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martes, 21 de diciembre de 2010

¿500 años del árbol de Navidad?




El árbol navideño levantado frente a la reconstruida Casa de la Hermandad de las Cabezas Negras, en Riga.
(Foto © Gilles en Lettonie: http://gillesenlettonie.blogspot.com/)


Por Albert Lázaro-Tinaut

Nadie duda del origen pagano del árbol que tradicionalmente se adorna en el mundo cristiano (e incluso, por influjo de las modas y de la mercadotecnia, en otros lugares donde el cristianismo es minoritario, como el Japón, el sudeste asiático o Dubai, por ejemplo) durante las Navidades. Se discute, en cambio, el lugar donde se utilizó por primera vez este símbolo del solsticio de invierno como elemento navideño, y también cómo y cuándo lo adoptaron los cristianos.

El caso es que este año la capital de Letonia, Riga, celebra los 500 años de la colocación del primer árbol de Navidad del mundo. Cuenta la tradición letona que Martín Lutero en persona, mientras paseaba por un bosque próximo a Riga, quedó admirado por la luz de la luna reflejada en las ramas de un abeto y arrancó un pequeño ejemplar de este árbol para regalárselo a sus hijos; de ahí nació, según los letones, la idea de cristianizar la vieja tradición pagana del Yule*, símbolo del sol en las culturas septentrionales de Europa, con la que se invocaba al astro diurno en el solsticio de invierno, el día del año en que el sol luce más brevemente en el hemisferio Norte.

Difícilmente el futuro reformador Lutero (que en 1510 era sacerdote católico y profesor de teología en la Universidad de Wittenberg) pudo regalar entonces el árbol a sus hijos, ya que no se casó hasta 1525, después de haber sido declarado hereje por el papa León X en 1518, ni tuvo hijos, que se sepa, antes de su matrimonio.

Lo cierto es que en la actual Letonia, como en otros lugares del norte de Europa, el árbol, y más concretamente de abeto, de hojas perennes, tenía para los pobladores paganos una significación muy especial, y era frecuente de que se encendieran pequeñas velas en sus ramas para evocar la luz solar. Se utilizaba también el muérdago como planta sagrada, y las parejas propiciaban la fertilidad besándose bajo las ramas este arbusto. Además, se colocaban bajo el abeto bayas de acebo, consideradas un alimento agradable para los dioses de la naturaleza.

Pues bien, se dice que en diciembre de 1510 los miembros de la cofradía de los comerciantes solteros de Riga (que en 1687 pasó a denominarse Hermandad de las Cabezas Negras) fueron a un bosque cercano a la ciudad, cortaron un gran abeto, lo plantaron en medio de la plaza donde tenían su sede, lo decoraron con flores de papel y luego lo quemaron en medio de una gran algarabía en la que fluyeron abundantemente la cerveza y otras bebidas alcohólicas. Este hecho está documentado por una de las grandes especialistas mundiales en temas navideños, la condesa Maria Hubert von Staufer (Leeds, Inglaterra, 1945 – Palma de Mallorca, 2007), según reconoció en enero de 2002 la organización Christmas Archives International, con sede en Londres, y lo corrobora, entre otras entidades, la Asociación Canadiense de Productores de Árboles de Navidad.

No cabe duda de que Lutero nada tuvo que ver con el surgimiento de esa idea, sino que los mercaderes se dejaron llevar por la antigua tradición pagana: hacía poco más de tres siglos que los alemanes habían emprendido la cristianización de los pueblos del Báltico oriental, y apenas doscientos años que la religión romana se había arraigado con cierta fuerza en aquellas tierras, por lo que el paganismo continuaba muy presente en la mentalidad popular.


La tradición católica, por su parte, suele atribuir el abeto navideño al monje inglés Winfrid (nacido alrededor del año 675), que en 716 fue enviado a cristianizar las paganas tierras de Alemania, donde murió a manos de los “bárbaros” (las crónicas los identifican con una partida de bandidos y ladrones que asaltaron a los “elegantes” misioneros cristianos, bien dotados económicamente por el Papado), junto a otros cincuenta compañeros de misión, el día de Pentecostés del año 754, lo cual lo convirtió en mártir de la Iglesia romana, que lo elevó a los altares como san Bonifacio.

La leyenda dice que los paganos de Escandinavia y del norte de la actual Alemania veneraban el Yggdrasil (Árbol del Universo), un fresno sagrado cuya extremidad llegaba hasta el cielo (donde se hallaba la fortaleza de Valhalla, que acogía a los guerreros muertos en combate, y Asgard, el palacio del dios Odín) y cuyas raíces se internaban en el lúgubre reino de los muertos, Helheim, identificado también con el infierno. Parece que a Winfrid se le ocurrió un día hacerse con un hacha y cortar un Yggdrasil para plantar, en su lugar, un pino, árbol de hoja perenne, que adornó con manzanas –símbolo del pecado original y de las tentaciones– y velas –representación de la luz del mundo, que emanaba de Jesucristo–. Las manzanas fueron reemplazadas más tarde por bolas y las velas, por lucecitas de colores. Lo de los regalos al pie del árbol vino más tarde.

La tradición alemana dice que el primer árbol de Navidad se colocó en 1605 en algún lugar de las tierras germánicas (según los franceses, era un abeto de los Vosgos levantado en la actual plaza Kebler de Estrasburgo, en Alsacia), y que la costumbre se extendió muy pronto a Escandinavia y, ya en el siglo XIX, a Inglaterra y otros numerosos países.
En España lo introdujo, al parecer, la princesa rusa Sofía Sergueievna Troubetzkoy (1838-1898), la cual, después de enviudar de su primer marido –un hermano de Napoleón Bonaparte– se casó con José Isidro (Pepe) Osorio y Silva-Bazán, duque de Sesto y de Alburquerque y Marqués de Alcañices, quien desempeñó un importante papel en la Restauración borbónica. Se dice que en su palacio del paseo del Prado de Madrid, situado donde actualmente se levanta el edificio del Banco de España, lució en 1870, por primera vez en España, el árbol de Navidad.

Hoy, como bien sabemos, los abetos navideños se cultivan en plantaciones, se suelen vender a precios abusivos en mercadillos, floristerías y centros comerciales, y para los ahorradores los hay de plástico, desmontables. La tradición, como tantas otras cosas, se ha mercantilizado, y el árbol de Navidad se ha convertido, ¡cómo no!, en uno más de los artículos de consumo de cada mes de diciembre.

* Yule ha dado nombre a la Navidad en algunas lenguas: Jul, en danés, noruego y sueco; Jól, en islandés y feroés; Joulu, en finlandés; Jõulud, en estonio.

http://transeuntenorte.blogspot.com/

domingo, 19 de diciembre de 2010

Los cuerpos celestes de la dictadura





Edgar Cherubini Lecuna
París, Francia

Chile aloja cinco importantes observatorios astronómicos internacionales, ubicados en el desierto de Atacama, a 3.000 metros de altitud. Las condiciones climáticas del desierto chileno son ideales, es la zona más seca del planeta. La transparencia del cielo permite ver hasta los confines del universo. Los gigantescos telescopios son utilizados para rastrear el espacio infinito en busca de los orígenes del universo y de la vida. El desierto es un enorme espacio intemporal compuesto de sal y viento. Todo está inmóvil, sin embargo la superficie está llena de huellas misteriosas. Hay aldeas construidas hace mil años, hay campamentos mineros del siglo XIX, abandonados. Hay restos de historia por todas partes. La Vía Láctea en las noches, es tan deslumbrante que produce sombras en el suelo.

