, / hijos, mujer, dejo todo lo que tengo, es decir, / nada más que el porvenir que / no viviré; dejo la marca / de ese porvenir’” (Poética, 404). En otro poema, en “Solicitada”, confirma la misma idea: “Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está” (458).

Uno de los poetas más significativos, Ernesto Che Guevara, en el cual alcanza su cumbre la poética del compromiso, es explícito en este sentido: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que este, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y victoria” (González, 131).

Más recientemente el Subcomandante Marcos, cuyo verdadero nombre es Rafael Sebastian Guillén Vicente, en una entrevista a la cadena Univision de Estados Unidos explicó al periodista Jorge Ramos la razón de su nombre:

Antes de perderse de nuevo entre los maizales y cafetales que parchan la selva lacandona, Marcos me explicó el origen de su nombre de guerra; no es nada nuevo, pero es distinto escucharlo de su boca. “Marcos es el nombre de un compañero que murió, y nosotros siempre tomabamos los nombres de los que morían, en esta idea de que uno no muere sino que sigue en la lucha”, me dijo, medio pensativo pero sin mostrar cansancio.
RAMOS: O sea que hay Marcos para rato?
MARCOS: Sí. Aunque me muera yo, otro agarrará el nombre de Marcos y seguirá, seguirá luchando. (Ramos)

Jorge Majfud
majfud.org
Jacksonville Univeristy


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[1] Esta historia es repetidas veces citada y reescrita por los escritores políticos de la segunda mitad del siglo XX, como el primer G. Cabrera Infante (Vista del amanecer en el trópico), Eduardo Galeano (Memoria del fuego), Carlos Alberto Montaner (Las raíces torcidas de América Latina), etc.

SOBRE LA EDUCACIÓN





José Alberto Medina Molero

“Grande o pequeño, todo
hombre es poeta si sabe ver
el ideal más allá de sus actos”.
Henrik Ibsen


En una entrega anterior comentaba la importancia que el tema de la transformación educativa tiene para el grupo político, cuyo norte sea rescatar al país de muchas décadas perdidas, lapsos estériles en los cuales no pudimos avanzar en la consolidación de un verdadero desarrollo nacional, en armonía y con justicia social. Este aspecto, observado por la totalidad de los países emergentes, es vital y constituye la diferencia entre lograr los objetivos o quedarse en la cuneta de la historia.

Una honda transformación de este tipo necesariamente debe tocar todos los grados de la cadena educativa, desde el preescolar, desde donde debe comenzarse a impartir formación ciudadana, hasta los estudios de tercer, cuarto y quinto nivel universitario. Se requiere repensar todo el proceso y a la par formar los docentes para tales desafíos. Se trata de una audaz y concienzuda reingeniería de nuestra educación privada y pública. Pongamos, por ejemplo, el caso del bachillerato donde se forman estudiantes con poca o ninguna capacidad crítica, segmento de la educación donde el alumno no elabora ensayos sobre determinados tópicos, privándose del ejercicio de razonar con agudeza y coherencia, limitándose las más de las veces a “cortar y “pegar” desde la internet para elaborar sus monografías. De igual modo, en estas instancias se aprenden mecánicamente fórmulas y ecuaciones, por ejemplo las de segundo grado, sin que se enseñen las aplicaciones de éstas o la interpretación de sus diversas soluciones en el mundo real.

Tampoco es propicio este nivel intermedio de educación para estimular la creatividad en la resolución de situaciones-problema, ni se propende a crear en el joven el interés, la curiosidad, por complementar sus conocimientos y nociones por su cuenta. Las olimpiadas en las ciencias exactas quedan para algunas elites de muchachos y no logran permear con su desafío intelectual al resto del alumnado, a los que se les imparte las asignaturas en forma que a la mayoría les parece tediosa y poco productiva. ¿El resultado? Cuando se ingresa al nivel universitario se sufre una especie de naufragio, un descalabro que en ocasiones supone la frustración de la carrera o un largo periplo para poder ajustarse a las nuevas exigencias. En suma, se hace perentorio que en un plan tan vasto como éste se definan muy bien los objetivos a alcanzar a la salida de cada nivel educativo, las estrategias metodológicas para lograrlo, así como el perfil requerido en el docente.

En nuestro caso específico la tarea es doblemente ardua, puesto que además de realizar este esfuerzo, digamos tradicional, en búsqueda de una excelente calidad del sistema educativo, nos toca dar otro gran salto: el incorporarnos de pleno a las nuevas tendencias de la educación en los países exitosos del mundo actual. Estas nuevas tendencias, al decir del periodista y consultor, Thomas Friedman (3 veces ganador del Premio Pulitzer) dividen a los países en dos clases, aboliendo el viejo modelo de países desarrollados y subdesarrollados, a saber: Paicc (Países de alta imaginación y capacidades creativas) y Pbicc (Países de baja imaginación y capacidades creativas). Los países son más exitosos en la medida en la que son capaces de generar ideas originales y plasmarlas en un mayor número de patentes y empresas nuevas.

