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miércoles, 29 de septiembre de 2010

El vuelo de la serpiente en el pensamiento latinoamericano (I)





Por Jorge Majfud

En la mitología mexicana, el agave o maguey es central. Esta planta florece una sola vez en la vida y muere. Pero de esta forma esparce sus semillas y se multiplica. Florece para morir y muere para dar vida.

La recurrencia mitológica de “morir para florecer” atraviesa el continente y su historia reprimida, desde México hasta Perú, desde el Popol Vuh hasta los mitos del Incarrí y Tupac Amaru. Ernesto Che Guevara es quizás el último representante de esta tradición. Su muerte señala el fin y la confirmación del ciclo de liberación según la cosmología amerindia. Francisco Urondo, anticipándose a su propio destino, reconocía que si el Che había muerto de esa forma, “nosotros, hombres de su generación, también terminaremos de mala manera, derrotados o con un balazo trapero y los ojos abiertos para llegar a mirar, como los gatos, en plena noche, en plena violencia, los primeros pasos del único mundo que admitimos” (Urondo, 75).

Aquí la clausura política aún no se había producido. La muerte todavía era un anticipo y el precio de la utopía. En octubre de 1967, Mario Benedetti dejaba una crónica subjetiva de este preciso momento: Che, “eres nuestra conciencia acribillada […] dicen que te incineraron / toda tu vocación / menos un dedo / basta para mostrarnos el camino / para acusar al monstruo y sus tizones / para apretar de nuevo los gatillos” (Aquí, 25). Y luego confirma esa especie de cielo secular, que es el cielo del humanismo prometeico y es el cosmos amerindio: “aprovecha por fin / a respirar tranquilo / a llenarte de cielo los pulmones […] será una pena que Dios no exista / pero habrá otros / claro que habrá otros / dignos de recibirte / comandante” (26).

Pero en los años setenta ya se percibe el fracaso de la utopía que había iniciado Sir Thomas More en 1516, otro escritor político, impresionado por el descubrimiento del Nuevo Mundo y de gente sin codicia. Ahora la distopía se ha radicalizado. La sangre del héroe ha sido desacralizada por el oro del conquistador. Razón por la cual su muerte y su renacimiento serán dobles. En el poema “Che 1997”, Benedetti acusa que “lo han transformado en pieza de consumo / en memoria trivial / en ayer sin retorno / en rabia embalsamada” (Inventario, 81). Queda la conciencia histórica y la promesa de redención, porque no hay fracasos absolutos. El final del ciclo, el necesario fracaso de la utopía y el deshacer del héroe son resistidos en algún momento, no por mucho tiempo. Pero esta literatura se refiere más a la resistencia de una distopía consolidada que a la conmoción de una revolución movida por la utopía.

Según Laurete Séroujé, el “visitador de los infiernos” —Quetzalcóatl, el hombre-dios— que se encuentra “solo entre las sombras, no es más que un ser desnudo, invadido por el pánico provocado por el abandono súbito de su fe en el acto creador” (Pensamiento, 158). El hombre-dios, el redentor, el rey de Tollan, refiere que “después de la muerte a las cosas de este mundo, y en el umbral de una realidad todavía oculta, se siente naufragar miserablemente a los bordes mismos de la nada” (158).

En la mitohistoria latinoamericana la derrota es provisoria y provee de nueva energía revolucionaria: es el movimiento del cosmos indoamericano y también es el movimiento progresivo de la historia, según el humanismo europeo. La retirada es parte de la confirmación del regreso de Quetzalcóatl: “me iré otra vez inoportuno / y apostaré por el que pierde / y volveré cuando ninguno / me necesite ni me recuerde” (Benedetti, Canciones, 103). En otro momento, en otro poema, el mismo Benedetti lo confirma: “y la muerte es el motivo / de nacer y continuar” (106). Cuando murió Quetzalcóatl, desapareció cuatro días donde estuvo entre los muertos (mictlan). En ese tiempo, según los Anales de Cuauhtitlan, el hombre-dios se proveyó de flechas y luego reapareció como el lucero, es decir, la gran estrella del alba y que llevaba su nombre, Quetzalcóatl. El período en que esta estrella desaparece —Xolotl— “no es otro que el germen del espíritu encerrado en esa sombría comarca de la muerte que es la materia” (Séroujé, 159).