No muy distante del observatorio astronómico, se encuentra una estación de arqueólogos. Han encontrado antiguos asentamientos y vestigios de los primitivos habitantes del desierto, utensilios, momias y esqueletos que hablan de migraciones en busca del océano. Al igual que los astrónomos, se han dedicado a clasificar, preservar y estudiar hasta los más mínimos fragmentos de huesos, producto de sus hallazgos, alimentando las colecciones antropológicas de los museos de historia natural de Chile.

En esos mismos páramos, un grupo de mujeres rastrean la tierra salada en busca de los restos de sus seres queridos, torturados, asesinados y enterrados en esas soledades por los militares chilenos en los años setenta, una búsqueda infructuosa para algunas. Hasta hoy sólo han encontrado unos pocos. Hace más de veinte años, esas mujeres empezaron a revolver la tierra, a merced de las tolvaneras y no se han dado por vencidas.
Los astrónomos, hurgan en el pasado con herramientas de gran sofisticación tecnológica, a través de ordenadores que controlan los miles de censores y mecanismos de estas colosales máquinas científicas, manejadas por 130 personas, entre ingenieros, astrónomos y técnicos, aparte de una complicada logística para abastecer la estación con bastimentos y camiones cisterna procedentes de la ciudad más próxima, Antofagasta, a 120 kilómetros.

Mientras, en la intemperie, las madres, esposas y hermanas de los desaparecidos, tratan de recuperar los fragmentos de los cuerpos de sus seres queridos. Sería una misma la metáfora de la búsqueda del pasado, tanto de arqueólogos, astrónomos y esas mujeres, si no fuera por el contraste de precariedad, dolor y desolación que las acompaña.
Las estrellas que observamos, son destellos que ocurrieron miles de años atrás, de un pasado basado en hipótesis y teorías. Mientras que esos cuerpos enterrados en algunos lugares secretos de ese vasto desierto, son de historia reciente, tienen familias, esposas, hermanas, hijas, sobrevivientes de esa tragedia latinoamericana que se llama dictadura militar.

Esa es la trama de un documental dirigido por Patricio Guzmán: “Nostalgie de la Lumiere”, que se exhibe en estos días en las salas de arte y ensayo de París. Luego de un año escribiendo el guión, decidió narrarlo en primera persona. Pese al tema que lo sustenta, está muy alejado del panfleto político. Apunta, más bien, a lo que sostenía Susan Sontag: “Al hacer que el sufrimiento parezca más amplio, al globalizarlo, al darle la indispensable significación, acaso lo vuelva acicate para que la gente sienta que ha de importarle más” (S. Sontag, “Ante el Dolor de los Demás”). Es una obra que denuncia el terrorismo de Estado y que propicia una profunda reflexión sobre las ideologías dogmáticas y sectarias, sean de derecha, de izquierda o religiosas, que se creen poseedoras de una verdad absoluta y por consiguiente se arrogan el derecho de aniquilar en forma física o política a quienes se opongan a ellas o a sus objetivos. Como lo afirma uno de los personajes entrevistados: “Se trata del horror de una dictadura, de cualquier dictadura”.

Patricio Guzmán, un realizador de izquierda, conocido por sus documentales sobre el derrocamiento de Allende, cruza un umbral a la vez perturbador y profundo sobre la búsqueda de la memoria y la identidad, la suya y la de los chilenos, a partir de lo que sucede en ese lugar: “Yo creo que la materia misma del film nace de una serie de metáforas que estaban depositadas en el desierto, que estaban ahí mucho antes que yo llegara. Las metáforas ya existían, yo solamente las filmé. Cuando leí en un periódico que cerca de los gigantescos telescopios unas mujeres excavaban la tierra con sus manos, decidí hacer la película”.
Entre los personajes entrevistados a lo largo del film, se encuentra Luís, el astrónomo aficionado, quien aprendió a leer las constelaciones en ese mismo desierto, en un campo de concentración. Miguel el arquitecto, otro sobreviviente, quien inventó una coreografía como en un baile, para aprenderse de memoria los espacios y medidas de los campos de exterminio donde estuvo recluido. Cuando llegó a Suecia como exiliado, reprodujo uno a uno sus movimientos, dibujando con exactitud los planos, “para que ningún chileno pueda decir que no sabía que existieron”. Valentina, quien se considera “hija de las estrellas”, trabaja en el Observatorio Nacional de Chile y encontró en la astronomía un campo para soñar. Siendo hija de madre y padre desaparecidos durante la dictadura militar, es un personaje hermoso, lleno de optimismo ante el futuro. Durante su entrevista expresó: “Desde niña, supe que la materia de la que se componen las estrellas es la misma materia que tenían mis padres cuando desaparecieron”. Según las teorías astronómicas actuales, las galaxias fueron en su origen grandes conglomerados de gas y polvo que giraban lentamente, luego fueron fragmentándose en vórtices turbulentos y condensándose en estrellas en medio de colosales tormentas de polvo cósmico, compuesto entre otros elementos de átomos de Calcio (Ca), el mismo que se encuentra en los huesos de aquellos cuerpos sepultados en el desierto.

edgar.cherubini@gmail.com

martes, 14 de diciembre de 2010

Un “Trípode”a lo Renato Sandoval





Bajo el sello “Tustraeditores” ha salido en Lima Trípode, la unión elegida de tres importantes momentos en la poesía de Renato Sandoval, cuyo magisterio ha inspirado a las más recientes promociones de autores peruanos que ven en su figura un referente inmediato cuanmdo se habla de honestidad y verdadero compromiso con la palabra escrita, así como una puerta siempre abierta.

Trípode está conformado por los libros Nostos, El revés y la fuga y y el más reciente Suzuki blues.

La muestra:

De Nostos

A campo traviesa he dejado atrás las playas
del tedio y la conciencia agotada por la lluvia,
no hay en mí estirpe a la que esta retirada represente,
ni a Ciro, emperador del desierto, ni a Artajerjes,
rey de la mentira;
mi anabasis es la del viento expulsado de la patria
del rencor
cuando el horizonte crujía la tormenta y las naves
del deseo su quilla frotaban contra los lomos de
lúbricas ballenas;
entonces sí que la sangre tenía singladura y los galeotes
adfornaban con petunias sus grilletes entonando
una bravata al sol,
los tritones deslizábanse en el tobogán de los taludes
y en los colmillos de las moras relucía el perfil
de una quimera.
Como para festejarnos con tanto emolumento
cuando en el oficio de la duda nos invade apenas
la desidia
de existir, la molicie de ir perdiendo uno a uno los
cabellos de la mente,
cuando en los ojos se apea la mosca de los sueños
y allí empolla su morada.
Veo ahora el tiempo multiplicado al infinito,
caleidoscopio de la muerte en mis ocelos retratando
su sonrisa,
triángulos de mofa sus labios al borde del perjurio
y melancolía rumiando a solas una estática pasión.
Las ventanas del crepúsculo se extienden a lo largo
de la tarde
y apenas si enmarcan las dunas
con su tiempo de arena rebanándoles la piel. Grano
a grano
deshojo el desierto que poco a poco bajo mis uñas
se concentra,
golpe a golpe talla el viento los anillos de la muerte:
un acerado sol pendulará mañana más temprano
y mi cuello de fruta lo cantará de un solo tajo.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Ennio Jiménez Emán y su primer poemario





Brillante ensayista, autor de libros como Aracné, cuatro ensayos literarios, Notas apocalípticas (temas contraculturales), Las voces ocultas y Diario Nómada, nos sorprende ahora con su primer poemario bajo el título Rito de desvelo (Ediciones Imaginaria, 2010).