El reto es inmenso para Venezuela ya que requiere quemar con eficiencia ambas etapas y hacerlo en plazos de tiempo relativamente razonables. Tenemos los recursos humanos y materiales, y sólo faltaría esa ignición, esa fuerza motriz, desde el Estado para desplegar, con viento a favor, las velas del progreso. Es obvio que un plan de esta naturaleza no es de resultados inmediatos, pero habría que comenzarlo e ir ajustándolo en forma periódica.

¿Tendremos, alguna vez, la oportunidad de disfrutar de la implantación de un sistema educativo como el que merecemos? ¿Habrá la suficiente voluntad para intentar una transformación de estas dimensiones en beneficio de todos los venezolanos? ¿Estarán estas inquietudes y esta visión en la agenda de algún grupo?

Hay muchas incógnitas a despejar y un camino a recorrer hacia un mejor futuro para todos.

jamedina11@gmail.com

jueves, 10 de febrero de 2011





El momento en que cada cosa parece posible


Teódulo López Meléndez


En el suelo de la plaza El Tahrir los jóvenes juegan a inventar el futuro. Son los protagonistas de una revolución, son los dueños del instante. Comparten con las mujeres que se tapan el cabello o lo llevan al aire desafiante, escuchan a los mayores profesando valentía y teorizan sobre cómo será la vida después de la victoria.

Las revoluciones suelen ser emocionantes, inflamatorias, inolvidables, a pesar del alto precio en vidas que se debe pagar. El protagonista es un cuerpo colectivo muchas veces sin cabeza, aunque las cabezas van creciendo del cuerpo en la medida en que los factores no idealizados entran en juego, tales como las potencias extranjeras, los militares y los intereses estratégicos.

Los políticos de todas las layas negocian transiciones, el poder agonizante se aferra a las últimas maniobras, pero en la calle, en la Plaza de la Liberación, un fervor desatado fabrica libertad y democracia, oportunidades y crecimiento humano. Nadie sabe en que concluirá el sueño, hacia donde en verdad girarán los acontecimientos o cuales serán los resultados, pero mientras tanto los jóvenes y las mujeres y los ancianos se creen dueños del destino. Quién dirigirá después del fulgor es algo indeterminado. Nadie conocía, en sentido estricto, los nombres que se inscribieron en la historia después de la revolución francesa.

Ahora, sobre la plaza a reventar, una donde debe hacerse cola para participar del sueño, aparece de golpe un ejecutivo de Google, alguien que estuvo desaparecido por dos semanas prisionero de la dictadura y del pasado que se quiere echar. Se llama Wael Ghonim, tiene 30 años y, como símbolo de estos tiempos, es experto en Internet y tuvo una participación clave en la organización cibernética de las protestas. El muchacho va por vez primera a la plaza y helo allí micrófono en mano hablando a la multitud y aclamado. Ya han creado una página web donde hasta el momento 130 mil egipcios han firmado concediéndole la autoridad para ser su vocero.

Wael Ghonim aferra la luz que proviene del instante. No se puede predecir su destino. Se lo comerá la revolución, hará historia o se convertirá en el símbolo del momento efímero, tal vez como los protagonistas claves del mayo francés. Nadie lo sabe, pero el muchacho de las redes sociales vive la emoción propia de todo aquel que es protagonista de ese hecho imprevisto, telúrico, mágico y catastrófico que se llama revolución.

“Choque de civilizaciones”, vuelven a repetir los absurdos que no oyen la voz que clama por un principio general de lo humano: libertad. “La turbación de la paz” susurran los absurdos que creyeron en la tranquilidad definitiva de los sueños luego del fin de la Guerra Fría y del supuesto establecimiento de un orden mundial inequívoco. “Peligro” exclaman los absurdos que no oyen que el grito pide democracia, quizás pensando que para el pueblo árabe era improbable su realización y práctica, más aún, un deseo no anidado ni en su cultura ni en su psiquis.