Pero esta fe, propia de los escritores comprometidos, y la historia revolucionaria latinoamericana se cierra antes de alcanzar la liberación —la utopía final— para ingresar nuevamente al Primer Cuadrante, el cuadrante del escepticismo existencialista, del esteticismo y el sensualismo en el arte, de la alienación social del individuo, del solipsismo.

Un ejemplo de esa vuelta al escepticismo en la distopía podemos tomarlo de Cristina Peri Rossi, una escritora que con anterioridad compartió el carácter de los escritores comprometidos. En los años ochenta escribe “El mártir”, donde realiza una parodia desacralizada del héroe revolucionario. Una organización clandestina decide hacerse de un mártir de una forma calculada en base a un análisis frívolo sobre semántica. “Hay mártires de nombres imposibles de pronunciar por el pueblo llano, y esto los hace caer pronto en el olvido. Decidimos, pues, que nuestro mártir debía tener un nombre sin diptongos complicados, sin letras mudas ni consonantes dobles” (Cosmoagonías, 67). La carta-comunicado que recibe el futuro mártir, explica las razones de la elección. “Por fin, analizamos la cuestión más difícil, es decir, el sacrificio. Pensamos que lo mejor sería que nuestro mártir fuera asesinado por la policía en el curso de una manifestación, de carácter pacífico, y celebrada con asistencia de todos nuestros militantes” (68).

Involuntaria o no, hay una alusión al conocido estudiante Liber Arce, que murió desangrado en un enfrentamiento con las fuerzas policiales en Montevideo y se convirtió en mártir popular, marcado por la simbología de su nombre, liberarse.[1] El sacrificio, la sangre del héroe revolucionario se ha desacralizado hasta la parodia de una supuesta intrascendencia. El cuento fue reproducido en diarios de la derecha conservadora de su país, Uruguay, como El País.

La poesía de Peri Rossi, como la de la mayoría de aquellos escritores que en años anteriores habían sido identificados con la revolución, la resistencia optimista y la alegría de la utopía popular, volverán al espacio distopico. La apertura se convierte primero en clausura política y más tarde en clausura existencial. En “El tiempo” (1987), Peri Rossi reconoce: “Mi melancolía y yo hemos decidido / vivir en el pasado” (Poesía, 449). Casi diez años más tarde, en “Aquella noche” (1996), observa en un personaje aludido, de forma más explícita: “De joven quería cambiar / el mundo. Se hizo guerrillera […] Ahora, se limita a cambiar / el canal de televisión” (Poesía, 673).

(continúa)

Jorge Majfud
Jacksonville University.



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[1] La importancia simbólica de Liber Arce, composición de un nombre y un apellido comunes, no es un detalle menor. Arce murió por una bala del policía Enrique Tegiachi el 14 de agosto de 1968, en el curso de una manifestación estudiantil. El 20 de setiembre se repite la historia con los estudiantes Hugo de los Santos y Susana Pintos. Luego sigue una lista de otros mártires estudiantes que no alcanzaron el simbolismo histórico que hoy se reconoce en Liber Arce.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Nathan Zuckerman: Inventar el futuro




Por Eva Feld

Nada como suplir las falencias con argucias, con cascadas de palabras que las oculten y que, además, sometidas a las quebraduras de luz, a través de los prismas que las multiplican, adquieran el esplendor de todos los colores del arcoíris. Así, con esta advertencia avant la lettre, invito a los lectores a rendirle homenaje a Nathan Zuckerman.