El poemario está dividido en cuatro partes. En las cuatro el poeta manifiesta una profunda desazón, en aquellas donde viaja y mira paredes o ventanas solitarias o en las que mira la soledad desde la ciudad de sus ancestros.

Ennio Jiménez Emán, considerado con justicia uno de los más cultos y profundos ensayistas literarios de Venezuela, nos deja en este Rito de desvelo con el que se estrena en la poesía, una mirada que estruja.

Dejemos que algunos poemas hablen por sí solos:

Soledad

La soledad se presenta
con su puñal invisible
con su cara de horizonte
con sus manos abismadas
se nos planta de frente
con lenta gravedad
pedazo de sueño
la soledad nos inventa
nos seduce
nos alumbra


Botella rota

Todo listo para el festín
luego de una rápida
fuga entre la niebla
fulgurante vino tinto
derramado contra el piso
cuando las bocas milagrosas
suspiran por alcoholes
de Apollinaire
no hay nada que hacer
la madrugada
igual se ha estrellado
rota la botella
nuestro aliento
jamás será igual
volvemos a la cama
con la ebriedad
trastocada en el poema
y el aroma
de unos besos reventados.


Fotografía

Quién soy yo
desafiando
con rostro incierto
ese cielo apocado
que agoniza
detrás de la tapia
lavado por el tiempo
no miro al fotógrafo
veo
un punto ciego
más allá de mí
avizoro
la secreta claridad
de la tormenta
su luz indescifrable.

Murió Manuel Caballero




Nacimiento 5 de diciembre de 1931
Barquisimeto, Venezuela
Defunción 12 de diciembre de 2010
Caracas, Venezuela
Ocupación Escritor, historiador, periodista, docente
Nacionalidad Venezuela
Género Historia

Manuel Antonio Caballero Agüero (Barquisimeto, 5 de diciembre de 1931 - Caracas, 12 de diciembre de 2010) fue un destacado historiador, periodista, escritor y docente venezolano.

Caballero estudió historia en la Universidad Central de Venezuela y obtuvo su PhD en la Universidad de Londres. Con la publicación de su disertación obtuvo el mérito de ser el primer venezolano en ser editado por la Cambridge University Press. En 1989 fue invitado por la Universitá degli Studi di Napoli de Italia. Recibió el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Historia en 1994 y en 2005 fue elegido como miembro de la Academia de Historia de Venezuela.

Caballero escribió regularmente en algunos periódicos venezolanos, como El Nacional, El Diario de Caracas y más recientemente en El Universal. A pesar de su pasado como pensador y activista político de izquierdas, en particular durante la presidencia de Rómulo Betancourt, Caballero criticó vehementemente la política de Hugo Chávez.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Las autopistas científicas asociales





Teódulo López Meléndez

Es obvia la influencia de la ciencia y la tecnología para la configuración de las sociedades modernas. Entre ambas -que conviven en beneficio mutuo- han modificado, no siempre para bien, la relación con la naturaleza y la interacción entre los seres vivos, han influenciado sobre las posiciones filosóficas y han delineado estructuras sociales y políticas.
El siglo XX fue especialmente rico en avances en estas áreas, desde el inicio mismo de la revolución industrial, con consecuencias dramáticas sobre la organización social. La teoría de la Relatividad abrió el espacio a la especulación cosmológica y la aparición de la teoría cuántica revolucionó las leyes de la física. Luego vino el auge de la biología, con el desciframiento del ácido desoxirribonucleico (ADN), de la biología y genética molecular. El estructuralismo, la antropología, el auge del neoliberalismo, infinidad de cambios y perspectivas. La noción de progreso ilimitado ya se tambaleaba a fines de este siglo prolijo en avances científicos y el papel de la razón como guía suprema era cuestionado.

En el campo filosófico se trasladaba el tema científico-tecnológico a la crítica social. Luego de tan notables avances el hombre llegó a creerse el dueño de todo. La Conferencia Mundial sobre la Ciencia (Budapest, 1999) planteo con claridad la necesidad de generación de un nuevo contrato social para la ciencia y la tecnología, entendido como el adaptarlas a las nuevas realidades políticas, sociales y medioambientales. La exigencia es la de orientar la ciencia y la tecnología hacia las necesidades de las poblaciones humanas para propiciar un desarrollo integral y atender la demanda social sin valor de mercado. Se asignaba un papel a la ciudadanía sin que se precisaran mecanismos para lograr esta democratización.
Lo cierto es que hoy las sociedades se voltean hacia la ciencia reclamando un papel de poder en la producción de conocimiento, de control social y el de un nuevo estatuto epistémico para la ciencia.

Las tecnologías actuales de la comunicación y la participación privada en el financiamiento de las investigaciones científicas convierten los resultados en mercancía. Desde el mundo pobre se reclama investigación sobre líneas no capaces de producir beneficios económicos y en otros se procura la obtención forzada de medicamentos para enfermedades como el SIDA o se cuestionan las patentes de las grandes empresas farmacéuticas. El propio informe del PNUD de 1999 dice con meridiana claridad que en los programas de investigación es el dinero el que decide y no las necesidades sociales. En este mundo unos 2000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales como la penicilina y sólo la mitad de los africanos de un año de edad están inmunizados contra la difteria, la tos ferina, el tétano, la poliomielitis y el sarampión.

Se asiste al planteamiento de la necesidad de un nuevo contrato social para la ciencia que permita ponerla al servicio directo de los problemas sociales. Esto es, se debe partir de la ciencia como base de valores de desarrollo cultural, bienestar, equidad y justicia social (entendida como la satisfacción de las necesidades básicas de todos los miembros de la sociedad) y una influencia determinante de esa sociedad en determinar los valores a satisfacer.

Lo que hemos tenido es una concepción según la cual, el desarrollo científico y tecnológico se supedita a lo que tiene de aportar al crecimiento económico. Una subida en el Producto Interno Bruto no significa desarrollo social. La ciencia y la tecnología deben ser insumos para ayudar a este proceso. El PNUD ha estado publicando numerosos informes sobre desarrollo humano cambiando el énfasis sobre los aspectos económicos y procurando sustituirla por una visión del hombre. La concepción del desarrollo sustentable pasa por la aceptación de que es la capacidad de la gente para decidir e implementar el arma fundamental contra el subdesarrollo. Ciencia y tecnología son herramientas para ello, pero hay que ponerlas al alcance de esas poblaciones, lo que implica esfuerzos de comunicación y educación y un diálogo de intercambio, no un discurso monologante.

Ya no podemos mirar a las sociedades en su relación con la ciencia como sujetos excluidos o pasivos, para considerarlos activos en el sentido de su capacidad de exigir y obtener proyectos de investigación útiles a sus intereses. Es lo que algunos han denominado apropiación social de la ciencia y la tecnología. No se trata de que la ciencia no haya tenido siempre el propósito de atender necesidades humanas, lo que se trata ahora es de definir a los agentes científicos como parte de un sistema dirigido a la resolución de los problemas sociales.