“Peligro islámico” arguyen los absurdos que mantuvieron la democracia y la libertad fuera de esos confines de su control quizás pensando que la única manera de practicarla era a la manera prostituida a la que han reducido. “Fatalidad” remueven inquietos los que utilizaron el Islam como argumento para mantener a dictaduras hereditarias en el poder, mientras los extremistas provenientes de Irán claman por el establecimiento de un régimen islámico, extremista, teocrático y dictatorial como el que ellos practican, puesto que –como lo he leído no sin rabia de un profesor alta autoridad de un organismo iraní- el establecimiento de la democracia en Egipto sería una verdadera calamidad dado que el país se convertiría en una base imperialista de dominio de las potencias occidentales. Mientras tanto, en nombre del Islam unos dictadores oportunistas o unos monarcas caducos, viven la vida propia del rey con mansiones y lujos mientras sus pueblos nacen y crecen analfabetas, la miseria extrema alcanza a la mitad de sus poblaciones o los jóvenes van a la universidad a perder el tiempo dado que nada hay que hacer cuando egresan, la mayor parte de las veces excepcionalmente preparados.

Este es un mundo global donde sólo no se propagan –en el argumento de la izquierda obsoleta- MacDonalds o hamburguesas, jeans y maquillajes, modas e irrelevancia, capitales y transnacionales, sino también un virus peligroso llamado libertad, uno que utiliza el modo más expedito del contagio: la tecnología, el Internet, las redes sociales. Cada quien tiene sus maneras y sus procedimientos, cada revolución termina aplastada o triunfante, cada una tiene alternativas y caminos diversos delante. Puede terminar en una teocracia como en Irán o puede concluir en una democracia o en el caos que llame a una dictadura. Nadie lo sabe, pero el hecho de cambiar es el relámpago sobre la plaza. Qué se vaya Mubarak, es la exigencia, que el pasado se evapore, pero tal vez en los jóvenes, en los viejos y en las mujeres que acampan en la Plaza de la Liberación se cocine una idea, se delinee un camino que exceda meramente a la salida de la obsolescencia.

La servidumbre se echa al pipote de la basura porque ella es un producto humano y los humanos pueden destruirla. La revolución conduce a todo y todas las posibilidades están delante. Ha sido el mundo árabe el que ha despertado a una posibilidad que excede sus confines para convertirse en una epopeya seguida por millones a través de los medios electrónicos. El hombre todavía es capaz de soñar, es el efectivo mensaje, a pesar de haber estado inmerso en las tinieblas. Qué sea para bien, es el deseo de una voluntad mundial que excede a las palabras fe y esperanza, para convertirse más bien en un impulso de apoyo y de respeto.

Mientras, el mundo observa o interviene. El presidente de los Estados Unidos entiende el nacimiento, pero no sabe practicarlo. Cuando la revolución comienza no se ha concretado nada. Lo hará en su camino, con todos los peligros y asechanzas que son propios del andar por el bosque lleno de depredadores. No hay nada que nos garantice el resultado de la revolución árabe, pero la saludamos con entusiasmo, porque demuestra que el hombre es aún capaz de levantarse.

teodulolopezm@yahoo.com

lunes, 7 de febrero de 2011

El identificador de textos





por Jorge Majfud

En la academia todavía tenemos la manía de andar pensando cosas raras sin un propósito definido de antemano. Es una vieja tradición, con algunos casos célebres. Hay gente que se pasa la vida tratando de descubrir por qué las polillas se posan en un ángulo alfa en los meses de setiembre y marzo; o por qué decimos “aquí” en lugar de “acá”, and so on. Muchos fracasan, pero por cada uno que logra responder ese tipo de preguntas bizarras luego resulta que medio pueblo se salva de una catástrofe o termina masacrado por algún hombre práctico que no pierde su tiempo en descubrir “por qué” pero está seguro en “cómo” aplicarlo a la realidad. ¿Qué se imaginaba Einstein que sus especulaciones de 1905 sobre la relatividad del tiempo terminarían en la bomba atómica?

Tiempo atrás estuvimos trabajando en un interesante programa que llamamos IT (Identificador de Texto). La idea se me había ocurrido hace varios años y es muy simple: toda existencia deja trazas. En el caso de la expresión de la escritura, la historia es conocida. La caligrafía tradicional se centra principalmente en el trazo del autor. Cada persona dibuja o da un énfasis particular a cada letra, a cada palabra. De hecho cualquiera puede distinguir, más o menos, el manuscrito de un hombre del de una mujer (y sus variaciones) o el manuscrito de un tímido del de un extrovertido, con sólo echar una mirada a la caligrafía. Algo parecido ocurría también en la era de las maquinas de escribir. Cada máquina tenía un golpe de letra particular, por lo cual no resultaba difícil identificar al autor de un texto anónimo si se localizaba la maquina. Para evitar esta identificación del anónimo, se inventó luego la misiva hecha de letras y palabras recortadas de los diarios.

En el mundo electrónico el anonimato pareció triunfar finalmente. Muchos lectores de diarios aprovechan esta creencia del anonimato inventándose seudónimos y descargando sus frustraciones ocultas en el travestismo de su identidad propia. Obviamente que cada vez que alguien pone un comentario anónimo en cualquier sitio graba su IP, el cual es expuesto al administrador de dicha página digital. Ni que hablar de un correo electrónico.