De haber leído en profundidad a Sholem Aleichem, Isaac Babel, Amos Oz por citar solo a tres, podría acaso dedicarle este aniversario 5771 del pueblo judío a sus emblemáticos escritores sin dejar por fuera tampoco a los nuestros, a Elisa Lerner a Isaac Chocrón y a los cientos de escritores anónimos que plasman en sus relatos, escritos y orales, la esencia judaica. Pero ¡helas! he de cubrir mis buenas intenciones con un entuerto urdido en la caldera de la vanidad, de la empatía y de la admiración: He aquí que acabo de terminar de leer Carnovsky, la novela más famosa de Zuckerman, cuyas más de quinientas páginas dicen y callan simultáneamente todo aquello que marcó durante el siglo veinte de la era cristiana, el signo de la diáspora eskenazi. El legado de Galitzia. El sufrimiento de Ana Frank, el Proceso de Kafka, la brillantez de Einstein, la dialéctica de Marx, las penetraciones de Freud. Sólo que para Zuckerman todo ello ha resultado en una carga, preciosa, sí, pero pesada y abultada, tanto como lo es el ser intelectual, escritor, pensador, autófago (neologismo inventado por mi padre, Juan Feld para referirse a aquel que se come a sí mismo) pues ¿de qué otro alimento se nutre el narrador? Unamuno, que no era judío sino vasco, también lo decía: “Todas los personajes que crea un autor, si los crea con vida…aun las más contradictorias en sí mismas- son hijas legítimas de su autor ¡feliz si el autor de sus siglos! Son partes de él”. Es como parte de Zuckerman de quien he leído Carnovsky, un libro escrito por él, pero que en realidad solo existe como “personaje” de. Zuckerman encadenado (Debolsillo2007) indiscutible parte de su autor, Philip Roth, el eterno postulado al premio Nobel, el Pulitzer 1997 por Pastoral americana, portador de la Medalla Nacional de las Artes en la Casa Blanca y varias veces honrado por el Círculo Nacional de Críticos de Libros, entre otras distinciones, sin que por ello deje de fustigarse a si mismo en primer lugar, como corresponde a su idiosincrasia, ni de lapidar a los críticos, ni a la sociedad norteamericana, ni, por cierto, a los judíos, como solo corresponde hacerlo a un judío.

Zuckerman encadenado consta de cuatro novelas atravesadas magistralmente por el mismo personaje; en la primera, La visita al maestro, el aprendiz de brujo visita a su mentor en Nueva Inglaterra y se enamora de una mujer que identifica con Ana Frank. El alter ego de Roth, Zuckerman ha roto una primera barrera, al hacerse escritor en América, pero desde el inicio del libro advierte que llevará a cuestas el “precioso” peso de su cultura, un fardo que acabará dándole triunfos en la segunda, en la que huyendo de la fama solo logra coronarse, hasta que en la tercera, harto de sí mismo y de todos los personajes que lo habitan y acosado por dolencias querría comenzar la carrera de medicina a los cuarenta años para ayudar a personas reales y olvidarse de sí mismo, no sin antes liarse a puños con un anciano, cuyo excesivo amor hacia su nieto adoptivo de sangre gentil, le desquicia por conmiserativo. En la reyerta, que por cierto ocurre en el cementerio judío, queda malherido precisamente en la boca. Por un buen tiempo no podrá pronunciar palabra alguna ni interpretar a sus posibles personajes. No se llamen a engaño… No queda curado, el final dice: “…vagó por los pasillos del hospital universitario, llenos de gente… como si aun se considerara capaz de evitar su futuro de hombre aparte y escapar de la obra que era suya”

La última parte del libro transcurre en una Praga asolada por el comunismo y poblada por informes personajes hipererotizados, como única forma posible de resistencia. De allí que el libro, en su totalidad esté dedicado a Milan Kundera
Al cerrar el libro, supe que en 2007, Philip Roth produjo la saga: Zuckerman desencadenado, pero como lo advertí avant la lettre de haber leído más, incluso del mismo Philip Roth, podría afirmar con toda propiedad lo que infiero del título y lo que intuyo: en el siglo XXI Zuckerman se aleja de Carnosky y sin olvidar a Galitzia ni su propio ombligo, ha de inventar el futuro, un futuro.

La historia de amor y el agujero negro





Teódulo López Meléndez

Pensaba que una historia de amor no podía ya conmoverme, pero he aquí que, por azar, por andar en Internet como anda uno ahora con acceso a todos los secretos, me topo con un polaco que por tejer sacos en Auschwitz se topó con una tejedora judía. El polaco no lo era, estaba allí por esas deportaciones masivas que a ratos excedían los ejecutantes de las órdenes del III Reich. Enviaron a tres muchachas a ayudar y el polaco alzó los ojos para ver lo que determinaría su existencia. Se las inventó todas, desde un uniforme de las SS hasta una identificación falsa, desde un acento alemán cercano a la perfección hasta un gesto de autoridad para convencer a los guardianes que la judía debía ser interrogada en otro sitio fuera del campo.