Por supuesto que paralelamente hay que llevar a las comunidades a la capacidad de reconocer sus problemas productivos, sociales o ambientales. Esto es, el concepto de desarrollo humano autosustentable. Como se ha sido dicho en numerosos documentos el conocimiento científico y tecnológico ha ampliado la brecha entre países industrializados y los países en vías de desarrollo, amén de haber causado deterioro del medio ambiente y exclusión social. Así se plantea una internalización de la ciencia para una cultura de paz, lo que implica ampliación de los seres humanos que se benefician de la investigación, la expansión del acceso a la ciencia como un componente central de la cultura y un control social de la ciencia y la tecnología y su orientación a partir de opciones morales y políticas.

martes, 7 de diciembre de 2010

Lagos Nilsson en poemas




Firma Lagos Nilsson. Su nombre es Jorje (con jota) Alejandro. Lagos Nilsson vivió en Caracas, se sembró en Buenos Aires, ahora está en Santiago de Chile, su tierra natal. Dirige "Sur y Sur", antes dirigió otras revistas memorables como "Piel de Leopardo". Escribe y amontona. Allí hay novelas, poemarios y ensayos.

Es misterioso, menos para sus amigos, entre quienes nos contamos por fortuna. Ahora sabemos que un grupo de jóvenes en esta ciudad capital de Venezuela se han inventado "Ediciones Pájaro Negro" y publican de Lagos Nilsson un poemario titulado Arca de la alianza. Nos enteramos que preparan una presentación formal. Esperaremos por el hecho, pero no nos contenemos de adelantar tres poemas.

Ensueño

Hubo una vez un libro viejo
una coraza antigua
un sol terminado
y el horizonte

Nadie imaginara el cielo
si no hubiese caballos sobre la Tierra.

El último jardín

El jardín late con el Invierno
las mareas desafían al hielo
como siempre / Y estas distancias
en las hojas sacuden sus alas mojadas

¿Dónde están las cabalgaduras del mito
o la inocencia
ganada a costa de caminos y de hambre?

No reconozco mi herencia
Perdí los ojos frente al sol
En esta oscuridad no soy elemento de la vida
ni de la muerte
ni del olvido
Mis caballos sucumbieron en el desierto

Animal de vino
sólo el sueño acaba
con los fantasmas de la vigilia

El último jardín espera por mis huesos
en la Patagonia
No se los daré
Prefiero esta inmortalidad de juguete
un llanto oscuro y fatal, innombrable
a la hora de mi muerte

Alguien se ha puesto a nombrar
calas y calafates
Me oculto detrás del coirón
y la mar de las toninas

Amanece
galopando hacia el descubrimiento
que enjaezará la muerte algún Otoño.

Navegar conmigo

No podrás venir a navegar conmigo
las rutas del aire
los meandros del fuego
esas esquinas que acusan y guardan
el secreto de la mar

No podrás venir conmigo a la muerte

El juego es soledad y espuma
hígados rotos
noches casi tan oscuras
como la tiniebla del abismo
en la hondonada de la espera

No, no podrás / nada vale semejante sacrificio

En esta mar no sirven las brújulas
ni el tiempo
que devora recuerdos.
No hay un segundo nacimiento
ni una ventana abierta a la calle

No podrás, y es triste saberlo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

EL FINAL DE LA POSTMODERNIDAD Y EL ADVENIMIENTO DE LA ÉPOCA SUPERMODERNA



Por Pablo Paniagua





¡La Postmodernidad ha muerto!

Hoy se habla de la Postmodernidad como si todavía estuviéramos inmersos en ella, cuando hace tiempo quedó atrás.

En todas las épocas de la historia el arte ha sido un reflejo de su tiempo y una manifestación que nos sirve para estudiar los comportamientos sociales y culturales, y en dicho sentido, para entender la Postmodernidad y certificar su muerte, es preciso comprender, a su vez, el siguiente proceso evolutivo: Modernidad – Postmodernidad – Supermodernidad, en su dimensión artística, para luego llevar el modelo a su escala social y política. También, he de aclarar, es más preciso utilizar los términos como están propuestos, en vez de Modernismo, Postmodernismo y Supermodernismo, por el simple hecho de que el Modernismo es una corriente artística surgida entre los siglos XIX y XX, que también se conoce con los nombres, según los países, de Art Nuveau, Modernisme y Jugendstyl, y por ello Modernismo y Modernidad no son lo mismo, pues el primero se refiere a una corriente artística y el segundo a una época de la Historia del Arte, de tal modo que, para igualarlos en un mismo plano lingüístico y conceptual, son más acertados los términos propuestos. Respecto al término “hipermodernidad”, que hoy en día emplean algunos filósofos, como por ejemplo Gilles Lipovetsky, es del todo erróneo, pues para utilizar el prefijo “híper” primero habría que haber pasado por lo “súper”, nomenclatura evolutiva necesaria y aplicable en este caso.

Para ordenar este ensayo, en el punto primero –I– abordaré la antedicha evolución en su faceta artística; en el punto segundo –II– veremos que la misma sintomatología se repite en los aspectos sociales y políticos; y en el punto tercero –III– ofreceré mis conclusiones sobre la actual Época Supermoderna.
I

Hoy, con la perspectiva del tiempo pasado, un tiempo que dejaba de ser presente para convertirse constantemente en futuro, como una mutación de sí mismo, como fundamento del cambio, podemos abordar para comprender, desde esta distancia, todos los sucesos artísticos del siglo XX en lo que a las artes visuales se refiere, a partir del concepto de “Dispersión del arte”.

Tenemos que considerar el arte del siglo XX como una entidad en constante evolución, tratando de superarse a sí misma a un ritmo frenético, en una lucha por descubrir todas las formas expresivas y de representación posibles que el ser humano pudiera crear, haciendo un paralelismo con el progreso científico y tecnológico, por medio del cual la Humanidad llegaría a conocer lo hasta ahora no conocido como una conquista más de la evolución.

Entre finales del siglo XIX y principios del XX aparece en Europa el Arte Moderno, en el instante en que el artista deja de copiar la realidad, para acabar inventándola, en ese afán aventurero de crear lo inexistente como fin último de esa evolución ilimitada. En ese momento, los sucesos artísticos se dan de acuerdo a una serie de parámetros estilísticos, que los conforman como determinados movimientos con una evidente preponderancia dentro de su medio. Estos movimientos artísticos se suceden unos a otros, según van surgiendo diferentes formas de expresión y representación de una realidad nueva, descubierta o inventada. Pero, para hacer utilizables estos términos de manera conjunta, podríamos decir que la expresión artística se da representada de manera objetual o conceptual, según sea su determinada carga.

En un principio el Arte Moderno se vio expresado, fundamentalmente, de manera objetual y enmarcado en un territorio llamado europeo, o sea, concentrado en un lugar geográfico preciso (principalmente en París) en eso que se denominarían Vanguardias Históricas, si bien esa determinación territorial no era del todo exclusiva, pues en Alemania, Austria e Italia antes de la primera guerra mundial, en Suiza durante ella, y en Rusia entre los años 1909 y 1925, hubo una importante actividad vanguardista, pero de ninguna manera tan poderosa como en la ciudad del Sena.