Pero aún así queda la posibilidad de que el anónimo use una computadora pública o se conecte en el wireless del parque más cercano o de la librería donde toma café. En países como Estados Unidos, resulta bastante difícil no encontrar un servicio gratuito de Internet o una computadora libre en algún restaurante o en alguna universidad. En Asia, África y en América Latina son más comunes los cyber cafes. A los efectos es lo mismo: el receptor muchas veces puede saber de dónde procede un mensaje X o el comentario de un lector registrado o sin registrar en un diario, por ejemplo, pero muchas veces no puede detectar directamente quién es el autor.

En el mundo digital no tenemos la caligrafía del escritor ni el golpe de tecla de la máquina de escribir, pero tenemos un rastro inequívoco, si se lo analiza a gran escala: la sintaxis y la gramática que, desde un punto de vista radical, es como las huellas dactilares de cada persona.

Como el tono de voz y como cualquier expresión humana, la gramática profunda de cada
individuo es casi tan particular como su ADN. No hay en el mundo dos personas que escriban exactamente igual. Por supuesto que en el proceso de investigación y prueba, también consideramos y valoramos la autodeformación deliberada: faltas ortográficas realizadas a posteriori o intencionalmente, desplazamientos forzados de adjetivos o de sustantivos, una duplicación pronominal donde no la había, una variación en el dativo, un complemento indirecto redundante, una voz pasiva en lugar de la activa, eliminación de artículos o abuso de gerundios, de leísmos o de tiempos verbales como el pasado perfecto (más propio de España que de Chile, por ejemplo), adopción de estilos de clases sociales que le son ajenas al autor, etc.

No obstante, al igual que aquellos que escribían a mano intentaban deformar su propia letra para crear el anonimato, esta deformación es prácticamente imposible ante los ojos de un experto calígrafo. En el mundo digital no tenemos la ventaja del trazo de la mano en el papel pero, en cambio, poseemos un número de ocurrencias que multiplican varias veces las cartas a mano. Por otro lado, con el uso de una computadora especializada de poder mediano, es posible realizar millones de combinaciones sintácticas y gramaticales. Es aquí que, a partir de un determinado número de textos, la identidad se reconoce con una precisión que no deja dudas. Esta idea puede resultar extraña o compleja, pero es fácil de comprender si recurrimos a una metáfora: si una persona se saca una cantidad X de fotografías y en cada una cubre una parte diferente de su rostro haciendo irreconocible su identidad en cada una de las fotografías, evidentemente basta un numero específico de fotos “enmascaradas” para tener el retrato exacto, desenmascarado, del hombre de las múltiples caras. Un experimento semejante se podría hacer con los diferentes personajes representados por un mismo actor. La combinación no arrojaría ninguno de sus personajes particulares sino el retrato del actor.

Este proyecto lingüístico tenía virtudes y defectos. La contra era que en cierta medida hubiese podido incrementar una práctica de “gran hermano”, de la cual somos todos victimas hasta cierto punto. La ventaja era que ayudaba a desenmascarar desde criminales hasta pequeños insultantes. Hubo un caso, por ejemplo, el de un texto firmado por un seudónimo que luego de testeado arrojó la identidad de un político algo conocido, sin mucha trascendencia.

Finalmente abandonamos el proyecto. Había más dudas que certezas sobre sus posibles aplicaciones. No obstante sabemos que no pasará mucho tiempo antes que alguien más se le ocurra la misma idea y, por supuesto, haga mucho dinero en el proceso. Porque uno de los fenómenos más interesantes de nuestro tiempo es ver cómo alguien o un pequeño grupo, en uso y abuso de su propio ingenio, logra que millones de personas trabajen gratuitamente para ellos. En casos, además, quienes trabajan gratuitamente lo hacen con pasión y alegría, ya que se sienten protagonistas y participes de alguna forma de poder o de liberación prefabricada.

miércoles, 2 de febrero de 2011

LA DOBLE ESTRELLA: EL SURREALISMO EN IBEROAMERICA DE RAUL HENAO




EL OSO HORMIGUERO EDITOR.MEDELLÍN. 2010
(PRESENTACIÓN DEL LIBRO EN LA CASA DEL EGRESADO, UNIVERSIDAD DE MEDELLÍN, EL DÍA MARTES 14 DE DICIEMBRE DE 2010)

El mecenazgo es algo inherente a las artes plásticas y literarias ya que pocas veces el artista o el escritor goza de la completa autonomía y seguridad económica que precisa para la realización de su obra. Pero si ni en la Edad Media ni en el Renacimiento dicho mecenazgo compromete básicamente el ejercicio de la vocación estética, el artista o escritor moderno debe, sin embargo, cuidarse de dos tipos de mecenazgo que visiblemente limitan y desvirtúan esa suerte de libertad absoluta consustancial al arte y la literatura de todos los tiempos: el mecenazgo académico conformista yesclerosado, el político o religioso misioneros, que buscan hacer del arte y la poesía un instrumento publicitario y propagandístico de sus respectivas ideologías hegemónicas o fundamentalistas.