Y con ella se internó en el agujero negro de la noche, kilómetro tras kilómetro, oscuridad tras oscuridad, hasta que la dejó a salvo con la promesa de encontrarse para siempre. El siempre no fue más que inmensidad y misterio de universo. Ella terminó en Estados Unidos, él en Polonia, hasta que un día ella preguntó y alguien dijo que un polaco con una historia parecida había sido entrevistado en la televisión y contado algo parecido. Lo encontró, pero ya cada uno había tomado su camino, cada uno se había casado, cada uno tenía sus propios hijos. Ella rogó volver al agujero negro de la vida, abandonarlo todo y cumplir la promesa hecha de la fuga. Él respondió que no podía hacerle eso a sus hijos y los misterios de las ecuaciones quedaron sin resolverse. Nunca más ella contestó las cartas. Einstein había quedado vagando por Viena en busca de la velocidad de la luz.

No recuerdo sus nombres. Cuando leí la historia he debido copiarlos, pero a él lo llamaré Nikodem Poplawski y a ella inmensidad. Ahora –sea así por siempre- la fuga no se produce desde un campo de concentración. Se produce desde la Universidad de Indiana donde un polaco enamorado asume las vestes de físico teórico para revisar las ecuaciones de la relatividad general de Einstein y asegurarnos que todo nuestro universo puede estar dentro de un agujero negro. Nikodem Poplawski nos lo dice desde Physics Letters, como si se tratase de una carta a la amada que ya no las responde. Lo que no sabía el enamorado de Auschwitz es lo que nos dice este otro polaco de origen: puede que los agujeros negros del centro de la Vía Láctea sean puentes hacia otros universos. Y así la infinitud escapa de nuestras capacidades de medición. Más aún, si nosotros mismos vivimos en un agujero negro, si somos un agujero negro del cual no podremos salir sino comprendiendo la singularidad, esto es, lo que el judío alemán llamó densidad de la materia que tiende al infinito. El destino del polaco enamorado de la judía era densidad inalcanzable: ahora parece –desde la paradoja de la historia- una irregularidad matemática.

Líbrenme de inmiscuirme en la variante Einstein- Cartan- Kibble- Sciama para describir el momento angular de las partículas elementales. El polaco y la judía lo eran, unos seres sometidos al juego de los dados. Einstein había asegurado que Dios no jugaba con ellos. Ahora los físicos hablan de torsión, para calcular una propiedad de la geometría del espacio- tiempo. La materia rebota y empieza de nuevo a expandirse, nos dice Poplawski. La materia rebota, pensó la judía cuando el recuerdo la volvió a asaltar y buscó al polaco que la liberó, pero el polaco estaba ya en otro agujero negro. El universo se expande porque rebota. Este ya no sería llamado con propiedad nuestro universo, pues estar dentro de un agujero negro equivaldría a estar en un universo diferente. El polaco de la universidad norteamericana dice que podemos comprobarlo midiendo si existe una "dirección preferida" en nuestro propio universo.

Juegos de materia y antimateria. Pareciera que en las pequeñas grades historias humanas el agujero negro donde vivimos-no vivimos reproducen el universo donde estamos y no estamos.

Cuando apareció la teoría de la relatividad se dijo que apenas diez humanos serían capaces de entenderla. Ahora este gringo-polaco de Indiana nos desata una versión que será criticada por la comunidad científica. Lo único cierto es que su tesis me ha llevado a recordar una vieja historia de amor nacida en un campo de concentración y a interrogarme sobre la compleja sencillez de lo humano. Cuántas historias multiplicadas por los universos infinitos. Los agujeros son negros porque no pueden reflejar la luz y no podemos verlos. Creo que la historia del polaco y de la judía en Auschwitz sí puede verse. Los humanos sí somos capaces de entender y entenderemos los agujeros negros. Palabra de destino.

martes, 7 de septiembre de 2010

"Habría de abrir"del poeta argentino Rolando Revagliatti





Se encuentran ya disponibles gratuitamente para ser leídas, impresas o incorporadas a bibliotecas virtuales, blogs, etc., las ediciones electrónicas en PDF y en versión FLIP (Libro Flash) de “Habría de Abrir”, poemario (inédito en soporte papel) de Rolando Revagliatti.

Hemos agregado enlaces de ida y vuelta desde el índice a los poemas y viceversa para una navegación más cómoda por el documento.

A modo de prólogo, “El Condicional Abriendo”, por el escritor venezolano Teódulo López Meléndez, ilustrado por Andrés Casciani y con diseño integral y diagramación de Melisa G. Benacot.

Puede descargarse en
http://www.revagliatti.com.ar/act0910/HabriadeAbrir.pdf
http://www.revagliatti.com.ar/act0910/habriadeabrir.htm
http://issuu.com/megribe/docs/habriadeabrir.rolando.revagliatti