En 1916, en la ciudad de Zurich, aparece el Movimiento Dadaísta, propuesto por Hugo Ball y luego encabezado por el pensador Tristan Tzara, que junto con un grupo de artistas hacen realidad la revolución que preconiza el fin del arte o el antiarte. Pero la ruptura definitiva con la esencia objetual se dio en el año 1917 con Marcel Duchamp, cuando elige un objeto cotidiano para exponerlo y firmarlo como obra de arte: un hecho de vital importancia en la futura trayectoria del Arte Moderno, que en ese preciso instante no supuso más que una provocación, pero que, a la larga, cambiaría el curso de la historia.

El fin de Dada no se hizo esperar, debido al choque ideológico entre dos gurús, el citado Tzara y André Bretón, mentor del Surrealismo, con lo que muchos de los artistas integrados en el dadaísmo se pasaron a las filas de la revolución surrealista.

Si Dada suponía una negación de la realidad impuesta por los poderes dirigistas de la sociedad, el Surrealismo reivindicaba la realidad de lo irracional.

Hasta aquí, el “estado de concentración” que se daba en el mundo del arte era algo evidente, pero con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, empieza la “dispersión del arte”, al menos en su etapa geográfica. Aquellos movimientos artísticos que se sucedían han de abandonar la escena donde se desarrollaban, acabándose para dar paso a otros nuevos. El epicentro del mundo del arte sería ahora la ciudad de Nueva York, aunque en Europa, tras el final de la guerra, la actividad creadora continuaría pero ya no de forma tan arrolladora como en tiempos pasados. Se pasó de la “Escuela de París” a la “Escuela de Nueva York” y a la bipolaridad en el dominio de los sucesos artísticos.

En los Estados Unidos de América surgió con fuerza, en torno al año 1945 (y no sin apoyo del Estado) el Expresionismo Abstracto, como primera tendencia genuinamente americana y como última manifestación estética del Arte Moderno; tras ésta, a partir de 1955, aparecerían el Pop Art (europeo y estadounidense), la llamada Nueva Abstracción o Abstracción Postpictórica (que más tarde competiría con diversas abstracciones europeas como Grupo Cobra e Informalismo), el Op Art y el Minimal Art. En las tendencias norteamericanas ya se aprecia una ruptura estética más cercana a planteamientos conceptualistas, y en el caso del Pop Art cierto “neodadaismo” en la reproducción de algunos trabajos, en los que la mano del artista ya no está presente, y un claro comportamiento postmoderno por la influencia iconográfica de la sociedad de consumo. Aquí, ya podemos hablar del inicio de la Postmodernidad y señalar al Pop Art como su primera manifestación artística. En aquella época también aparecen las artes del cuerpo (happening, performance, etc) y el “concepto” en sus distintas manifestaciones empieza a tomar relieve en la escena artística.

Se da, entonces, otra ruptura sobre la concentración que ya no es meramente de lugar, sino de contenido. Es el concepto que entra en escena, la herencia de Duchamp y el Movimiento Dadaísta. El concepto se concreta cuando se abandona la improvisación dadaísta, para hacer un planeamiento previo de lo que hay detrás de la idea, y no la idea en sí. Como resultado, a partir del año 1969 comienzan las exposiciones de Arte Conceptual como tal, viéndose legitimada esta tendencia en el año 1972 en la Documenta 5 de Kassel.

La competencia entre el “concepto” y el “objeto” está servida en forma de lucha fratricida entre dos elementos que son como el aceite y el agua, que al ser incompatibles provocan la dispersión de sus sustancias. Así comienza el verdadero camino hacia la “dispersión del arte”, que no es más que el tránsito del principio de la dispersión hasta la dispersión total y el triunfo del concepto sobre el objeto, en lo que podríamos llamar Supermodernidad, que es el estado en el que ahora nos encontramos.

En la Postmodernidad se da la citada lucha entre el objeto y el concepto, a través de un conjunto de discursos que pugnan por imponerse, fundamentados en la defensa o el ataque a la mimesis de la realidad. La actividad artística, a su vez, se empieza a diseminar en diferentes puntos geográficos y el eclecticismo de las formas de expresión–representación se conforma como la tónica generalizada. El arte se empieza a dispersar poco a poco, hasta llegar a ser un modo de expresión propio del mundo occidental que se implanta a nivel planetario, con el triunfo final del concepto sobre el objeto.

La Supermodernidad está caracterizada por la mundialización del arte en la cultura global occidental, en la que tienen cabida multitud de artistas de diferentes lugares del planeta, que trabajan, sobre todo, en referencia al concepto. Vemos, así, que los diversos estados de la Historia del Arte tienen paralelo con el desarrollo de la sociedad occidental en el transcurrir del siglo XX, pues el arte es una manifestación como reflejo emanado de un mismo cuerpo.

No entro a valorar en este punto la supuesta crisis de la sociedad globalizada, ni la crisis del arte expuesta de manera tan locuaz por Jean Baudrillard, simplemente unifico la historia del arte del siglo XX bajo los conceptos de “concentración–dispersión”, para explicar y marcar cronológicamente su accidentado transcurrir.
II

Si en el mundo del arte la Postmodernidad se identifica por la lucha entre el objeto y el concepto, y la separación territorial de las diferentes manifestaciones y el inicio de la comentada dispersión del arte, en el plano socioeconómico y político, la Postmodernidad, de igual modo, se identifica por la lucha entre Oriente y Occidente en lo que se denominó como Guerra Fría, con dos maneras distintas de entender los procesos económicos entre el capitalismo y el comunismo. Objeto-concepto en el arte, capitalismo-comunismo en el plano político y socioeconómico. Por consiguiente, el inicio de la Postmodernidad lo podríamos marcar en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con la reconstrucción europea y dentro del proceso de separación del mundo en dos bloques políticos.

La pugna entre el objeto y el concepto terminará con la supremacía del concepto en el mundo del arte a finales de la década de los 80, cuando en los diferentes eventos internacionales del arte, ferias y bienales, el concepto rebasa a las distintas expresiones objetuales, con una sensibilidad estética más acorde a los nuevos tiempos y frente a propuestas más envejecidas que quedan como referencia del pasado. En la esfera política y socioeconómica, de manera similar, el capitalismo, con la liberalización total de la economía, se impone como modelo mundial predominante frente a un comunismo fracasado, con el final de la Era Soviética y la caída simbólica, en 1989, del Muro de Berlín.

Si en el mundo del arte, al final de la Postmodernidad, la dispersión de los diferentes centros creadores se da a nivel planetario, en el plano socioeconómico y político cobra relevancia la mundialización del liberalismo económico como modelo, en lo que se define como “globalización”. A partir de aquí, con la dispersión total del arte y con la globalización del modelo occidental, es cuando ya podemos hablar del inicio de la Época Supermoderna, a partir del año 1989, con la caída del Muro de Berlín (si bien los cambios entre épocas, Modernidad – Postmodernidad – Supermodernidad, siempre se producen como un proceso de transición en pocos años, con el atisbo de las primeras manifestaciones que terminan por tomar fuerza e imponerse como pauta).