De ahí la importancia que revisten hoy en día las pequeñas galerías de arte y las editoriales independientes que no subordinan sus actividades al gusto mercenario de la sociedad de consumo, me refiero en este caso específico a El Oso Hormiguero editor,de María Cecilia Arcila y Luis Carlos Vargas, grandes amigos con cuya complicidad generosa he contado estos últimos años, ahorrándome el mal gusto (o disgusto) de tener que cortejar los favores y subsidios mediocres de la cultura oficial colombiana, como por otra parte sería factible que lo hiciera un poeta marginal o contestatario, acosado de cerca por la indigencia económica. Quiero pues aquí, nuevamente, hacerles presente mi agradecimiento por la actual reedición de mi libro de ensayos y entrevistas poéticas, gesto fraternal y altruista que me permite por añadidura resarcirme ampliamente de la edición, tan deplorable en muchos aspectos, publicada hace dos años por la editorial Endymión.

Claro que el perfeccionismo obsesivo que me caracteriza desde siempre -discípulo en esto del simbolista Teophilo Gautier que dictaminaba que en arte y poesía sólo lo que está bien hecho existe- me hacen blanco favorito, como nuevo San Sebastián, de los dardos del error y la imperfección que aquejan a la condición humana, al punto que ahora nuevamente me toca poner en evidencia antes ustedes –errata imperdonable de los impresores actuales- la falta de una nota al pie de página en la carta facsimilar que figura al comienzo del libro reeditado. La autoría de la carta corresponde al filósofo y pensador rumano Emil Cioran con quien sostuve un breve intercambio epistolar a finales de la década del setenta y que quise incluir en el libro, menos por darme vitrina, que por poner en evidencia que los escritores y poetas colombianos hemos superado ya en buena medida, el complejo de inferioridad que nos aquejaba desde la conquista y la colonia española, frente a los grandes artistas y escritores europeos y norteamericanos.

Nada fácil resulta escribir poesía ajustándose a la ética del surrealismo, el legado más valioso y perdurable que nos dejara este espléndido movimiento vanguardista de comienzos del siglo pasado, porque es una ética contestataria que nos prohíbe terminantemente ceder a las tentaciones y vanaglorias de la “carrera literaria” ni siquiera bajo el pretexto de tener que ganarnos la vida. Esa exigencia rigurosa puede llevarnos en el medio colombiano, repito, a tocar las puertas mismas de la indigencia y la marginalidad social, circunstancias extremas de la que en mi caso particular me han salvado únicamente la amistad …porque si he sido un poeta “lejano y solitario” como lo quiere una entrevista de prensa publicada recientemente, también he sido, en el sentido preconizado por Fernando Savater, un poeta solidario y que en retribución ha contado privilegiadamente con la solidaridad fraternal de unos pocos amigos.

Por eso quiero para terminar testimoniarles mi agradecimiento permanente –además de mis editores actuales María Cecilia y Luis Carlos- al profesor Carlos Arturo Escobar cuyo “eros del conocimiento” me ha acompañado estos últimos años, a mi viejo amigo, de casi treinta años atrás, el poeta bohemio Carlos Bedoya, a Fernando Rendón y los poetas organizadores del Festival Internacional de poesía de Medellín, a mis primas adorables que hacen más fácil mi trasiego cotidiano… Creo haber cumplido, en resumen, con la línea de vida que nos aconsejara seguir nuestro señor Don Quijote: “vivir loco para morir cuerdo”. Así sea.

Raúl Henao.
Medellín. 14 de diciembre de 2010.



El poeta surrealista colombiano Raúl Henao acaba de publicar La Doble Estrella, una recopilación que abarca 25 años de ensayos sobre los aspectos del surrealismo que lo cautivaron. Dos antologías poéticas lo llevaron a tomar el camino del surrealismo: Antología de la poesía surrealista de lengua francesa, de Aldo Pellegrini (1961) y la, también influyente, Antología del poesía surrealista latinoamericana de Stefan Baciu (1974). Benjamin Péret, por otra parte, incitó a Baciu a componer una antología en los años 50, que se terminó con el beneplácito de Jean Louis Bedouin.