Asimismo es fundamental, dentro este proceso que marca el inicio de la Supermodernidad, el surgimiento de un nuevo medio de comunicación e información global, a través de una red de redes que se da a conocer con el nombre de Internet, cuya aplicación abierta se empieza a implantar a partir del año 1992, con un proceso experimental previo que se inició en el año 1989 con el primer ISP de marcaje telefónico world.std.com. Ahora en Internet confluye y se desarrolla una nueva “cultura global” que expande las fronteras de la comunicación y la información de manera prodigiosa, algo totalmente inédito en la Historia de la Humanidad y como signo de la nueva Época Supermoderna.

Si en la Postmodernidad la sociedad occidental se ve influida en su desarrollo por la tecnología y las tendencias consumistas, en la Supermodernidad lo está bajo un consumismo exacerbado y la alta tecnología o hi-tech (telefonía móvil, computadoras, pantallas de plasma, productos cibernéticos, videoconsolas, discos compactos, nanotecnología, etcétera), en lo que representa un salto cualitativo respecto a anteriores avances tecnológicos. Ya la relación del humano con la tecnología es distinta, pues su dependencia pasa a formar parte de su manera de vivir como algo imprescindible.

Salta a la vista que la vida y las dinámicas sociales de la Postmodernidad no son las mismas, que a partir de los procesos globalizadores que se desarrollan tras la caída del Muro de Berlín, e hiere a la razón no percibir esta nueva realidad y seguir hablando de los tiempos actuales como si todavía estuviéramos instalados en una especie de Postmodernidad eterna, cuando las condiciones sociales, artísticas y políticas ya no son las mismas, y cuando los avances tecnológicos están cambiando los procesos evolutivos de la especie humana.
III

Habiendo ya certificado la muerte de la Época Postmoderna y su Postmodernidad, ahora explicaré mis conclusiones sobre la recién iniciada Época Supermoderna.

Un incierto pensador, como es Francis Fukuyana, tergiversando a Hegel, declaró el Final de la Historia viendo en el triunfo del “liberalismo económico” la solución a los problemas de la Humanidad, cuando dicho modelo político, que se basa en la avaricia, la usura y la especulación (donde se juega con la dignidad humana en casinos llamados bolsas de valores), triunfa con sus cimientos corruptos sobre el comunismo y es moralmente censurable cuando una minoría somete, por interés particular, a la mayoría de los habitantes del planeta. A este respecto, Gilles Lipovetsky se equivoca cuando dice que su mal llamada “hipermodernidad” se funda en cuatro principios, como son los derechos humanos, la democracia pluralista, la lógica del mercado y la lógica tecnocientífica; pues los derechos humanos de ningún modo son respetados por unas democracias (que más bien parecen dictaduras camufladas) que se desviven por el mantenimiento de un sistema económico tan injusto que favorece, exclusivamente, a los dueños del dinero; cuando dichas “democracias”, dominantes en occidente, hacen guerras ilegales que pisotean los derechos humanos que dicen se han de valer. Y es que la Supermodernidad, más bien, se identifica por la simulación que suponen los presuntos valores beneficiosos del liberalismo económico, las dictaduras disfrazadas como democracias, el respeto de los derechos humanos a conveniencia, y sí, aquí sí, la lógica tecnocientífica.

En la sociedad supermoderna el individuo se ve alienado por todo lo que conforma el sistema político-económico arriba expuesto, mediante una serie de dinámicas enajenadoras que se asumen como tipo de vida. Es la cultura del consumismo exacerbado y de la imagen que se desprende de lo material, del tanto tienes tanto vales, del dinero y la ostentación como sinónimo de éxito social, es la banalidad más absoluta infectando los cimientos de la misma sociedad.

Y es que, efectivamente, el triunfo del liberalismo económico supuso el hundimiento de las utopías, de los pensamientos que buscaban, en la evolución de la especie humana, un mundo más justo, libre y pacífico, ofreciendo, a cambio, un sistema económico salvaje que agranda las brechas de desigualdad económica, con el consecuente aumento de las masas de pobreza y la hegemonía de la injusticia como signo. Así pues, la Supermodernidad nace bajo la inercia enajenadora y la crisis embrionaria de un sistema económico que marca el camino hacia lo contrario que simboliza la utopía: la distopía.

A lo anterior debemos sumar que, tras la caída del Muro del Berlín y el desmantelamiento de los sistemas políticos comunistas, el mundo se volvió a dividir, esta vez, en dos bloques con una manera totalmente distinta de entender la realidad, y bajo el influjo de tradiciones marcadas por los mandatos de sus religiones dominantes. El proceso globalizador impuesto por Occidente, bajo las reglas de su orden económico y como forma de conquista cultural, es rechazado por parte de las sociedades musulmanas y de los regímenes políticos teocráticos, pero con cierta propensión retrógrada hacia postulados ultraconservadores. Se da, consecuentemente, una lucha de civilizaciones basada en el sentir de sus distintas religiones, cuando cada vez está más claro que los cultos monoteístas, cuyos dioses fueron inventados por los hombres para dar sustento y respuesta a las incógnitas sobre la existencia, sólo han servido para generar violencia y servir a lo contrario de lo que por lógica se desprende de los atributos que debería tener la divinidad, como son el amor, la misericordia y el respeto ajeno, de tal modo que ahora un islamismo intransigente, esquizofrénico, se vale de la violencia para alejarse de cualquier valor que pudiera ser avalado por un dios verdadero, en idéntico proceso al de Iglesia Católica a lo largo de su historia.

La falta de valores, la simulación, la alienación del individuo por el poder y por el sistema económico consumista, la adicción tecnológica y la esquizofrenia religiosa, son los valores de una nueva Época Supermoderna sumida en la banalidad. La especie humana, por lo visto, camina hacia la distopía. Habrá que esperar, mientras tanto, el nacimiento del hombre posthumano, ése que vivirá en paz en este planeta tras el derrumbe de la actual Humanidad.


Pablo Paniagua, a 20 de noviembre del 2010
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BIBLIOGRAFÍA:

El presente ensayo, para estar más acorde con el método propuesto por Michel de Montaigne, se aparta del academicismo que domina en el género y por ello ofrece la bibliografía consultada habiendo omitido las especificaciones al texto:

–Simón Marchán Fiz. Del arte objetual al arte de concepto (epílogo sobre la sensibilidad postmoderna). Ediciones Akal, S.A. 1988. Madrid, España.
–Mario De Micheli. Las vanguardias artísticas del siglo XX. Alianza Editorial S.A. 1988. Madrid, España.
–Edward Lucie-Smith. Movimientos artísticos desde 1945. Ediciones Destino S.A. 1994. Barcelona, España.
–Jean Baudrillard. La ilusión y la desilusión estética. Monte Avila Editores 1998. Caracas, Venezuela.
–Arthur Danto. El final del arte. “El Paseante” (décimo aniversario) 1995. Ediciones Siruela S.A. Madrid, España.
–Joseph Maria Montaner. La modernidad superada (arquitectura, arte y pensamiento del siglo XX). Editorial Gustavo Gili S.A. 1999. Barcelona, España.
–Jorge Juanes. El arte posthumano. “Artelugio” No 5, año 2002. Dirección de comunicación y difusión cultural Universidad Autónoma de Querétaro. México.
–Francis Fukuyama. El fin de la historia y el último hombre. Editorial Planeta 1992. Barcelona, España.
–Gilles Lipovetsky. Los tiempos hipermodernos. Ed. Anagrama 2006. Barcelona, España

jueves, 2 de diciembre de 2010

La tristeza que tuvo tu valiente alegría




Por Astrid Lander

“La tristeza que tuvo tu valiente alegría”
Poema del Cante jondo. Federico García Lorca)

Sevilla me recibe para burlarse de mí. Antepone laberintos, rompecabezas, juegos de oca, actos detectivescos. Me obliga con sus reglas de juego a escondidas. Pero no hallo la flecha, extraviada, como mi vida incierta.

Las callejuelas se van estrechando o ampliando según te acercas o te alejas, y adelantan o vuelven más atrás de donde estabas, hasta el Guadalquivir abierto. Leo el mapa de Lorca: Sevilla se abre cuando llegas a su río.

Pero aún no llego al centro ni la vuelta a ese río verde aceitunado como si los olivos estuviesen sumergidos en esa agua profunda, cuyo vaivén reconforta mientras abanica un pato, un bote. Y necesito sentarme en su borde para aliviarme de ti. Para no nombrarte más.

Busco calles no por su nombre, sino por un recorrido intuitivo. Pero los desvíos retardan el tiempo, sigo sin noción del regreso, entre calles que no dan vueltas a la manzana, y no son manzanas, son naranjas las que ruedan por las aceras de las filas de naranjos a orillas de estas calles que internan a los patios internos de azulejos, cuando el tablao oriundo canta jondo, pasa aire / pasa la puerta / la alegría a casa.

Sevilla se ríe y se ríe en medio de mi tristeza.

Procuro seguir la sucesión de las horas sin contarlas. La siesta las acalla y recarga el oscurecer que durará la madrugada cantaora en el gentío de Santa Cruz, cuando el sabor de las tapas y vinos oculten las naranjas rodadas, incomibles y amargas, que desembocan en ese aro dorado que destila un buen moscatel. Sevilla almibarada para saber de su luz, de la tierra mostaza soleada como la Torre del Oro. De la arena en la plaza de toros que sopla desde el desierto árabe fronterizo, con inmigrantes colores de mercados marruecos, populares lunares rojos. Con los suaves azulejos moros que franquean las antiguas murallas.

Pero dificulta tanto confiar en estas calles apretujadas, ciegas hacia delante y hacia arriba, con las oblicuas paredes a punto de tocarse, y a cada rato la esquina, donde cuesta creer que en su doblez no haya un puñal para atemorizar la soledad de regreso tardío. Cuidado, me advierte Lorca: El puñal entra en el corazón. No. No me lo claves. No.

¿Pero por qué me has dado en el corazón?

Torero y saetera pelean el poder del amor, ante la guerra perdida del olvido. Depongo, me declaro en retirada, para izar la bandera de la libertad que me guíe, me deje seducir, haga la danza de mi femineidad ante un hombre apetitoso. Sí, sí, sí, multiplicados sí.

Escucho tu voz que fiestea, se queja alegremente con una garganta rota de la bohemia de fumar y beber. Voz, guitarra, palma, gitano que hereda el acento del ancestro herrero en el sonido tímpano del martillo en el yunque.

Un gitano es esa ala, esa pluma, brisa nueva, el futuro a pelo, para andar un buen camino. Tantas veces se reinicia, todo por sólo existir el momento. Para que no existas más allá. Allí, cuando el adiós libera.

Si me quedo un día más podré saber que la vida sigue viva, con la bendición gitana.
Sevilla no se burló de mí, jugó para que yo ganara, y mi tristeza se atreviera a obtener una merecida alegría.

Astrid Lander

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Cancún: el agua cae





Teódulo López Meléndez
I

Se contamina el agua, el aire y la tierra en un acto de prepotencia indescriptible. La ciencia y la tecnología parecen desbordadas en sus efectos dañinos, pero más allá se requiere un alto grado de conciencia en la población toda. El consumismo sin freno sin reutilización de los envases de aquello que consumimos, empresas voraces devorando selvas o poblaciones pobres desforestando para obtener el combustible con que cocinar y países desarrollados enviando a la atmósfera emisiones contaminantes, son apenas puntos de un extenso listado.

Se deteriora la geoesfera con pesticidas y productos químicos peligrosos. Se deteriora la hidroesfera, advirtiéndonos que el agua puede ser causa de serios conflictos futuros. Se poluciona la atmósfera con tóxicos originados en la quema de energías impuras. Cambia el clima y la temperatura ambiental se ve trastocada con efectos de extrema gravedad. Residuos nucleares circulan en busca de un depósito, la capa de ozono se adelgaza permitiendo el paso de dañinos rayos ultravioleta. Se extinguen especies animales y vegetales con la consecuente ruptura de la cadena alimenticia y desaparecen numerosas especies.

Entre el hombre y la naturaleza están los procesos de producción, distribución, consumo y acumulación, de manera que la relación entre el hombre y la naturaleza resulte indefectiblemente marcada por la economía. El inmenso volumen de recursos naturales que devoran las empresas de esta economía y que son procesados indiscriminadamente, la concentración de la producción en reducidos espacios urbanos y el afán desmedido de lucro, pueden mencionarse someramente al inicio. Pero los pobres también contaminan como efecto directo de su pobreza, porque se ven obligados a deshacerse de los residuos de cualquier manera ante la carencia de adecuados servicios o porque deben quemar materiales de alto valor ecológico para satisfacer sus necesidades básicas. El consumismo desenfrenado alentado por una obsolescencia planificada y una publicidad que fabrica necesidades, más un proceso hambriento de acumulación de riqueza, conllevan a enmarcar el problema ecológico en el campo de la economía mundial y, por supuesto, en el campo cultural. Pero hay más, mucho más. La determinación de los recursos a utilizar y la concentración en lo que se ha dado en llamar expresas transnacionales que llegan a la explotación intensiva.

Entra en juego el concepto de desarrollo sostenible dentro del cual pareciera debemos hacernos de nuevo preguntas básicas, como las relativas a quién el hombre, qué es el mundo y la relación entre ambos. El problema, entonces, no es simple, pues implica una reflexión antropológica, cosmológica y ética. La pérdida y dispendio de recursos son fuente de pobreza y la pobreza así creada en fuente de deterioro ambiental. Hay que adecuar el progreso al bienestar común, al de todos, simple fórmula para el desarrollo sostenible, pero de infinidad de aristas políticas que lo impiden.

Estamos, como es obvio, ante uno de los problemas fundamentales del mundo, sin obviar las posiciones catastrofistas de algunos. E implica aristas como un replanteamiento del modelo energético o un punto de gravedad sobre el sistema económico hegemónico. El calentamiento global se debe a los gases de efecto invernadero. Un habitante de los Estados Unidos emite 20 toneladas al año y un chino 3,8 toneladas al año.

Ya vivimos intensos períodos de sequías y largos períodos de inundaciones lo que conllevará a la disminución de la producción agrícola especialmente en los países pobres. El agua disminuirá, también especialmente en zonas planetarias pobres lo que hace estimar que en 2080 unos 1.800 millones de personas sufrirán escasez del líquido. Subirá el nivel del mar y las estimaciones sobre personas que serán víctimas de inundaciones son aterradoras. Numerosos ecosistemas se verán afectados con el riesgo de extinción de especies. La salud empeorará, especialmente entre los pobres. La Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (CMNUCC) ha puesto la agenda, pero no sin la queja esperada: los países ricos no cumplen con esta convención.