Estos dos geniales libros fueron decisivos para Henao, quien se convirtió en un poeta contestatario al igual que Antonin Artaud, Benjamin Péret o Edouard Jaguer que se sirvieron de la poesía para re-encantarse por la vida. Con Stefan Baciu, Henao compuso, en 1982, la antología Poetas para-surrealistas latinoamericanos, en la cual presentaban a los poetas surrealistas que aparecieron luego de los grupos históricos en torno a Mandrágora (Chile), EL uso de la palabra (Perú) o Boas (Argentina).

Los ensayos y conversaciones de Henao dan prueba de su pasión, de sus inspiraciones (como, por ejemplo, la poesía de César Moro y la de Jorge Cáceres, además de temas como el éxtasis, lo maravilloso y la obscenidad). La entrevista realizada con Octavio Paz en 1984, y que no figura en Pasión crítica: Conversaciones con Octavio Paz (1985) resulta muy cautivante. El escritor mexicano habla, entre otras cosas, de la rigidez ortodoxa que se manifiesta a veces en los escritos de los jóvenes surrealistas, y nos pone en guardia contra toda tendencia que pretende someter el surrealismo a la moda del día.


Laurens Vancrevel

Escritor y poeta holandés, director de la revista surrealista Brumes Blondes.




RAUL HENAO: MINERO DEL ESPIRITU


Raúl Henao, poeta al servicio de la imaginación – ese río de lava que él navega

para entrar en la noche de los encantamientos--es uno de los más fieles exponentes
del surrealismo en Iberoamérica. En Henao se conjugan de una manera poco
frecuente en nuestras letras, el poeta y el ensayista, el investigador penetrante del
acontecer poético mundial y el creador incesante que ha escrito libros memorables
de poesía, entre los cuales se destaca con un fulgor extraño, Sol negro, donde se
fragua a través de las imágenes insólitas una realidad que trasciende la
mediocridad cotidiana, una realidad que abre las puertas al deseo, al humor, a las
asociaciones irreverentes, a las transformaciones, al amor carnal, sentido como
júbilo y fuga.

La poesía de Henao, al igual que sus ensayos, están conformados dentro de un marco de investigaciones profundas y sustanciales de la realidad absoluta. Y esto sucede porque para él la poesía no es impostura, ni constituye un mero oficio literario, ni un tránsito pasajero, sino que es una legítima actividad del espíritu, deviniendo materia propia de su existencia. La actividad creadora de Raúl Henao responde a las más altas urgencias existenciales, a su actitud ante la vida, a su compromiso con la poesía, a su rebeldía ante los poderes.

En esos espejos de fiebre donde refleja su rostro, nuestro poeta se nos presenta como defensor del “amor magnífico sobre la vida sórdida”, el amor, “esperanza de desesperación”, combate, lucha, fuerzas en completa expansión y contracción: locura. Quienes sean capaces de internarse en ese mundo ensoñado, irracionalmente lúcido, ese descenso siniestro en lo extranjero del espíritu, en la parte no revelada de la consciencia y la inconsciencia que sólo se obtiene usando el puente del sueño, podrán llegar hasta el fondo secreto de las connotaciones que irradian de la poesía de Henao, de su lenguaje, siempre abierto a las visitaciones de lo maravilloso.

Paralelamente a su actividad poética, Raúl Henao ha desarrollado por muchos años una intensa labor investigativa, ensayística, plasmada en su libro, La doble estrella: elsurrealismo en Iberoamérica, publicado en el 2008 por la editorial Endymion, Medellín, Colombia. Las notas y entrevistas poéticas que aparecieron en aquella fecha sirvieron para que los lectores disfrutáramos de unos textos repletos de observaciones inteligentes, llenos de una lucidez que demostraban el conocimiento absoluto que Henao tiene sobre la materia que trata. Con esta segunda edición, corregida y aumentada, de La doble estrella, publicada por El oso hormiguero editor, igualmente en Medellín, volvemos a internarnos en ese mundo que Henao nos presenta, un mundo habitado por artistas, poetas y escritores que lo han acompañado en la travesía. Poeta siempre, este libro de Raúl Henao es poesía por otros medios. <strong>

FERNANDO PALENZUELA


Considerado el último poeta surrealista cubano vivo. En el pasado hizo parte de la mítica revista Lunes de Revolución dirigida por Guillermo Cabrera Infante,


SOBRE LA DOBLE ESTRELLA: EL SURREALISMO EN IBERO-AMÉRICA DE RAÚL HENAO
POR OSCAR GONZÁLEZ.