II

No se puede avanzar sin acuerdos mundiales y ellos han sido intentados. Llamamientos éticos sin traducción jurídica se quedan en el ámbito individual. Algunos de estos eventos han tenido un éxito relativo, como la Conferencia de Montreal en 1987 que logró la reducción de clorofluorcarbonados en un alto porcentaje o la de Río en el 92. La cara amarga comienza a aflorar frente al cumplimiento del llamado Protocolo de Kioto (1997) que tenía como propósito reducir la emisión de gases que provocan el efecto invernadero. Estados Unidos no firmó y los países emergentes rápidamente compensaron las reducciones anunciadas. La Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático celebrada en Poznan (Polonia) para buscar salidas a Kioto no presentó avances. Como se recuerda Kioto procuraba reducir 6 por ciento en gases de infecto invernadero y los países industrializados se comprometían a reducirlos en un 5.2 por ciento para lo cual debían emplearse tres mecanismos: de desarrollo limpio, de comercialización de emisiones y de implementación conjunta. La Conferencia de Copenhague fracasó en la emisión de un acuerdo para sustituir al incumplido Protocolo de Kioto. Sin embargo, se acordó que no debía permitirse un aumento de la temperatura ambiental promedio en más de 2º C cuando se esperaba se estableciese en 1,5º C y sin que se acordasen las reglas del juego. El fracaso impidió establecer metas a largo plazo (2050) y se dejó a cada nación la voluntad de reducir las emisiones contaminantes para el 2020. Para “compensar” las naciones industrializadas se comprometieron a aportar 30 millardos de dólares para ayudar a las naciones pobres a superar los efectos perniciosos sin precisar quienes los aportarían, que naciones se beneficiarían o qué tipo de energía renovable se preferiría.

Por su parte el Comité IPCC de la ONU constataba que para 2008 se había registrado un aumento del 40% en emisiones de CO2 sobre los niveles medios de 1990 que las capas de hielo de la Antártida y Groenlandia se derretían a una taza de diez metros por año y un sinfín de advertencias nada tranquilizantes. Es evidente la falta de voluntad política, la ausencia de un liderazgo en la lucha contra el cambio climático y fallas originales en la organización del evento danés.

En esta situación se produce la reunión de México, bajo un gran pesimismo. En Estados Unidos, por ejemplo, disminuye el número de ciudadanos que cree sea verdad el calentamiento global, no sin aristas políticas, pues es entre los republicanos y entre los afiliados al Tea Party donde la descreencia es mayor.

III

Estamos frente a un problema de modelo económico, político y cultural. Lo que se requiere es quizás demasiado para el hombre de este tiempo: un planteamiento filosófico ontológico, una sensibilidad biófila que procure una reafirmación de la vida en sustitución del nihilismo que hemos descrito profusamente en nuestros textos. No se trata de marchar hacia un ecocentrismo, se trata de desmontar al hombre como dictador de la naturaleza. Más aún, se requiere fijar la observación sobre los medios de producción, sobre la infraestructura económica. Estamos frente a un sistema de producción depredador y frente a una “descultura” de la vida.

Absorción barata de recursos naturales, comercio desigual, explotación indiscriminada por un lucro igualmente indiscriminado. La crisis del planeta es una crisis de civilización. Como siempre, se trata de un asunto de filosofía política, siempre pensando que cuando usamos la palabra filosofía implicamos pensamiento y acción. Es menester sacudir la inercia global y exigir una reconfiguración del modelo civilizatorio, lo que incluye la descentralización del poder y de la toma de decisiones y un ataque frontal a un sistema productivo depredador, una deshomogeneización que permita recuperar la diversidad y el retorno a una ciudadanía de pleno ejercicio, la superación de las transacciones del mercado como límite a lo económico y hacer de la ética y la equidad elementos fundamentales para la comprensión de la sustentabilidad, la introducción de la sustentabilidad ecológica de la economía como una oposición lo suficientemente fuerte a la visión exclusivista del crecimiento económico, la difusión de los ecosistemas como escala de la economía y su imposibilidad de sustitución por el capital fabricado por el hombre.
En suma, también en la economía deben ser cambiados los paradigmas. Una vez más, la reaparición del dominio de la política sobre la economía, pues esta última debe estar sometida a objetivos de evaluación social, democráticos, amplios y consistentes. De flujo circular de dinero, de circuito cerrado entre producción y consumo, de sistema mecánico autosostenido, a una nueva mirada sobre las interrelaciones dinámicas entre los sistemas económicos y el conjunto de los sistemas físico y social. En suma, articular la economía sobre nociones biofísicas fundamentales como las leyes de la termodinámica: el respeto por los ecosistemas pasa por impedir generar más residuos de lo que ellos toleran, no extraer de los sistemas biológicos más de lo renovable, rescatar los indicadores biofísicos del dominio del dominio de los indicadores monetarios. Todo esto y más, pero el envoltorio es el sistema socioeconómico que domina todos los problemas medioambientales. Richard Norgaard (Una sociología del medio ambiente coevolucionista) lo definió con precisión: interpretar la actividad económica y la gestión ecológica como un proceso coevolucionario. Un dominio retomado de la política sobre la economía impondría a las decisiones un límite ecológico, la toma en cuenta de los efectos no contabilizados en el mercado, esto es, rompiendo la disociación entre la formación de los precios y la biosfera y la comunidad.

La palabra solidaridad no está en los textos de economía. Esto es que hemos definido repetidas veces como economía con rostro humano también puede serlo como “economía de solidaridad”. La economía, sí, pero la crisis ambiental debe ser enfrentada como parte de la crisis general que es el núcleo de este interregno donde los paradigmas caen, los episteme se disuelven o el universo simbólico se encuentra envuelto por una nebulosa. Hemos estado, y seguimos estando en este campo, en un paradigma tecnológico ahora desafiado por un paradigma ecológico. La filosofía se ha preguntado sobre el destino del hombre y ahora la pregunta, desde el tema que nos ocupa, se repite. En economía se sustituye la periclitada idea del crecimiento ilimitado por la nueva del desarrollo sostenible. En sustitución de las viejas ideologías brotan movimientos feministas, pacifistas y ecologistas, pero es el paradigma ecológico como nueva ciencia el que responde a este desafío concreto, a esta crisis específica que afecta a la supervivencia humana por agotamiento de la casa. El demiurgo se tambalea. Deben revisarse las relaciones entre ciencia y política y repolitizar el campo de los debates epistemológicos.

Esta es la sociedad del riesgo, qué duda cabe (Ulrich Beck, La sociedad del riesgo, 1986), pero de uno donde el valor de una ciudadanía emergente con conciencia política lo influye. Es necesario someter la tecnociencia a un control político democrático y ello implica educación y mecanismos de decisión acordes con el desafío. La vieja alianza entre ciencia y política ya llevó sus productos al extremo del agotamiento, tal como lo hemos repetido, productos como el Estado-nación o la economía depredadora. La crisis ecológica al menos ha servido para cuestionar el dominio de la economía sobre la política. El alborozo de una filosofía ecologista servirá para terminar de ponerle fin. La nueva alianza entre ciencia y política deberá servir para delinear y construir las instituciones del mundo que llega. La política, así, reabsorberá al poder y lo reconvertirá en un encuentro con la potencialidad de la vida humana.

teodulolopezm@yahoo.com