“La poesía es un medio de comunicar cierta cantidad de humanidad, de elementos de vida que uno tiene en sí mismo”
Tristán Tzara


Nunca sabremos decir más de lo que decimos, toda vez que nunca se puede determinar lo que queremos decir, no obstante que la intención sea la de decirlo todo. Y más aquí, cuando voy a hablar de Raúl Henao, ante quien se puede decir todo y no decir nada, teniendo conciencia de que no todo ha de decirse. Y ante esa inminencia del decir, y decirnos ante él y ustedes, se desencadena una turbulencia exaltada, una excitación indecible. Porque no sabría uno si hablar de la historia que se ha hecho alrededor del ser lector obstinado y lúcido de Raúl Henao, y de lo que hemos vivido como sus lectores, o decir de él lo que ha sido para nuestra vida del intelecto -que no eso que llaman obscenamente vida intelectual-, cuando le leímos hace ya, -¿quién tendrá mi rostro de aquel entonces, para volver a mirarme?-, 35 años.
Pero entonces voy a hablarles de un libro, de este libro que hoy pública (reedición) Raúl Henao, La Doble Estrella. Para mí muchos de los ensayos incluidos en este libro, no me eran desconocidos, ya que he sido uno de esos lectores, quizá un lector nada más, de esos que lee por Preferencia, como titula uno de sus libros JulienGracq. Quiero decir, que ya los había leído, la mayoría de ellos, en revistas y periódicos, pues como ese lector de Preferencias, movido por ellas; la Preferencia como motor móvil de mi universo de lector, yo buscaba todo lo que Raúl Henao había escrito, y hoy todavía poseo muchos de estos ensayos. Nunca he dudado en tenerlos y leerlos, y hasta podría decir que he sido dominado por la Belleza convulsiva de los mismos. Tenerlos todavía en mí, en medio de las contradicciones, de los miedos, de las prevenciones que suscitan, tanto ellos como Raúl en nuestro medio, realmente me escandaliza. Nunca he cedido a la intención de destruirlos o de quemarlos, pues mi relación incandescente con ellos y con Raúl Henao, ha mantenido hasta hoy su indestructible Cantidad hechizada, su extremo de tensión siempre transparente en el Bosque de símbolos.
Y sí Raúl nos habla constantemente de lo que Goethe denominaba extraordinariamente “Afinidades Electivas”, y de lo que ha formado sus relaciones con la poesía y la literatura, para mí, lo han sido mis lecturas por el método de Preferencias. De allí que como un lector que Prefiere, es necesario a ese lector, que cada libro que lee, le sea esencial a su interés fascinado, a su intolerancia radical y a su observatorio de sensaciones excesivas. O sea, que contribuya a su formación, a su crítica y a su crisis de manera libertaria. Y eso han sido para mí los ensayos de Raúl Henao, y básicamente los que él, ha incluido en este libro La Doble Estrella.

Decía que estos ensayos (y las entrevistas) no me eran desconocidos, pero quisiera decir, también, que cada que los leo, hallo en ellos un poder y una provocación nuevas, y por lo mismo, los leo en muchos momentos de mi vida, y ellos, nunca, disminuyen su sentido, su símbolo indecible sobre mí. Y es porque siento que son como rayos que inclusive, caen cuando no hay tormenta.

Tienen esa misma esencia de los ensayos de Baudelaire, Breton, de Westphalen, de Paz, de César Moro, de Yeats, de René Daumal, de Leiris, de Pizarnik, de Pellegrini, de Bataille o de Bonnefoy. Yo los hallo en la misma concentrada forma del ensayo que hace suscitación insólita de sentido, porque lleva a hacer relaciones, construcción de relaciones. Ya el lector que queda fascinado por esa construcción de relaciones de sentido, siente en él, la tensión necesaria para hacerlas, que no son ni obedecerán nunca más a una pose o a una condición snobista.

El ensayo en este libro de Raúl Henao, alcanza pues para mí, estos momentos de máxima realización, de más densidad mallarmeana, porque hay aquí, y no es un misterio para nadie, la búsqueda interminable e insaciable por comunicar, la videncia del poeta con la reflexión del ensayista. En Raúl, ha existido desde siempre esa inclinación exuberante, exacerbada que lo ha llevado a tender los hilos entre la videncia intuitiva y la reflexión exaltada, que es la que hace de nosotros sus lectores.

Para Raúl Henao el ensayo, ha de poseer, la cantidad necesaria de poder crítico, de insolencia estética, de intolerancia radicalmente lúcida, de provocación de lo contrario, de conexión secreta, de incitación a la coincidencia turbadora como la llama Breton, y no ser un mero texto academicista, que prueba y corrobora medias verdades, realiza la mediocridad, propone la resolución, determina el caos, hace cesar la turbulencia de lo insólito.
Escribir un ensayo para Raúl, es también realizar en él, vaciar en él su experiencia vital y espiritual, y no cualquier experiencia, sino aquella que yo llamo, la de la visión; visión porque hace concurrir estruendosamente la realidad con los movimientos meteóricos de su percepción. En Raúl Henao el poeta y el ensayista no están escindidos, sino que realizan el arscombinandi necesario. Estos ensayos nos dan los indicios para decirlo, nos indican hacia donde y por qué se orienta la sensibilidad imantada de Raúl Henao. Para escribir ensayos así, como lo hemos dicho, hay que tener el poder de la imantación, o sea, aquel poder que tiene el poeta para excavar en sus sentidos y con sus sentidos lo que hay en un texto que le transforme. Leer es aquí: ponerse a prueba con el vacío, con el misterio, con lo desconocido. Y así es como la imantación es la que hace devenir lo que se dice del texto, lo que se ilumina del texto.

Raúl, en estos ensayos de La Doble Estrella, nos ha iluminado, nos ilumina los textos, los llena de otros sentidos, los revela de otra manera a sus lectores. Por eso mismo, estos ensayos son y serán para nosotros sus lectores, de hoy y de siempre, una de las vías iniciáticas, surrealistas, que desde la cuál podremos decir: No ha sido destruida la tentativa de la vida por inclinarse hacia sí misma y hacia los otros, en la dimensión de lo maravilloso, como lo dice Raúl Henao: “Confieso abiertamente mi amor por lo maravilloso, lo maravilloso que, después de todo es cuanto inspira y seduce al niño que habita en mí, el único que todavía me lleva, por ejemplo, a leer o escribir poesías en medio de un mundo de grises adultos obedientes solo a los dictados de la política, el dinero y el poder establecido” (2).

Raúl, gracias a tu vida y a tu obra, estamos para celebrarte y celebrarnos de haberte conocido y siempre invocando el sol negro de la poesía, como me lo enseñas hoy todavía, en este momento en el que tú libro, La Doble Estrella hace y continuará haciendo en mí Carro Triunfal del Antinomio, su trayecto meteórico indecible.

HUGNET, Georges. La aventura dada. Madrid. Ediciones Júcar. 1973. Pág. 111.
El Mundo Semanal. El Mundo. Medellín. 28 Febrero. 1981. Pág. 4.

martes, 1 de febrero de 2011

“En la alta noche”, nuevo poemario de Alberto José Pérez




El poeta venezolano llanero Alberto José Pérez es un poeta, quién lo puede dudar aún en este juego de palabras. Ya tiene una vasta obra. Entre sus más recientes libros Confesionales, Un poeta como yo, El poeta de quien les hablo, Retrato de memoria del corazón de una mujer, Como si valiera un siglo y Olor de amor. Reconocimientos no le han faltado.

Ahora En la alta noche (Fondo editorial del Caribe, 2010). Tono confesional y aparentemente ligero, siempre con la reminiscencia del llano. Dejemos que su poesía hable:

Quizás nadie venga

Quizás nadie venga a mi tumba
a buscar el poeta que seguiré siendo

eso estará bien

si han de buscarme
que lo hagan en el sonido de las palabras de nuestra lengua
en ls tolvaneras de las sabanas de mi tierra
en las olas del río de mi pueblo

pero como estoy aquí todavía
con mis angustias y dolores
levanto la mirada y se van mis ojos
como una carta urgente
procurando unas manos que me acaricien
o terminen de matarme
ahora que a nadie interesa la belleza del honor.


Hoy


Qué tal un trago un cigarrillo
qué tal una palabra que flote como una llama azul
hoy que pienso
que el silencio en la guerra debe ser terrorífico
y en el mar presagio de tormenta

hoy que pido que me devuelvan la flor que se llevó el viento
que me den la sombra y el llanto de la muerte
un caramelo o cualquier cosa
que ayude a disipar este desasosiego
desconocido en mis fronteras
cuando calmo el cielo
miro la montaña
mortal en mi escalera de huesos

hoy que mis pasos y mi canto oscurecen
en el leve sonido de la tierra al girar
en el brillo de unas manos temblorosas
mientras saludo a mis padres
que están sentados en mis ojos
como ecos de palpitaciones fluviales
de ls riberas encantadas del Apure
soledades mitológicas
que aparecen en los sueños
ganando siglos en mis silencios

qué tal un trago y un cigarrillo
hoy cuando vuelvo a casa
y veo la hora que tanto he buscado
en la esfera del reloj

hoy que siento nacer mis palabras
hoy que te canto sin nombrarte
para que m regales tus glorias y tus dolores
y la luz de tus ojos imperiales
para que me ayudes a sostener este país inconcluso
desmadejado en sus entrañas
hoy que descubro nombres que son ventarrones
y otros que acunan con exquisita belleza en la vida del hombre
fundándose como un As de Espadas
apartando escombros
haciéndose del día
de la vida y sus colores